Lo cierto es que nadie llegaba y a Ramiro le llegaban de forma escueta los recados de los amigos, cuando a Salazar se le ocurría pasar a su cuarto para entregárselos: “Ramiro, hermano, te extrañamos”; “amigo, estamos rezando por ti”; “Ramiro, haces falta en el barrio, e incluso en el bar, hermano”; de modo que, aún a su pesar, Ramiro un día se sorprendió a sí mismo intentando enviar un mensaje electrónico a alguno de los muchachos del bar. Como no conocía el sistema sus intentos se frustraban, lo que exasperó a Ramiro. “Pero qué mierda estoy haciendo”, rezongaba, “esto es un hospital, no una cárcel. La gente puede venir. Tiene que venir” y se dirigió al piso en donde estaban ubicadas las cabinas telefónicas para intentar hablar a su departamento o a su oficina. “Alguien me va a escuchar, mierda. Ahora que estoy jodido en el hospital me dejan solo pero cuando estoy bien Ramiro aquí y Ramiro allá; Ramiro precioso préstame dinero, te lo devuelvo mañana; Ramirito lindo, llévame en tu coche a tal lugar. Cretinos de mierda. Ahora se van a enterar quién soy yo. Sólo ramos de flores… Después que no tengan cara para pedirme favores”.
Tan ofuscado caminaba Ramiro y tan enojado estaba que al principio no lo notó pero de pronto se dio cuenta de que la sala de espera, que quedaba al lado de las cabinas telefónicas, estaba desierta, algo inaudito en una sala de espera de hospital. Un inmenso cartel de “Lo sentimos. Teléfonos fuera de servicio” que colgaba del dintel de la puerta de la sala de cabinas, vino a completar la absurda escena. Un extraño escalofrío le recorrió la espalda cuando se fijó en el polvo que cubría las sillas y también las bombillas de luz del pasillo. Se aturdió medio segundo cuando cayó en la cuenta que un profundo y pesado silencio lo envolvía todo y que el eco de sus pisadas resonaba hasta muy lejos. Alcanzó a pensar que nunca había visto más gente en el hospital que los de siempre: las mismas enfermeros, enfermeras y auxiliares siempre muy ajetreados; los mismos médicos algo fríos y distantes; los mismos terapistas de siempre, los mismos empleados de todos los días; pero nunca nadie que evidentemente fuera una visita; “mierda”, alcanzó a pensar, “aunque he escuchado las ambulancias ni siquiera he visto una”. Y justo cuando comenzaba a sentir el mismo desasosiego que se siente en las pesadillas, justo cuando comenzaba a notar que la música ambiental era exactamente la misma que venía oyendo desde que recuperó el sentido; vio, acercándosele por el pasillo, a Salazar cuya bata blanca parecía resplandecer más que nunca.
—¿Qué carajo pasa aquí, Salazar?— La voz que formuló la pregunta estaba cargada de miedo y extrañamente no sonó como la suya. La respuesta de Salazar (que llegó a Ramiro como flotando desde otra dimensión) se quedó resonando en sus oídos para siempre:
—Ya venía siendo hora que preguntaras, ¿sabes? Pasa que estamos muertos, Ramiro.
Bernardo E. Navia nació en Chillán, Chile, en 1967. Desde niño tuvo la oportunidad de vivir y viajar por varios países del norte y del sur del continente americano: su natal Chile, Perú, Argentina, Bolivia, Panamá, México, Guatemala, Puerto Rico y Canadá. En 1987 se radicó en los Estados Unidos. Estudió bachillerato en español en Puerto Rico y cursó sus estudios de maestría y doctorado en literatura y estudios hispánicos en la Universidad de Illinois en Chicago (UIC). Ha publicado diversos artículos en revistas literarias y compilaciones de Europa, Latinoamérica y Estados Unidos (La Gaceta, Puerto Rico; Fe de erratas, Chicago; Contexto, Santiago de Chile); así como también libros de poemas y de cuentos (Doce muertes para una resaca. Betania: Madrid, 2001; Vocesueltas: Cuatro cuentistas de Chicago. Vocesueltas: Chicago, 2007); Viaje en dos jornadas (Palibrio: Indiana, 2012), entre otros. Actualmente se desempeña profesionalmente como profesor de lengua española para estudiantes de herencia latina en UIC. Está casado con Leslie Klatt y es padre de 4 niños: Inti, Leaf, Rain y Juniper.
Revelación definitiva enviado a Aurora Boreal® por Bernardo E. Navia. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Bernardo E. Navia. Foto © Bernardo E. Navia.
“Esto es ridículo”, pensó Ramiro cuando Salazar, el jefe de enfermeros, se marchó de su habitación luego de informarle que a sus amigos se les hacía imposible acudir a visitarlo. “Es absurdo, mierda. Por más trabajo que tengan o por más lejos que esté este hospital de mierda, cómo es posible que no puedan venir a visitarme. Es absurdo”.


