Ha caído en nuestras manos la obra La marca de la ausencia del escritor Jairo Restrepo Galeano (Caza de Libros, 2014), y siendo fieles a ese destino que se teje sin nuestro permiso y acosta de nuestros propios huesos y desvelos, nos parece oportuno compartir con ustedes este breve acercamiento crítico a dos temas (el tiempo y la violencia) dentro de una obra literaria donde la tradición y la creación se hermanan creando un bello y complejo tejido artístico.
I. El tiempo
Uno de los grandes protagonistas de la obra de Restrepo Galeano es el tiempo; siempre lo ha sido. El rompimiento lineal del espacio temporal es uno de los principales baluartes de su obra. Heredero de la gran novela del siglo XX junto con un Joyce, Proust y Kafka, Restrepo Galeano nos instala dentro del flujo mental de la narración o, mejor aún, de la creación: el protagonista de nuestra historia es un escritor, pero no un escritor "cachorro" tal cual como acontece en las novelas de formación de Proust, Joyce o Dylan Thomas, sino un personaje que se sabe escritor, y que comprende que sólo por medio del cedazo de la creación literaria puede lograr entender y dar cuenta de su vida y de la de sus semejantes.
La obra de Restrepo Galeano es escritura viva en creación constante. Sabe con Pirandello que todos somos personajes en busca de un autor, y que como escritor estamos dentro de un laberinto de vicisitudes de las cuales intentar escapar es un absurdo, y más absurdo aún, vivir y no tratar al menos de develar el misterio que encierra nuestra existencia.
"Un nudo deriva en línea sinuosa hacia otro nudo. He aquí un nudo más para entrabar acontecimientos mientras otro nudo aparece en el horizonte", piensa el autor al inicio de su meditada obra. Sí, meditación. La obra de Restrepo Galeano no está circunscrita exclusivamente al plano de la narración; no se trata de contar "bien" una historia. La vida como la escritura misma, vale la pena vivirla, pero no puede ser una vida, una escritura sin sentido. La vida tiene un sentido y es obligación develarlo. Para lograr este fin, el autor recurre a una constante reflexión sobre nuestra existencia y su aparente gratuidad. Y es en este marco reflexivo donde el tiempo cobra gran importancia.
En La marca de la ausencia, el tiempo no viene de un pasado remoto que se conduce hacia un futuro donde el presente se desvanece irremediablemente. El tiempo es a veces detenido, otras retenido; unas veces es tiempo recobrado, otras veces tiempo profético. Es una materia maleable que avanza, retrocede y gira insospechadamente. Más que ante un flujo lineal, nos encontramos ante una forma espiral, en la cual cada uno de los nudos que somos los hombres (nudos marineros), nos acercamos o alejamos según nuestra propia orbita espacial. Con este girar insospechado, el escritor (Jerónimo - Seudónimo) teje la vida memorable de personajes como Lascarro y Antonio, Anastasia y Adriana, espejos o, mejor aún, reflejos espaciotemporales que se yuxtaponen y contraponen. Son como esas vidas paralelas de las cuales nos hablara Plutarco, y que dan sentido a sus existencias justamente a través del reflejo entre los unos y los otros. Para nuestro escritor no tiene sentido la existencia presente de Adriana, si no es a través del matiz pasado de Anastasia, y sólo el pasado vivido entre ésta y el escritor, llega a cobrar vida con el presente de Adriana. Pareciera que estuviésemos predestinados a ser más que una sola persona: en algún otro lugar del tiempo está ese doble, ese otro yo que da sentido a nuestra existencia, y sin el cual no somos más que fragmento, espejo roto o tiempo resquebrajado.
