Bogoteños; casas de inquilinato; Bogotá sin gente

oscar dominguez 002Los bogoteños somos esos tipos con cara de retrato hablado, venidos de otros atardeceres, que tenemos la nostalgia por cárcel. En nuestro disco duro figuran la última lágrima o el beso de despedida.
También tenemos fresco el primer aguacero, el salario mínimo inicial, el primer amigo, el paisaje de mujer que nos dieron la bienvenida cuando llegamos en busca del sueño bogotano, construido a punta de insomnios.
En muchos de nosotros se dio el caso de amor a primera vista entre la metrópoli apabullante que está de muchos 475 años, y el forastero perplejo que llegó a lomo de bus escalera con una muda de ropa y el calor de las piedras del fogón casero.
Los bogoteños vivimos en estado de miti-miti perpetuo: medio corazón se quedó allá, el resto nos acompaña. No fuimos profetas en nuestra tierra. Aquí tampoco, pero se nota menos. Somos uno más.
En la gran urbe el anonimato es otra forma de vida. Además, de anonimato nadie ha muerto. En todo caso, somos tantos que unidos podríamos poner alcalde y presidente. Claro que preferimos vivir, al estrés lagarto de elegir.
En los primeros días del desembarco, en Monserrate los paisas veíamos el Morro Picacho, los caleños, el cerro de las Tres Cruces, los cartageneros, la Popa, los manizaleños el Nevado del Ruiz sin fumarola, los pastusos ... su ninguniado cuy.
Con el tiempo y un palito incorporamos el clima a nuestra hoja de vida meteorológica. Aunque habría que hablar de "ex frío" porque Bogotá hace tiempos cambió de clima. La fauna bogoteña preferiría que la columna de mercurio no siguiera subiendo. Cada vez más, Bogotá se da preocupantes ínfulas cartageneras lo que le roba parte de su sexapil.


Familiares y amigos que no se sumaron a la diáspora nos preguntan a distancia si conocemos a tal actor o actriz de moda. Si respondemos que sí, que los vimos pasar una calle, respetar el semáforo, mercar, morir como cualquier hijo de vecino, hacer cola, asilarse detrás de unas gafas oscuras a lo Greta Garbo para esconder su biografía o proteger su importancia de los fans, empiezan a mirarnos con respeto y admiración no exentos de envidia.
De pronto nos despertamos arribistas. Entonces, para congraciarnos con los anfitriones rolos, en las conversaciones soltamos expresiones como: "ala", "chino", "sumercé", "regio", que delatan de inmediato el talante del forastero.

Óscar Domínguez. Colombiano de 68 años. Es casado, tiene dos hijos. Es abuelo irresponsable de repetidos (mellizos) australianitos y de una nena nacida en Rio de Janeiro. Ha trabajado como reportero en prensa, radio y televisión. Cuelga cosas en su blog www.oscardominguezgiraldo.com y en @kikirikioscar. Actualmente, el pensionado Domínguez colabora con algunas publicaciones.

Nunca entenderemos porqué los bogotanos a veces nos "ustedean" y otras nos tutean.
En un santiamén detectamos donde queda el punto de encuentro gastronómico-etílico para reunirnos con otros paisanos a practicar el habla regional.
Con sólo mirarnos a la cara sabemos de qué vereda perdida en el mapa nos sacaron con espejito. Nos topamos y de una entonamos el himno aprendido en la escuela. "¿Cuánto hace que no vas por la tierrita?", es la impajaritable pregunta que nos hacemos.
Y como la saudade se cura por el estómago, intercambiamos información privilegiada sobre los sitios donde hay que comprar la carimañola y la butifarra caribes, el aborrajado caleño, las arepas y frisoles paisas, el santandereano mute, la mamona llanera. Al marrano con lo que lo crían.
La tolerante ciudad nos permite guardarles fidelidad provinciana a la comida, la religión, la música, el equipo de fútbol, el acento y la filiación política, en ese orden.
En reciprocidad con la ciudad que nos dio casa, carro y beca, respetamos la cebra. Y hasta le jalamos a la coqueta y mockusiana croactividad graduándonos de "sapos buenos".
Con la venia del Espíritu Santo, dueño del clasificado: Gracias, Bogotá, por los favores recibidos.

