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Misceláneas

Aguas negras - crónica

michel mejia 250Durante las últimas décadas varios grupos insurgentes han tenido como modus operandi bombardear oleoductos en zonas de extracción petrolera en Colombia. Estos atentados tienen fuertes implicaciones ambientales y sociales, pues no afectan solo a las compañías y las multinacionales sino a la fauna y la población humana. Esta crónica narra la historia de un campesino que fue víctima de uno de esos atentados, ocurrido durante la época de la bonanza petrolera en Puerto Gaitán (Meta) entre los años 2013 y 2016.

 

Los nombres de todos los mencionados en esta crónica fueron cambiados por solicitud de ellos mismos.

 

 

Aguas negras

“Los peces tendrán que aprender a caminar sobre la tierra porque las aguas se acabarán”
(Gabriel García Márquez, El general en su laberinto)

 

La primera explosión fue aproximadamente a las cuatro de la madrugada, aunque el sonido se perdió entre el eco infinito de la sabana. La segunda, sin embargo, se sintió más cerca e hizo vibrar las ventanas de la casa dormida. Gabriel abrió los ojos, miró hacia el techo por varios segundos tratando de ubicar el origen del sonido en la oscuridad de su habitación, observó a Martha, que aún respiraba con la dificultad que la agobiaba por un cáncer pulmonar, y, entonces, se levantó rápidamente. Buscó a tientas el reloj para no incomodar a su esposa, salió al salón principal y encendió la luz del comedor. “Eran las cuatro y media”, me contó Gabriel sentado en el mismo comedor, dos años más tarde, cuando la tragedia ya había tocado a su puerta y las consecuencias del petróleo se abalanzaban una tras otra sobre el que alguna vez fue un hogar tranquilo. “Me asomé al ventanal de la puerta principal y todo pareció muy normal.” Una hora más tarde el sol habría de avistarse lentamente en el horizonte de la sabana. Mientras tanto, Gabriel cumpliría con los asuntos de rutina que la tranquilidad del campo suele permitir sin contratiempos. Preparó café, organizó algunos racimos de plátano, esperó a que llegara Aminta, la mujer que le ayudaba con su esposa durante el día y, una vez que hubo luz, se dirigió al hato para ensillar un caballo. A las siete de la mañana llegaron los seis trabajadores y Gabriel fue hacia dos de los ocho potreros que componen sus tierras para servir los bultos de sal en los comederos de las vacas.

―La mañana se fue normal. Cambié la sal de dos potreros vacíos, marcamos un grupo nuevo de reses que había llegado el día anterior desde Puerto López, hicimos todo como siempre. Aunque claro, yo estaba azarado por esas explosiones porque no sabía si habían sido cosa de un sueño o de la realidad. Le pregunté a los trabajadores y ellos dijeron que no habían escuchado nada, pero yo seguía preocupado. Por eso, traté de acabar todo rápido para ir a darme una ronda, revisar el ganado y los arrozales. Es bien sabido que las FARC vuelan todo el tiempo torres y oleoductos, y aunque nunca habían tocado el ODL (1) , sí atentaban contra Campo Rubiales y secuestraban personal obrero de campo Ocelote.

― ¿En qué momento se enteró de lo que estaba pasando?

―A eso del mediodía aproximadamente. Estaba terminando de cambiar las herraduras de un grupo de caballos en el hato cuando llegaron Jorge y Gilberto para decirme que había derrame de crudo en el ODL porque la guerrilla voló el tubo y, además, una torre que tenía sin energía a Campo Rubiales.

Jorge y Gilberto son campesinos como Gabriel, dueños de dos fincas aledañas a Santa Martha (la finca de Gabriel) y amigos de toda la vida. Los tres compartieron entonces una sola preocupación, un asunto que los mantuvo siempre en la incertidumbre, pero que el tiempo había aplacado con los años.

―Los caños (2). Siempre pensamos que el ODL representaba un peligro, no solo para la tierra, porque la vuelve infértil, sino para el agua que alimentaba nuestros potreros, los cultivos y de la que bebía nuestro ganado. Cuando trazaron los planos del ODL y nos dijeron que pasaría por nuestras tierras nos empeñamos en que se hiciera una reestructuración del mismo para salvaguardar los caños.

