Juan Pellicer - 'Pimeros lances'

Primeros lances

 A Holly, siempre.

I

Junto con las luces del amanecer, el frío de la madrugada se colaba a través de las largas y altas ventanas, sobre todo por la de al lado de la cabecera de mi cama. Ni las cobijas ni mi gruesa chamarra ni mis calcetines con todo y mis zapatos con los que había tratado de calentarme servían para nada. El frío calaba hasta los meros huesos. La gran altura del techo parecía guardar mejor el frío. Creí que los gallos me habían despertado, pero había sido el frío. Inmóvil intentaba calentar el catre donde yacía. Metía la cabeza debajo de la almohada a ver si con mi propio vaho lograba calentarme. Santos dormía hecho un ovillo bajo su sarape en el otro catre que había en el cuarto. Junto al frío, empezaban a colarse por la ventana las lejanas voces de los peones, uno que otro ladrido de los perros y hasta algún relincho allá en las cuadras. Contaba los minutos para que llegara la hora de levantarnos cuando comenzara a calentar el sol. Pero parecía que a los minutos también los hubiera paralizado el frío. ¿Cuándo acabaría de amanecer?

Habíamos llegado la víspera ya de noche. El último tramo del camino había sido por una brecha de tierra entre las magueyeras. Era todo lo que alcanzaban a iluminar los faros del coche. Era la primera vez que Santos me invitaba a Yerejé, su rancho. Al llegar ya sus papás estaban dormidos. Nos habíamos conocido apenas hacía dos semanas, al comenzar los cursos de la preparatoria. A la salida de la primera clase, al principio de la cual el maestro había pasado lista, Santos me detuvo: “Perdón, te apellidas igual que el director de cine, ¿verdad?” “Sí”, le contesté, “es mi tío, ¿por qué?” Así comenzó la amistad, en el patio de la escuela. Pronto me enteré que su afición al cine no se había limitado a la del espectador que no se pierde los últimos estrenos ni las funciones de los cine-clubs que proliferaban por esos años, los sesenta, en la ciudad de México, sino que ya había comenzado a formar su propia biblioteca con libros sobre la historia del cine, sobre teoría cinematográfica y también sobre biografías de directores famosos.

“Habrá tentadero”, me dijo Santos a la hora que me invitó, “sí, una tienta, ¿no sabes lo que es una tienta?” No, yo no sabía, ni siquiera había oído esas palabras. Sabía, claro, lo que “tentar” quería decir, pero “tentadero” o “tienta”… “Bueno, pues ya verás de lo que se trata el sábado en el rancho”, continuó Santos, “y si eso te aburre, como a mí, nos vamos tú y yo a montar, ¿te gusta montar? Allá tenemos algunos caballos, no muy finos, pero mi papá y el caporal dicen que son buenos para el trabajo, sobre todo para arrear al ganado”. De modo que mientras nos dirigíamos al rancho en su Volkswagen, Santos me contó que la hacienda de Yerejé había sido propiedad de su familia desde mediados del siglo XIX, que originalmente había sido agrícola y ganadera, que su bisabuelo Gonzalo, Gonzalo Ramírez, a fines del siglo XIX, había comprado ganado bravo, que luego la Reforma Agraria les había expropiado prácticamente todas la tierras de cultivo, tanto las de temporal y como las de riego, y que sólo les habían dejado las de agostadero para el ganado. Cuando murió el abuelo, su hijo mayor, el papá de Santos, Joaquín, abogado, se hizo cargo de la finca porque su hermana Ángela, que vivía en Nueva York casada con Craig Beekman, un rico banquero norteamericano, muy pocas veces venía a México y no le interesaba el poco lucrativo negocio de la ganadería. Los dos hermanos menores de Santos, Mariama -así, con eme- y Raúl, iban con poca frecuencia al rancho; los fines de semana casi siempre tenían fiestas con sus amigos y preferían pasar las vacaciones en Puerto Vallarta donde sus abuelos maternos tenían una casa en la playa.