 

Casas de inquilinato

En el prontuario de millares de personas en la aldea global que hemos tenido que salir de nuestras casas en busca de un espacio bajo cualquier sol laboral, hay frías casas de inquilinato. En ellas empezamos a vivir el que llamaré genéricamente sueño americano, siempre adobado con inevitables y enriquecedoras zozobras.
Con la venia de la sala, hablaré de mi experiencia. En una de esas casas, en pleno centro bogotano, "éramos seis los caballeros". Compartíamos aire con siete gatos. La manifestación de felinos y sus inquilinos éramos la prole para los dueños de casa.
Imponía prusiana disciplina doña María, una frágil y diminuta mujer a la que los aguaceros bogotanos jamás lograron despojar de su acento caribe. Le hacía la segunda su marido, don Rafael, callado, misterioso, delgado como un salmo. No conoció el mar ni el estrés.
Don Rafa, celador de profesión, siempre decía la última palabra: "Sí, María". Su mujer de un temple tal que no tenía otra opción que admitir: "En esta casa se hace lo que yo obedezco".
Unieron monotonías y se casaron para tener con quién hablar. O callar. El uno tenía al otro por cárcel perpetua. Extraña forma de buscar la felicidad. "Estando los dos estaban todos".
A principios de mes, la patrona ponía cara de lunes en la tarde para evitar que sus nostálgicos desarraigados, nos fuéramos a colgar en el arriendo. No admitía inquilinos de ojos claros. Le traían mala suerte.
La dueña dormía con ojos abiertos y oídos despiertos. Solo cuando constataba que estábamos todos, cerraba la tienda y caía en manos de Morfeo. Eran los únicos cuernos que se permitía.
Prohibición terminante: no a mujeres extrañas en casa. Para que se cumpliera la norma, les había enseñado a sus gatos – que hacían las veces de perros- un extraño alfabeto morse de maullidos para delatar infractores.
De esta forma, sus "panteras en miniatura" pagaban el arriendo, la comida y la orgía de arrumacos que les prodigaba el matrimonio.
En nuestras habitaciones faltaba siempre ternura de mujer. El cuarto era una babel de trapos por todas partes. Era nuestra callada protesta contra esa soledad instalaba hasta en la cédula.
Curioso, pero a la septuagenaria patrona le gustaba la música de los Rolling Stones que salía de mi cuarto. "Es la música de acuario", decía.
Los inquilinos no nos conocíamos. Nos sospechábamos. Todos teníamos cara de retratado hablado. O de N.N. Compartíamos anónimas hojas de vida.
Había agua caliente cada quince días. O cuando la casera despertaba de buenas pulgas. Nadie se colaba a la hora del fugaz baño con agua importada de algún remoto iceberg.
Nos cobijábamos con la nostalgia o falta de terruño de los demás. La saudade en compañía es menos saudade, asumíamos los protagonistas de ese exilio o diáspora.
El azar en su advocación de suerte, era otro de sus rebusques. En sus ocios reencarnaba en gitana. Entonces bajaba predicciones de los astros como quien baja pornografía de Internet.
Corroboraba sus predicciones astrales tirando las cartas. Sus clientas preferían visitarla los días impares cuando tenía más afilaba la vena de arúspice.
Atendía hombres únicamente los lunes. A los inquilinos que queríamos desentrañar el futuro, nos encimaba el pasado que a veces es más "prometedor". Sus inquilinos pagábamos mitad de tarifa.
De pronto el cartero tocaba a la desvencijada puerta. "Fulano, le escribieron", gritaba, feliz de que alguien en el mundo y sus alrededoes se acordara de alguno de sus solitarios robinsones.
Cuando estaba en vena, invitaba a almorzar. Me tocó el turno un "triste domingo" salido de un tango de Magaldi, en el que uno de los gatos amaneció muerto de una de sus siete vidas. Decliné la invitación ante la perspectiva de comer ajiaco con gato.
Como los asesinos que regresan a la escena del crimen, alguna vez volví al barrio. La propiedad horizontal había arrasado la casa de inquilinato. Tuve la sensación de que había empezado a morir. Me sentí "aceptablemente póstumo", dicho sea con el malpensante Gesualdo Bufalino.

