¿La Ceiba de la Memoria?, extraño título me dije cuando tuve en mis manos la última novela del escritor cartagenero Roberto Burgos Cantor. ¿Qué pueden tener en común los sustantivos ceiba y memoria? ¿Qué relación puede existir entre un árbol y una función mental como la memoria? ¿Se trata en este caso de un truco lingüístico forjado por el autor para atraer la atención del lector interesado?. Concluida su lectura, sea lo primero decir que estamos frente a un título polisémico o, para ser más precisos, ante un bello título polisémico.

Por favor cuida de mamá...
Editorial Grijalbo
2011
ISBN 9788425346255
Finalmente el altoparlante anunció que el avión partiría a las siete y veinte de la noche de Nueva Delhi rumbo a Bangkok. Atrás quedaban siete años de recuerdos. Al menos eso creía porque la verdad a veces no recordaba ni cómo me llamaba. En la silla de al lado me tocó una italiana simpática que seguramente había venido a la India a realizar alguna cura del espíritu y a purificar el cuerpo. Aún no había despegado el jumbo de Air India cuando la italiana me preguntó cómo me llamaba.
- Bruno Canal - le dije con la sonrisa que siempre me caracterizó cuando no tenía la mirada ida, perdida como cuando me daban los ataques aquellos que me transportaban a otros mundos. Me enlagunaba con personajes imaginarios que me perseguían y me atormentaban. Con delirios de culpa y persecución que me maltrataban el alma sin sentido y me descuartizaban la esperanza y el contacto con el mundo de los mortales. La oscuridad se apoderaba de mí y mi memoria se desvanecía por senderos abruptos y condenados llenos de trampas mortales.
El ranking de los libros menos vendidos es un sondeo al pasado. Esta sección pretende recordar los libros injustamente olvidados
En un principio creo que es la luna colándose por una claraboya. La larga estela de luz atraviesa una especie de galpón enorme y va a estrellarse en una gran sábana blanca colocada en el fondo, en la que mis ojos y los de todos los que me rodean se encuentran fijos. En la improvisada pantalla aparecen las imágenes de una película de cine mudo, en la que los actores usan ropas anticuadas y se mueven a saltos caminando demasiado deprisa. La película está llena de manchas y rayones que cubren las imágenes con un velo de lluvia. La luz es defectuosa y mis débiles ojos tienen que esforzarse a cada cambio de imagen para seguir la secuencia y no perder el hilo del relato. Ahora sé que me encuentro en un teatro del Caribe de los que frecuenté en mi infancia, de esos en los que la ausencia de techo permite circular el aire atenuando el calor y, al mismo tiempo, refrescar los ojos del brillo de la pantalla, mirando cada tanto al cielo en busca de las estrellas que en esa parte del mundo parecen encontrarse al alcance de la mano.
De pequeño tenía un tren de madera; lo hizo el tío Fermín y me lo regaló un día de Reyes. Es lo que mejor recuerdo de mi infancia: aquella locomotora pintada de negro, con sus tres vagones rojos; el tosco y querido tren de madera en el que quería salir de España y llegar a América. Dicen que la vida es un eterno retorno, pero yo creo que es un monótono ir y venir por las mismas estaciones; sólo varían los viajeros que nos acompañan.
La ingenuidad de la infancia había quedado atrás, así que, ya mayor, logré irme al otro continente en el transporte normal que escogen los adultos. Ahora, después de 20 años, regresaba como viajan los turistas.
¿Cómo comenzó este viaje al fondo de mí mismo? Después de un largo trayecto en avión, tomé un tren al anochecer: era incómodo, ruidoso en su traqueteo, y dentro de él se respiraba ese aire de conformidad que tiene la pobreza digna. Durante toda la noche estuve cabeceando entre los esporádicos silbidos y las mortecinas luces de las estaciones que iban apareciendo. Entonces sentí que estaba inmerso en otro tiempo, el que deja de importar, el que no transcurre aunque se avancen kilómetros y el reloj continúe moviendo sus manecillas. De vez en cuando me sobresaltaba ante el estremecedor ruido que hace el paso de otro tren en sentido contrario.
Había pasado de un continente a otro, y ahora un tren me llevaba a mi pueblo, a la única referencia de mi pasado. Hacía más de veinte años que me había marchado; una madrugada me despedí de los tíos que se hicieron cargo de mí cuando mi madre murió de parto y mi padre cogió su rumbo al poco tiempo. Ahora volvía porque la amable carta de un amigo de la infancia me puso al corriente de que mi tía se encontraba muy mal, así que mi intención era verla antes de que muriera, que es lo único que puede hacerse en estos casos, y saber qué pasaría con mi tío, al que no le quedaba ya otro pariente que yo, que ahora regresaba con el enorme cansancio que produce el abrirse paso en espacios ajenos.
-Igualita, igualita a su abuela Balbina
Micaela oía lo mismo una y otra vez, lo decía todo el mundo, era igual que su abuela, a la que ella no había conocido. Los mismos ojos azules, la misma boca pequeña, el mismo pelo lacio, tan delgada, y tan buena. -Ojalá te parezcas a ella también en eso- le decían.
La mujer del A los había visto llegar. Casi siempre lo hacían a la medianoche, no a esa casa de apartamentos, sino a cualquiera, en cualquier barrio, en cualquier parte de la ciudad. Sólo aquellos que eran buscados, a veces los veían llegar; los demás no querían ver ni oír nada.
Del coche bajaron dos hombres, eran inconfundibles. La mujer del A se apartó de la ventana, despertó a la niña, que dormía profundamente, y, sin más, la tomó en sus brazos y la sacó al pasillo en piyama. Tocó tres timbres breves, firmes, alarmantes en la puerta del B. Mientras esperaba que le abrieran, en esos escasos segundos, apretó a la niña contra su pecho. La niña, anegada aún en el sueño, preguntó:
-¿Qué pasa, mami?
El pasillo estaba oscuro, todo el edificio en silencio. Sólo un ruido mecánico, agónico atravesó aquellos escasos segundos, sólo un resplandor iluminó fugazmente la espera, provenían del ascensor que descendía hacia la planta baja.
La mujer debió de albergar alguna esperanza, pues lo que dijo, cuando la vieja le abrió la puerta, fue:
-Pase lo que pase, no salga, no llame a nadie. Quédese con la nena nada más por esta noche.
La vieja retrocedió unos pasos y se echó a un lado. Intentó alisarse los cabellos, que llevaba revueltos, pero sus manos no respondieron.
La niña, ahora de pie en la habitación única del B, se restregó los ojos y bostezó con la boca muy abierta; luego, se volvió hacia la puerta como buscando algo, a alguien. Su madre había desaparecido. De nuevo, se restregó los ojos y, dirigiéndose a la vieja, dijo:
Como una "figura verdaderamente original de la literatura en castellano" definió el jurado al autor nacido en Colombia y naturalizado mexicano, quien recibirá el premio durante la inauguración de la 25 FIL Guadalajara
Fernando Vallejo, "una de las voces más personales, controvertidas y exuberantes de la literatura actual en español", es el ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2011. El jurado, integrado por siete reconocidos críticos, escritores y académicos, decidió otorgar el galardón al autor de El río del tiempo, La virgen de los sicarios y El desbarrancadero por ser un escritor que expresa "su emoción con la voz de un artista en el que coinciden la realidad de un mundo raro con la imaginación".
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