Guillem Sagués - 'Cuando la suerte y la muerte son códigos indescifrables'

Relato inédito

 

Siempre me había dicho que las mariquitas traen buena suerte. Íbamos en un ferri lleno de ellas y, cuando digo lleno, era como si el ferri suertudo entero pudiera empezar a volar sostenido por todas las mariquitas hacia un futuro brillante. Hicimos un cálculo aproximado contando las que nos rodeaban y extrapolado a la superficie total del ferri: unas cincuenta mil. Pero era probable que fueran muchas más.

Necesitábamos espacio. Habían sido unos meses pesados, sobre todo para Míriam. Su abuelo había muerto de una forma fulminante e inesperada. Decidimos viajar a Noruega. En vez de ir directamente a los fiordos, destino final y propósito último, quisimos empezar por las afueras, con la voluntad de posponer. Volamos a Copenhague donde pasamos unos días lentos y apacibles. Organizamos pasar la mayor parte del tiempo a lo largo del canal principal. Vimos los puentes abrirse y cerrarse con el paso de los esporádicos barcos mientras el día se dilataba hasta la medianoche. Después tomamos el ferri de Copenhague a Oslo. Partía por la tarde y llegaba a la mañana del siguiente día. Dormíamos a bordo, en un pequeño camarote.

—Me da igual, no me gustan nada.—¡Ah! —gritó— ¡Sácala, sácala! —poco después de que nos instaláramos con el ligero equipaje.
—Cariño, es solo una mariquita. Es señal de buena suerte.
—Me da igual, no me gustan nada.

Saqué dos mariquitas de nuestro camarote. Una que se movía sobre el vidrio de la ventanilla oval, la que causó el primer grito, y una segunda del lavamanos del baño. Nunca me acabó de gustar la palabra mariquita, en mi mente la confundía a menudo con mariposa, por algún tipo de dislexia extraña. Prefería la palabra catalana «marieta» o la inglesa «ladybird». Después me di cuenta de que todas las versiones eran muy parecidas. Busqué su etimología en el precario internet de alta mar, y, era cierto, todas tenían el mismo origen. Se referían a Nuestra Señora, a la Virgen María. Algunas fuentes iban más allá y decían que sus siete puntos negros eran las siete virtudes de la Virgen y vestían de rojo pasión como el color de las capas con las que a menudo era representada. Parecía que la buena suerte provenía del hecho de que eran feroces consumidoras de pulgones. Por lo que cuando los agricultores las veían, sabían que les ayudarían a combatir las plagas y a tener una mejor cosecha.

Entonces, me di cuenta, alargando mi sufrida dislexia, de que no era «mariquita» la palabra que no me gustaba, sino «mariposa». Al parecer, las dos compartían el origen religioso en castellano. Aun así, al contrario que mariquita, mariposa tenía una variedad de nombres distintos en todos los idiomas. Yo prefería la raíz latina que tenían en común catalán y francés, «papallona» y «papillon». Escucha el aleteo mudo de la mariposa bajo la pa-pa-llona.

Tanto las mariquitas como las mariposas tenían el rastro de la suerte y de la muerte impreso en ellas. Quizá una con la fortuna más asociada a los cambios y la otra al amor. En cualquier caso, más allá de la inocencia con la que a menudo se las caracterizaba, a mí me transmitían misterio. Parecían traer consigo el mismo mensaje, o uno muy similar, que encontraríamos en ciertas pinturas de Edvard Munch al llegar a Oslo. Pienso, por ejemplo, en la espectral Madonna: pálida y emergiendo de la oscuridad, con su cabello negro desparramándose sobre hombros y senos desnudos, y el halo rojo encendido de su aureola. Como pude leer en un cartel informativo: «En la época de Munch era común morir en casa, rodeado de amigos, vecinos y familiares. La muerte llegaba antes y de forma abrupta y era una parte más visible de la vida, pero aun así podía parecer despiadada, como cuando Munch perdió a su madre y a su hermana siendo un niño». Ese retrato doméstico brillaba con el mismo misterio latente de las mariquitas y las mariposas en La niña enferma. Allí, una niña demasiado joven yace en un sillón, envuelta en mantas, con la mirada vacía, mientras su madre con un luto anticipado le agarra la mano fría y llora. Ese misterio se manifestaba también en las variaciones de Dos mujeres en la orilla, donde una anciana de negro se despide de una esbelta mujer pelirroja en la entrada del mar. La escena se repite en dos atmósferas opuestas: una bañada por la puesta de sol, y la otra sumida en la noche inescrutable.

