RONDA DE LAS ESTACIONESUn coro de ranas saluda al que viene desde lejos.
Tres rosas trae, para la reina,
Cubierto de cenizas llega, como el tiempo,
La espada reposa en el zaguán,
Verde amanece en la colina del estero.
Se dice que -de hecho Czeslaw Milosz lo afirmó- "en el siglo XX el exilio parece ser la condición universal del escritor". El exilio y también la inmigración. Limitándonos a lo ocurrido en Estados Unidos, pensemos en las grandes figuras literarias internacionales que obtuvieron el Premio Nobel viviendo y escribiendo aquí: Gabriela Mistral (1945), Juan Ramón Jiménez (1956), Czeslaw Milosz (l980) y Joseph Brodsky (1987). Reiterando lo señalado, el escritor polaco Witold Gombrowicz apunta en su Diario - escrito en sus largos años de exilio en Argentina-: "I feel that any artist who respects himself ought to be, in every sense of the term, an émigré".
Lo despertó el rolido del buque, como si navegaran en alta mar. Al principio creyó que era un sueño, luego se dio cuenta de que estaba todavía en su camarote, en el barco que había tomado tres días antes y donde, si todo seguía su curso normal, no iban a demorar en venir a llamarlo para el desayuno. No tomaría jugo de naranja esta vez, ya había tomado bastante desde su regreso a estas tierras, lo suficiente para desquitarse de la falta de verdaderos jugos allá en el viejo continente.
CAPERUCITA ROJACaperucita
con falda corta
en los ojos del lobo
el lobo
con destreza
maniobra su ganzúa
mientras
ruedan manzanas desde la canasta
días después
vuelven al bosque para mantener el cuento
¿En cuál interregno de todo lo que es materia vive un Hada? ¿Dónde no? Complicado responder, por su carácter etéreo, su inasibilidad, pero a la vez la concreción con que viven en leyenda, en el lóbulo temporal -que sobrepasa el tiempo-, en cuentos.
Heterogénea, así es la literatura de Yolanda Arroyo Pizarro en este nuevo libro titulado Avalancha. Va desde lo soslayado en el cuento Borealis hasta lo grotesco en Estallidos de besos rojos con categoría y dominio depurado.
En el cuento Avalancha la desesperación se anida. Agrieta las filosofías religiosas al preguntar, ¿por qué? Escribe con tinta gris la lucha férrea entre el individuo endeble y el vicio devastador y sus manifestaciones sicológicas, eje vital para capturar al lector y humanizar al personaje. El idilio fatalista y agobiante la anega a la masturbación, que es su encuentro íntimo con sus pensamientos amorosos en una clínica absorbente e inescapable. El erotismo se desliza de forma concreta y directa. Muy acertada por la cruda temática establecida. Al final muestra un retrato asombrado de violencia doméstica necesario para reflexionar acerca de la salud mental del pueblo y sus inocentes víctimas.
Dentro de la producción novelesca de autores exiliados españoles en los Estados Unidos, destaca con voz propia la obra del novelista y profesor Víctor Fuentes. Su Trilogía americana, de la que ya lleva dos entregas, aspira a ser uno de los proyectos más ambiciosos sobre una formulación poliédrica del transterrado. La primera de las entregas, titulada Morir en Isla Vista, en la que centro el estudio de esta página, es quizá la más representativa en lo que respecta al tratamiento problemizador de la identidad. Nuestro análisis se centra en los tres niveles de autorrepresentación de la novela: Floreal Hernández, falso autor o heterónimo; el narrador o transcriptor que actúa como filtro de toda la novela; y Vicente Fuentes- personaje, narrador a nivel secundario o hipodiegético. Cada uno de estos tres niveles puede ser visto como un espejo deformado del autor empírico. Al modo en que Max Estrella formulara las ideas de Valle Inclán, Víctor Fuentes hace a sus personajes contemplarse en el reflejo tragicómico de su novela. A su vez, tales instancias, proyecciones del autor real, se fragmentan, se funden con las historias que, como collage, van apelmazando el relato. El resultado final es una especie de laberinto borgiano donde el límite del yo parece desvanecerse.

Cuando mi gato llegó a casa, en una jaula y adoptado legalmente, tenía aproximadamente dos años de vida. Estaba castrado, vacunado y respondía al nombre de Zorro. Lo recibí en la puerta y, desde el primer instante en que se cruzaron nuestras miradas, tuve la sensación de que me convertiría en el sustituto de sus padres. La casa se inundó de una súbita alegría y él se sintió aceptado con júbilo, pues ni bien salió de la jaula, como un forastero en territorio desconocido, se me acercó poquito a poco, con una actitud sumisa, la cola levantada y la columna arqueada. Me puse en cuclillas, alargué la mano sobre su cabecita, le hablé con dulzura y le alisé el pelaje a tiempo de acariciarle. Él emitió un ruido de aprobación y me dirigió una mirada tierna, como si quisiera decirme algo, y yo le devolví la mirada con una sonrisa que me estalló en el rostro.
Inédito
Ahí estaba él con su sombrero adornado con frutas rojas -acaso eran frutillas- y rosas también rojas, émulo de Carmen Miranda rondando por las azoteas del vecindario. Se paseaba por los rincones contorneando sombrero y revoleando su cuerpo en rojo. Frambuesas caían en cascada sobre sus hombros, jugo de tomate le dibujaba las ojeras, oh, ese sombrero de rojos rotundos espejándose en la ventana. Se deslizaba sobre una alfombra de geranios que caían languidecientes a sus pies, el rojo era catarata de pulpas y diademas, guirnalda de rosas con espinas jugaban a cubrirle la desnudez -pero apenas- y la línea perfecta de su codo bailaba hacia el cielo. Raso. Rojo de sangre, vino tinto salpicando el techo, corcho en el aire, mermelada de frutilla.
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