Este plano de espejos espaciotemporales entre el ayer y el hoy, entre el hoy y el incierto mañana, entre el mañana y el ayer, y entre el sueño y la vigilia, es abordado de una manera ciertamente magistral por el autor, a través de una serie de relatos breves que hacen de La marca de la ausencia una novela emparentada con la gran tradición del Siglo de Oro, en especial con el Guzmán de Alfarache y El Quijote. No nos encontramos por supuesto ante una novela de formato monumental tal cual como éstas, sus predecesoras, pero sí es importante destacar cómo La marca adopta esta forma creativa, el poliedro, que proporciona a la novela un cariz inquietante y, por qué no, conmovedor. Estos relatos no están allí como pretextos: hacen parte nuevamente de este efecto reflejo tan importante en la obra de Restrepo Galeano. Por medio de estas historias, a la vez que respira la historia central, se produce un efecto de claridad, de comprensión y, por supuesto, de catarsis.
El escritor es a la vez autor y protagonista, por eso piensa, recuerda, sueña y crea a la par que vive el entramado de esa historia que lo une, por nudos casi imperceptibles, a los demás personajes. Somos marca de otros, como otros son marca nuestra. Estos efectos los sufre la escritura misma. La marca de la ausencia es a la vez palimpsesto de otra obra. Como escritor, Restrepo Galeano está en lo mejor de su creación. Ha comprendido que ese viaje creativo que iniciara en la década de los ochenta, está unido igualmente con el presente de la escritura. Personajes que antaño protagonizaran sus anteriores obras, Cada día después de la noche y Señales atendidas, regresan al instante de la creación para continuar aportando sus vidas al servicio de la escritura. El autor reconoce que los personajes no aparecen de la nada y se desvanecen en la nada. Retornan como los sueños para recordarnos sus existencias.
II. La violencia
Para finalizar esta intervención, y no abusar del tiempo de los lectores, quisiera detenerme brevemente en otro aspecto tradicional dentro de la obra La marca de la ausencia de Jairo Restrepo Galeano: La literatura de violencia. Para nadie es ajeno el círculo de violencia que ha vivido Colombia durante centurias, y no es poca la escritura testimonial que se ha publicado en su breve historia, aunque su calidad literaria sea mínima. La "literatura" de estas características no ha pasado de ser un boom editorial, escrita en talleres de corrección y con una mínima creatividad y menos aún valor artístico. Los usurpadores de la literatura siempre han existido y existen, de pronto hoy más que nunca.
Decía Álvaro Mutis que la gran novela de violencia estaba por escribirse en Colombia, y puede ser verdad, pero aun así no se puede desconocer esa gran tradición de la literatura colombiana, en la cual el territorio de la violencia ha sido, es y seguirá siendo materia de creación y de reflexión. Recuerdo en estos momentos, El alférez real, La vorágine, La hojarasca, Un bel morir y, por supuesto, La marca de la ausencia.
Enmarcadas sus vidas dentro de la violencia de la naturaleza: la erupción del volcán Nevado del Ruiz y la consecuente desaparición de Armero, y la violencia humana: los agentes armados, militares, paramilitares y guerrilleros, así como la violencia estatal aportada por una corrupción e ineptitud imperante, los personajes de La marca de la ausencia se debaten entre la pasión por la vida y los sinsabores de la existencia: saberse bajo el arbitrio de una violencia humana que cobra vidas, muchas más que las que cobra la furia ciega de la naturaleza.
Jairo Restrepo Galeano nos enfrenta a una realidad en la cual, y pese a lo cruel de la misma, se puede mantener la dignidad. Ésta su gran enseñanza. En este sentido, Jesús Lascarro (rescatado del barro) se convierte en el personaje principal y memorable de esta historia. Golpeado por la brutalidad de la naturaleza, por la estulticia gubernamental y por la brutalidad humana, este personaje que entra con merecidos honores a ser parte de la iconografía de la literatura, vive la desgracia de perder a sus seres amados cíclicamente: unas veces desterrado por la naturaleza, otras veces por los bandidos, Lascarro cuestiona con su vida y sus actos ciertamente estoicos, la frecuente toma de partido (posición que llaman los sociólogos) que hace de la nación colombiana un foco de guerras, vendettas y asesinatos sistemáticos. Lascarro no quiere ni le interesa tomar partido. Todas estas "posiciones" no son más que agentes de violencia y, por ende, de muerte. Quisiera entregarse a una vida donde se pueda degustar los placeres y los días, de un modo austero y sosegado, y en compañía de los seres queridos que la violencia le arrebató. No obstante, y pese a que el destino pareciera ensañarse con él, no pierde la esperanza y la dignidad.
