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Héctor Viel Temperley - Domingos de poesía

hector viel temperley 251Héctor Viel Temperley (Argentina 1933-1987). Poeta de culto cuya obra se desarrolla principalmente a partir de una cosmovisión místico-cristiana no dogmática, que identifica la causalidad divina con la causalidad natural. En su universo poético Dios adopta diversas caracterizaciones y está presente en distintas experiencias. Crawl (1982) surgió con la intención de dar testimonio de su fe en Jesucristo, el cual aparece representado en la tapa del libro como un marinero circundado por una corona de espinas en sustitución de un salvavidas. Los textos de este poemario simulan las brazadas y la respiración de un nadador. Hospital Británico (1986), último volumen de poemas y el más significativo del autor —concebido tras someterse a una cirugía de cerebro—, revela la visión especular y simbiótica del sujeto lírico en relación con Dios y su deseo de permanecer en él.

 

 

 

El ángel de las botas

Como botas de ahogado,
mis botas junto al mar se han azulado.

Mis botas sin jinete
y en espuma de mar, no de caballos.

Sus puntas ya no sienten
mi cuerpo en los estribos, casi alado.

Y mis piernas no surgen
de su cuerpo, tirante hacia lo alto.

Sin botas por la arena,
corro hasta ellas sonriendo, y con mis manos

las alzo. Y frente al agua
las afirmo de nuevo, arrodillado.

Surgiendo de mis botas,
como a golpes de viento se ha formado.

Y por olerlo rueda
el mar hasta mis botas, disparado.

En medio de su cuerpo
crecen olas, lamiéndolo y quebrándolo.

Azul de brazo a brazo,
sus pulmones son cielos destrozados.

Cintas blancas y azules
atan su pelo al sol. Y es todo blanco

desde las cortas alas
hasta el vientre. Mis botas más abajo.

Volteadas por el viento,
mis botas caen al fin. Y arrodillado

abrazo más que viento.
Abrazo el ángel que hice con mis manos.

               (Poemas con caballos, 1956)

 

 

El nadador

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y la de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arroyos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
Mi cuerpo que se hunde
en transparentes ríos
y va soltando en ellos
su aliento, lentamente,
dándoselo a aspirar
a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
hasta las lluvias
de su infancia,
que a las tardes crecían
entre sus piernas salpicadas
como alto y limpio pajonal que aislaba
las casonas
y desde sus paredes
celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada
por la memoria de las aguas
hasta donde su pecho
recuerda las pisadas,
como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo
rodaba hasta los ríos como un viento
y hacía el agua tan azul que el hombre
entraba en ella y respiraba.
Soy el hombre que nada hasta los cielos
con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
hacen ruido de alas.

 

 

Unas macetas de amarillo

No tengo para ver sólo los ojos.
Para ver tengo al lado como un ángel,
que me dice, despacio, esto o lo otro,
aquí o allí, encima o más abajo.
Siempre soy el que ve lo que ya ha visto,
lo que ha tocado ya, lo que conoce,
no me puedo morir porque ya tengo
la muerte atrás, vestida como novia.
Voy entrando, de a poco, en lo que es mío,
en lo que ya fue, en lo que me nombra,
campos azules y altos hasta el pecho,
con el machete centelleante y rápido.
Veo cómo comienzan las naranjas
a nadar por el aire, a perfumarlo,
girando velozmente en sus semillas.
Veo moverse ese árbol, luego el otro,
pierdo el sentido de mirar la vida,
me lleva el mar, el pecho hacia lo alto,
muevo el cielo en el puño como un poncho.
Me quieren despertar y estoy despierto,
no me pueden tocar, me aman, me gritan,
me lloran como a un muerto y estoy libre.
Yo puedo separar filo y cuchillo,
guardar el uno y arrojar el otro,
terminar con un truco la semana,
pintar unas macetas de amarillo.
Yo tengo como un ángel que me dice
aquí o allí, más cerca todavía,
habla, calla, resiste, estira el brazo,
toca despacio todo lo que es tuyo.

               (El nadador, 1967)

 

 

Si en lugar de haber hecho

Si en lugar de haber hecho
lo que hice
hubiera hecho todo lo contrario,
hoy, exactamente igual que hoy,
estaría gritando al cielo: Padre,
si es de tu agrado,
aparta de mi rostro estas moscas.

 

 

Hay unas flores violetas

Hay unas flores violetas
en un monasterio
que en invierno crecen como un colchón
a la sombra de los árboles.
Y uno puede tirarse de pecho
sobre ellas
y sentir hasta el alma
la humedad de la tierra.

