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La columna de Alejandro José López

Literatura y violencia: la paradoja del escritor colombiano

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Nos abruma la cantidad de hechos violentos que pueblan nuestra vida cotidiana. Y más aún cuando, al asomarnos en el balcón de la historia, descubrimos que los de ahora sólo continúan una interminable saga de acontecimientos atroces. Vivimos en un país que se ha empeñado en mantener vigentes de una década a otra, de un siglo a otro, las prerrogativas a la crueldad. La nuestra es una memoria repleta de cicatrices y nuestro presente, una herida que no para de sangrar.
Todos en Colombia hemos vivido de cerca, en una forma u otra, los tormentos que inflige la barbarie. Unos más directamente: las víctimas, cuyo sufrimiento y memoria han de repararse y honrarse. Algunos hemos sido testigos consternados en esta visceral tradición de la infamia y otros han tenido que despedir a los suyos, obnubilados por su propio dolor. En nuestra aciaga historia como Nación, el signo de los tiempos ha operado no pocas veces su papel de noria, transmutando a los dolientes en nuevos verdugos ansiosos de revancha. Reconocer esto no exime de su responsabilidad a quienes han ostentado el poder en este país, pero indica su cuota de sangre. Y esto exhorta, precisamente, a subrayar la insensatez del pacto social precario que se han empeñado en mantener, un sistema cuya médula sigue siendo la exclusión de la inmensa mayoría y los privilegios de un puñado de gentes.

Alejandro José López Cáceres Colombia, 1969. Ha publicado dos libros de ensayos: Entre la pluma y la pantalla (2003) y Pasión crítica (2010), dos de crónicas y entrevistas: Tierra posible (1999) y Al pie de la letra (2007), y uno de cuentos: Dalí violeta (2005). Entre los años 2004 y 2008 dirigió la Escuela de Estudios Literarios perteneciente a la Universidad del Valle. Actualmente reside en España y es candidato a doctor en literatura por la Universidad Complutense de Madrid. Más información sobre el autor. Sin embargo, este patente y lamentable escenario nacional no nos permite discernir por completo las atrocidades de nuestra violencia, ni los laberintos de nuestra ruina moral. Durante años se han ensayado interpretaciones diversas y se han desplegado análisis profusos, más o menos interesantes, muchas veces interesados. La inequidad y la injusticia son las semillas del odio; pero es verdad que luego éste sabe tener vida propia, sabe expandirse y sofisticar sus artilugios de muerte. La pobreza no explica la sevicia, la ambición no justifica el delito, el interés no implica la vileza, el poder no amerita la maldad.
El estremecimiento producido por el salvajismo diario que estalla frente a nosotros nos lleva a buscar explicaciones urgentes. Los colombianos hemos asistido a la entronización del crimen en todos los ámbitos de la vida social y reclamamos respuestas que nos permitan comprender esta realidad, que nos ayuden a salvar ese abismo feroz significado en la violencia. De allí provienen todas aquellas voces que claman por un arte comprometido, por una literatura que se implique, curiosamente, en estos tiempos tan reacios al compromiso.


2.