Gabriel y otro grupo de campesinos protagonizaron un malestar general en el año 2009, cuando se les notificó que un oleoducto petrolero atravesaría sus terrenos. Una vez que se enteraron de que no podrían hacer nada para evitarlo, trabajaron en una propuesta que advertía sobre el peligro que corrían los caños, de modo que solicitaron que el oleoducto pasara lejos de las corrientes de agua para evitar que estas se vieran afectadas en caso de derrames accidentales o provocados. Ecopetrol y otras compañías asociadas al gran proyecto de ingeniería que salvaría la economía petrolera en la región del Meta justificaron el trazado original. Dijeron que estaba pensado de manera que no hubiera afectaciones de ningún tipo. El ejército protegería las tuberías y existían, además, planes de contingencia en caso de derrames. Cuando la obra se inauguró y el tiempo le dio la razón a Ecopetrol, Gabriel y sus compañeros empezaron a dejar a un lado la preocupación por el ODL, aunque esta permanecía allí, como un recordatorio que eventualmente aparecía con más fuerza; siempre que los grupos guerrilleros atentaban contra el oleoducto de caño-limón, o llegaban noticias de voladuras en otros oleoductos de Antioquia, Arauca y Casanare. Solo en el año 2015, el oleoducto Caño-limón, ubicado en Arauca y uno de los más importantes de Colombia, fue volado más de setenta veces por parte del ELN.

Las consecuencias que tienen los atentados a los oleoductos no recaen únicamente sobre las compañías petroleras. El mayor impacto acontece sobre la fauna y la flora de las tierras aledañas. Miles de peces mueren ahogados en los ríos; centenares de aves autóctonas se quedan atascadas en el lodazal y acaban muertas por intoxicación o atrofia, y otros mamíferos salvajes mueren por beber de los caños en los que, por alguna razón lamentable, siempre van a caer los miles de barriles de crudo derramado.

―Cogimos los caballos y fuimos lo más rápido posible hacia los caños para verificar todo. La verdad es que en ese momento sentí mucha preocupación. Se me había olvidado que el ODL también era un oleoducto y que algún día iba a pasar, pero tantos años sin ningún acontecimiento nos relajaron.

***

Sobre el mediodía, mientras Gabriel y otros campesinos cabalgaban hacia el lugar de la tragedia, su esposa tuvo una crisis. Nueve meses antes, después de semanas enteras atacada por una tos incontenible, a Martha le diagnosticaron cáncer de pulmón. Desde entonces, su esposo no hizo otra cosa que luchar para mantenerla en pie. Viajaban dos veces por semana hasta Villavicencio para los tratamientos, y aunque en ocasiones parecía que todo iba a mejorar, una mañana Martha no volvió a levantarse de su cama.

―Eso fue de repente. Días antes ella caminaba por la casa y seguía molestando en la cocina, hasta que una mañana amaneció sin fuerzas, sin palabras, sin nada. Me dijo casi llorando que no podía más. Y yo empeñado, terco, que no, que usted se va a levantar de esa cama Mata, porque así le decía:

Mata. "A Mata nada la mata", decía yo, y ella se echaba a reír.

Ajetreado con las ocupaciones de una finca con trescientas cabezas de ganado bovino y dos arrozales imponentes, Gabriel tuvo que contratar una enfermera para poder ausentarse durante el día. En las noches dormía a su lado, o “más bien dormitaba”, como dice él, pues no encontraba tranquilidad en la incertidumbre constante de levantarse una madrugada junto a una esposa muerta.

―Como el cáncer la hacía roncar, yo dormía con sus ronquidos, pero cuando dejaba de hacerlo me despertaba ahí mismito, a ponerle los dedos en la nariz, a ver si es que ya no respiraba, a tocarle la barriga para ver que se moviera arriba y abajo. Mi sueño se volvió menudito, fácil de dañar, con decirle que a veces me dormía en los potreros.