Un día, le pedía a Dios, con lágrimas:
Carajo, estate siempre así conmigo
como ahora.
A vos sí
te pido que me quieras.

               (Humanae vitae mia, 1969)

 

 

Buta Ranquil

Cambio despacio
una pieza del coche
en un lugar muy desierto y muy pobre
que se llama
Buta Ranquil, papá,
y pienso en dónde estarás ahora,
que hace tres años te moriste,
y sé que no me haría esa pregunta
si no te sintiera cerca
y en una forma nueva,
abierto, libre y cerca
en el aire de Buta Ranquil, papá.

Después, como una aljaba
con una cruz encima,
para un San Sebastián
y demasiadas flechas,
hay un rancho pequeño. Y corre el agua,
se oye correr el agua
entre unos sauces.
El sol entibia.
Es como el fin de un viaje.

Y me tiro en el piso
de tierra del corral,
con los brazos en cruz,
con las piernas abiertas.
y me puedo morir sin ningún asco
de mi cuerpo pudriéndose,
porque todo es muy pobre,
es casi el cielo.
Hasta aquí nada pudo
separarme del cielo,
ni el horror, ni el cansancio,
ni mis propios pecados.
Y vos estás de nuevo con tu hijo,
y vos estás, papá, casi tocándome,
cerca mío, papá, y en una forma nueva,
libre y abierto en este aire indio
de morir o llorar, recién nacido.

 

 

Cataratas

Hace tiempo que Cristo
está crucificado en luz
y no en madera.
y estar crucificado en luz
y volar
es una misma cosa.

Junto a las iguanas
que apenas si se ven
correr como alfileres al sol,
sobre las piedras,
me quito la camisa,
me arranco las espuelas
(no debemos luchar
contra ningún demonio,
dicen mis teólogos,
tenemos que luchar con nuestro ángel
para que él nos venza).

Las aves
que hacen sus nidos en las rocas,
casi bajos las aguas,
parten de pronto con las alas húmedas
y el estruendo en su pecho diminuto.

Arqueo suavemente el pubis
hacia las cataratas
o mucho más arriba
hacia el Dios Creador, el nuevo Hijo
que desprende una mano de la cruz
Y la apoya en mi sexo,
azul mañana.

               (Plaza Batallón, 1971)

 

 

Las ratas

Nunca antes
pensé en las ratas. Eran
las grises, melancólicas
nadas de larga cola
que subían
a un horizonte ajeno.
Las miraba
marchar, sin importarme,
por los altos
horizontes de los otros.
Pero ahora
las ratas no son nadas,
son el peso
que sobra en la memoria,
que chilla cada vez
que abro las puertas
del Día.
Sé que están
en este barco
interior, confundidas
con la Gracia,
atropellándola
cuando ella sale
a ver el mar,
a hablar con los marinos.

Ahora sé por qué
algunos días
son más grises
y hay más frío en un lado
del corazón a veces.
Las tenía
siempre conmigo
pero no sabían
que iba a despertar
esta mañana
pensando en ellas,
recordando quejas,
reproches que me hacía,
equivocado.

Desde hace un rato
van por mi memoria
como esperando
que se mueva el viento.
Y sus colas escriben: Todavía
hay fuego en las cucharas
de los cielos.

               (Febrero 72-Febrero 73, 1973)

 

 

2

Estar enamorado es hablar de sus talones,
del tren que iba a su pueblo, del pescado en el patio
junto al cuarto de baño más pobre de mi vida?
Porcelana quebrada entre macetas!
(Tenías el sudor congelado en un prisma
en el fondo del vaso de los hombres
y tu saliva era la cola delgadísima
de ajo de un barrilete.)
Decir que son lo único espeso de su cuerpo!
sus talones de pueblo en sus suecos celestes
—solos juntos a la pata de la mesa—
mientras llueve y tiramos los dados por dinero.
Talones como balas antiaéreas
que nunca tuve libres en mis manos.
Herramientas de acero para empezar a hacerlas!
Superficies de sueño y futuras catástrofes
para dibujar con lápiz una estrella
o una flor de la piedra (algo de las alturas)
porque después de todo hablar de sus talones
es hablar de la muerte amarilla que llevan
hacia un cementerio que aún no existe, hacia un campo
que por ahora es sólo de verduras o frutas.

Y ella no lo sabía, ella nada sabía!

