
Estaba escrito en mi piel que un día iban a descubrirme. Pero ellos, incapaces de leer los mapas, tardaron años en darse cuenta que lo comestible de mí no eran las flores ni las hojas ni el tallo sino mi raíz, el tubérculo. Pero igual: era Europa, y yo había dado la vuelta al mundo.
I
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El dinero ¿fue árbol? ¿De qué especie están hechos los billetes? ¿De frutales o robles?
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Siendo pequeña intento distraer a mi madre de su trabajo.
Sólo necesito que me mire, pero ella lava.
Aferrada a su falda, no puedo controlar mis piernas y me abro la frente al chocar violentamente contra la piedra del lavadero.
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La que me hizo el gordo Reinaldo nunca la voy a olvidar. Todos los viernes nos encontrábamos en la salsoteca Zippo’s Passiony nos instalábamos en la misma esquina de la barra, atentos, simpáticos, resueltos incluso con cuanta hembra se apareciera sola; y como corrían tiempos de liberación, llegaban bastantes. Algunos decían que el sitio no era gran cosa; pero la música, hermano, eso sí era melodía. Ahí no estaba permitida la melosería romanticona que ponen ahora en la radio: nada de merengues ni vallenatos; el reguetón y el hip-hop, a kilómetros. Eso era un santuario. De Richie & Bobby lo que quisieras, lo mismo que de la Fania, Lebrón Brothers, los finaditos Héctor y Celia; en fin, vos sabés. O sea que de lo último que sonaba, muy poco. Excepto Los Van Van y eso no hay que explicarlo: el mérito habla solo.
No pude resistir la tentación cuando descubrí que habían reeditado los cuentos de Hemingway, de modo que resolví darme semejante manjar todas estas noches, sentado frente al jardín. Y mientras deambulaba emocionado de un relato a otro, se me fue encajando una pregunta en el corazón: ¿por qué motivo la popularidad de este gran maestro decayó tan notoriamente entre las nuevas generaciones? La respuesta me llegó, debo decirlo, de forma insólita.
Por las calles de la Habana
A través de las celosías, el viento
Nos trae su voz cascada,
Cantando loas a la gran aventura de su vida.
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