Un día Martha dejó de hablar, al siguiente dejó de respirar por sí misma, y bien pronto se transformó en una bella durmiente con un catéter central, respiración asistida y dos sondas para alimentarse y cumplir con sus necesidades. Sus hijos, ambos residentes en Estados Unidos, viajaron para acompañar a sus padres durante dos meses. Con la certeza colectiva de que a Martha le quedaban pocos meses de vida, la familia se apoyó en la esperanza de verla descansar, aunque el dolor de la partida les taladrara el pensamiento. Pero pasaron dos meses, y tres, y Martha seguía en la misma cama, cada vez más alejada de la realidad. Sus hijos tuvieron que regresar a Nueva York. Gabriel se quedó a su lado, con el sueño lento y las preocupaciones afloradas. Y así siguieron las cosas por dos meses más, hasta esa tarde de abril, cuando Aminta tuvo que llamar a una ambulancia para correr con Martha al hospital de Puerto Gaitán.

***

A casi dos kilómetros de la casa se encuentra caño León, un afluente proveniente del Vichada que atraviesa gran parte de las tierras de Gabriel y del que se nutren sus arrozales a través de canales o arterias de agua construidas con una retro excavadora. Es una tierra mayoritariamente seca, poco fértil para otra cosa que no sea arroz, y bastante plana, lo que permite inundar extensiones amplias del terreno en las siembras. En el sector habitan chigüiros libres, babillas, cuatro especies de tortugas, más de diez especies de peces, armadillos (gurres), osos palmeros (hormigueros), zarigüeyas y varios tipos de aves. Si se va un poco más hacia el interior, con algo de suerte, podrían avistarse venados de cola blanca y algún jaguar solitario. Es un “paraíso natural”, tal como lo dice el mensaje que acompaña el letrero de Puerto Gaitán en la entrada del pueblo. Pero esa tarde, después de horas sin ser visto, el paraíso se transformó en un fango negro y espeso que traía consigo el olor del crudo y de la muerte.

Cuando Gabriel y los demás llegaron a los arrozales, inundados de petróleo, supieron de inmediato que caño León debía de estar en peores condiciones. Empezaron entonces a cabalgar sobre el borde de todas las hectáreas de campos manchados, y así fue como llegaron al borde del caño. Era un panorama devastador. Las patas de los caballos se hundieron en un lodo negro, diferente a la tierra roja del invierno en la sabana. En el aire flotaba el olor del crudo, cada vez más fuerte, y parecía que el río y los canales de agua se habían detenido, pues el petróleo espeso se aferraba a las orillas y apenas si dejaba avistar la superficie del agua en algunos hoyos cristalinos atiborrados con las bocas de peces que salían a tomar aire antes de morir. Al otro lado del caño, unos metros más allá, yacían los cadáveres de un grupo de chigüiros cubiertos del líquido negro, mientras otros, aún vivos, lamían los muertos. Cada vez que estaban más cerca de la tubería, ubicada a tres kilómetros de allí, se encontraban grupos aún más grandes de peces flotando en la superficie del caño. Algunas babillas, vivas, pero cubiertas de crudo, se sacudían en las orillas mientras corrían sin rumbo en una sabana negra que horas antes era amarilla.

Una vez que encontraron el primer grupo de ganado, Gabriel no lo pudo resistir, detuvo el caballo y se echó a llorar como un niño. Once vacas estaban tiradas patas arriba en los potreros, con las pezuñas llenas de lodo y los estómagos inflados. Once es, sin embargo, una cifra pequeña en comparación con las casi doscientas que murieron en el transcurso de los días siguientes, intoxicadas por beber de las canaletas.