A Santos le remordía la conciencia no ir a pasar los fines de semana con sus papás en el rancho. La ganadería lo aburría y no dudo que para aliviar su tedio me hubiera invitado aquella primera vez. La vez del frío, del inolvidable frío. No lo aguanté más, me levanté y abrí la cortina de la ventana. El sol iluminaba el gran patio al que daban los corredores de la casa, pero todavía no alcanzaba a calentar. No tardó Santos en despertar. Nomás se rio cuando le dije el frío que había pasado y me llevó al baño que estaba al otro lado del corredor para que nos diéramos un regaderazo. Al entrar en el comedor, ya estaban sus papás, Joaquín y Elena, desayunando. Me los había imaginado mucho mayores de lo que en realidad eran. Por su aspecto y su jovialidad parecían muy jóvenes. Si no fuera por su prematura calvicie, cualquiera diría que Joaquín no pasaba de los cuarenta. Bajo de estatura pero esbelto y muy fornido, se levantó para darme la bienvenida con un fuerte apretón de manos y una sonrisa que reflejaba la hospitalidad que le brindaba al amigo de su hijo. Elena no se levantó pero me extendió la mano y con otra sonrisa no menos cálida que la de su marido me preguntó si no había sentido mucho frío en la madrugada. “Algo”, le dije sin querer que sonara a queja. Me impresionó la belleza clásica de su rostro, una nariz muy recta que se dibujaba casi desde la frente y que separaba sus grandes ojos claros, todo enmarcado por su pelo castaño amarrado por un moño negro de seda.

El desayuno fue breve. Joaquín y Elena se levantaron pronto de la mesa y nos invitaron a Santos y a mí a que los acompañáramos. Mientras se calaba su sombrero tejano, Joaquín nos dijo que había mucho que preparar para el tentadero. Así iba a enterarme poco a poco, paso a paso, de lo que eso significaba. En las caballerizas, a la entrada de la casa, me presentó a Tista, Juan Bautista López, el viejo mayoral, y ordenó que me ensillaran a la “Banderilla”, una yegua tordilla, “ya verás”, me dijo, “es muy dócil”. No me preguntó si sabía montar y por eso no se enteró de que yo no montaba desde que mi papá me llevaba a montar a caballo al zoológico de Chapultepec; no habría cumplido entonces ni los siete años. Afortunadamente la “Banderilla”, seguramente porque ya andaba en la tercera o cuarta edad, era lenta, parecía estar medio dormida y solo seguía a los demás caballos. Nos dirigimos entonces, Joaquín, Elena, Santos, Tista y yo, al potrero vecino de la casa, enmarcado por líneas de sauces llorones, donde se encontraba una manada de vaquillas erales, es decir, según me explicó Joaquín, de dos años cumplidos, que habían traído del cerro la víspera. Había que escoger seis para la tienta de ese día, las seis más grandes. Arropadas con los cabestros -dos grandes bueyes-, Joaquín y Tista comenzaron arrearlas rumbo al tentadero de piedra que se encontraba al otro lado de la casa. Me llamó la atención la fina estampa de las vaquillas en aquel paisaje rodeado por bosques de pinos y de abetos a la vera del Nevado de Toluca: a sus acucharadas caras las coronaban incipientes y delgados cuernos y sus también delgadas extremidades terminaban en pezuñas muy pequeñas. Parecían venadas. Mientras las observábamos en el corral de la plaza a donde las habían conducido, Elena me explicó en qué consistiría la tienta.

