Para ser tuya tendría que morir.
Cuando la vi salir de las galerías Vamp, casi no la reconozco. ¡Oh, Dios! No parecía la misma Claudia que seis meses atrás había prometido acompañarme durante toda la vida, sino una de esas chicas que sólo aparecen una vez en las portadas de Hawk y quedan inmortalizadas para siempre. Lamenté que se hubiera cortado el pelo. Era largo y sedosito; le caía sobre los hombros como una cascada de ébano.
-Alexandro, ¿qué ha sido de tu vida?- me preguntó escandalosa y feliz. Un cálido perfume la envolvía toda, mucho más que su vestido azul cielo, la cadena de oro alrededor del cuello, los anillos de sus dedos.
Le conté que había cambiado de barrio, hacía free-lance en una agencia de publicidad, corregía textos, el dinero era escaso... Le propuse fuéramos a mi apartamento para terminar de contarle el resto.
Corrió a sacar el auto del parqueadero y arrancamos como bólidos por la 7a, hacia el norte. Manejaba con pericia, como si las calles fueran suyas. Cambiaba de carril, le hacía quites a los buses, se pasaba los semáforos en rojo, detestaba a los policías, maldecía a los ciclistas distraídos, en fin... ¡Era una loca! Al llegar al Parque Nacional le pedí que aparcara al final de la calzada, frente al desvencijado edificio de ladrillo.
Apenas eran las tres, pero debido a la suciedad de las claraboyas el trayecto hasta el quinto piso parecía la boca del lobo. Subió renegando por la falta de peldaños en la escalera, la oscuridad, el chismorreo de los inquilinos detrás de las puertas... Cuando abrí la puerta de mi apartamento se lamentó, no de mi austeridad sino de mi desorden: los libros amontonados en el piso, la ropa colgada detrás de la puerta, las goteras de la ducha, los bombillos fundidos. Una silla turca me servía de cama. Abrió la ventana de par en par y me preguntó escandalizada:
-¿Cómo puedes vivir en un sitio tan inmundo?
-Es provisionalmente- le mentí.
-Por cien mil pesos podrías conseguirte una pieza decente en Suba.
-¡Qué ilusa eres! Los arriendos están por las nubes.
Es fin de curso. Salimos apresurados del Instituto de Readaptación para Extranjeros. Me esperan Javi y Sabu, hijos de inmigrantes paquistaníes.
Los noto en plan de juerga. Javi me dice con un tono profesoral:
-Te voy a enseñar dos frases fundamentales para sobrevivir en la cultura canadiense. Si alguien o algo te enfada, debes decir con el ceño fruncido: "that is wonderful".
-Dat is guanderful -repito.
-Excelente -dice.
Javi me da unas palmaditas de apoyo en el hombro.
-La segunda frase la empleas si quieres decir algo positivo a alguien que es amable contigo, y es: "son of a bitch".
-Sonofabich -repito y trato de memorizar las dos expresiones clave.
Lo primero es un crujido de madera antigua, reseca. Estoy sentado en la cama de Pessoa. En una mesa pequeña, frente a la cama, hay una botella de Johnny Walker, a medias. Un vaso con un poco de ese whisky oloroso a otras maderas, cerca de mis manos. Ya se han ido los camarógrafos, las preguntas y las respuestas. También se fueron Constanza, mi esposa, y la poeta Lauren Mendinueta, quienes vinieron a dejarme entero, sano y salvo en manos de los espíritus del poeta. Lauren, con su dinámica y diligente mano poética, fue quien encontró la manera de traerme la noche del poeta mayor a mi encuentro en este Museo. Sigo sentado, casi sin moverme, pero la cama cruje. Habla por sí sola, pareciera. Sigue mis movimientos como una sombra sonora. Me preocupan estos crujidos. ¿Asustarán a Pessoa y no vendrá? ¿O acaso el poeta los conocía bien? ¿Eran los ruidos del brujo Crosley, 666? Recordé que había olvidado mi carta astral para este día hacía muchos años. La cama crujía. No había más remedio, tendría que buscar la manera de dormir como fuera posible. El poeta no se iba a deslizar por las paredes durante la vigilia, bien lo sabían los surrealistas.
Clemen, la mamá de las Arregocés, era una mujer que gozaba de una salud de hierro. Cuando era joven y su célebre belleza ya era conocida, estuvo casada con Blas Lechuga, un poeta idealista de salud frágil que le componía unos versos hermosos. Se enamoraron perdidamente durante los atardeceres cuando Blas declamaba poemas y Clemen lo escuchaba, mirando fijamente cómo las aguas del río se confundían con el mar. Aquel idilio fue famoso en la pequeña ciudad del trópico en la que habitaban y todo se sabía. Tuvieron tres hijas. A pesar de que la lucha diaria era difícil, pues un poeta no era ninguna garantía, y de versos no comía ni come nadie, siguieron viviendo en su pequeña ciudad, y se alimentaron de aire mientras Blas usaba su energía y sus escasas fuerzas en componer versos.
Enfrente de mi casa hay un árbol con flores color violeta. Lo veo cuando me asomo a la ventana del living, lo veo al salir del edificio de departamentos donde vivo. Hay mucho verde ahí y también muchos árboles porque hay un parque. En el parque hay muchos perros, los llevan en grupos de seis, de diez, hasta de dieciocho perros he contado, atados con correas y el que los pasea se llama paseador. Desde hace algunos años hay paseadores de perros en Buenos Aires, personas que se encargan del trabajo que los dueños no pueden o no quieren hacer. A los paseadores se les paga y algunos dicen que les pagan muy bien. A los perros habría que preguntarles qué tal la pasan, pero ellos no hablan y sólo ladran o gritan o aúllan, y a veces tienen calor porque los tienen atados a los árboles. A algunos los dejan correr sueltos por el parque y otros perros se pelean, se corren el uno al otro y ladran al grupo de perros que tienen enfrente y que parece un grupo rival.