Mientras otros hombres hacían un balance de los daños y seguían encontrándose con más fauna muerta o en apuros, Gabriel tomó el teléfono celular para reportar la emergencia a la línea de atención que ofrece Ecopetrol. Sonaba ocupada. Y no dejó de sonar ocupada por casi dos horas. En el camino a otros potreros, Gabriel se encontró con un armadillo que se enroscaba una y otra vez, desesperado, tratando de limpiarse. “Los gurres son esquivos, pero este se dejó coger sin ningún problema. Me lo eché al bolso para llevarlo a lavar y seguí hacia arriba.” El atentado no había ocurrido sobre las tierras de Gabriel, pues una vez que llegaron al límite solo encontraron que la estela de crudo iba río arriba. La tubería seguía intacta hasta ese punto; de manera que el impacto ocurrió kilómetros más arriba, sobre la ribera del caño, y el petróleo había viajado hasta allí en el transcurso de la mañana.

―Lo primero que hicimos apenas terminamos de ver el desastre fue pedir toda la ayuda posible para cabrestear el ganado hasta el hato. Había que salvar a las vacas que todavía no habían tomado agua y atender a las que ya lo habían hecho.

Hasta Santa Martha llegaron, mucho antes que la policía, grupos de campesinos aledaños a la finca, todos en caballo. Juntos, empezaron a conducir los grupos de ganado vivo hacia el hato, y una vez allí bañaban a las vacas con manguera mientras les daban desparasitantes para hacerlas vomitar. Pese a todo el esfuerzo, el ganado seguía muriendo. Con el paso del día llegaron más grupos de personas, todos de la localidad, que empezaron a trabajar en el rescate de algunas babillas y a conducir peces en baldes hasta otras corrientes de agua que no estuvieran afectadas. Ecopetrol respondió el teléfono a las tres de la tarde.

―Y la respuesta fue una mierda, permítame la expresión, pero no hay otra cosa qué decir: “Ya estamos enterados, don Gabriel, se está haciendo todo lo posible por detener la fuga, y además hay equipos trabajando en las torres de energía que volaron. En este momento Campo Rubiales está detenido”. Y, bueno, le digo yo: “Sí, niña, a mí la verdad no me importa si Rubiales trabaja o no, le digo que esos fluidos ya llegaron a los caños de acá. Dígame usted quién va a venir a ayudarnos, quién va a limpiar.” Entonces, la señorita, muy amable todavía, me responde muy segura: “Don Gabriel, la prioridad por el momento es detener el origen de la fuga y limpiar esa zona”. ¿Puede creer? ¿Puede usted creer? Como quien dice, allá ustedes, miren a ver qué hacen mientras tanto. Yo traté de estar calmado todavía, entonces le dije: “¿Cuándo pueden venir ustedes aquí a Santa Martha para que vean todo el daño que hay, para que hagan algo?” Y la señorita que ya no me soporta más me manda con un dizque ingeniero que lo único que me dice es que ya tienen la ubicación y que tranquilo: “Vamos a ir en las próximas horas con un equipo de ayuda”.

Pero pasaron las horas y no llegaba ninguna autoridad para hacerse responsable. Solo un grupo de patrulleros provenientes de Puerto Gaitán se acercaron en las camionetas y empezaron a ayudar en las labores de rescate. Otros campesinos, todos de distintas veredas, se acercaron con moto bombas a los arrozales para tratar de sacar el crudo y salvar los cultivos, pero el líquido espeso se quedaba atascado en los tubos y sobrecalentaba las máquinas.

―La verdad, los arrozales ya estaban muertos. Mi mayor preocupación era salvar lo salvable: el ganado.
Aproximadamente a las cinco de la tarde, mientras Gabriel y los cada vez más grandes grupos de personas trabajaban en el hato, este recibió una llamada de Aminta para avisarle que Martha agonizaba en ese momento en el hospital del pueblo.

***

En la madrugada empezaron los abortos. Veintidós de las treinta vacas preñadas abortaron a sus terneros de forma prematura en el hato y frente a la mirada impaciente de los pocos campesinos que se quedaron esa noche en Santa Martha. Las madres, débiles y pesadas, se revolvían en la tierra para buscar los cadáveres de sus bebés y lamerlos mientras los sacudían con la cabeza. Solo una nació viva, y semanas más tarde Gabriel decidió nombrarla, ponerle algo más que un número, la llamó Milagros. Su madre se murió, pero otras vacas la alimentaron. De manera que la ternerita se crio y vivió tranquila en Santa Martha hasta el día de su muerte natural, que ocurrió un par de semanas antes de que yo visitara a Gabriel en su finca.