               (Carta de marear, 1976)

 

 

Bajo las estrellas del invierno

     La liebre que una vez que yo miraba
atardecer —volaban los chimangos!—
salió del sol y se sentó a mirarme

     El pájaro que una mañana
se posó exactamente sobre mi corazón
a una hora en que su cuerpo todavía
calentaba la piel más que el sol

     El pene entre mis dedos de ese enfermo
al que ayudé a orinar mientras marchábamos
lentamente una noche a un hospital
cruzando playas de estacionamiento

     La perra que buscaba a mi pene en la sombra
cada vez que salía para orinar desnudo
mirando las estrellas del invierno
antes de regresar corriendo hasta el colchón
iluminado por el fuego que ardía toda la noche
en los troncos que hachaba con mi hacha todo el día

     La mujer que pedía serenamente auxilio
agitando los brazos y volviendo a nadar
en las primeras horas de una tarde pesada
en que yo con el pan en el estómago
no encontraba a otro hombre en las orillas

     Y todos los metros que nadé por el mar
sin ver jamás a la terrible aleta
     Y mi alegría de noche en las ramas de un árbol
oyendo tangos en mi adolescencia
     Y mis siestas sentado junto al cajón de un muerto
descansando en la digna frescura de una bóveda
del verano porteño que nos había humillado

     Hablo de todas las horas y de todos los días
y de todas las estaciones y de todos los años

     Pero la liebre que una vez que estaba solo
se ubicó exactamente entre el sol y mis ojos
guardando exactamente la distancia
que guarda un ángel que visita a un hombre...

     Y el pájaro que un día
se posó exactamente sobre mi corazón
lo que es igual a recibir de un golpe
el propio corazón en el lugar exacto
el único lugar del universo
donde es una victoria recibirlo...

     Y la perra que se acercaba agitando la cola
cada vez que volvíamos a encontrarnos desnudos
y solos bajo el cielo del oeste...

                                  En fin...
                                  Brillan los miles de ojos que me miran
                                  Brillan las estrellas del oeste en invierno
                                   Sobre la borda del colchón iluminada por las llamas
                          me siento arreglo el fuego
                          leo diarios viejos mientras mi sombra crece
                          Son las tres de la tarde en el reloj
                que después del almuerzo se detiene
                          La noche es larga
                          Toda la noche sopla el viento
                          Mi muslo brilla con la saliva de la perra
                o entre las piernas de una mujer de buen carácter
                desnuda alegre dormida satisfecha
                          Vuelvo a despertarme cuando quiero
                          Vuelvo a salir al frío y a orinar nuevamente
                 porque estas noches bebo mucha agua
                          El fuego hace sudar al que lo cuida

                          En fin...
                          Hice orinar a un hombre
                          Salvé del mar a una mujer lejana
                          Y sé que puedo recordar algunos otros
                actos de más amor de más coraje

                          En fin...
                          Pienso en todas las horas pienso en todos los días
                pienso en todos los años sin encontrar mi imagen

                          Pero una liebre un pájaro una perra
                me miraron a los ojos al corazón al sexo
                como creo que sólo me miró también el mar
    una madrugada de verano en que vagaba
   con una pistola en el puño sin tener donde afeitarme

               (Legión extranjera, 1978)

 

 

El espigón más largo, el aviso y el crawl

Vengo de comulgar y estoy en éxtasis,
                                    aunque comulgué como un ahogado,

mientras en una celda
                                    de mi memoria arrecia
                                     la lluvia del sudeste,

                                                                    igual que siempre

embiste al sesgo a un espigón muy largo,

                                   y barre el largo aviso
                                   de vermut que lo escuda

                                   con su llamado azul,
                                   casi gris en el límite,

para escurrirse por la tez del mundo
                                   hacia los ojos de los nadadores:

                                  dos o tres guardavidas,
                                  dos adolescentes

y un vago de la arena que cortaron
                                  con una diagonal

                                                     el mar desde su playa.

 

 

 

                                  Vengo de comulgar y estoy en éxtasis
junto al hombro del kavanagh y de cara

                                   a la escuela de náutica
                                   y al plátano

                                   hacedores de fuego que me impiden
flotar con éste entre esos pocos hombres

                                   que allá —solos y lejos con la punta
                                                     del espigón desierto—,

                                                      mecidos como sábanas

                                                            y cobijando, ingrávidos,
                                                            la vida en ese extremo

                                                           de monedero roto,
                                                           de chubasco enfrentado,

                                  desasidos de todo
                                  piensan en el regreso:

 

descansan; se dan vuelta —en silencio—, y se tienden

 

                                   otra vez boca abajo

 

 

                                  con un brazo apagando los graznidos
                                  de las gaviotas

 

 

                                 y las alas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Vengo de comulgar y estoy en éxtasis
                                     contemplando unas sábanas
                                     que sólo de mí penden

 

