El cielo con cenizas cubrió como manto a Gabriela ¿Es esto lo que nos queda realmente de civilización? En su imaginación pudo observar el verde y el río, pudo encontrarse en aquellos años de inocencia, antes del primer día y el suceso que lo cambiaría todo. Por un momento volvió a sentirse niña, los aromas, la calidez, todo la empujaba lejos de aquel páramo desierto. En su palma se dibujaba una nueva herida ¿Podía sentirla? Ya no se acordaba del dolor. Una lágrima nació en su ojo izquierdo y cayó por su mejilla, al escuchar una voz en su espalda:
Cada comienzo de año voy a ver a mi médico, que alinea mis centros de energía y me prepara para enfrentar el nuevo período. Como siempre, me saluda casi sin mirarme; sé que me ausculta con varios tipos de percepción y que como mujer le gusto, pero hemos llegado a un entendimiento tácito de no incluirnos en nuestras aspiraciones románticas, por el bien de ambos. A través de los años, entre los dos se ha establecido una cofradía que linda con lo secreto. Luego del saludo, se establece entre nosotros una vieja complicidad, que nos permite tratar asuntos inusuales: sabemos que no somos comunes.
Selección de poemas por Marcela Arias Garzón
CUARENTENA
Tengo una ciudad adentro con amplios bulevares donde pasean los pudores
y callejones oscuros donde aguardan mis pecados
Tengo parques con columpios y subibajas donde se divierten inocencias
y desaciertos como edificios a cuya sombra crecen mis miedos
Y tengo también vidrieras a cuya luz se entretienen las risas
Y más allá
Tengo un palo de mango en el que guindo una hamaca para mecer mis recuerdos
Y un sendero en la playa como un amor sin destino
Un mar que se lleva mis culpas
Y una montaña en la que soplan vientos para elevar rebeldías
Los gatos existen para ser amados.
Los gatos no sirven para amar.
Los gatos sólo saben ser amados.
Darío Jaramillo Agudelo
Henry David Thoreau (1817-1862) es ese hombre que a los diecinueve años, en la ceremonia de recepción de su diploma de bachillerato en letras, proclama en voz alta: « Este curioso mundo en el que vivimos es más maravilloso que útil. Ahí está, no tanto para que lo utilicemos, como para que lo gocemos y admiremos. El orden de las cosas debería ser invertido: el séptimo día debería ser para el hombre el del trabajo, en el que se gane el pan con el sudor de la frente, y los seis restantes su domingo consagrados a lo que le gusta, así como a su alma...» (Bazalgette, 31).
Y un año antes, en 1835, escribía: «Nuestro indio es mucho más hombre que el habitante de las grandes ciudades. Vive como hombre, piensa como hombre, muere como hombre... El segundo es instruido, sin duda. La instrucción es una invención del arte, pero no es esencial a la perfección: es incapaz de educar...» (Bazalgette, 30).
Esas dos citas nos revelan a Thoreau por entero. Su vida será una explicitación, una ramificación en profundidad de esas convicciones primigénias, juveniles. Resulta difícil encontrar un caso de integridad similar, una terquedad y obsesividad ética parecidas, y tan bien formuladas.
Thoreau es un ejemplo destacado de desadaptación lograda. Alguien que «vivirá la paradoja», tal como lo anota uno de sus biógrafos, «de pasar cuarenta años de aventuras en el reducido perímetro de un villorrio. Catorce volúmenes (1) de un Diario íntimo, cinco o seis libros inmortales demuestran el éxito de la opción.» (Regis Michaud, 108).
L
a ciudad interior
Freddy Téllez
Novela
Pág.: 160
Sílaba Editores
ISBN: 978-958-5516-29-8
2020
La ciudad interior es un libro polifacético. Ya desde la forma se desdobla en dos partes: una novela y un ensayo, “La prosa de las ciudades”, que le sirve de epílogo. Ambas unidas por la misma inquietud: relatar la ciudad como escenario donde el ser humano explaya todas sus angustias, alegrías, perturbaciones, teniendo a la literatura de fondo, como oficio, obsesión y vocación. Dicha cualidad se lleva al extremo más vanguardista cuando el autor fragmenta su discurso en dos columnas que discurren paralelas en forma y contenido para expresar los dos grandes temas de esta obra: la escritura y la ciudad.
Frase de Roland Barthes en Lo Neutro.
Curso del Collège de France, 1978.
Siglo XXI Editores, México, 2004.
Pag. 107. Le neutre: notes de cours au
Collège de France, 1977-1978
Seuil, Paris, 2002. p. 89.
Para Gerardo Fernández Fe
Fue Roland Barthes quien acuñó la mordaz, ingeniosa frase que cuelgo como título. El célebre estudioso de la retórica clásica logró caracterizar el fenómeno, resumir el virus. Ahora el cosquilleo narcisista, originalmente referido a sus colegas parisinos, se ha convertido en burla intemporal, a un costado de la revista Tel Quel, que leímos en sus últimos quince años de existencia. A pesar de que la traducción literal de la popular expresión francesa sería Sin cambios. Cuando en realidad buscábamos cambios.
Como parece estar de moda la literatura sobre lo que el mismo escritor está escribiendo, viene muy a cuento la satírica frase de Roland Barthes. En esta dirección no muy risueña –dentro de la que se enzarza el cosquilleo narcisista— un amplio grupo de lectores especulamos que vivimos en una “época tautológica”, caracterizada porque una rosa es una rosa, pero sin la belleza del énfasis expresivo.
Mientras por WhatsApp la gente espanta angustias con ingenio en familia, reconfortándose con arte, música, lectura, cine; columnistas y escritores recomiendan literatura clásica de pestes y plagas, reflexionan sobre grupos de riesgo -¿En busca del tiempo perdido?-, o celebran la reivindicación del conocimiento y la filosofía (Muñoz Molina, JL Cebrián). Retornan magníficos libros de ficciones ¿para alternarlos con ensayo e historia, ciencia, biología…, y en comparación y contraste, datos y hechos puntuales, buscar respuestas donde rijan razón, ética y estética, eficacia?
In Memoriam
3 de julio de 1960 - 18 de abril de 2020†
Madrid, España. Fue un poeta, dramaturgo, crítico literario y promotor cultural español. Premio Internacional de Poesía Arcipreste de Hita en 1994 con el poemario Rua das Janelas Verdes. Fundador y director de la revista de cultura Babab. A la vez que escribe poesía, Luis Miguel Madrid comienza su carrera como dramaturgo a finales de los años 90. Escribe obras que son representadas en el circuito independiente de Madrid como El día que me hice caca, Coño, Dulce Desazón o Tripa de Guanajo. En en el siglo XXI continúa su obra poética con los libros María de los demonios, El sacrificio de Ganar, El cine de las sábanas blancas, Un gol en la frente, Moscas Tres y Bomarzo.
De Moscas Tres (2017)
QUIÉN SABE QUÉ
Abrió con la llave que no era la puerta que no estaba.
Dentro,
cerró los ojos ciegos de su cara opaca
y escuchó
el silencio del amor susurrando nada.
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