―Fue la peor noche de mi vida. Fui hasta Gaitán para ver a Martha, que ya ni siquiera me apretaba las manos como siempre lo hacía en la casa, y me mantuve hasta tarde en un vaivén: de la finca al pueblo, del pueblo a la finca, y así sucesivamente. En estas circunstancias se da uno cuenta de algo que todos sabemos pero que a veces ignoramos: aquí en el campo la gente es una familia, y nunca voy a dejar de agradecer la solidaridad de todos. A mi casa llegaron hasta los capitanes de resguardos indígenas a ver en qué podían ayudar.

La noche transcurrió silenciosa. Poco podía hacerse en la oscuridad. Algunos empezaron a marcharse con el pasar de las horas y otros se quedaron en el hato tratando de salvar más animales. La pregunta de todos era la misma: ¿Cómo va a estar todo mañana? ¿Quién va a responder por esto? Los traspatios de la finca y la entrada principal se transformaron en una gran clínica veterinaria. Los campesinos instalaron exploradoras en los árboles y aunque Gabriel no se explica cómo, de un momento a otro habían instalado una red eléctrica que mantuvo iluminado el hato y otras zonas llenas de ganado. La gente puso música, organizaron mesas y a eso de las diez de la noche algunas mujeres habían preparado comida para todos.

―Yo no hice nada. A mí todos me miraban, me palmeaban el hombro y me decían: “Usted estese tranquilo, Gabriel, que acá estamos para ayudarle. Vaya con su esposa”. Y así fue, me pasé la noche en vela en el hospital mientras Jorge iba de vez en cuando para decirme que habían muerto más vacas, que los abortos seguían, que Ecopetrol ya no contestaba, que el alcalde dijo que pasaba mañana muy temprano, etc.

***

Al amanecer, desde muy temprano, continuaron las labores de rescate. A la finca regresaron grupos grandes de personas, se repartieron desayunos en las carpas que habían armado y la mayoría, sobre caballos, volvieron sabana adentro para contemplar los daños. El número de vacas muertas aumentó a 170. El primer problema fue deshacerse de los cadáveres, que por razones higiénicas no podían consumirse. Para ello, empezaron a excavar fosas enormes, pero al final incineraron a la mayoría lejos de los derrames tratando de evitar una tragedia inflamable. El fango de crudo en la superficie del caño daba la impresión de que la corriente se había detenido por completo. Ya no había peces vivos y los muertos empezaban a oler mal. Cientos de aves yacían tiradas en la sabana y bajo los árboles, cubiertas de crudo y con los ojos empantanados. Una nube de gallinazos volaba en varios círculos sobre los potreros. El calor potencializaba la mortecina y todos tuvieron que emplear pañuelos como tapabocas para resistir los olores. El sol llanero calentaba sin tregua hasta debajo de los árboles.

Samir, uno de los campesinos que ayudó sin descanso en los primeros tres días de la tragedia, me dijo:

―Era un infierno. Olía muy mal, y el sol calentó demasiado. Como se había acabado el invierno unas semanas atrás, nosotros sabíamos que no había chance de lluvia. Eso que pasó fue una tragedia anunciada, todos sabíamos que tarde o temprano la guerrilla iba a volar el tubo.

―¿Por qué lo dice?

―Porque aquí las FARC se hicieron muy fuertes por una temporada. Los paracos los mantenían calmados, pero nosotros sabíamos que ellos iban a dar su golpe. Las últimas semanas hubo protestas indígenas en Neblinas y hubo paro de trabajadores. Fue el momento que ellos estaban buscando para atacar a Rubiales. El problema es que, vea, las víctimas ni siquiera son las petroleras, somos nosotros. ¿Usted sabe cómo nos afecta a personas como yo el que don Gabriel se quede sin ganado? Eso es mi muerte laboral, la mía y la de un montón de gente. Además, todos los animales muertos, los chigüiros, toda la tierra negra, eso es muy triste, hombre, demasiado triste.

