I
La que me hizo el gordo Reinaldo nunca la voy a olvidar. Todos los viernes nos encontrábamos en la salsoteca Zippo’s Passiony nos instalábamos en la misma esquina de la barra, atentos, simpáticos, resueltos incluso con cuanta hembra se apareciera sola; y como corrían tiempos de liberación, llegaban bastantes. Algunos decían que el sitio no era gran cosa; pero la música, hermano, eso sí era melodía. Ahí no estaba permitida la melosería romanticona que ponen ahora en la radio: nada de merengues ni vallenatos; el reguetón y el hip-hop, a kilómetros. Eso era un santuario. De Richie & Bobby lo que quisieras, lo mismo que de la Fania, Lebrón Brothers, los finaditos Héctor y Celia; en fin, vos sabés. O sea que de lo último que sonaba, muy poco. Excepto Los Van Van y eso no hay que explicarlo: el mérito habla solo.
Si me lo preguntás, no sabría decirte a qué horas apareció la señora. Simplemente yo estaba ahí, en pleno café, tomándome uno de esos tintos orgánicos que venden ahora, exquisito, leyéndome una novela de Pedro Juan Gutiérrez, cuando esta dama cincuentona se me fue sentando al lado.
—¿Se puede?
—Por supuesto —le dije, traicionado por mi instinto de cortesía.
—¿Qué lee?
—El Rey de La Habana.
La miré detalladamente y me di cuenta de que no la conocía. Ni sus gestos distinguidos, ni su pelo cepillado, ni su rostro embadurnado de afeites se me hicieron familiares. Debió percatarse de mi desconcierto porque procedió a explicarse:
—Lo que pasa es que alguna vez escuché una conferencia suya y... Me pareció que es usted alguien de criterio elegante.
Aquella respuesta del viejo Zuleta me pareció memorable, lapidaria. Salíamos del auditorio, en la universidad, cuando un estudiante que iba a mi lado lo abordó. Quería obtener una conclusión precisa de la conferencia recién terminada:
-Maestro Estanislao, ¿cuál es entonces el mayor desafío de la pedagogía?
El viejo lo pensó un instante y se despachó:
-Hacer que la clase y el recreo ocurran simultáneamente.
Ahora, leyendo Proyecto piel, de Julio César Londoño, esta idea feliz ha regresado a mi memoria. Y precisamente porque me siento frente a un libro exquisito que consigue aunar, a lo largo de sus doscientas veinticuatro páginas, el saber y la diversión. Esta novela, escrita en clave de parodia, se inscribe por ello mismo en una larga y alborozada tradición. Inaugurado por Cervantes, el recorrido histórico de esta literatura nos pasea por obras como Jacques el fatalista, escrita por Diderot en el siglo XVIII, y se extiende hasta nuestros días en joyas del divertimento, como Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas.
No pude resistir la tentación cuando descubrí que habían reeditado los cuentos de Hemingway, de modo que resolví darme semejante manjar todas estas noches, sentado frente al jardín. Y mientras deambulaba emocionado de un relato a otro, se me fue encajando una pregunta en el corazón: ¿por qué motivo la popularidad de este gran maestro decayó tan notoriamente entre las nuevas generaciones? La respuesta me llegó, debo decirlo, de forma insólita.
I
Aunque a todos nos ocurre, muy pocos tienen consciencia plena de ello. La vida nos propicia una multitud de experiencias, nuestra existencia transcurre en escenarios diversos, el mundo se nos aparece repleto de objetos y de eventos. Todo esto deja rastros profundos en nosotros. Sin embargo, la posibilidad de expresar estéticamente dichas huellas exige una sensibilidad especial. En el caso de los escritores, abundan aquellos que saben referir una anécdota de manera divertida -gracias a esta habilidad, sus libros suelen venderse a granel-; pero el arte del relato no se agota allí. La entretención, por el contrario, es un mecanismo que está al servicio de algo mucho más entrañable. Porque, esencialmente, la narración es una forma de conocimiento. Por fortuna, incluso en estos tiempos -tan proclives a la banalización- perviven autores que mantienen su arraigo respecto de la tradición literaria. Contar es el modo privilegiado que siempre hemos tenido para comunicarnos el resultado de las experiencias vitales. Hoy nos repiten hasta el cansancio que un libro es más importante cuanto más se venda, pero los alcances artísticos no se dejan medir toscamente: una obra se torna valiosa en la medida en que nos permite ensanchar nuestra comprensión de la vida. Esto no significa que haya de tener una moraleja o algún tipo de enseñanza explícita; al contario, un relato capaz de penetrar en las complejidades de la condición humana se resiste a cualquier tipo de simplificación.
