En el mes de julio de este año armé la valija y me fui de mi Roma querida a mi Colombia natal a una boda apoteósica de una sobrina. Volé por París. En Charles de Gaulle, antes de abordar al avión en el cual cruzaría nuevamente el Atlántico, me compré en el aeropuerto un libro del escritor egipcio Naguib Mahfuz, El sendero. Autor, al que en honor a la verdad debo confesar sólo había escuchado cuando ganó el célebre premio Nobel, por un comentario del barista de la esquina del bar de mi casa en Roma donde suelo tomar el café y también, por otro gran amigo que vivía en El Cairo y en alguna oportunidad al visitarle me llevó a un café del antiguo sector de Jan al-Jalilí en el cual solía escribir Mahfuz.
Ante el sepulcro de una mujer sin nombre
Anónima serás, aunque un gran duelo
te acompañase el día de la muerte,
y con una oración quisieran verte
atravesando el pórtico del cielo.
Laureles de este mundo hechos de hielo,
sueños que se colmaron de tal suerte
que yacen hoy bajo la losa inerte,
aliviando ese viejo desconsuelo.
Jamás he visto un ruiseñor,
amé otros pájaros,
Selección de poemas de Eugenio Montejo para Aurora Boreal® por Martha Canfield
Escribir sobre la muerte es un tema difícil. Mas complicado aún, cuando se trata de Fonseca, porque crecimos juntos y compartimos una infinidad de experiencias durante el tiempo. Muy cercanas. Muchos años.
En aquel entonces, yo vivía en Roma, y me enteré de la muerte cruel de Fonseca, por otro amigo común de la infancia que envió un mail en cadena a los amigos cercanos. La referencia decía algo así como: “...noticias tristes de Fonseca”... y esa frase fatal pero discreta, fue suficiente para confirmar que la cosa no había terminado bien.
La primera imagen que se me pasó por la cabeza fue la de Fonseca en uno de sus trajes de lino con corbata de seda y camisa de gemelos, una tarde que jugábamos al King. Impecablemente peinado, con una manicura que daba la sensación de que se la habían hecho unos minutos antes. Él, fumando uno de sus negros y delgados cigarrillos marca More, mientras descartábamos la mano de las “no bazas,
El naturalista sueco Karl Von Linné, considerado como el padre de la taxonomía moderna, afirmó que "si ignoras el nombre de las cosas, desaparece también lo que sabes de ellas". Teniendo en cuenta la anterior enunciación, se puede ver la intención de muchos estudiosos que propugnan que la Real Academia Española reconozca el uso del término aporofobia, para de esta manera darle nombre a todos aquellos comportamientos que se dan por temor a la pobreza o a los pobres.
El término «aporofobia» proviene de los prefijos griegos áporos que significa pobre, escasez, y fobos que denota rechazo y miedo. Este es un término innovador que fue planteado en 1996 por la filósofa española Adela Cortina, para diferenciarlo de comportamientos racistas y xenófobos y darle nombre a las actitudes de miedo, rechazo y discriminación que se ejercen sobre los individuos y poblaciones que viven en situaciones de pobreza. Una de las principales explicaciones a este tipo de comportamiento yace en la jerarquización, exclusión y diferentes prejuicios sociales que se han construido en torno a la pobreza, lo cual es reflejo de las consecuencias negativas del modelo económico capitalista, donde se han generado una serie de desigualdades que han producido la existencia de poblaciones con privilegios y otras con escasez.
Hace un par de semanas asistí a un seminario en el Instituto Cervantes de Roma sobre el escritor cartagenero, recientemente fallecido, Germán Espinosa. Mientras en una mesa redonda hablaban de su novela La tejedora de coronas, me vino a la memoria una tarde del año 1970 cuando salí de una librería en Cartagena con un libro en la mano Los cortejos del diablo de un escritor desconocido en aquel entonces para mí, un tal Germán Espinosa.
¿Cuáles serían, me pregunto, los trabajos del poeta en nuestro siglo digital? ¿Contaremos
Página 149 de 152