Bajo el sol inclemente del mediodía, Gabriel salió del hospital y se dirigió a las oficinas de la alcaldía en el pueblo. Allí nadie le respondió, pues el alcalde se encontraba supuestamente en una reunión de emergencia en Campo Rubiales, de manera que fue hasta el centro administrativo de Ecopetrol. En este lugar, un hombre cuyo servicio es la comunicación y atención eficaz en caso de desastres, anotó algunos datos de Gabriel en un computador y le dijo con la misma indiferencia de todos sus funcionarios: “Don Gabriel, no es el único, el suyo es como el reporte veinte. Lo que tienen que entender ustedes es que nosotros tenemos que tapar primero la fuga principal y eso no se ha podido porque seguimos sin energía en Campo Rubiales hasta dentro de unas horas”. Gabriel no pudo contenerse, invadido por el estrés de un derrame de malas noticias en su vida: “Lo que usted no entiende, hombre ―dijo―, es que nosotros necesitamos ayuda inmediata. Se me han muerto casi doscientas vacas, y usted aquí en esta oficina seguro no se imagina ni un poquito el desastre ambiental que provocaron”. El funcionario, con la misma tranquilidad, respondió: “No fuimos nosotros, don Gabriel. No es nuestra culpa que pasen estas cosas. Esta tarde va a pasar un equipo por Santa Martha”.

Martha empeoraba con el paso de las horas y, según los médicos, no sobreviviría al día siguiente. Los hijos de Gabriel tomaron el primer tiquete de avión que pudieron conseguir, y horas más tarde estarían en Bogotá, desde donde fue imposible viajar esa noche hasta Puerto Gaitán.

―Yo caminaba a un lado y al otro como un alma en pena.

Por un lado, mi esposa se iba a morir, y yo rogándoles que hicieran algo, pero ellos hacían lo de todo el mundo, me ponían una mano en el hombro y decían: “Tranquilo, don Gabriel, su esposa va a descansar. Lo necesita”. Y por el otro lado, mi casa, mi tierra, mi trabajo de años enteros de vida se fue al carajo en dos días. Ya sabía yo que todo lo que hicieran en esas horas iban a ser paños de agua tibia, porque los daños eran irreparables, y mi esfuerzo se estaba desmoronando frente a mí. Yo sentía que me iba a matar la pena moral, joven, porque no hay cosa más dolorosa que la pena moral que tuve.

En la tarde, dos camionetas de Ecopetrol con ingenieros y expertos llegaron a la finca Santa Martha. Sin atender demasiado a las explicaciones y los reclamos de la mayoría de la gente, los hombres recorrieron los terrenos mientras llenaban datos que nadie conoce en unos documentos vacíos. Luego uno de ellos sentenció, sin responder a nadie: “Mañana empezamos aquí. Hagan lo que puedan en estas horas”.

***

Ecopetrol y otras organizaciones encargadas empezaron a trabajar sobre los restos de una tragedia que ya había hecho demasiado daño. Esta intervención, sin embargo, le permitió a Gabriel apersonarse al día siguiente de su esposa y el recibimiento de sus hijos. Más de ocho camionetas aparcaron en la finca, instalaron maquinaria junto al caño y en el transcurso del día empezaron a llegar grupos de veterinarios que se encargaron de la fauna silvestre afectada. Al ganado de Gabriel, reducido a sesenta y tres vacas y diecinueve terneros, lo atendió un grupo de cuatro hombres y mujeres provenientes de Bogotá.

Los campesinos e indígenas que se habían instalado para ayudar, siguieron trabajando en conjunto con la compañía. Al caer la tarde, empezaron a llegar algunos medios de comunicación al lugar, pero la policía, que ya había acordonado el ingreso, restringió el paso a la mayoría de medios “sin permisos especiales”. De la misma forma, la autoridad empezó a prohibir la toma de fotografías y videos de diferentes personas que apoyaron el proceso, con el argumento de que esto interfería en los procedimientos de rescate.