                                    sin querer olvidar que en esta balsa,
de tiempo que detengo y de escafandra

 

 

                                                          con pasos de mujer,
                                                          nunca fui absuelto

 

                                     en el adolescente y en el viento

 

ni en la cuerda del crawl, que de los hierros
                                    cavernosos comienza
                                    a separarse;

 

ni siquiera en las manos deslizándose

                                   ni en el agua —que corre entre los dedos—

 

                                   ni en los dedos, ligándose despacio

 

                                                                     para remar con aprensión
                                                                     de nuevo

 

allí donde no hay mesa para apoyar los brazos

 

 

                                   y esperar que alguien venga
                                   desde su pueblo a visitarnos;

 

nadie fuma ni duerme, y —en días
                                                          de gran calma—

 

 

                                 sobre el plato de un hombro

 

                                 puede viajar un vaso.

 

 

 

 

 

 

                            Vengo de comulgar y estoy en éxtasis
y no me está mareando un sexo, una fisura,

 

                            sino una zona:

 

                            el patio de esa escuela
de náutica sin velas —icuerpo solo!—

                                               donde unos niños ciegos,
                                               envueltos en miocardio,

 

                                                con tambores y flautas
                                                reciben a las costas;

                             la carne comentando,
                             ya hasta en la espalda,
                             el frío

—que asciende repentino donde parte el océano

 

                            y las yemas, heladas,
                            en su Pudor se pierden—;

 

y el miedo que, en el vientre, de su piel hace párpado

 

                           —entre el ojo que tiembla
                           y el ojo del abismo—,

 

y es cordel, por el pecho, de la voz que naufraga

 

                            en el aire que hierva, despedido
                            como sangre,

 

                            en los pómulos tronantes.

 

 

 

                           Peces de cima,

                           cajas bamboleadas.

               (Crawl, 1982)

 

 

Hospital Británico

Mes de marzo de 1986

Pabellón Rosetto, larga esquina de verano, armadura de mariposas: Mi madre vino al cielo
     a visitarme.

Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. Soy feliz. Me han
     sacado del mundo.

Mi madre es la risa, la libertad, el verano.

A veinte cuadras de aquí yace muriéndose.

Aquí besa mi paz, ve a su hijo cambiado, se prepara —en Tu llanto— para comenzar todo de
     nuevo.

 

 

Hospital Británico

Mes de marzo de 1986

(versión con esquirlas
y «Christus Pankrator»)

Pabellón Rosetto, larga esquina de verano, armadura de mariposas: Mi madre vino al cielo
    a visitarme.

Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. Soy feliz. Me han
     sacado del mundo.

Mi madre es la risa, la libertad, el verano.

A veinte cuadras de aquí yace muriéndose.

Aquí besa mi paz, ve a su hijo cambiado, se prepara —en Tu llanto— para comenzar todo de
     nuevo.

 

Hospital Británico

La muchacha regresa con rostro de roedor, desfigurada por no querer saber lo que es
     ser joven.

Llevando otro embarazo sobre las largas piernas, me pide humildemente fechas para una
     lápida. (1984)

 

Hospital Británico

¿Quién puso en mí esa misa a la que nunca llego? ¿Quién puso en mi camino hacia la misa a
     esos patos marrones —o pupitres con las alas abiertas— que se hunden en el polvo de la
     tarde sobre la pérgola que cubrían las glicinas? (1984)

 

Hospital Británico

Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo. (1984)

 

Pabellón Rosetto

               Aquella blanca pared nueva, joven, que hablaba a las palmeras de una playa —
          enfermeras de pechos de luz verde— en una fotografía que perdí en mi adolescencia.

 

Pabellón Rosetto

Soñé que nos hundíamos y que después nadábamos hacia la costa lentamente y que de
     nuestras sombras de color verde claro huían los tiburones. (1978)

 

Pabellón Rosetto

Si me enseñaras qué es el verde claro... (1978)

 

Pabellón Rosetto

Es difícil llegar a la capilla: se puede orar entre las cañas en el viento debajo de la cama.
     (1984)

 

«Christus Pantokrator»

La postal tiene una leyenda: «Christus Pantokrator, siglo XIII».

A los pies de la pared desnuda, la postal es un Christus Pantokrator en la mitad de un espigón
     larguísimo. (1985)

 

«Christus Pantokrator»

Entre mis ojos y los ojos de Christus Pantokrator nunca hay piso. Siempre hay dos
     alpargatas descosidas, blancas, en un día de viento.