Ha sido frecuente en la historia de nuestras letras que algunos supervivientes de calamidades puntuales funjan como improvisados novelistas. El dolor, la rabia y la consternación han condicionado esta escritura, apremiada por la denuncia de unos hechos atestiguados o padecidos. De allí han surgido relatos de indiscutible valor documental. No obstante, la gran mayoría de las veces, la impericia literaria ha dado al traste con las posibilidades estéticas de dichas obras, incluso cuando fueron asesoradas o coescritas. Así ocurre con el abultado catálogo de quienes han sobrevivido a la ignominia del secuestro o a las masacres perpetradas por los distintos ejércitos que asolan el país.
desfile_botero_001También es cierto que un buen número de obras proviene de autores altamente ilustrados. Para mantenernos en el ámbito de la novela, hemos de señalar el amplio repertorio de narraciones firmadas por eruditos. En estos libros, dichos autores han dejado constancia de sus conceptualizaciones en torno a las diferentes violencias de nuestra historia. Suelen ser ficciones de escritura impecable y tersa, pero lastradas por la demostración de alguna tesis. Dicho de otro modo: los personajes y las situaciones que allí se cuentan viven subordinados a las opiniones previas de quienes los han compuesto, lo cual les impide volar en esa aventura gobernada por la intuición que está en la base de toda gran novela. Sin aquel riesgo imaginativo que es inherente a la creación novelística, estas indagaciones de la condición humana carecen de auténtica perspicacia.
En tiempos recientes, la hegemonía de lo comercial ha pretendido circunscribir el arte a los dominios del entretenimiento. Se ha privilegiado, entonces, la edición de novelas ligeras y divertidas. La industria del Best Seller ha proscrito las narrativas de mayor densidad al considerarlas poco rentables. De esta suerte, las librerías han terminado inundadas de obras baladíes, incapaces de perdurar en las vitrinas y menos aún en la memoria de los lectores. En este tipo de relatos, la violencia sirve apenas como telón de fondo para el suspenso y, en muchas ocasiones, acaban siendo banalizados los dramas que allí se abordan. Son narraciones cuyos personajes no sobrepasan el estereotipo, cuyos lenguajes alcanzan apenas un valor de uso.
El modo en que he abordado estas tres categorías hace que surjan algunas preguntas inmediatas. ¿Resulta indeseable que una novela sea divertida? ¿El hecho de contener una tesis anularía su validez literaria? ¿Debería sustraerse el novelista a cualquier tipo de denuncia? Si echamos un vistazo a las grandes obras maestras de la historia, la respuesta obligada a cada uno de estos interrogantes habría de ser negativa y los ejemplos se revelarían como pruebas irrefutables. El Quijote, la novela que funda el género, es la apología de la carcajada. Grandes novelistas, como Albert Camus o Milan Kundera, han albergado diferentes tesis en sus narraciones. Y una de las más valiosas novelas escritas en nuestro país, "La vorágine", puede leerse como una acusación fehaciente al horror que caracterizó las caucherías amazónicas. Todo esto parecería indicar la poca fortuna de los planteamientos sostenidos hasta aquí.

3.

dolor_botero_001Denuncia, demostración y divertimento son objetivos bastante concretos. En ello radica el problema que estoy planteando: el arte no se limita a la ejecución de un propósito. Puede cumplir alguno; pero, por definición, ha de rebasarlo. Una novela puede ser denuncia, a condición de que sea algo más; podría demostrar una tesis, siempre y cuando haga algo más; le convendría generar diversión, mientras sea capaz de producir algo más. Y a la postre, ese "algo más" es lo que le otorga su dimensión estética, su condición de obra artística. Hay un conocimiento esencial sobre la existencia, sobre la naturaleza humana, que sólo se produce en el arte. Sin embargo, éste jamás procede por vías explicativas. Su camino es el de la imaginación, de allí que se ubique en las antípodas del método científico. La crítica puede luego interpretar una obra, puede comentarla, analizarla o evaluarla; pero todo esto sucede con posterioridad al acontecimiento artístico.
Por eso resulta tan discutible la idea de un arte comprometido. Siempre que se invoca, la noción del compromiso viene abrumada con requerimientos políticos, ideológicos, cívicos, religiosos; en fin, doctrinales. Estos requerimientos, ajenos a la búsqueda estética propiamente dicha, tienden a restringir la mirada del artista, del escritor, cuyo compromiso se remite a indagar la existencia en su vasto espectro y en su profunda complejidad. En el caso de la novela, toda intención de carácter extra-literario es por lo menos dudosa: un escritor no está para transmitir mensajes ni para divulgar moralejas; por eso, ha de fortalecer su criterio. Sólo de este modo podrá resistirse a cualquier exigencia que pretenda alejarlo de su propia imaginación creadora, sólo así podrá mantenerse fiel a sí mismo.
El novelista no es un redentor ni un profeta. Su obra puede iluminar la comprensión de fenómenos tan desconcertantes y dolorosos como la violencia de nuestro país, a condición de que no se proponga explicarlos. Y dado que la nuestra es una realidad abrumadora, todos quisiéramos hallar respuestas urgentes, directas. No obstante, sabemos que desde la perspectiva literaria esto es un contrasentido: allí radica una de las mayores paradojas que puede enfrentar un escritor colombiano. Aquel autor que se pretenda un reformador o un gurú estaría negando con dicha actitud su genuina condición de artista. Hablar de una literatura que se implica no es otra cosa que hablar de una escritura dispuesta a indagar imaginativamente una realidad. Así lo ha hecho el más importante maestro de nuestras letras, Gabriel García Márquez, quien supo entenderlo y sobreponerse a esta paradoja. Un escritor es alguien que vive el lenguaje como un camino para crear obras perdurables, capaces de penetrar en los misterios de la condición humana; en última instancia, obras que puedan trascenderlo.

'Literatura y violencia: la paradoja del escritor colombiano' enviado a Aurora Boreal® por el escritor Alejandro José López. Foto Alejandro José López Cáceres©Mauricio Mejía. Cuadros: El desfile© Fernando Botero; El dolor de Colombia© Fernando Botero.

 

 

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