Busco la puerta de salida tratando de descifrar las letras rojas y verdes. Me detengo, intento comunicarme, mediante mi inglés elemental, con un individuo de seguridad:
- Juear go?
El agente, con un rostro que denota estrés, trata de comprender los sonidos que han salido de mi boca, pero, frustrado, se encoge de hombros y finalmente me pregunta:
-Where do you want to go?
Emilio Mozo (Camagüey, Cuba), narrador y poeta. Recibió una maestría en lengua y literatura española de McGill University (Montreal) y completó los requisitos académicos para el doctorado en Middlebury College (Vermont). Fue honrado con el doctorado Honoris Causa en Literatura por la World Academy of Arts and Culture (1987). Como narrador ha publicado: Cuentos para niños traviesos (1994) Discretos aportes (1997) Shakespeare tropical (1998) Los cuentos de Emilio (2009) 13 cuentos de Emilio (2009) y El gato encantado (2010) ; y como poeta: Desde el ojo de la hormiga (1987), En el ala del mosquito (1988), Marginalmente literario (1991), Una como autobiografía espiritual (1993) y Entre el agua y el pan (1996).
Yo tampoco lo entiendo a él. El agente de seguridad sonríe y con un gesto de superioridad me toma por los hombros y me gira el cuerpo para colocarme en la dirección que debo seguir y me impulsa empujándome levemente con sus manos.
La maleta, los carteles y yo nos movemos con dificultad hasta llegar al área de recepción de viajeros. Paso por las grandes puertas automáticas (susurro "ábrete Sésamo", y sonrío); me encuentro con un gentío que saluda a los recién llegados agitando los brazos. Me ilusiono pensando que están allí para recibirme; disfruto el momento y tímidamente les devuelvo el saludo, aunque sé que esperan a los que ahora se me adelantan. Momentáneamente me siento abandonado hasta que tropiezo con un hombre disfrazado de sacerdote: es él; en las manos sujeta una cartulina con mi nombre: Humberto Mozo.
Al subir al coche intento sentarme a su lado. Me indica con un gesto brusco que me cambie al asiento trasero. Silencio. Me distraigo mirando por la ventanilla la gris autopista, los túneles que aparecen y desaparecen, muchos semáforos que se encienden y apagan -rojos, verdes, amarillos--. Repetición incesante. Silencio
Llegamos a la rue Cul de Sac. Entramos en una casa antigua, que parece vacía, donde falta algo; la siento fría, estéril. El cura carraspea como si fuera a pronunciar un sermón:
-Su habitación está tras la segunda puerta a la izquierda. Las comidas corren por su cuenta. Las luces se apagan a las diez, salvo que tenga que estudiar. No se permiten visitas, ni de hombres ni de mujeres. Espero que asista a misa todas las mañanas. Este sillón que ve aquí es mío y el único que se sienta en él soy yo. El tocadiscos es también mío y nadie debe tocarlo. ¿Me explico? Mañana se presentará ante el cónsul y también se matriculará en el Alexander Technical School. Le he conseguido un trabajo en la lavandería para que ayude con el costo de la manutención. Para conseguir que se asimile a la cultura del país sería preferible que no hablara en español. ¿Alguna pregunta?
-Sí, ¿quién más vive en esta casa?
Incómodo, responde:
-En este momento sólo usted. Si esa es la única pregunta que se le ocurre, le recomiendo que se acueste inmediatamente porque le espera un día bastante atareado mañana. Good night.
Cierro la puerta y me tiro en la cama que está todavía sin hacer. Noto el pequeño crucifijo que me espía desde la pared. Es evidente mi soledad. Me pongo de pie de un salto. Comienzo a pasearme por la que ahora me parece una celda. Comienzo a medir con mis pasos el tamaño del calabozo: uno... dos... tres...
Aburrido, saco del tubo, uno a uno y cuidadosamente, los carteles de cine que he traído conmigo y los aliso con la mano para quitarles las arrugas del viaje. Me interrumpe el fuerte sonido de unos pasos que suben y que finalmente se detienen delante de mi puerta. Me apresuro a recoger los carteles y los escondo debajo de la cama. Los pasos vuelven escaleras abajo. Sigilosamente abro la puerta y logro reconocer a papá, ahora disfrazado de policía, sentado en su sillón escuchando un antiguo y nostálgico bolero. Sobre la mesita hay una copa de licor; en la pared están colocadas unas pantallas de televisión que reproducen mi imagen tal y como estoy observándolo todo desde el pasillo.
Sueño # 324.cub enviado a Aurora Boreal® por el escritor Emilio Mozo. Foto Emilio Mozo©Stephanie Colvey.




