Revelación definitiva

bernardo navia 250“Esto es ridículo”, pensó Ramiro cuando Salazar, el jefe de enfermeros, se marchó de su habitación luego de informarle que a sus amigos se les hacía imposible acudir a visitarlo. “Es absurdo, mierda. Por más trabajo que tengan o por más lejos que esté este hospital de mierda, cómo es posible que no puedan venir a visitarme. Es absurdo”.
Lo cierto es que a Ramiro Benítez, paciente del cuarto 88, no lo habían visto sus amigos desde que fue llevado de emergencia al hospital luego que fuera atropellado violentamente por un autobús cuando se encontraba caminando por un sector de la ciudad casi desconocido para él. Quizás lo que más exasperaba a Ramiro no era el hecho de que nadie lo hubiera ido a visitar todavía sino el que le hubieran mandado flores. “Si hasta parece una burla”, pensó una tarde en la que Salazar (quien se encargaba de hacérselas llegar) acomodaba un nuevo ramo en su atestado cuarto, “los malagradecidos ni se asoman por aquí, pero –eso sí—no les molesta gastar en enviar flores”. “Mira, Ramiro; estas cosas a veces suceden. No te preocupes”, le dijo Salazar la tarde en que Ramiro le manifestó su inquietud porque ya habían pasado varios días desde el accidente y, aunque él se encontraba en franca recuperación, aún no había ido nadie a verlo. Ramiro intentó de veras no darle mucha importancia al hecho de que Salazar le hablaba y lo miraba en forma rara, casi como –le pareció a Ramiro-- si no fuera apropiado hablarle. “Lo que falta”, alcanzó a pensar Ramiro, “que este imbécil se ponga con estupideces ahora”. “Además debes pensar”, le decía Salazar, aunque ahora sin mirarle directamente a los ojos, dato que Ramiro prefirió –se forzó a—ignorar, “que este hospital está bastante retirado del sector de la ciudad en donde tú te desenvolvías; la locomoción pública por aquí es más que mala; la gente prefiere llamar o enviar correos electrónicos. A propósito, ¿abriste ya tu cuenta? Acuérdate de mi consejo: es posible que necesites mensajería electrónica para tener contacto con tu gente. Eso sí: el sistema aquí es diferente; así que tendrás que pedirle ayuda a nuestros técnicos para que te ayuden a familiarizarte con él”. “Pero, ¿es un chiste o qué lo que este imbécil me está diciendo?” se preguntaba ofuscado Ramiro, mirando las desconocidas y desiertas calles a través del cristal de su habitación, “los muchachos del bar ya debieran estar aquí o por lo menos los imbéciles de la oficina”.

Lo cierto es que nadie llegaba y a Ramiro le llegaban de forma escueta los recados de los amigos, cuando a Salazar se le ocurría pasar a su cuarto para entregárselos: “Ramiro, hermano, te extrañamos”; “amigo, estamos rezando por ti”; “Ramiro, haces falta en el barrio, e incluso en el bar, hermano”; de modo que, aún a su pesar, Ramiro un día se sorprendió a sí mismo intentando enviar un mensaje electrónico a alguno de los muchachos del bar. Como no conocía el sistema sus intentos se frustraban, lo que exasperó a Ramiro. “Pero qué mierda estoy haciendo”, rezongaba, “esto es un hospital, no una cárcel. La gente puede venir. Tiene que venir” y se dirigió al piso en donde estaban ubicadas las cabinas telefónicas para intentar hablar a su departamento o a su oficina. “Alguien me va a escuchar, mierda. Ahora que estoy jodido en el hospital me dejan solo pero cuando estoy bien Ramiro aquí y Ramiro allá; Ramiro precioso préstame dinero, te lo devuelvo mañana; Ramirito lindo, llévame en tu coche a tal lugar. Cretinos de mierda. Ahora se van a enterar quién soy yo. Sólo ramos de flores… Después que no tengan cara para pedirme favores”.
Tan ofuscado caminaba Ramiro y tan enojado estaba que al principio no lo notó pero de pronto se dio cuenta de que la sala de espera, que quedaba al lado de las cabinas telefónicas, estaba desierta, algo inaudito en una sala de espera de hospital. Un inmenso cartel de “Lo sentimos. Teléfonos fuera de servicio” que colgaba del dintel de la puerta de la sala de cabinas, vino a completar la absurda escena. Un extraño escalofrío le recorrió la espalda cuando se fijó en el polvo que cubría las sillas y también las bombillas de luz del pasillo. Se aturdió medio segundo cuando cayó en la cuenta que un profundo y pesado silencio lo envolvía todo y que el eco de sus pisadas resonaba hasta muy lejos. Alcanzó a pensar que nunca había visto más gente en el hospital que los de siempre: las mismas enfermeros, enfermeras y auxiliares siempre muy ajetreados; los mismos médicos algo fríos y distantes; los mismos terapistas de siempre, los mismos empleados de todos los días; pero nunca nadie que evidentemente fuera una visita; “mierda”, alcanzó a pensar, “aunque he escuchado las ambulancias ni siquiera he visto una”. Y justo cuando comenzaba a sentir el mismo desasosiego que se siente en las pesadillas, justo cuando comenzaba a notar que la música ambiental era exactamente la misma que venía oyendo desde que recuperó el sentido; vio, acercándosele por el pasillo, a Salazar cuya bata blanca parecía resplandecer más que nunca.
—¿Qué carajo pasa aquí, Salazar?— La voz que formuló la pregunta estaba cargada de miedo y extrañamente no sonó como la suya. La respuesta de Salazar (que llegó a Ramiro como flotando desde otra dimensión) se quedó resonando en sus oídos para siempre:
—Ya venía siendo hora que preguntaras, ¿sabes? Pasa que estamos muertos, Ramiro.

 

bernardo navia 350Bernardo E. Navia nació en Chillán, Chile, en 1967. Desde niño tuvo la oportunidad de vivir y viajar por varios países del norte y del sur del continente americano: su natal Chile, Perú, Argentina, Bolivia, Panamá, México, Guatemala, Puerto Rico y Canadá. En 1987 se radicó en los Estados Unidos. Estudió bachillerato en español en Puerto Rico y cursó sus estudios de maestría y doctorado en literatura y estudios hispánicos en la Universidad de Illinois en Chicago (UIC). Ha publicado diversos artículos en revistas literarias y compilaciones de Europa, Latinoamérica y Estados Unidos (La Gaceta, Puerto Rico; Fe de erratas, Chicago; Contexto, Santiago de Chile); así como también libros de poemas y de cuentos (Doce muertes para una resaca. Betania: Madrid, 2001; Vocesueltas: Cuatro cuentistas de Chicago. Vocesueltas: Chicago, 2007); Viaje en dos jornadas (Palibrio: Indiana, 2012), entre otros. Actualmente se desempeña profesionalmente como profesor de lengua española para estudiantes de herencia latina en UIC. Está casado con Leslie Klatt y es padre de 4 niños: Inti, Leaf, Rain y Juniper.

 

 

 

Revelación definitiva enviado a Aurora Boreal® por Bernardo E. Navia. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Bernardo E. Navia. Foto © Bernardo E. Navia.

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