Antes del bullicio de los estudiantes. A la salida del colegio el parque está tranquilo. Las tres bancas desocupadas. Un viento ligero. Los copetones saltan y hay colibríes. Huyen de las mirlas hambrientas y se asilan en las ramas altas de los cinco árboles grandes: eucaliptos y urapanes. La jornada escolar continua termina a la 1:45.
La araucaria sola, apartada del parque, junto al portón de la entrada, mece las ramas. Alguien dejó en su follaje un sobre blanco al que le pintaron con tinta lila un corazón pendiente de una horca. Se lee: Para Mirna, con urgencia.
In Memoriam
1948- 2018 †
El ventanal de cuerpo entero del suelo al techo corresponde al piso cinco en un edificio de seis plantas. Enfrente está la alameda bordeada por las vías de asfalto y en algunos tramos interrumpida por calles que la atraviesan. Por encima de los árboles grandes y viejos están los techos y tejados de las edificaciones al otro lado. Y después los cerros. De allá sale el sol de claridad brillante y luz tibia las mañanas despejadas sin nubes bajas ni cúmulos de neblina.
In Memoriam
1948- 2018 †
La mujer limpia el espejo al fondo del ascensor: utiliza una especie de limpiaparabrisa manual y salpica la superficie con un rociador. La puerta silenciosa se abre. La luz indica el piso 3. Un señor entra y presiona el botón del piso 8 mientras saluda: "Buen día".
La mujer interrumpe su labor y responde. El hombre sin mirarla dice: "No quiero
Estoy entre un charco de sangre. No puedo más. Chorros calientes me escurren por el cuello: hilos húmedos y pegajosos van bajando por mi cara. Huele a sangre. Estoy tirado entre un charco caliente. Me estoy desangrando. Me destrocé la cara al caer contra las piedras. El indio Pedro. No recuerdo bien, no recuerdo nada. El indio Pedro me quiso obligar... Estoy mal. Estoy mal, estoy solo, abandonado en este camino de herradura por donde no transita nadie. Los niños me están esperando en casa. Petra, te compré el mercadito que querías. Lo solté allá atrás porque no me alcanzaban las fuerzas. Si alguien viene, encontrará primero el costal con las papas y el maíz y un poco más adelante, la bolsa de plástico con los cuadernos y los lápices... mañana ellos entran a la escuela. Les compré los útiles. Me estoy desangrando tirado en este camino solitario. Me van a encontrar muerto con la cara enterrada en el pedregal.
Eugenia Gallardo
Apagué el televisor y miré por la ventana. El auto de Silvia estaba estacionado frente a la casa, con las balizas puestas. Pensé si había alguna posibilidad real de no atender, pero el timbre volvió a sonar: ella sabía que yo estaba en casa. Fui hasta la puerta y abrí.
-Silvia -dije.
-Hola -dijo ella, y entró sin que yo alcanzara a decir nada-. Tenemos que hablar.
Señaló el sillón y yo obedecí, porque a veces, cuando el pasado toca a la puerta y me trata como hace cuatro años atrás, sigo siendo un imbécil.
-No va a gustarte. Es... Es fuerte -miró su reloj-. Es sobre Sara.
-Siempre es sobre Sara -dije.
-Vas a decir que exagero, que soy una loca, todo ese asunto. Pero hoy no hay tiempo. Te venís a casa ahora mismo, esto tenés que verlo con tus propios ojos.
-¿Qué pasa?
-Además le dije a Sara que ibas a ir, así que te espera.
Nos quedamos en silencio un momento. Pensé en cuál sería el próximo paso, hasta que ella frunció el ceño, se levantó y fue hasta la puerta. Tomé mi abrigo y salí tras ella.
Leoncio camina por una tumultuosa calle de la ciudad. Lleva en la mano un periódico y una carpeta, y de la gabardina colgada del brazo puede deducirse que el atardecer está fresco, pues Leoncio no soporta el frío por leve que sea. Hace un minuto salió de la oficina, son las seis y un minuto, y se dirige al paradero del bus. Como toda la gente, camina en forma precipitada en un eterno y a veces vano intento para lograr sentarse. A pesar de ir pensando sólo en esto, advierte a su lado la presencia de un perro. Pero no lo tiene en cuenta y continúa dando grandes zancadas, acelerando cada vez más. Más adelante siente que el perro lo sigue y él lo espanta con la gabardina. El perro se detiene agachando la cabeza en un acto de sumisión. Leoncio no ha aflojado el paso y ni siquiera se acuerda del perro cuando llega al paradero. Se coloca en la fila y entonces siente que algo le roza el pantalón. El perro lo mira como si lo escrutara. Esta vez Leoncio lo examina: pequeño, magro, amarillento, el pelo se le ha caído casi en su totalidad y su cuerpo está cubierto de llagas. Leoncio reflexiona en que ahora se irá en el bus y el perro desaparecerá, y se pone a leer el periódico. La tranquilidad le dura apenas unos segundos. Las personas que esperan en la fila lo miran ahora con el mismo desprecio con que él mira al perro. A él no le importaría que creyeran que el perro le pertenece, y lo demuestra ocupándose otra vez del periódico, si el perro se quedara quieto. Pero el perro ha vuelto a rozarle el pantalón y parece tener intenciones de orinarse contra su pierna. Quizá dando una vuelta a la manzana, entre tanta gente, se despiste. Pero perdería mucho tiempo, el bus se le pasaría y tendría que esperar luego otros minutos que podrían convertirse en media hora. Es preferible y echa a andar rápido, seguido por el perro, procurando introducirse por donde haya más gente, hasta tal punto que el perro no pueda sospechar en qué lugar se encuentra. Después de dos cuadras sonríe con satisfacción: ha volteado la cabeza y el perro no se ve por ningún lado.
Por esas cosas absurdas pero divertidas de la vida estuve invitado al matrimonio de la hija de una colega italiana de mi esposa acá en Nueva Delhi a finales del mes de abril pasado. Inicialmente estaba un poco reacio a ir a la fiesta porque a duras penas conocía a la colega de mi mujer pero al fin y al cabo la vida se va pasando y últimamente he tenido que participar en más entierros que matrimonios. De tal forma que no lo pensamos mucho, nos vestimos para la ocasión y nos fuimos a la celebración. Debo confesar que la novia estaba preciosa, la fiesta fue entretenida y la comida maravillosa. Un día verdaderamente quimérico, lleno de alegría.
Neurótico es una palabra que te describe bien. Debes inspeccionar las repisas de tus libros religiosamente, cada vez que llegas a la casa. Observar que todos los libros están en su lugar, aún sabiendo que no has movido ninguno de su sitio, ni los has prestado (no prestas libros), ni los has extraviado. No están en ningún orden específico que no sea hacerles un resquicio según van llegando, van siendo comprados, adquiridos o según te los van regalando. Sin embargo, tratas de que los escritos por un autor en particular estén juntos, para que se hagan compañía, uno al ladito del otro.
Una vez le escuchaste decir a una periodista de apellido Sontag que habían preguntas que no tenían futuro, "that question has no future", le dijo a quien la entrevistaba. Sin duda es una frase que te gusta, con la que te identificas. Y piensas, ¿cuándo fue que se nos complicó todo? Entonces miras tus cuatro libros de Susan Sontag sobre la repisa de la sala y acaricias los lomos y las portadas.
Página 140 de 152