Clemen enviudó cuando la mayor de sus hijas aún no llegaba a los cinco años de edad y la menor apenas venía en camino. De aquella época empezó la costumbre de la gente de llamarlas con el apellido Arregocés de la madre, como queriendo eliminar la evidencia del poeta Blas Lechuga. Clemen Arregocés logró criar a sus hijas y educarlas de profesionales por prestigiosas universidades. La necesidad la obligó a convertirse en una reconocida mujer de negocios que se enfrentó sola a la vida, y a punta de puro esfuerzo abrió en memoria de su difunto esposo una librería donde se reunían los intelectuales de su época. Sin darse cuenta, ella trajo aquellas novelas que servirían de cartilla a los escritores que posteriormente llegarían a ser famosos, y además la librería Blas Lechuga sería cuna de una generación de poetas: Los poetas del río. Gracias a la venta de libros, no sólo educó a sus hijas, compró una villa y creó una beca estudiantil, por supuesto la Blas Lechuga, sino que además recogió un pequeño capital que le garantizaba una vejez tranquila y seguramente placentera a orillas de su mar.
Guillermo Camacho Escritor colombiano. Reside en Copenhague.
Cierto día Clemen, cuando aún estaba en la plenitud de la vida, cayó enferma. En pocas semanas se agravó y debió ser hospitalizada. Los médicos, confusos, no sabían qué tenía. En cuestión de cinco días la situación empeoró. Los especialistas, confundidos como en un laberinto sin salida, no tuvieron más remedio que pasarla a cuidados intensivos, a esperar un desenlace milagroso. Durante tres días con sus noches, Clemen Arregocés durmió el sueño de la muerte. La conectaron a máquinas que le prolongaron la ilusión de los sentidos y la mantuvieron viva artificialmente. Los poetas del río, los dos escritores famosos, el alcalde y el señor gobernador, y todos los clientes de la librería Blas Lechuga, en pocas palabras toda la ciudad, se acercaron a la Clínica de las Antillas a rendirle honores. Todo parecía indicar que no pasaría de las setenta y dos horas siguientes. Los galenos prepararon a las hijas para lo peor. Cada una se despidió de la destacada madre a su manera. Cada una la recordó a su forma. Los periódicos, y no sólo los de la ciudad, empezaron a publicar extensas crónicas de la vida maravillosa de Clemen Arregocés como precursora y pionera de la literatura, promotora de artistas, cabeza de una fundación que orientaba y apoyaba pintores, madrina de los poetas del río. Como ejecutiva de éxito que convirtió a su librería, la Blas Lechuga, en un templo de conocimiento, cultura y hogar de intelectuales. No sólo poetas y escribidores la frecuentaban: futuros políticos con nuevas visiones que perseguían un bienestar para el país, y que estimulados por los poetas del río buscaron el poder para dirigir los destinos de las gentes. Hasta llegó a prepararse su tumba en el mausoleo de los Jardines de Paz, donde Blas Lechuga la esperaba pacientemente desde hacía más de cuarenta años. Invitaciones a su entierro y borradores de discursos que serían leídos la tarde de su entierro fueron cuidadosamente encargados a los intelectuales más destacados de la famosa librería Blas Lechuga. Una nueva edición de poemas inéditos de Blas Lechuga apareció y desapareció como pan caliente, gozando irónicamente de una popularidad que nunca antes le había sido reconocida al pobre Blas, a pesar de todos los esfuerzos sobrehumanos hechos por Clemen durante mas de medio siglo por promover la obra de su difunto esposo y poeta. Blas pasó olvidado a la posteridad cuando a una edad muy temprana murió ahogado al caer al río una noche que había ido a despedir a un grupo de vates que partían para Europa.
Las calles cercanas a la Clínica de las Antillas se cerraron porque la congestión de vehículos que llegaban para rendir homenajes a Clemen en su lecho de muerte había alcanzado proporciones impensables. Vendedores ambulantes de café tinto y cigarrillos sueltos se instalaron en las vecindades del sanatorio. Empresarios locales empezaron a montar graderías donde pensaban vender puestos numerados para ver pasar la carroza con el cortejo fúnebre el día de su entierro, similar a una batalla de flores de carnaval.