Con la postal en el zócalo, con Christus Pantokrator en el espigón larguísimo, mi
     oscuridad no tiene hambre de gaviotas. (1985)

 

«Christus Pantokrator»

La postal viene de marineros, de pugilistas viejos en ese bar estrecho que parece un
     submarino —de maderas y latas— hundiéndose en el sol de la ribera.

La postal viene de un Christus Pantokrator que cuando bajo las persianas, apago la luz
     y cierro los ojos, me pide que filme Su Silencio dentro de una botella varada en un
     banco infinito. (1985)

 

«Christus Pantokrator»

Delante de la postal estoy como una pala que cava en el sol, en el Rostro y en los ojos
     de Christus Pantokrator. (1985)

Sé que sólo en los ojos de Christus Pantokrator puedo cavar en la transpiración de todos
     mis veranos hasta llegar desde el esternón, desde el mediodía, a ese faro cubierto por
     alas de naranjos que quiero para el niño casi mudo que llevé sobre el alma muchos
     meses. (Mes de abril de 1986)

 

Larga esquina de verano

Alguien me odió ante el sol al que mi madre me arrojó. Necesito estar a oscuras, necesito
     regresar al hombre. No quiero que me toque la muchacha, ni el rufián, ni el ojo del
     poder, ni la ciencia del mundo. No quiero ser tocado por los sueños.

El enano que es mi ángel de la guarda sube bamboleándose los pocos peldaños de
     madera ametrallados por los soles; y sobre el pasamano de coronas de espinas, la
     piedra de su anillo es un cruzado que trepa somnoliento una colina: burdeles vacíos
     y pequeños, panaderías abiertas pero muy pequeñas, teatros pequeños pero cerrados
     —y más arriba ojos de catacumbas, lejanas miradas de catacumbas tras oscuras
     pestañas a flor de tierra.

Un tiburón se pudre a veinte metros. Un tiburón pequeño —una bala con tajos, un
     acordeón abierto— se pudre y me acompaña. Un tiburón —un criquet en silencio en
     el suelo de tierra, junto a un tambor de agua, en una gomería a muchos metros de la
     ruta— se pudre a veinte metros del sol en mi cabeza: El sol como las puertas, con
     dos hombres blanquísimos, de un colegio militar en un desierto; un colegio militar
     que no es más que un desierto en un lugar adentro de esta playa de la que huye el
     futuro. (1984)

 

Larga esquina de verano

¿Nunca morirá la sensación de que el demonio puede servirse de los cielos, y de las
     nubes y las aves, para observarme las entrañas?

Amigos muertos que caminan en las tardes grises hacia frontones de pelota solitarios:
     El rufián que me mira se sonríe como si yo pudiera desearla todavía.

Se nubla y se desnubla. Me hundo en mi carne; me hundo en la iglesia de desagüe a
     cielo abierto en la que creo. Espero la resurrección —espero su estallido contra mis
     enemigos— en este cuerpo, en este día, en esta playa. Nada puede impedir que en su
     Pierna me azoten como cota de malla —y sin ninguna Historia ardan en mí— las
     cabezas de fósforos de todo el Tiempo.

Tengo las toses de los viejos fusiles de un Tiro Federal en los ojos. Mi vida es un desierto
     entre dos guerras. Necesito estar a oscuras. Necesito dormir, pero el sol me despierta.
     E1 sol, a través de mis párpados, como alas de gaviotas que echan cal sobre toda mi
     vida; el sol como una zona que me había olvidado; el sol como un golpe de espuma
     en mis confines; el sol como dos jóvenes vigías en una tempestad de luz que se ha
     tragado al mar, a las velas y al cielo. (1984)

 

Larga esquina de verano

La boca abierta al viento que se lleva a las moscas, el tiburón se pudre a veinte metros.
     El tiburón se desvanece, flota sobre el último asiento de la playa —del ómnibus que
     asciende con las ratas mareadas y con frío y comienza a partirse por la mitad y a
     desprenderse del limpiaparabrisas, que en los ojos del mar era su lluvia.

Me acostumbré a verlas llegar con las nubes para cambiar mi vida. Me acostumbré a
     extrañarlas bajo el cielo: calladas, sin equipaje, con un cepillo de dientes entre sus
     manos. Me acostumbré a sus vientres sin esposo, embarazadas jóvenes que odian la
     arena que me cubre. (1984)

 

Larga esquina de verano

¿Toda la arena de esta playa quiere llenar mi boca? ¿Ya todo hambre de Rostro
     ensangrentado quiere comer arena y olvidarse?

Aves marinas que regresan de la velocidad de Dios en mi cabeza: No me separo de las
     claras paralelas de madera que tatuaban la piel de mis brazos junto a las axilas; no
     me separo de la única morada —sin paredes ni techo— que he tenido en el ígneo
     brillante de extranjero del centro de los patios vacíos del verano, y soy hambre de
     arenas —y hambre de Rostro ensangrentado.

