Decirle conspirador a un lapsus de esta calaña es levantarle inmerecida
estatua. Si en el coctel donde se
encuentra no está sapiando a alguien, agarra el sombrero y se larga a ejercer
su macabro destino en otra parroquia.
Sonríe delante de su víctima para sacarle dividendos.
Después dará la puñalada trapera desde su burladero, la sombra. Dispara desde
el anonimato.
Óscar Domínguez. Colombiano de 68 años. Es casado, tiene dos hijos. Es abuelo irresponsable de repetidos (mellizos) australianitos y de una nena nacida en Rio de Janeiro. Ha trabajado como reportero en prensa, radio y televisión. Cuelga cosas en su blog www.oscardominguezgiraldo.com y en @kikirikioscar. Actualmente, el pensionado Domínguez colabora con algunas publicaciones.
Se siente en su salsa como integrante del cartel de los
sapos.
Este espécimen no tiene hoja de vida sino prontuario de
"faltón". No se le puede creer ni lo contrario. Se saca el chicharrón
de la boca para inventar alguna infamia.
Se muere de la risa cuando lee que el catecismo del
Padre Astete prohíbe levantar falsos testimonios. Miente, delata, y, en sus
ratos de ocio, existe. Otra forma de sobrevivir le parecería nefasta.
No le importa hacer quedar mal a su homónimo, el sapo
de verdad, metafísico y discreto como un punto y coma. Cuando el verdadero sapo
desea rezar, croa. El sapo de dos pies nunca ora, prefiere calumniar.
Su divisa, tomada de alguna vieja revista de
peluquería, es: de la calumnia algo queda. Puede ser una chanfa, su majestad el
contrato. De pronto se perpetúa en el corazón
de alguna dama quedada del tren del amor.
Los sapos ven, oyen, huelen, gustan y palpan. Todo en
beneficio de su oficio de correveidiles.
Pueden vivir sin comer ni respirar. Nunca sin delatar. Si
lo necesitan para sus fines, son capaces de sapiarse a
ellos mismos.
En la mañana, frente al espejo que los retrata en su ínfima expresión, no se afeitan
los pelos, sino su más reciente sapería para que les quepan las del día.
Los ojos del reptil de Macondo son el espejo de sus almas. En las niñas de sus ojos brillan dos inminentes
calumnias.
¿Cómo reconocerlos? Tienen callo en la lengua de tanto
inventar falsos positivos, o positivos negativos. La semántica es lo de menos.
No sonríen, sospechan; no hablan, calumnian; no ven,
entierran
prestigios; no sueñan, tienen pesadillas. Su hoja de
servicios es tan elocuente que hace tiempos reencarnaron en adagio: "los
sapos mueren estripados" y "murió como sapo en tomatera", son
dos de ellos.
El sapo, por ser quien es, está condenado al olvido, uno
de los alias del desprecio. Merecen que
les retiren el saludo y la mirada.
Sapos de estos, o peorcitos, producen todas las épocas.
Un sapo de raca mandaca se sienta en el Consejo de Redacción de Teleantioquia.
Diatriba contra los sapos enviada a Aurora Boreal® por Óscar Domínguez Giraldo. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Óscar Domínguez Giraldo. Foto de Óscar Domínguez Giraldo © Óscar Domínguez Giraldo. Este contenido ha sido publicado originalmente en www.oscardominguezgiraldo.com . Si está pensando en usarlo, debe considerar que está protegido por la Ley. Si lo cita, diga la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. Gracias por respetar los derechos de autor y la propiedad intelectual. www.auroraboreal.net
Toda época tiene los sapos que se merece. El sapo