―No les convenía, claramente, que la gente documentara todo ese desastre ―dijo Samir.

Jorge y Gilberto se apersonaron de la finca de Gabriel y los procedimientos de Ecopetrol en el lugar, mientras este esperaba a sus hijos. Manuel y Lucía llegaron al pueblo a las cinco de la tarde, directamente al hospital. Una vez allí, la familia se reunió junto a Martha en la pequeña habitación donde la habían instalado, conectada a un inentendible nudo de sondas y mangueras que la mantenían atada a la vida como un hilo delgado sosteniendo el peso abrumador de la misma. Otros familiares empezaron a llegar en el transcurso de la noche. Varios grupos de conocidos se reunieron para orar, tomados de las manos, en la sala del pequeño hospital casi vacío, y apenas habitado por uno que otro enfermo en emergencias. Allí se desvelaron todos, entre oraciones y tertulias familiares, hasta que a las cinco de la madrugada un paro cardiorrespiratorio hizo que Martha emitiera un último suspiro. El silencio del hospital se quebró por el llanto lejano de los hijos y los lamentos de los allegados. A esa misma hora, en la finca Santa Martha, varios encargados seguían tratando de recoger todo el petróleo derramado mientras rescataban, eventualmente, animales que seguían apareciendo con vida entre el fango.

***

Al funeral de Martha, realizado la noche siguiente en una pequeña salita en inmediaciones del hospital, llegaron centenares de personas que no cabían en el recinto. La carrera 21 se llenó de gente desconocida que tomaba café y comentaba la tragedia, mientras adentro Gabriel y sus hijos trataban de sobreponerse a la muerte de Martha con la compañía de su familia.

―Fue mucha gente, gente que ni siquiera conocíamos. Es un pueblo, todo el mundo se enteró de lo del derrame, la gente quería vernos la cara, querían ver al pobre Gabriel, con tantos problemas. Por ahí escuché a algunos. Pero, ¿sabe una cosa, joven?, ellos tenían mucha razón, porque yo ese día sentí que estaba yendo al velorio de mi esposa y al de toda mi vida entera.

Los trabajos de limpieza en Santa Martha se extendieron por cuatro días más. Gabriel no tuvo tiempo de supervisar la situación, por el ajetreo que implicaba el funeral y el entierro de su esposa. La tarde después de dejar el cuerpo de Martha en el cementerio del pueblo todos volvieron a la finca. Luego de observar los restos del desastre, escuchar las cifras desalentadoras del ganado fallecido y recorrer las sabanas negras que solo la lluvia habría de limpiar por completo semanas más tarde, surgió la pregunta que regresó a Gabriel de golpe a una realidad abrumadora y difícil de enfrentar en sus circunstancias: ¿Y ahora qué?

Jorge y Gilberto le informaron sobre las acciones legales que, según las instrucciones de un par de abogados del sindicato de campesinos que llegaron hasta la finca en días anteriores, debían de emprender. Una vez terminadas las labores de limpieza, cosa que acabó días más tarde, Gabriel y otros campesinos afectados fueron citados a un consejo en la Alcaldía Municipal. La respuesta de las compañías frente a la pregunta de todos los campesinos sobre quién iba a responder por los daños fue un rebote de la culpa a la administración municipal, que a su vez hizo lo mismo en sentido contrario. En la reunión no se llegó a ningún parte de tranquilidad que garantizara la recuperación de las comunidades afectadas por el derrame, al menos de forma cercana. Los sindicatos promovieron un paro que se extendió por varias semanas, acompañado de marchas y plantones frente a la alcaldía, bloqueos en las vías que conectaban a los campamentos petroleros con la carretera principal, y una lista de denuncias masivas que no eran atendidas con prontitud.

rio manacacías 375La crisis económica y patrimonial de Gabriel empezó cuando los pocos recursos que usó para salvar los restos se acabaron. No podía mantener más de dos empleados, la cosecha de arroz se perdió por completo y el ganado no se pudo vender sobre el valor comercial que tenía inicialmente. El impacto ecológico en sus terrenos afectó de forma considerable el pasto y la flora de los potreros, mientras que las aguas de caño León pudieron usarse únicamente un mes y medio después, cuando las lluvias aportaron un poco en la limpieza total de los restos de petróleo. Semanas más tarde, cuando todo estaba aparentemente limpio, aparecían todavía lodazales de petróleo en las orillas del caño y empozados en algunos esteros cristalinos. Mucha fauna salvaje siguió apareciendo muerta en las inmediaciones del derrame hasta unos meses más tarde.