 

Bogotá sin gente

Sin falta, el 1º de enero de todos los años, los fantasmas bogotanos no salen a la calle por temor a que los espanten. La ciudad parece clonada de un jueves o viernes santos cuando los habitantes se asilan en parroquias, balnearios, ríos, fincas y similares para huir del mundanal estrés.
De los 6.778.691 bogotanos (3.528.222 mujeres "contra" 3.240.469 hombres, dato Dane) emigra suficiente personal como para hacernos sentir dueños de la urbe. Por unos días perdemos la condición de habitantes, inquilinos, peatones, contribuyentes, constituyentes, consumidores, pasajeros.
Sentirnos fugaces dueños de la metrópoli por unas horas tiene su indudable encanto.
Los cerebros quedados de la administración local deberían vender la ciudad vacía como atractivo turístico. (De nada por la brillante idea).
Si las cataratas del Niágara forman una trinidad de agua, abismo y eternidad, Bogotá vacía es soledad, libertad, fraternidad. Dejémosle la igualdad a los franceses para no robarles la trilogía que integra la "grandeur" de ese país.
Por esas calendas, las bellas salen de sus casas sin maquillaje. Saben que no tienen que convertir el semáforo en improvisado salón de belleza para terminar de mentir sobre sus cachetes por la vía del pintalabios o el rubor. (Si todos los días fuera primero de enero se arruinarían las multinacionales de los cosméticos cuya materia prima es la coquetería).
Bogotá sin gente se parece a una mujer recién levantada, liberada del estrés de tener que cautivar al bobo sapiens.
Las calles sin carros le aportan un glamour adicional a la villa a la que se ama más, y se padece o aborrece menos.
El genio de los habitantes mejora sustancialmente. Es más, existe el albur de que te saluden en la claustrofobia del ascensor, o en la democracia del parque o de la escalera de tu edificio.
Cuando la ciudad está "normal", es decir, en sus momentos de atafago laboral, el vecino es lobo para su vecino. Adiós buenas maneras. Metemos al venezolano Carreño por debajo de la alfombra para que no nos abochorne con sus estrictas normas de urbanidad.
El 1º de enero muchos salimos a la calle simplemente a disfrutar del placer de no ver a nadie. De creer que solo existimos nosotros. Qué dicha que así fuera todos los días, decimos sin pizca de lógica. Y con superávit de egoísmo.
La contaminación auditiva se reduce a sus turbayistas justas proporciones. Quedamos por cuenta del canto mañanero de los pájaros que, como siempre, no distinguen entre un 1º de enero y un ruidoso y patriótico 7 de Agosto. ("No cambian nunca de canción los pájaros", canta el transeúnte bogoteño Rogelio Echavarría, hecho en Santa Rosa de Cabal, Antioquia, para el mundo). Los pájaros viven en un eterno presente, como los gatos.
La fauna de rateros que hace parte del paisaje, aprovecha la coyuntura para poner en agua caliente con sal sus dedos y pies, antes de volver a la ardua lucha diaria de apoderarse de lo ajeno.
Choferes de taxis y buses le dan a la ciudad el obligado regalo de no parar cada cinco metros a recoger pasajeros. O a dejarlos en mitad de la vía.
Cualquier candidato ganaría la alcaldía prometiendo una ciudad sin gente, sin trancones, sin atracadores. Claro que sería alcalde solo por unos días. Y la democracia todavía no da para tanto... Feliz cumpleaños.

 

Bogoteños; casas de inquilinato; Bogotá sin gente enviado a Aurora Boreal® por Óscar Domínguez Giraldo. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Óscar Domínguez Giraldo. Foto de Óscar Domínguez Giraldo © Óscar Domínguez Giraldo. Este contenido ha sido publicado originalmente en www.oscardominguezgiraldo.com  . Si está pensando en usarlo, debe considerar que está protegido por la Ley. Si lo cita, diga la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido.  Gracias por respetar los derechos de autor y la propiedad intelectual. www.auroraboreal.net

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