Mouriño llegó hasta la puerta de ese edificio en Barracas sin lograr que las dudas lo abandonaran del todo. Entonces, ahí, en la puerta, fue peor, porque el edificio parecía de cuarta, de décima, en fin, difícil de calificar.
Tocó el timbre del departamento correspondiente, y alguien le abrió sin siquiera preguntarle quién era. ¡Funcionaba el portero eléctrico! Ya se había olvidado del sonido que hacían. Era como si allí no hubiera nada de valor para robar. A la inversa, parecía más bien que el visitante sería robado apenas ingresara.
En todo caso, ahí tenía que estar él, no se había equivocado, era el lugar donde Rivera lo había mandado. Y no podía dejar de confiar en Rivera.
Por supuesto: el ascensor no funcionaba. Por supuesto: no había ningún portero (encargado) a la vista. Esto último, sin embargo, era lo más conveniente. Subió por las escaleras hasta el cuarto piso y buscó el departamento "C" (había muchos por piso, una pajarera). La puerta no estaba abierta pero se abrió, sola, apenas él estuvo enfrente, antes de que tocara el timbre, que probablemente no funcionara. Quiso buscar dónde estaba la cámara, pero desistió; tenía que entrar.
El departamento era de un solo ambiente, pero bastante grande, hasta donde podía ver, porque la persiana de la única ventana estaba subida a medias, ladeada, como si tampoco funcionara. Tardó en acostumbrarse a la media luz, pero cuando lo hizo vio a quien tenía delante y no lo pudo creer.
Durante la pausa, los que no se iban afuera a fumar y tomar aire o se quedaban en la barra, ocupaban la última mesa junto al pasillo que conducía a los camarines. Tenía la ventaja de estar casi en la penumbra y de ser apenas accesible a la mirada del público. Era tarde ya y sólo les quedaba una función. El Manco Pontoni había empezado a beber desde temprano y Escalante asistía con temor a su paulatino hundimiento en ese pozo inclemente de alcohol y de olvido que de sobra conocía. Y cuando Griselda se le acercó, como lo estaba haciendo las últimas noches, pensó que debía advertirle y decirle que tuviera cuidado, que no se dejara enredar por sus encantos, que él mismo había experimentado repetidas veces la dulce embriaguez con que ellos podían apoderarse de cada célula de su cuerpo y terminar esclavizando su voluntad. Pero no se atrevió a sermonearlo con argumentos tan conocidos para los dos. Sólo atinó a quedarse un rato observando, atónito, cómo los ojos vacíos de su amigo cobraban el brillo característico de aquellos momentos. Si ya le había corrido el telón a todo lo que lo rodeaba, pensó, ¿de qué valdría hablarle sobre cualquier cosa?
Estaba en el momento más tenso de la narración, había resistido hasta ya no poder más y se disponía a declarar, tras el agotador interrogatorio. Quizás a causa del dolor físico, la mente se le nublaba. El testimonio salía a trozos y tenía que volver a empezar. Los verdugos, que sabían más que ella, no buscaban la verdad, sólo representaban una escena. Su poder de convicción se apoyaba en la fuerza bruta o en algo peor, la perversidad y sevicia para lesionar moralmente a la persona. Estaba detenida por haber presenciado una matanza, aunque pretendieran hacerle creer otra cosa. Era la única sobreviviente y no podían dejar que los pusiera en evidencia.
Aún tenía consciencia de dónde se encontraba cuando pasó de la celda a ese lugar gélido, mezcla de sala de operaciones y de morgue. Los encapuchados pretendían doblegarla socavando hasta el último resquicio de su mente, de modo que no quedara nada en su interior. Le exigían que diera nombres para justificar otras redadas, pero ni siquiera buscaban eso... Sólo querían hacerle sentir en el cuerpo la furia del Estado amenazado por unos rebeldes que saltaban por encima de las leyes.
No sabría decirles si este dragón era bueno, o malo, puesto que no son los dragones mi especialidad, pero he oído decir que era juguetón. (Seguramente lo mismo piensa el gato una vez que ha logrado atrapar al ratón, y finge que se distrae y que su víctima se le escapa, para saltar nuevamente sobre él. Pero de esto no diré nada, puesto que no se me pide, y puede hasta que no sea tal y como pienso). Dicen que debía ser muy viejo. ¡Viejo viejísimo! ¡Requeteviejo!... Que no tenía amigos, pues aquéllos de su clase que no habían perecido por la espada de algún príncipe justiciero, habían acabado muriendo de cualquier otro modo, y q`ue tal vez por eso mismo se aburría en su guarida. Debía de ser un fumador empedernido, -juzgaban muchos- o un verdadero incendiario, pues día y noche y noche y día (si uno se fijaba en tales cosas) se veía salir humo de la inmensa caverna que ocupaba en lo alto de la montaña. A veces rugía de repente, y el rugido que lanzaba provocaba una avalancha de pequeñas y medianas rocas en la falda de la montaña y un ligero temblor contagioso a medida que el eco llevaba de una a otra cumbre el rugido amenazante, o quizás simplemente fatigado.
Página 18 de 36