Pero como sitiado por una eternidad, ¿yo puedo hacer violencia para que aparezca Tu
     Cuerpo, que es mi arrepentimiento? ¿Puedo hacer violencia con el pugilista africano
     de hierro y vientre almohadillado que es mi pieza sin luz a la una de la tarde mientras
     el mar —afuera— parece una armería? Dos mil años de esperanza, de arena y de
     muchacha muerta, ¿pueden hacer violencia? Con humedad de tienda que vendía
     cigarrillos negros, revólveres baratos y cintas de colores para disfraces de Carnaval,
     ¿se puede todavía hacer violencia?

Sin Tu Cuerpo en la tierra muere sin sangre el que no muere mártir; sin Tu Cuerpo en la
     tierra soy la trastienda de un negocio donde se deshacen cadenas, brújulas, timones
     —lentamente como hostias— bajo un ventilador de techo gris; sin Tu Cuerpo en la
     tierra no sé cómo pedir perdón a una muchacha en la punta de guadaña con rocío
     del ala izquierda del cementerio alemán (y la orilla del mar espuma y agua helada en
     las mejillas— es a veces un hombre que se afeita sin ganas día tras día). (1985)

 

Larga esquina de verano

¿Soy ese tripulante con corona de espinas que no ve a sus alas afuera del buque, que no
     ve a Tu Rostro en el afiche pegado al casco y desgarrado por el viento y que no sabe
     todavía que Tu Rostro es más que todo el mar cuando lanza sus dados contra un
     negro espigón de cocinas de hierro que espera a algunos hombres en un sol donde
     nieva? (1985)

 

Tu Rostro

Tu Rostro como sangre muy oscura en un plato de tropa, entre cocinas frías y bajo un
     sol de nieve; Tu Rostro como una conversación entre colmenas con vértigo en la
     llanura del verano; Tu Rostro como sombra verde y negra con balidos muy cerca de
     mi aliento y mi revólver; Tu Rostro como sombra verde y negra que desciende al
     galope, cada tarde, desde una pampa a dos mil metros sobre el nivel del mar; Tu
     Rostro como arroyos de violetas cayendo lentamente desde gallos de riña; Tu Rostro
     como arroyos de violetas que empapan de vitrales a un hospital sobre un barranco.
(1985)

 

Tu Cuerpo y Tu Padre

Tu Cuerpo como un barranco, y el amor de Tu Padre como duras mazorcas de tristeza
     en Tus axilas casi desgarradas. (1985)

 

Tengo la cabeza vendada (texto profético lejano)

Mi cabeza para nacer cruza el fuego del mundo pero con una serpentina de agua helada
     en la memoria. Y le pido socorro. (1978)

Tengo la cabeza vendada

Mariposa de Dios, pubis de María: Atraviesa la sangre de mi frente —hasta besarme el
     Rostro en Jesucristo (1982)

 

Tengo la cabeza vendada (textos proféticos)

Mi cuerpo —con aves como bisturíes en la frente— entra en mi alma. (1984)

El sol, en mi cabeza, como toda la sangre de Cristo sobre una pared de anestesia total.
     (1984)

Santa Reina de los misterios del rosario del hacha y de las brazadas lejos del espigón:
     Ruega por mí que estoy en una zona donde nunca había anclado con maniobras de
     Cristo mi cabeza. (1985)

Señor: Desde este instante mi cabeza quiere ser, por los siglos de los siglos, la herida de
     Tu Mano bendiciéndome en fuego. (1984)

El sol como la blanca velocidad de Dios en mi cabeza, que la aspira y desgarra hacia la
     nuca. (1984)

 

Tengo la cabeza vendada (texto del hombre en la playa)

El sol entra con mi alma en mi cabeza (o mi cuerpo —con la Resurrección— entra en mi
     alma). (1984)

 

Tengo la cabeza vendada (texto del hombre en la playa)

Por culpa del viento de fuego que penetra en su herida, en este instante, Tu Mano traza
     un ancla y no una cruz en mi cabeza.

Quiero beber hacia mi nuca, eternamente, los dos brazos del ancla del temblor de Tu
     Carne y de la prisa de los Cielos. (1984)

 

Tengo la cabeza vendada (texto del hombre en la playa)

Allá atrás, en mi nuca, vi al blanquísimo desierto de esta vida de mi vida; vi a mi eternidad,
     que debo atravesar desde los ojos del Señor hasta los ojos del Señor. (1984)

 

Me han sacado del mundo

Soy el lugar donde el Señor tiende la Luz que Él es.

