Inédito
Día uno
¿Has sentido el vértigo de recuerdos? La impresión de caída que da ver algo brevemente en la memoria. Me ha pasado. Justo ayer vi a una mujer que se peinaba y me acordé de ti. Se peinaba frente a una ventana y me acordé de ti. Era la ventana del Emerald Trade Center y me acordé de ti. La señora era indigente. ¿Por qué me acordé de ti? Quizá por la forma en cómo se pavoneaba frente a su propio reflejo, como lo hacías tú frente a algún otro espejo más halagador.
“Vos que dijisteis a la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento, y en
persona suya a todos vuestros devotos, estas palabras tan consoladoras para
nuestra pobre humanidad agobiada y doliente: todo lo que quieras pedir,
pídelo por los méritos de mi infancia y nada se te será negado”.
Selección para Aurora Boreal®
Luis Miguel Madrid: España, 1960 - 2020 †. Poeta, dramaturgo y gestor cultural. Licenciado en Filología Hispánica. Fundador y director de la revista Babab. Como poeta ha publicado: Rúa das janelas verdes –Premio Internacional Arcipreste de Hita-, La caja italiana, Bomarzo, María de los demonios, El cine de las sábanas blancas, El sacrificio de ganar y Un gol en la frente; como dramaturgo: Coño, El día que me hice caca, Tripa de guanajo y Dulce desazón.
Le gustaba mirar por la ventanilla las casas chatas, los pastos salvajemente largos, los árboles erguidos como estatuas heladas, los troncos pintados con cal para que no se los coman las hormigas. Le gustaba disfrutar del paisaje pobre, de esa ausencia de edificación lujosa, de esa misteriosa desolación de la Provincia de Buenos Aires al sur. Pasaban árboles y más árboles, también las piletas con el agua azul de los clubes de Avellaneda. Faltaba poco para llegar. El sol empezaba a entibiarse. El guarda pide el boleto. Los ojos como dos alfileres de cabecita miran como inyectándose en las caras de las personas. Y después mirar los afiches en el fondo del vagón, el olor a encierro, el tufo del tren.
Imaginarme el piso de la casa al caminar, la madera crujiendo, las paredes silenciosas, los techos altos. El jardín…
Después de leer la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo me quedó el recuerdo de unas voces que aparecían y se iban, a veces desvaneciéndose, siempre en forma de murmullos, para contar la historia del hombre que le da el título al libro, un feudal a cuya voluntad viven otros personajes dispersos en el campo o concentrados en un pueblo de sus dominios, y la historia de todos ellos. Puedo evocar el argumento y las imágenes de sus anécdotas, pero tras cada lectura me quedan tanto la representación que me hice de los protagonistas como las frases que sirvieron para describirlos. O de los murmullos, que es lo que más recuerdo. Las veces que he tratado de descubrir el origen de ese efecto caigo de nuevo en él, desde el comienzo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo”.
De Paradoxas
El infinito de un Carmen perfecto
We live, as we dream—alone. . . .
Joseph Conrad
En cuanto el chasquido de la llave resonó por el pasillo y las escaleras vacías, el hombre, con las yemas de los dedos, empujó la puerta, tanteó la pared a su derecha, encendió la luz y se volvió a la mujer:
—Pasa. Como si estuvieras en tu propia casa —a ellas siempre había que cederles el paso, no importaba lo que fueran o el país del que vinieran; así le habían enseñado de niño y así debía ser.
La mujer, acostumbrada a entrar en viviendas de extraños, miró a su alrededor sin reparo: el vestíbulo pequeño y su perchero, la cocina a la izquierda, el cuarto de baño a la derecha, otra puerta y su penumbra, que más que miedo le produjo curiosidad. Él entró y, sobre una mesita frente al sofá, encendió una lámpara que dio una luz blanco azulada.
Abre la boca, hijo.
Ahí venía una enorme cucharada con la letra “G”. El niño cerró los ojos por la fuerza violenta del recuerdo. No quedaban muchos chicos en la escuela, los más grandes marcharon a sus hogares y los menores fueron recogidos puntualmente por sus familias. El niño sabía que debía esperar; su madre no era capaz de salir de casa sin terminar el capítulo de la última telenovela de la mañana. Ella quedaba intrigadísima, aunque fuera evidente cómo se desarrollaría el resto de la trama. Cogía las llaves, abría la puerta, hacía el amague, pero no salía por completo, medio cuerpo permanecía dentro de la estancia mientras miraba fascinada los avances del siguiente episodio. Esos adelantos eran tan largos, que resulta inexplicable que ella no se preguntara: “¿Para qué vérmela mañana si ya me lo dijeron todo?”. Daba un portazo y salía de prisa sin apagar el televisor. Como de costumbre, se le hizo tardísimo para recoger a su pequeño.
22 de marzo, 2017. Cumpliendo 84 años.
RETRATO, DESDE EL LECHO
Cabeza y Rostro. Breve colina nevada, con picoteo de aves ligeras. Acantilado frontal, con inclinado pináculo narigudo, emitiendo sus soplos entrecortados, y separando orbitas de otrora lagunas negras, ahora, semi-secas y de orillas arenosas. Más abajo el marchito jardín de los labios, con el interior tatareo de una amarillenta sierra-lima, y asomada la mermada barbilla quijotesca.
Torax y bajo vientre. (colgantes). Páramo granulado, con el tic-tac en stacatto de la máquina-corazón. “¿Mi hora?”. No temas, todavía ofreces una blanca, oronda redondez sanchopanzesca. “Ah, sí, ¿pero no ves el caño de mi amor-sexo mudo?”.
Extremidades (al aire). En cruz los brazos, o con las manos entrecruzadas como férreas esposas. Bajo los sobacos ya no llevas los nidos de antaño. Pero tus rodillas, todavía son como rocas del Peñón de Gibraltar, y tu pies-peces nadan, saltando, en el Estrecho.
In memoriam K.
Inmóvil sobre la pulida mesa de caoba negra, el cilíndrico caleidoscopio toscamente rematado semejaba al papiro enrollado que sólo al ser abierto revela el misterio del mensaje en el escrito o la blancura de la superficie aún inusada. Así se guardaba en el extremo de su círculo opaco la figura multicolor, tan fugaz que un ligero movimiento la borraría para siempre, de los cristales dispersos que el azar había querido formaran la figura de un escarabajo de corta cabeza y ovalado cuerpo.
La decoración del cuarto, en extremo cuidada, situaba la pequeña mesa sobre la que descansaba el caleidoscopio bajo la única ventana que este tenía y que se mantenía negligentemente entreabierta a pesar de la baja temperatura del exterior que con el declinar del día, ya casi noche, había descendido notablemente.
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