La república de los sueños
Nélida Piñon
Editorial Alfaguara
1999
G.G.Marquez
La idea del eterno retorno, del levar anclas, del constante devenir, de la quimera, encuentra su mejor arcano en la metáfora del viajero. Además, del viajero que se hace cómplice del mar y encanta a las estrellas con el solo poder de la imaginación.
El episodio de Mónica Lewinsky, en los años noventa, representó un punto de inflexión para la sociedad norteamericana porque evidenció su doble moral. Philip Roth nos lo recuerda en esta novela que expone el problema racial con toda su complejidad, en un momento que podríamos llamar "estúpido" para cierta intelectualidad, vinculada al mundo académico, que antepone sus intereses a la inteligencia y al sentido común, apoyada en eso que designó como "políticamente correcto". Lo que ocurre es que la fórmula se aplicó más al "decir" que al "hacer", dando lugar a contradicciones e incongruencias insólitas.El personaje Coleman Silk es un individuo que destaca en su entorno, una comunidad negra que padece la segregación en los años cincuenta y sesenta. De piel clara, se incribe como blanco en el ejército y al regresar a su país se mezcla con la intelectualidad blanca. Al ser rechazado por su novia, cuándo le presenta a la familia, decide dejar atrás su pasado, abandonar a los suyos y construirse una nueva identidad como "blanco". Pasando por judío, se casa con una americana de familia judía, pero de ideas anarquistas, lo que le da verosimilitad a la trama, al hecho de que la esposa no indague en el pasado de su marido, porque, a su manera, ella también reniega de la cultura a la que pertenece.
La semilla de la ira
Consuelo Triviño Anzola
Seix Barral, Biblioteca Breve
282 páginas
2008
Tenemos que creer que es el personaje quien nos habla, no el autor de la novela disfrazado con la ropa del personaje, ni un conjunto de datos históricos amontonados y cubiertos finalmente por una máscara. Ese desafío es mucho mayor si el personaje es un escritor, porque el novelista corre el riesgo de creer que el tono en que escribimos es el que da la plenitud de nuestro ser y de nuestro destino. Ese error puede hacer que le demos a Víctor Hugo la voz de trueno que tienen sus versos, que impongamos a la vida de Flaubert la extenuante precisión que gastaba en sus obras, que soñemos que Borges se agotaba en fantasías enciclopédicas e ignoremos las minucias increíbles de su vida cotidiana.
Pero la verdad es que hay una diferencia entre la voz pública de un escritor y su voz íntima. José Asunción Silva, que era patético y melancólico en sus versos, muy posiblemente era festivo, ingenioso y artificioso en su vida diaria. Gabriel García Márquez es mucho más contenido y austero, menos desenfadado, cuando habla directamente de sí mismo que cuando nos narra sus imaginaciones.
Procure vuesa merced llevar el segundo premio; que el primero siempre se lo lleva el favor o la gran calidad de la persona; el segundo se lo lleva la mera justicia; y el tercero, viene a ser segundo, y el primero a esta cuenta será el tercero, al modo de las licencias que se dan en las universidades.

UNA HISTORIA
Y aprendimos del yolofo, el pájaro azul turquí que canta sólo cuando vuela, nunca posado en los árboles.
Del pájaro ubus-ubus, de una sola ala, que para volar necesita del ala de su pareja.
Del pájaro septicolor, de tramadas transparencias en el viento de un poema.
Del pájaro Gipaeto, cuyos ojos son escarapelas.
Y sentados, le oíamos largamente, mientras de su boca volaban más pájaros extraordinarios. Y entre más maravillosos parecían, más felices escuchábamos...
Y aprendimos que si alguien dice algo según su sueño, alguien otro lo oye desde el suyo.
Para José Luis, por su cumpleañosQuerido Platón
Celima Bernal García
Hacía mucho tiempo que no escuchaba hablar de su oficio a un escritor de casta, para mí, el autor que asume el trabajo creador con todos los riesgos. No me refiero solo a abandonar una carrera para dedicarse a escribir como un profesional de la escritura (escritores/escribidores -Barthes), sino a sumergirse en las aguas del idioma e ir cada vez más al fondo, más allá de la apariencia de las cosas, intentado desentrañar su misterio. Escribir es traducir lo intraducible, el gemido, la soledad, la angustia, la culpa, la felicidad, emociones que se expresan sin palabras, que asoman al rostro modificando con el gesto, el ademán o la mirada, nuestra percepción del otro. Un nudo de emociones nos hunde o nos salva y el escritor es un artesano paciente que desenreda la madeja para saber qué tan larga es la cuerda, de dónde surge, hasta dónde llega, qué aprisiona y porqué.Pero una cosa es lo que un autor dice, lo que opina sobre la escritura, sobre el arte y la literatura y otra es la forma como concreta su postura vital en la obra, lo que nos transmite a los lectores. En el caso de Lobo Antunes, es posible entender e incluso vivir en sus libros ese esfuerzo por "ir más allá" en busca de una verdad que nos redima del peso de una educación, de una historia, del pasado que limita nuestras ansias de existir tal como somos y no como los demás desean.
Capítulo 1
- Fue la noche la que mató a Ruperta -dijo Marroquín.
- Estás loco -repuso Samuel, el de la pata gorda.
- No, fue por esos ojos de guagua, de estar mirando para donde no se debe ver -aseveró Arsecio, mi tío, buscando decir la última palabra.
Yo los oía desde mi cuarto, mejor dicho, desde ese cuarto inmenso que era toda la casa de madera y donde dormía en un catre pequeño, al lado de la cama de mi otro tío, Segundo. Las camas estaban cubiertas por toldillos, blancos como fantasmas al viento. Mi tío roncaba pero yo me desperté apenas oí el ruido de algunos que corrían, hablando a medias, entre gritos. Traté de reconocerlos por sus voces, pero aunque no era fácil, algo familiar me hizo suponer que eran algunos de los trabajadores más cercanos a mis tíos Arsecio y Elodia, además de ellos.
¿Serían los ojos de la noche? Me pregunté descubriendo que aunque los oía clarito estaba semidormido, soñando con túneles, no importa que el aire húmedo cayera sobre la cama, junto a las palabras afuera, como susurros. La noche tiene muchos ojos, en verdad, les hubiera dicho. Por todas partes hay ojos aquí en Cajambre. Los ojos de los chinches, en el colchón, son pequeñitos, los de los murciélagos, en el techo, oscuros y directos. Son vampiros también, y los negros los llaman chimbilacos. Debajo de la casa, corrían entre las ratas, las culebras, que se las comían, todas ellas llenas de ojos, vibrantes, escurridizas. El suelo que se mueve, lo invisible. Y en el inodoro, al lado del mar, con el hueco sobre las olas rompientes, las ranas, y esos ojos grandes, que nunca se cierran.
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