 

Me han sacado del mundo

Me cubre una armadura de mariposas y estoy en la camisa de mariposas que es el Señor
     —adentro, en mí.

El Reino de los Cielos me rodea. El Reino de los Cielos es el Cuerpo de Cristo —y cada
     mediodía toco a Cristo.

Cristo es Cristo madre, y en Él viene mi madre a visitarme.

 

Me han sacado del mundo

«Mujer que embaracé», «Pabellón Rosetto», «Larga esquina de verano»:

Vuelve el placer de las palabras a mi carne en las copas de unos eucaliptus (o en los
     altos de «B.», desde los cuales una vez —sólo una vez— vi a una playa del cielo
     recostada en la costa).

 

Me han sacado del mundo

Manos de María, sienes de mármol de mi playa en el cielo:

La muerte es el comienzo de una guerra donde jamás otro hombre podrá ver mi
     esqueleto.

 

La libertad, el verano (A mi madre, recordándole el fuego)

Porque parto recién cuando he sudado y abro una canilla y me acuclillo como junto a
     un altar, como escondido, y el chorro cae helado en mi cabeza y desliza su hostia
     hacia mis labios, envuelta en los cabellos que la siguen. (1976)

Vengo de comulgar y estoy en éxtasis aunque comulgué con los cosacos sentados a una
     mesa bajo el cielo y los eucaliptus que con ellos se cimbran estos días bochornosos
     en que camino hasta las areneras del sur de la ciudad —el vizcaíno, santa adela, la
     elisa. (1982)

Por las paredes de los rascacielos el calor y el silencio suben de nave en nave: Obsesivo
     verano de fotógrafo en fotógrafo, ojos del Arponero que rayan lo que miran, Ser de
     avenidas verticales que jamás fue azotado. (1978)

Después íbamos al África cada día de nuevo —antes que nada, antes de vestirnos—
     mientras rugían las fieras abajo en el zoológico, subía un sol sangriento a sus
     jazmines, y nosotros nos odiábamos, nos deseábamos, gritábamos... (1978)

Instantes de anestesia, de lento alcohol de anoche todavía en la sangre de pie de una
     muchacha desnuda y más dorada que la escoba: Necesito aferrarme de nuevo a la
     llanura, al ave blanca del corpiño en la pileta de lavar, detrás de la estación y entre
     las casuarinas. (1984)

Tengo la foto de dos novios que cayeron al mar. Están vestidos de invierno, los invito a
     desnudarse. En las siestas nos sentamos junto a la bomba de agua y nos miramos:
     de nuevo embolsan luz los pechos de ella; él amaba a los caballos y una vez intentó
     suicidarse. (1978)

Necesito oler limón, necesito oler limón. De tanto respirar este aire azul, este cielo
     encarnizadamente azul, se pueden reventar los vasos de sangre más pequeños de mi
     nariz. (1969)

Y a las siestas, de pie, los guardavidas abatían la sal de sus cabezas con una damajuana
     muy pesada, de agua dulce y de vidrio verde, grueso, que entre todos cuidaban. (1982)

 

Yace muriéndose

Toda la transpiración de mi cuerpo regresará a mis ojos cuando muera el tambor en
     donde fui formado y hablé con Él —como un niño borracho— entre sillas caídas, río
     crecido y juncos.

Todas las lágrimas de mi vida volverán a mis ojos; y por las hondas sedas de un pecho
     de caballo querré internarme, huir, refugiarme en mi casa de trozos esparcidos de
     ballenas: mi casa como cuerpo de varón recién nacido en el tórrido vientre del silencio.
     (1985)

 

Yace muriéndose

Nunca más pasaré junto al bar que daba al patio de la Capitanía. No miraré la mesa
     donde fuimos felices:

El sol como ese lugar bajo las aguas de un río de tierra y de naranjas donde antes de
     aprender a caminar miré a Dios como un hombre que sabe qué es la guerra. El sol
     como esas aguas de tierra y de naranjas donde sin extrañar la respiración, el aire, lo
     miré de este modo: «Recuerdo una victoria lejana (tantos salvados rostros que
     después nadie quiere recordarme) y estoy en paz con mi conciencia todavía». (1984)

 

Yace muriéndose

La dejé sobre un lecho de vincapervincas altas, frías, violáceas.

Por su final de arroyo, la herida de mi frente llora en las flores y agradece.

