El relato pertenece al libro Staden vid gränsen (La ciudad junto a la frontera) de Anne-Marie Berglund.
Traducción del sueco al castellano por David Guijosa Aeberhard.
La arena era fina y blanca. Las gentes sencillas con sus bañadores oscuros comían bocadillos sentados bajo las sombrillas. Él se negaba a estar en la playa, quería quedarse en el balcón y traducir poemas bajo la sombra. ¡Meterse en el Mar Negro una vez al día ya era bastante! Tomar el sol, hacer el vago, llenarse de arena, ¡qué tonterías eran esas!
Ella también se sentía inquieta, unas veces escuchaba discos de la máquina de abajo, en el café de la playa, otras veces entraba en el mar y nadaba lo más lejos que podía. Ella tampoco era capaz de quedarse tumbada y descansar.
Aquella noche comieron en una mesa con un mantel blanco: carne dura y vino dulce. A él lo había atrapado un deseo ardiente por una de las propietarias del hotel. La verdad es que era una mujer muy expresiva, se dijo a sí misma.
Los días pasaban lentamente, ella había encontrado una pequeña playa nudista donde solía pasar el tiempo, y donde se untaba con un barro que afirmaban que tenía propiedades beneficiosas. En ese lugar fue en el que se encontraría con una mujer joven y delgada que venía a traerle puñados de conchas. Todos los días llegaba con las manos llenas y sonreía entre tímida y avergonzada. No era una chica guapa pero en sus ojos verdes se podía ver el sol y una tarde, antes del crepúsculo, las dos jóvenes mujeres se besaron.
Solo eran semanas de vacaciones en las que ninguno de los dos tenía ganas de contar nada. Y cuando paseaban por la noche y alguna vez se sentaban en algún café para escuchar a los románticos violines que tocaban, se decían ya solo aquello que se habían dicho antes; ni siquiera eso.
Eso es la melancolía, cuando un amor antes húmedo y saludable empieza a endurecerse y se convierte en una flor nueva, una flor de piedra. Y se siente entonces que todo lo que era ya no es, pero que también resulta imposible escapar de la piedra compartida. La ternura compartida que se volvió cada vez más como esas viejas pinturas descoloridas, auténticas, pero sin fuerza ni vitalidad.
Itinerarios en la crítica hispanoamericana
Rosalba Campra
EDUVIM (Editorial Universitaria Villa María)
Crítica literaria
Páginas 236
ISBN 978-987-699-077-6
2014
La discusión de los criterios según los cuales se orientan los estudios críticos constituye un tema de reflexión cada vez más explícito en el ámbito literario. En esta perspectiva, Itinerarios en la crítica hispanoamericana explora las condiciones particulares en que ha surgido y se ha desarrollado la producción crítica en Hispanoamérica. Partiendo del análisis de la interacción entre el observador y su objeto, Rosalba Campra propone una reflexión sobre los sistemas implícitos en antologías y ensayos del siglo XIX como proyecto a la vez literario y político y examina el papel de algunas formulaciones metafóricas que, en el ensayo y la ficción del siglo XX, intentan dar cuenta de la heterogeneidad de la realidad americana. El análisis profundiza sucesivamente los elementos, en apariencia mínimos, que en un texto actúan como indicios de una posición ideológica, sugiriendo la puesta en discusión de toda voluntad simplificadora. Este acercamiento se completa con un replanteo del problema de la presencia y función del yo en los estudios críticos y un cuestionamiento de los debates en torno al canon. Como cierre, se recogen los diálogos con Roberto Fernández Retamar, Noé Jitrik y Miguel Rojas Mix en torno a estos y otros temas.
Casa de fieras
Antología de relatos de mujeres malas
Colección de Narrativa Nº 49
M.A.R. Editor
Ilustración de cubierta Anna Ismaguilova
ISBN: 978-84-946123-0-5
210 páginas
2016
Autoras participantes en la antología: Lourdes Ortiz, María Zaragoza, Paula Izquierdo, Elena Marqués, Olga Mínguez Pastor, Montserrat Suáñez, Ángela Hernández Benito, Laura Garrido, Mariaje López, Teresa Iturriaga Osa, Sol Antolín Herrero, Fátima Díez, Eloína Calvete, Rosi Serrano, Ana Zarzuelo, Balbina Rivero, Carmen Pita, Carmen Soteres, Rosario Martínez, María Luisa de León, la Vizcondesa de Saint-Luc, Carmen Martagón, Paula Lima y Olvido Andújar.