“Lo que vamos a hacer”, comenzó, “es probar la bravura de las vacas. Vamos a efectuar una lidia tal como la que se lleva a cabo en la plaza con los toros. Se supone que éstos heredarán la bravura de sus madres. Las vacas que no resulten bravas se van al rastro. Esto de la herencia no es cien por ciento seguro, pero no conocemos todavía un sistema de selección más eficaz. Pasa igual que con la gente”, concluyó con una cierta sonrisa, “los hijos no siempre heredan las cualidades y los defectos de los padres.” Una vez que Joaquín y Tista encerraron a cada una de las vaquillas en uno de los toriles contiguos al ruedo de la plaza, entramos al ruedo cubierto por una fina arena donde ya estaba listo el caballo desde el cual el propio Joaquín haría las veces de picador. “Es aquí en la garrocha”, me indicó Joaquín pulsándola, “donde mejor se aprecia la bravura de la res”. Mientras verificaba que la montura y el peto estaban bien ajustados y que la puya de la vara estaba bien afilada, llegaron Armando Gómez y Mario Ayala, amigos de la infancia de Joaquín. Armando había sido novillero y ahora actuaba como banderillero. Él iba siempre a hacer las tientas. Mario era un conocido arquitecto, el mejor aficionado a los toros que él conocía, me dijo Joaquín al presentármelo. Él tomaba las notas de la tienta. Elena, por su parte, también tomaría sus propias notas.

El común acuerdo con el que actuaba el cuarteto que formaban Joaquín, Armando, Mario y Elena era notable. Viéndolos en acción uno se daba cuenta del criterio común que los inspiraba. Elena y Susana, la mujer de Armando, pronto llegaron al palco, junto a la barrera, desde donde presenciarían, con Santos, con Mario y conmigo, la lidia de las vaquillas dentro de un silencio absoluto que imponía la gravedad del ritual, silencio interrumpido por las breves órdenes dictadas desde el caballo por Joaquín. Una vez que éste y Armando lo acordaron, Tista dio suelta a la primera vaquilla que hizo su aparición en el ruedo con los mayores bríos. Embistió al picador, pero salió suelta y dio dos vueltas al ruedo antes de que Armando saliera a su encuentro y con el capote prendido de una de sus puntas, le dio dos lances, a una sola mano, antes de que recogiera la otra punta para llevar a la vaca prendida hasta el centro del anillo y ahí dejarla para que el picador la citara. Joaquín, pegado a las tablas, adelantó el caballo dos pasos y así provocó la pronta arrancada de la vaca. Colocó el puyazo en lo alto mientras que la vaquilla empujaba con todas sus fuerzas. Entonces Armando se acercó para hacer el quite y llevársela de nuevo al centro de ruedo, esta vez un poco más allá del centro y ahí la dejó. Había que exigirle más a la vaca. Joaquín volvió a adelantar el caballo y levantando la garrocha llamó con un grito a la vaca. Ésta pareció dudar durante unos largos segundos hasta que volvió a acometer de largo para llevarse un segundo puyazo. Joaquín parecía muy satisfecho con la bravura de su pupila. Armando acudió de nuevo al quite y con la punta del capote se llevó a la vaca hasta el tercio contrario, hasta la misma puerta de toriles y ahí la dejó colocada para ver si se volvía a arrancar. Tendría que cruzar todo el ruedo para llegar hasta el picador. No se le podía pedir más a la vaca. Joaquín adelantó el caballo llamándola, provocándola, incitándola. El morrillo de la vaca sangraba y su agitada respiración revelaba el esfuerzo y el coraje con los que había peleado con el picador. En medio del silencio que subrayaba la intensa emoción, Joaquín volvió a llamarla moviendo al caballo de un lado a otro. La vaca tardaba en decidirse, pero inmóvil tenía fija la mirada en el picador. Creíamos que no acudiría desde tan lejos. Los segundos transcurrían como si fueran horas. Pero nos equivocamos porque finalmente se arrancó con un galope que fue creciendo mientras atravesaba el ruedo para embestir al caballo. Las exclamaciones de Joaquín y de Armando fueron acompañadas por la ovación de los que estábamos en el palco.

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