 

Yace muriéndose

Dentro de cuatro días llegará a Tu Océano con uno de mis soldaditos dormido sobre sus
     labios. Y se dirá, sonriéndome: «Es lo poco que hace que este hombre iba al centro
     del sol cada mañana con un puñado de soldados de plomo. Es lo poco que hace que
     en el centro del sol, cada mañana, su corazón era un puñado de soldados de plomo
     entre gallos».

 

Dormido sobre sus labios

Pequeño legionario, ¡cuánto viento! Pedacito de plomo, pedacito de Sahara: Vendrán
     veranos no obsesivos; pasarán los hijos de mis hijos. (1978)

Yo puedo hachar todo el día pero no puedo cavar todo el día. No puedo cavar en ningún
     lado sin estar esperando que aparezca de pronto un soldado de plomo entre mis pies
     desnudos. (1978)

 

Para comenzar de nuevo

Es mi parte de tierra la que llora por los ciruelos que ha perdido.

 

Para comenzar de nuevo

El verano en que resucitemos tendrá un molino cerca con un chorro blanquísimo
     sepultado en la vena. (1969)

 

Magenta

Magenta es la barba de Cristo. Como rompiente de mar moja mi rostro: en mi nariz
     dibuja su nariz y en sus ojos cerrados pone mis ojos. En mi cara suda, su sangre corre
     por ella desde el pelo.

Así empapado estoy con Él, esperando su Resurrección.

Me duele su nariz, su cabeza, su barba, sus labios.

Soy más que un trapo suave, lleno de sueño, blanco de nacimiento; y soy más que una
     máscara sobre nariz partida, barba arrancada.

Soy un hombre sobre otro, una boca sobre otra, un beso para Dios pero en la tierra,
     donde nadie ve al hombre.

Soy antes y después, en Él, magenta; de sus labios es imposible despegar los míos.

 

               [Obra completa, 2004, incorpora los poemas fechados 1984 y 1985. El poema
               inédito «Magenta» fue incluido como final de Hospital Británico en el libro
               Crawl-Hospital británico, publicado en Bs. As. por Ediciones El timonel, en 2019.
               Se transcribe según la estructura dispuesta en textos anteriores]

                              (Hospital Británico, 1986 / Obra completa, 2004 /
                              Crawl-Hospital británico, 2019 [Edición digital])

 

hector viel temperley 3502Héctor Viel Temperley (Argentina 1933-1987). Poeta de culto cuya obra se desarrolla principalmente a partir de una cosmovisión místico-cristiana no dogmática, que identifica la causalidad divina con la causalidad natural. En su universo poético Dios adopta diversas caracterizaciones y está presente en distintas experiencias. Crawl (1982) surgió con la intención de dar testimonio de su fe en Jesucristo, el cual aparece representado en la tapa del libro como un marinero circundado por una corona de espinas en sustitución de un salvavidas. Los textos de este poemario simulan las brazadas y la respiración de un nadador. Hospital Británico (1986), último volumen de poemas y el más significativo del autor —concebido tras someterse a una cirugía de cerebro—, revela la visión especular y simbiótica del sujeto lírico en relación con Dios y su deseo de permanecer en él.

 

 

Material de consulta:
Obra completa. Bs. As.: Ediciones del Dock, 2004; Poesía completa. México: Aldus, 2004; Crawl-Hospital británico. Bs. As: El timonel ediciones, 2019. 

 

"Domingos de poesía" es una idea original del poeta Sergio Laignelet, colaborador de Aurora Boreal®. Se publica semanalmente. Toda la selección y cura de los materiales por Sergio Laignelet.

 

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Sobre Sergio Laignelet
Bogotá, 1969. Poeta colombiano residente en Madrid, editor, corrector de estilo y ortotipográfico de publicaciones educativas y culturales. Libros publicados: That's all Folks! (poemas animados). Madrid, 2017; Cuentos sin hadas. Canarias, 2010; Carnaval (plaquette). Bogotá, 2007; Malas Lenguas. Bogotá, 2005. Ediciones bilingües de CSH: Danés: Omvendte eventyr. H. Krarup trad. Copenhague, 2017; Francés: Contes á l’envers. R. Durand trad. Toulon, 2015, y Colomiers, 2017 (además, poemas suyos han sido traducidos al inglés, portugués, italiano, sueco, finés, polaco y japonés). Antología editada: Gatimonio: poemas de gatos de autores hispanoamericanos. Madrid, 2013.

Poemas de Héctor Viel Temperley. Selección de poemas: Sergio Laignelet. Material enviado a Aurora Boreal® por Sergio Laignelet. Poemas y fotografías publicadas con autorización de ©Herederos de Héctor Viel Temperley. Fotografía Sergio Laignelet © Lorenzo Hernández.

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