Veneno de tórtola (relato de Teresa Iturriaga Osa)
Per Wätsberg consideró su silencio más que un desplante. Ese mismo silencio que hacía eco por todos lados una vez que la noticia del premio le dio la vuelta al mundo entero, hasta entumecer a los apostadores más gárrulas y poner en evidencia a los críticos literarios menos progres, le impedía percibir el verdadero mensaje de Bob Dylan (1941), nacido en Minnesota y registrado como Robert Allen Zimmerman, que un compositor y cantante como él, de jipi en conserva, le arrebatara el Nobel de Literatura a novelistas y poetas consagrados como Alí Ahmad Said Esber (Adonis), Philip Roth o a Ngugi wa Thiongo. Un hecho inesperado que no sólo podía ser interpretado como la reivindicación de un género popular, sino como la impugnación hacia la política del canon occidental, las redefiniciones de lo que es una obra de arte y las escaramuzas alrededor de lo que se llama literatura.
Mientras se sedimentaba ese silencio entre propios y extraños, en uno de los armarios de la Academia Suecia brotaba un hedor repugnante ligado al chivatazo y el acoso sexual sistemático. No era para menos, el depredador estaba en casa: el escritor francés Jean-Claude Arnault, casado con Katarina Frostenson. El escándalo empezó a crecer como una ola y de inmediato hizo mella entre la mayoría del círculo sagrado, conocido como De Anderton, es decir, los dieciocho integrantes vitalicios de la institución que eligen a los galardonados para el Nobel de Literatura. Algunos de ellos presentaron su renuncia, en tanto que la prensa sueca señalaba directamente al responsable: el esposo de Katarina Frostenson, miembro vitalicio de la academia, a quien se le acusaba aparentemente de ser el responsable de filtrar a las casas de apuestas los nombres de los galardonados con mucho tiempo de anticipación: Elfriede Jelinek, Harold Pinter, J.M.G. Le Clézio y Patrick Modiano. Posteriormente, las mujeres agredidas por Arnault revelaron a la prensa sus testimonios, por lo que Frostenson tuvo que renunciar a su cargo. De ese calibre era el culebrón que padecía la generosa e inmaculada Academia Sueca, y para entonces, cuando Bob Dylan fue ungido con el Nobel, aún no salían por completo los trapitos al sol. Después de Dylan, premiaron a Kazuo Ishiguro y, finalmente, los académicos decidieron limpiar la casa a fondo para no quedar ante el mundo como una vulgar pandilla de solapadores, declarando desierto el premio en 2018. Era entendible que Per Wätsberg calificara la actitud del flamante premio Nobel de Literatura 2016, el ya mítico Bob Dylan, propia de un tipo maleducado y arrogante, cuando sus palabras verdaderamente trataban de espantar, con impotencia, no la indiferencia del cantante sino la verdadera tormenta que se les avecinaba a los integrantes vitalicios de la Academia Sueca.
Langrendsskiløberen
Lucas Ruiz
Forlag: Mikroforlaget Apuleius’ Aæsel
Sidetal: 214
Udgivet: 2016
Langrendsskiløberen af Lucas Ruiz. Fortællingerne undersøger kærlighedens skrøbelighed, den enkeltes ensomhed og erindringens porøse, flygtige karakter. Med inspiration fra tidens autofiktive strømning får de tilsyneladende autentiske hændelser en fiktiv drejning og novellerne fører sin læser gennem en indre rejse, der undersøger hvad det vil sige at være menneske i en nutidig virkelighed.
Julio Eutiquio Sarabia
Estudió la carrera de Lingüística y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP. Ha escrito los libros Cerca de la Orilla publicado por la Universidad Autónoma de Puebla (1993), En el país de la lluvia, de Fondo de Cultura Económica (1999), Mudar de Vida, coeditado por la BUAP y Luna Arena. (2003) y Tesitura, de Monte Carmelo (2008). Recibió el premio José Fuentes Mares por Cerca de la orilla en 1994. Participó en Ala impar: 20 años de poesía en Puebla y Pulir Huesos, Galaxia Gutenberg. También ha publicado su trabajo en revistas como Biblioteca de México, Casa del Tiempo, Luvina y La Gaceta del Fondo de Cultura Económica. Actualmente, es subdirector de la revista Crítica de Puebla.
