Lejos, en un lugar inimaginable, un mago poseía un cofre de cristal que contenía todo el llanto del universo. Una noche, mientras el mago dormía, un travieso duende tomó el cofre, lo escondió en su chaleco y huyó con el cristal. Cuando el mago despertó, se percató del hurto y maldijo al ladrón con un poderoso hechizo. Justo en el momento del
A Javier Perucho
Soy marino. Bueno, marino retirado para ser más exactos. La última vez que zarpé, naufragué. No digo que me hayan olvidado, porque más de una vez han llegado a rescatarme, pero yo mismo he preferido quedarme en esta isla. La razón no puede
REGRESO DEL AGUA
La arena del tiempo en el cúmulo de los días.
Las sombras que se hacen largas en los rostros.
Una bandada de verbos y sus crías
se desliza en la helada superficie del cielo.
La conversación es un río de palabras
que revierten la historia
mientras el agua regresa
y Heráclito se asombra.
UNA MONEDA
Parece cierto que a Judas
se le cayó una moneda de la bolsa
mientras corría en busca de un árbol.
La halló un mendigo
que comió bien ese día
se compró una túnica de segunda mano
y llenó de azaleas el templo.
Cé Mendizábal, Bolivia 1956. Es un sobresaliente escritor boliviano, afincado en La Paz desde niño. En esa ciudad estudió la carrera de Literatura en la UMSA, y allí ha desarrollado una fructífera trayectoria literaria y periodística, que lo hizo acreedor a la Medalla de Oro Franz Tamayo a la creación cultural (1999) y al Primer Premio de Crítica Cinematográfica Llama de Plata (1989). Ha publicado los poemarios Regreso del agua (1994); Inmersión de las ciudades (1998); En el cóncavo privilegio de la desmemoria (2004). Su novela Alguien más a cargo (2000) ganó el Premio Nacional de Novela de Bolivia de la Editorial Alfaguara de 1999. Sus relatos breves se recogen en Con ojos de basilisco (2004) y en Los sábados son demasiado largos (2008).
TROYA
No estuviste en Troya, Helena;
tus pies no conocieron esa tierra.
La guerra se inició allí
por el fuego de tanto deseo.
Más que nadie te amó Homero
para urdir ríos de palabras
en el nombre de tu ausencia,
para ver la acumulación de las armas
donde no había nadie,
para ver el tumulto de las naves
donde no había nada.
Mucho debió amarte para imponer tan duro cerco
a toda una ciudad
para arrancar de la voluptuosidad de sus vinos
y de sus lechos
a tanto dios vengativo,
a tanto héroe desdichado.
Cuánta sangre, Helena, cuánto sudor
para trepar los muros inexistentes.
Las flechas son ahora nubes
que en las nubes se pierden
para volver como lluvia
que embarga los corazones.
Mira el llanto de ese hombre viejo.
Sólo quiere rescatar del barro el cuerpo de su hijo.
Cuántas vueltas, Helena,
cuántas vueltas alrededor de los muros
imaginados
cuánto más habrá de durar todo esto.
Tersites fomenta la traición en los campamentos.
Es como un fantasma que repite que en el amor
hay que complotar.
Pero Homero no oye,
y pronto vuelve al norte
de sus pesadas picas
y del noble desafío.
Todo es terror ahora
cuando el rey de los mirmidones
ejerce su invencible venganza.
Pero más invencibles
son tus paredones, Helena,
que requieren tanto sacrificio.
Luego de estar recorriendo el jardín original, oyó una voz o vio a alguien que le dijo que podía echarse, dormir y soñar. Se tendió en la hierba y en pocos segundos quedó dormido. Soñó con un lugar distinto al jardín, de colores más tenues y sombras más extendidas. Vio a un ser que caminaba en dos pies, que tenía los cabellos largos y las caderas amplias.
Ricardo Cano Gaviria también estuvo de joven en París, en "los años de abundancia del corazón", que escribió Gil de Biedma. Ahora se ha decidido a contar sus avatares por la Ciudad de la Luz en una espléndida novela
Son legión los escritores latinoamericanos que han emprendido el ritual viaje iniciático a París: Severo Sarduy, Córtazar, Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro, Héctor Bianciotti... También Ricardo Cano Gaviria (Medellín, Colombia, 1946) se plantó en la Ciudad Luz para hacer fortuna literaria. Con una particularidad: la compañera laboral a la que adelantó los dólares para que le financiara la experiencia le inscribió en el París Hilton, y luego se olvidó de enviarle las transferencias. Timado, suerte tuvo de que la colonia colombiana le ayudara, saldando sus cuentas en el hotel (donde leyó a Proust), aunque no pudo luego librarse de dormir en los bancos de los parques. Por lo demás, en París había una "mama grande", Victoria de Silva, una latinoamericana de izquierdas, con contactos con la guerrilla y el partido comunista, y por cuya casa pasaban desde exiliados hasta aspirantes a escritor como nuestro hombre.
Para las nuevas generaciones de ese país de América del Sur llamado Colombia, tal vez no resulte extraño que los círculos literarios se apresten a celebrar en el año 2006 el centenario del natalicio del poeta Aurelio Arturo, y que recientemente la UNESCO haya publicado un voluminoso tomo en el que se incluyen las diferentes versiones de sus poemas, además de una colección de ensayos sobre su obra escritos por notables autores colombianos y extranjeros. Y digo que para ellos tal vez no resulte extraño, pues desde hace unos pocos lustros para acá el nombre de este poeta - y de su obra - cada vez se oye más, es más difundido por diferentes editoriales y es más leído por el público. Sin embargo no siempre fue así. Opacado por sus compañeros de generación, un grupo de fogosos poetas que se hizo conocer en el ámbito de la literatura nacional con el nombre de Piedra y cielo - en homenaje al poeta español Juan Ramón Jiménez - Arturo asumió, sin duda también por razones de carácter aunque su estética distaba mucho de la de aquellos, una posición marginal, lo que contribuyó a que en vida, y aún varios años después de su muerte, su obra sólo fuera conocida por algunos entusiastas.
Miró abriendo apenas los ojos. La cama estaba vacía del lado de su mujer. Otra vez. Se estiró bostezando, se masajeó un poco los párpados, miró el techo vacío y se levantó. El reloj marcaba las ocho menos veinte. Las ocho menos veinte de un sábado, nada menos.
El sentimiento de no poder volver a dormir hasta tarde los fines de semana a pesar del
A BOGOTÁ
¡Oh mi ciudad querida! Hoy tan lejana
y tan inaccesible a mi deseo,
que al evocarte en mi memoria creo
que fuiste un sueño de mi edad temprana.
Te evoco así, como a quimera vana,
y al evocarte sin cesar, te veo
resplandecer bajo el ardor febeo
sobre la gran quietud de la sabana.
Y al pensar que en ti van, hora tras hora,
sucumbiendo los seres que amé tanto
y que la tierra sin cesar devora,
surges bajo la nube de mi llanto,
no como ayer: alegre y tentadora,
sino como un inmenso camposanto.
Paralela a la existencia una presencia abstracta merodea,
Mar de automóviles, concierto de ruedas aturdidas
Teléfonos, mujeres semidesnudas, elecciones
inglés, muebles, jeans
una fila interminabile de carteles
ladrillo, cemento
por doquier estruendo de metales frenéticos.
Sobreponiéndose, se eleva un tronco de escaso follaje
respira cuarteado y sediento
raíces quebradas contra el suelo.
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