Tampoco faltaron las crónicas amarillas que circularon buscando desprestigiar a Blas Lechuga: salieron a relucir trapos sucios con más de medio siglo de antigüedad y atraso, que hablaban que Blas en vez de haber ido a despedir al grupo de poetas que partía para Europa, había caído al río cuando desembarcaba del vapor que lo había traído de visitar a su amante, una mulata hermosa que habitaba unas veinte leguas debajo de la desembocadura del río, y de quien se decía era la verdadera musa que lo tenía embrujado y era el motivo de inspiración de todos aquellos versos eróticos. Estaba podrido, decían los más mojigatos, y por eso a los caimanes les había dado asco comérselo.
Muchísimos años antes, cuando atacaban a Blas en público y delante de Clemen, ella se limitaba a decir que los muertos, muertos estaban. Y que tal vez el único pecado de la vida de Blas, y de ella, había sido no cuidarse la higiene bucal. Que lo único que se les había podrido a los dos eran todas las muelas, pero no por voluntad propia sino por simple y llana ignorancia porque en aquellos años de infancia no se tenían los conocimientos de la importancia de un buen hábito de higiene bucal y a duras penas se sustituía al flúor con hojas de mata ratón para el cepillado.
Por eso, cuando Clemen acumuló las primeras ganancias, se fue sin pensarlo dos veces para donde un recién llegado dentista italiano y se hizo llenar todas las muelas, sin excepción alguna, con oro del mas alto quilate especialmente encargado y tratado en Mompox. Decían las malas lenguas que el italiano le había rellenando todos los molares con mas de medio kilo de oro y cuando se reía un resplandor dorado le iluminaba desde el paladar hasta la garganta.
"¡Ahí lleva una fortuna entre las muelas!" decía la gente cuando la veían pasar espigada y altanera rumbo a su librería.
Hasta se llegó a rumorear que Clemen había hecho desenterrar a Blas y le había pagado otra fortuna al italiano para que también le rellenara las muelas con oro, con tal que Blas pudiera leer sin dolor toda su poesía dorada en el más allá.
- "Si el oro aguanta sumergido en el mar tres y cuatro siglos sin siquiera perder un milímetro de su brillo, con mayor razón es el material ideal para acompañarnos en esta vida, pero en especial en la otra, en la del mas allá"- decía Clemen cuando la cuestionaban y la acorralaban contra la pared sobre la veracidad de la historia de las muelas rellenas de oro de ella y de Blas.
- "Ojalá todos pudieran hacerse el tratamiento de las muelas de oro" - y se reía a carcajadas reflejando halos dorados de placer y satisfacción.
La calificaron de lunática pero no tuvieron más remedio que reconocer que, gracias a ella y a su devoción, la gente había aprendido a leer libros, las primeras galerías de arte abrieron sus puertas y los pocos teatros que había en la ciudad eran producto de las iniciativas de Clemen Arregocés y su Fundación Blas Lechuga, que se había preocupado incondicionalmente de crear también una escuela de teatro. Fue directora del departamento de Bellas Artes en sus etapas iniciales, decana vitalicia de la facultad de literatura, cofundadora del conservatorio y socia en un empresa importadora de instrumentos musicales, óleos y pinturas.
Durante más de cuarenta años fue embajadora cultural sin excepción. Invirtió una muy buena parte de su fortuna en promover todo tipo de arte, y los más envidiosos aseguraban que mantenía un séquito de amantes adolescentes y talentosos en diferentes artes plásticas a los que patrocinaba incondicionalmente siempre y cuando cumplieran rigurosamente con sus deberes de alcoba. Según muchos ese era el verdadero secreto que la mantenía eternamente joven y hermosa. También se dijo, justamente, que no reparó en mantener holgadamente a la mulata hermosa amante de Blas, y a sus hijos los quiso como a propios.
Al fin ocurrió el esperado milagro. A la mañana del cuarto día de su agonía, Clemen amaneció como resucitada. Despertó del largo viaje con los párpados cansados y los ojos aún inyectados de sangre. Pero a pesar de aquella travesía por los infiernos de la muerte, el rictus expresaba el deseo de la vida y el cabello le empezó a brillar nuevamente. Una nube, grisácea y pesada, que había estado ahí presente y en silencio, empezó a separarse del río, y los rayos del sol lograron filtrarse alumbrando nuevamente por primera vez en tres días. El peso de la muerte se alejó empujado por unas brisas decembrinas que, sin ninguna explicación concreta, se habían demorado en llegar. El silbido del viento se volvió a colar por las ventanas y en toda la ciudad se sintió un renacer. El aire fresco alivió el bochorno y los médicos, estupefactos, no se podían explicar el milagro del retorno a la vida de Clemen.