Voy al cementerio a buscarlo. A buscar a José del Carmen Varela.
–Para ir al Cementerio Amador es mejor que se vaya en taxi, yo vivo por allí. Algún navajero le puede salir porque se dan cuenta que no es del lugar. Ir allá le costará dos dólares, no pague más –me contestó un hombre moreno que estaba en la restauración de un edificio en el casco viejo- yo fui policía y sé cómo es la zona, si uno es de allá no le pasa nada.
Con el ex-policía jubilado, todavía joven, no le calculo más de 45 años, paramos un taxi. Había aprendido que en Ciudad de Panamá si los taxistas ven que estoy con un panameño, no me toman por turista. Con mi acento costeño creen que ya llevo mucho tiempo viviendo aquí, y así, las carreras no me las cobran a precio de turista, que se puede doblar o hasta más.
*
Las plantas tienen su sabiduría de la vida. La planta de astromelias que tengo dentro de casa decidió darme felicidad, tal vez se deba a que le puse abono de humus de lombriz, tal vez la época, tal vez su esencia que decidió hacer nacer rápidamente dos nuevas ramas y comenzaron a surgir flores que tal vez me imagino blancas. Toca esperar y verlas mientras crecen. Por ahora tienen un verde suave casi como sus hojas y se han ido aclarando en los días. A veces las historias que vamos investigando se van abriendo de poco a poco. Una savia que mueve las cosas sin darnos cuenta, también alimenta los hechos de la vida. La búsqueda de los orígenes de Mariana Varela no sé a dónde me llevará. Al averiguarla a ella, al imaginármela a ella, un pedazo de mí siento que se construye. El viaje al cementerio era descubrir algo de ella, de dónde venía, desde siempre mi savia me decía que me ocultaban algo.
*
Brújula de los deseos
Adriana Rosas Consuegra
Narrativa
Collage Editores
2016
En este libro de crónicas de viajes nos acercamos al corazón, a la fragua de la escritura, a su mecanismo. Adriana Rosas Consuegra descubrió su vocación de escritora, de observadora crítica y cronista, desde su infancia, con sus abuelos, que le inculcaron una ética y la destreza y el arrojo en el nombrar “lo que no debe seguir siendo así”.
El río Magdalena, el mar de Taganga, son sus pagos, la región de donde surge su voz. Ella viaja desde que nació. Sus padres la concibieron en medio del fresco verdor de la sabana de Bogotá y un año después vinieron a vivir a la calurosa capital del Atlántico; para que conciliara el sueño debían pasearla en un carro al caer la noche.
Ahora nos cuenta cómo ha estado habitada por los viajes, cómo suele prestar atención al llamado que le hacen los lugares a donde la lleva la brújula de sus deseos. Nos embarcamos con ella, la vemos con su mochila, con sus botas, sus sandalias, alejarse de los caminos trillados, huir de la rutina, nutrir su alma con nuevos paisajes, con nuevos encuentros.
“Hay que mover el esqueleto. Hay que darle candela al cuerpo para que no salgan las dolencias”, le aconseja una mujer de 80 años, en el puerto del Suán, tierra de una parte de sus ancestros. Ella necesita moverse, bailar. Nadie como Adriana Rosas ha escrito sobre el encanto de una noche de rumba en la Troja.
Nos la imaginamos muy bien disfrutando también del silencio y del canto de los pájaros, observando el vuelo de los halcones desde su ventana, en la hamaca, leyendo a Leila Guerrero o a Mary Shelley. O la crónica de Michael Jacobs por el río Magdalena. Aquí comparte con nosotros su emoción al leer “El ladrón de recuerdos”.
LA ETERNIDAD
—No abra esa ventana— le suplican a la mujer . Si la abre, comenzara el diluvio universal de la eternidad,
y no tenemos el arca milagrosa para salvarnos—.
—Yo soy la eternidad— contesta la mujer.
Y abre la ventana.
EL MAL
—No cierre esa puerta— le gritan. Si la cierra, empezara el reino del Mal. El Mal será el Señor del Mundo—.
—Siempre ha sido el Mal el Señor del Mundo,—responde. Nosotros somos el Mal.
Y cierra la puerta.
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