―Un año después, cuando ya todo lo que se había dañado no se pudo recuperar, llegó una indemnización del Estado con la que pudimos trabajar en la recuperación de algunos potreros y la compra de cabezas de ganado, pero las cosas nunca volvieron a funcionar igual. Todavía hoy sigo pagando las deudas y las consecuencias por las que ellos no respondieron como debía de ser. Esto funciona a medias y yo no sé si pueda funcionar del todo alguna vez.

***

La tarde en que dejé la casa de Gabriel, después de conversar con él durante dos días seguidos sobre los acontecimientos, hice un último recorrido por la finca en su compañía. Santa Martha estaba en pleno invierno durante mi visita, así que los arrozales estaban inundados y el ganado pastaba con tranquilidad en los potreros. Yo divisaba un paraíso natural sabanero, cortado por una que otra palmera o árbol solitario, y así pareció todo hasta que nos acercamos a caño León. Allí, el curso del caudal se veía interrumpido eventualmente por la presencia artificial del enorme tubo oxidado, aferrado a la tierra, que sobresale en ocasiones tanto como para evitar el paso de un lado a otro. La forma en que Gabriel miraba el ODL me lo dijo todo. Allí estaba todavía, y allí habría de seguir, recordándole con frecuencia los días del pasado, que podrían repetirse hoy, cuando después de algunos años de tranquilidad el actual gobierno puso en riesgo el proceso con las FARC. “Si ellos vuelven, esto puede volver a pasar ―dijo Gabriel―. Pero uno sigue aquí porque no hay a dónde ir y esta es la casa de uno, con todo y las cosas que pasan.”

En la noche, mientras volvía en mi motocicleta al hotel, pasé por las inmediaciones de Campo Ocelote, uno de los campamentos de extracción activos en Puerto Gaitán.

Entonces pude observar una llamarada ardiente que sobresalía en las alturas de una torre. Ver el fuego en el cielo estrellado me hizo entender que habría de arder todo el tiempo, de día y de noche, siempre, y que no iba dejar de ser así, aunque la lluvia limpiara eventualmente las consecuencias de sus responsabilidades. A este fuego no lo apaga el agua, pues lo alimenta algo mucho más fuerte.

Notas

  1. Oleoducto de los llanos orientales.
  2. Corrientes angostas de agua que atraviesan la sabana, provenientes de ríos y afluentes más grandes.

 

michel mejia 375Míchel Darío Mejía
Bogotá, Colombia. Licenciado en Literatura de la Universidad del Valle. Es actualmente docente de Literatura en la institución CENTEC, de Cali. Fue ganador del III Concurso Nacional de cuento Biblioteca EPM de Medellín. Fue publicado en la antología Escribir tiene su ciencia de la fundación EPM, (2017); en la compilación Vidas, ficciones y poemas, del Programa Editorial de la Universidad del Valle (2019) y en el Diario El Espectador de Bogotá, Colombia, con el relato "Promesa en el año 2015". Obtuvo el reconocimiento de tesis meritoria con su trabajo de grado, titulado: "Aguas Negras: crónicas sobre la crisis del petróleo en los llanos orientales de Colombia (2020)".

Crónica enviada a Aurora Boreal® por Míchel Darío Mejía. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Míchel Darío Mejía. Fotografía   Míchel Darío Mejía © Isabel Jiménez. Fotgrafía ferri que carga crudo sobre el río Manacacías en Puerto Gaitán, Meta, Colombia © cortesía Míchel Darío Mejía.

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