Los textos de Alejandro José López Cáceres y asuntos relacionados con él, se publican en los siguientes medios digitales, entre otros:
CVI, Centro Virtual Issacs, en Cali; NTC... (Nos Topamos Con …) en Cali, Redyacción en Cali, Cronopios en Medellín, Mefisto en Pereira, Aurora Boreal™ en Copenhague y Madrid, Cañasanta en Canadá, Remolinos en Perú y Letralia en Venezuela.
En el proceso de construcción de esta NTC … internetgrafía trataremos de organizar y mejorar esta presentación para facilitar la consulta, recorrido y la lectura.
En primera instancia los textos los agruparemos así, con su respectivo vínculo (link):
IHe escuchado aquello muchas veces y siempre me causa el mismo desconcierto. Me refiero a esa concepción según la cual todo el que aspire a ser novelista debe iniciarse escribiendo cuentos. Y como los ejemplos abundan en la historia literaria, se da por sentado que es ésta una verdad incuestionable. Las implicaciones de semejante idea no se han hecho esperar: tal es el origen de ese escalafón ilusorio que ubica en el nivel superior del relato a la novela y que deriva una consideración del cuento como el oficio de los principiantes. Pero, justo es puntualizarlo, estamos ante una presunción que tiene tanto de extendida como de falaz. (1) Suele olvidarse, premeditada o cándidamente, que muchos de los grandes maestros de la narrativa universal han sido cuentistas. De hecho, hay entre ellos quienes jamás emprendieron la escritura de novelas o que, habiéndolo intentado, no llevaron dichos proyectos a buen término -estoy pensando en nombres como Poe, Chéjov, Calvino, Ribeyro, Katherine Mansfield o Jorge Luis Borges-. El asombroso aporte literario de autores como éstos debería ser razón suficiente para revisar el dejo peyorativo que ha recaído sobre el cuento en estos tiempos.
-Te habrá pasado, seguramente, que cuando estás leyendo te encontrás con una línea brillante, de esas que uno quisiera recordar porque sintetizan poéticamente cierta idea, alguna sensación, determinada intuición. Y te dejás llevar por ese impulso inconsciente que te hace agarrar un lápiz, o un resaltador, y usarlo para destacarla. Después, al concluir la lectura, cuando sucumbís a la tentación de echar una última ojeadita para despedirte del volumen -antes de instalarlo temporalmente en su anaquel-, ahí aparecen todas, notorias ya gracias a tu sensibilidad de lector. Tal vez podríamos denominarlas "frases subrayables", o quizás "oasis de la prosa". Porque son eso, pequeños manantiales verbales que fueron escritos para tu deleite.
Conversación con el escritor Alejandro José López Cáceres.
Al leer sus cuentos, los cuentos recogidos en Dalí violeta, se encuentran algunos temas reiteradamente. Ahí aparecen asuntos que parecen obsesiones, asuntos como el deseo, la culpa, o la verdad como algo siempre relativo... ¿Por qué precisamente esas cuestiones y no otras?
No creo que un escritor escoja sus temas. Uno puede, claro, redactar sobre cualquier tema; pero escribir es otra cosa, la literatura es otra cosa. Hay quienes buscan las tendencias del momento y hacen libros tratando de insertarse ahí, bajo las inclinaciones que dicta la moda. Y venden montones de libros, miles. La industria editorial impulsa este fenómeno y en gran medida vive de él. Sin embargo, el hecho de que el libro circule socialmente como cualquier otra mercancía no significa que la literatura también lo sea. Se trata de una cautivante paradoja: ese objeto llamado libro, que enhorabuena transita de una mano a otra, al modo de una golosina producida en serie, contiene, no obstante, algo absolutamente personal, íntimo, único.
-Decime, ¿cómo no iba a comprarlo?
Durante su prolífica carrera literaria, el maestro mexicano Carlos Fuentes ha escrito varias colecciones de cuentos, muchos de ellos pertenecientes al género fantástico. Recientemente se ha publicado el volumen Cuentos sobrenaturales, en el cual se recogen nueve relatos de este género creados por Fuentes en distintos momentos de su vida. En este ensayo, López Cáceres hace un recorrido por dicho libro y rastrea las maneras en que el maestro mexicano dialoga con las diversas tradiciones de lo fantástico.
La casa inundada y otros cuentos
Felisberto Hernández
Sí, leer por encargo suele fatigar; por eso, quienes vivimos de hacerlo no tenemos por costumbre echarnos una, sino muchas canas al aire. Eso fue lo que me ocurrió con este libro. Andaba entre los anaqueles de una biblioteca pública buscando un mamotreto que debía reseñar y, justo cuando lo hallé, se me ocurrió mirar hacia el lado. Ahí estaba la pequeña golosina: La casa inundada y otros cuentos, de Felisberto Hernández -una selección de siete relatos propuesta por Cristina Peri Rossi, con dibujos de Glauco Capozzoli y prólogo de Julio Cortázar-. Entonces pensé: "primero el gusto y después el susto", así que solté mi trabajo y agarré aquella edición de 1975.
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