Estuvo rodeada por galenos y especialistas que la tocaron y la midieron nuevamente milímetro a milímetro. Los observó pacientemente, muda y perpleja, con la boca cerrada y los ojos bien abiertos como bicho raro que se siente ultrajado y manoseado, mientras los médicos ensayaban todo tipo de hipótesis e improvisaban teorías que les permitieran explicar el milagro de la resurrección. Durante horas lo único que deseó fue que la hubieran dejado a solas para poder estar con sus hijas, pero la voz no le salía, y un dolor muy superior a sus fuerzas en el paladar y la garganta no le permitió que los labios se separaran. Las comparsas que se habían aglomerado en los alrededores del sanatorio explotaron en bailes de alegría cuando la noticia de la resurrección de Clemen fue del dominio público. Finalmente, los especialistas y científicos se aburrieron de plantear teorías y se alejaron con sus enfermeras y sus estudiantes, y las tres hijas pudieron entrar a la habitación a reencontrarse con su madre resucitada. Las hijas le cepillaron la cabellera en calma después de un abrazo eterno. Luego, cuando el carnaval de la resurrección en la calles cesó y la gente se retiró a sus hogares a descansar, pues ya todas las versiones de la resucitada habían circulado varias veces por toda la ciudad, la tranquilidad y el silencio retornaron. En suma calma pero haciendo un esfuerzo sobrehumano para separar los labios y hablar, porque el dolor de encías estaba a punto de reventarle el cerebro, Clemen pudo murmurar un par de palabras.
- Está pidiendo agua- , dijo la menor de las hijas, que desde siempre había sido la mejor para descifrar las angustias y los miedos de la madre. La mayor de las hijas le sirvió un vaso de agua fresca y transparente de la misma jarra de agua con la cual le había mantenido los labios humedecidos durante la travesía en el sueño de la muerte. Le acercaron el vaso a los labios. Una de las hijas le mantenía tierna y delicadamente la cabeza apoyada en su mano mientras la menor le acariciaba con dulzura las manos y la espalda.
Entonces Clemen abrió la boca para recibir el trago de agua y las tres hijas pudieron escuchar y ver en silencio el grito atónito de dolor que salió de lo profundo de su garganta: alguien sin escrúpulos le había extraído el medio kilo de oro de las muelas sin anestesia seguramente convencido de que Clemen jamás se despertaría de aquel coma en el que yacía. Un hálito de olor fétido y horrible se escapó de los huecos de los molares y la primera lágrima que le vieron a Clemen en toda su vida rodó por su mejilla. Vivió hasta los casi cien años pero desde aquel entonces de su resurrección, cuando apenas acababa de pasar el medio siglo de edad, no volvió por su librería ni a ningún otro sitio que tuviera que ver con la cultura. A veces la veían deambular en una túnica vaporosa por las orillas del río al atardecer acompañada por la sombra de Blas que no paraba de recitarle sus versos dorados de amor.
Las muelas de Clemen enviado a Aurora Boreal® por Guillermo Camacho. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Guillermo Camacho. Foto Guillermo Camacho © Guillermo Camacho.
Clemen, la mamá de las Arregocés, era una mujer que gozaba de una salud de hierro. Cuando era joven y su célebre belleza ya era conocida, estuvo casada con Blas Lechuga, un poeta idealista de salud frágil que le componía unos versos hermosos. Se enamoraron perdidamente durante los atardeceres cuando Blas declamaba poemas y Clemen lo escuchaba, mirando fijamente cómo las aguas del río se confundían con el mar. Aquel idilio fue famoso en la pequeña ciudad del trópico en la que habitaban y todo se sabía. Tuvieron tres hijas. A pesar de que la lucha diaria era difícil, pues un poeta no era ninguna garantía, y de versos no comía ni come nadie, siguieron viviendo en su pequeña ciudad, y se alimentaron de aire mientras Blas usaba su energía y sus escasas fuerzas en componer versos.