¿Se puede vivir dignamente estando rodeados por malandros? Sí, esa es la respuesta que el escritor Jairo Restrepo Galeano encuentra y nos comparte: la amistad, la fraternidad, la caridad y el amor son posible vivirlos y de hecho se viven, sólo que no los vemos por estar invadidos por la hojarasca de la violencia, del interés económico y político que ésta representa, y por la estulticia de las ideologías y fanatismos que indigestan nuestra existencia.
"Héroes", dice el autor. La mitificación de asesinos que no vale la pena renombrar, pero que se transforman en héroes de museo, de partido o de militancia, es el testimonio más revelador de esta novela que nos invita, como el verdadero arte, a reconocernos y reconocer al otro. Sabemos que hay una fuerza bruta y ciega que manipula nuestra existencia, pero también sabemos que el Hombre es un ser digno de respeto.
La libertad, la verdadera libertad no se pierde a manos de agentes ajenos a nosotros mismos, sino a manos de nosotros mismos. Unos, como Lascarro, aceptan ese destino que les ha tocado malvivir; saben que al final del túnel existe una luz, esa marca de la ausencia que en el futuro es presencia. Otros, como Antonio, se entregan en cuerpo y alma a la violencia; ese retozo cainita que se renueva, irremediablemente y sin límites, en Colombia. Lascarro y Antonio son las dos caras de una misma existencia sin las cuales pareciera que no se puede vivir. Se complementan, y dan forma a esta espiral de vida y muerte que es el camino de una criatura que ha hecho correr sangre y tinta como nunca otra lo hará: el Hombre, ese navío que con el bauprés señala la esperanza, mientras que con la popa traza su estela de nostalgia.
Julio César Rodríguez Bustos, crítico, ensayista y gestor cultural, autor de "España entre la Realidad y el Deseo" y "España Tierra Ofendida" dedicados a la relación de la poesía de Luis Cernuda y Pablo Neruda con la Guerra Civil Española; "César Vallejo acerca a nos vuestro cáliz","Poesía e Independencias: Doscientos años de compañía", "Jorge Rojas y el Arte de Amarte", "Gustav Malher, instrumento de la creación", "Álvaro Mutis como un pez que se evade" y "Carlos Obregón bajo la sombra de los olmos". Ha realizado las entrevistas: "La hora de la Verdad con Affonso Romano de Santanna" y "Nelson Romero Guzmán y la forma suprema de edificar el arte". En la actualidad es presidente del Consejo Distrital de Literatura y docente de la Universidad Central de Colombia en la ciudad de Bogotá donde reside.
Reseña de la novela La marca de la ausencia enviada a Aurora Boreal® por Julio César Rodríguez Bustos. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Julio César Rodríguez Bustos. Carátula de la novela La marca de la ausencia cortesía ©Jairo Restrepo Galeano.
En cuanto se trata de afrontar la literatura desde la crítica, desconocida para muchos, despreciada por otro tanto, siempre nos ha cautivado la relación entre creación y tradición. Cuando nos enfrentamos ante una nueva lectura nos es inevitable no atar ciertos cabos, aparentemente imperceptibles, entre un pasado del cual somos herederos y un presente que heredaremos. Todo escritor que se precie de serlo no puede evadir el análisis de la crítica; muy por el contrario, espera que la crítica cumpla el papel para la cual ha sido destinada. La labor del crítico se asemeja en este sentido al análisis de un médico forense; la diferencia tal vez estribe en que el forense se enfrenta ante materia mortis y en descomposición continúa, mientras que el crítico con esencias vivas que si bien están en proceso de descomposición también de composición y, por ende, se prolongan mucho más allá del tiempo normal y caduco que nos toca en suerte vivir, gracias justamente al papel que juega la crítica dentro del universo literario.