—Mira, mira. Se murió. —Dijo, señalando a una mariquita inmóvil y del revés. Se encontraba sobre la mesa del comedor donde estábamos tomando un tentempié. El ferri seguía su curso.

Yo no había visto a muchos muertos. A los pocos que había visto y que eran parientes, no los había reconocido. Dentro del ataúd, parecían cáscaras, muñecos de cera. Ya no eran ellos. Así como cuando la mariposa sale del capullo y lo deja atrás, seco. Los zapotecas comprehendían esta metáfora y la mariposa era para ellos el alma del difunto. A Míriam le había pasado algo parecido con su abuelo. Lo encontraron hinchado después de unas horas de haberse ahogado. Se cayó en una cisterna y se ahogó. Su hijo, es decir, el padre de Míriam, le practicó la reanimación cardiopulmonar durante treinta minutos. La familia entera estuvo en shock varios días. Él había sido bombero, muy querido y reconocido en todo el pueblo y la región. Nunca había podido dejar de trabajar del todo y todavía se encargaba del mantenimiento de ciertos equipamientos, incluidas las cisternas. Le hicieron la autopsia. La familia pensaba que había sido un ataque al corazón, que lo fulminó y así cayó al agua. Los resultados no mostraron eso y la familia entera, no fue capaz de asimilar una muerte tan repentina, a la cual no podían adjudicarle ni la causa. La incógnita no les dejó paz en el cuerpo. Pedían saber cómo habían sido sus últimos minutos, por qué había caído, por qué se había ahogado, por qué les había dejado. Míriam no pudo expresar ninguna emoción. Fue muy duro. Tuvo taquicardias durante semanas. Les dejó una sensación de no entender, más de lo que ya de normal no comprendemos.

La mariquita movió sus patas por encima de las desparramadas alas. No había muerto todavía. La ayudé a voltearse y salió volando hacia otra mesa. A esas alturas del trayecto ya no había señal, por lo que nuestros teléfonos eran inservibles. Cenamos, vimos la puesta de sol y nos relajamos en el camarote. Leímos hasta tarde y hablamos en la almohada hasta dormirnos.

Al día siguiente, después de desayunar, cuando regresábamos al camarote, un barullo de gente apelotonada en círculo nos cerró el paso. En el medio había un hombre tumbado en el suelo, con el rostro verde. Alguien le estaba realizando repetidas compresiones torácicas. Otro le medía el pulso. «¡Aire, aire! Traed el desfibrilador, ¡ya!». Era difícil ver a los muertos de otros, difícil imaginar quiénes habían sido, qué quedaba de ellos en esos rostros vacíos. Estar tan cerca de la muerte, es horrible. Se te hace un nudo aquí en el estómago, en la cola del esternón, el tiempo parece pasar más lento, muy lento. A pesar de la mucha simpatía que les tenía a las mariquitas, o quizá precisamente por eso, cuando vi a una mariquita paseándose por el rostro del muerto, lo encontré demasiado desagradable, completamente fuera de lugar. Y allí, delante de todos, delante del muerto, se derrumbó. Le empezaron a brotan unas lágrimas grandes como diamantes de los ojos. Nos fuimos al camarote en busca de más intimidad mientras anunciaban por el altavoz la llegada a Oslo. El llanto se hizo más violento. Lloró todo lo que no había llorado. Míriam hipaba sobre mi pecho húmedo. Lo extrañaba mucho, muchísimo.

 

Guillem Sagués
España, 1993. Ingeniero en energías renovables y comprometido con la creación de un mundo más sostenible. Compagina su vocación técnica con una profunda pasión por la literatura y las artes. Ya desde pequeño empezó a cultivar su espíritu creativo escribiendo poemas, relatos cortos y elaborando obras plásticas, lo que le valió varios premios literarios durante su etapa escolar y universitaria. Su formación y trabajo lo han llevado a vivir a Buenos Aires y a Copenhague, donde reside actualmente. Es el autor de la colección de cuentos Obsesiones y otras creaciones (2021) y actualmente trabaja en su segundo libro.

 

Material enviado a Aurora Boreal® por Guillem Sagués. Publicado en Aurora Boreal© con autorización de Guillem Sagués. Fotografía Guillem Sagués © archivo del autor.

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