El arte no envejece

pensador_rodin_001El arte nació con el hombre. Entre las piedras y el garrote, entre la humedad y la tiniebla de las cavernas. Y, claro, con la mujer, que le trajo el fuego entre las piernas. Casi imposible imaginar hoy como se cuartearía la piel con el frío, las uñas sin cortarlas y la angustia por las tormentas en la noche. No estaba allí Picasso para registrar en el lienzo la inclemencia de la cultura que apenas andaba en pañales al lado de pterodáctilos y dinosaurios por niñeras. Esas escenas brillaron en sus ojos y en sus cuerpos y cada uno pintó el reflejo de sus rasgos en las neuronas - testigos inteligentes - como hoy el fiel escáner.

Sus re-tatara-nietos un poco más tarde restallaron la piedra, la redondearon, de tanto darle vueltas y dejaron con achiote y otras hierbas el sello indeleble de su ingenio que los haría trascender a lo largo de los siglos. Esa es la tarea, casi ciega y obediente, del arte. Mostrar a los descendientes cómo veían el mundo quienes se pararon ante la roca y el buril y dejaron la impronta de su insana fantasía.

El tiempo, ese corcel indómito que se reproduce y se encabrita cada diezmilésima de segundo, no ha podido hacer bajar por sobre sus orejas la impertinencia de los seres raros llamados artistas. Ellos se han negado a desaparecer del tinglado y de la escena y han teñido con mares de colores el mundo, han deshecho el esparto de las lagunas y les han robado su superficie para dejar sus ideas e imágenes en ellos. Han recogido en cinco líneas los sonidos que el viento se hubiera llevado y los han transformado en notas musicales. Han quemado la arena, la han fundido y han calcado la figura humana, la de sus animales y allí quedan guardados en tumbas y mausoleos su firma y el re-trato de su paso.

Leopoldo de Quevedo y Monroy. Escritor colombiano. Ha publicado Confesiones de un cura casado, 1999, los poemarios Versos sacros y profanos 2005, Cotidianidad en Re-verso, 2006, Sobre los cuernos del tiempo -ensayos cortos- 2008. Publica en El Tiempo de Bogotá, El Liberal de Popayán, Cali Cultural Proclama Norte Cauca, Santander de Quilichao, Buque de Papel, Bogotá. En las revistas internacionales Destiempos de la UNAM de ciudad de México, Letralia de Venezuela, Portal del Humanismo del Instituto Cervantes de Madrid y Remolinos de Lima, Perú. Exaltado como biógrafo de Poetas y ensayista por la Fundación Cultural Casa de Poesía Aurelio Arturo, 2009.

leopoldo_quevedo_001Han pasado siglos, se han enmohecido sustancias, bárbaros han quemado civilizaciones enteras, se han derrumbado solos castillos, fortalezas, mas el arte queda entre las ruinas y sobrevive más que la saña, la bota de los caballos y la pezuña de la soldadesca. El arte es un tesoro más sólido que el oro y el diamante y se resguarda de la mirada y la avaricia de tiranos y matones como la virginidad de una doncella. Por eso ha resplandecido aunque permanezca escondido en arcas vetustas, en sarcófagos profundos, detrás de muros o debajo de templos a dioses vanos y sin ojos.

Y, así, el arte es un milagro diario y eterno. No importa que sea una pintura rupestre de ignoto autor, que sea una miniatura de regiones bizantinas, que esté en una catedral o grabada en un cáliz dorado o en una superficie de barro o amarrada en un lazo quechua, ya sea un arete de tagua o una efigie de un dios yoruba o la representación de un demonio blanco. Sea un vestido de ceremonia nahualt, un aparato de un rito sexual o adivinatorio, sea un canto sagrado, una mezquita, un jardín, una terma romana o un lavapatas agustiniano o un bastón de mando de un indígena de Silvia o un retrete movible de la época de Nerón o una inscripción en una piedra en el Sahara.

La obra en si misma guarda un valor, no equivalente necesariamente a un nombre famoso. El arte vale por si mismo una vez sale de su madre o de su padre. Es equivalente a la existencia de una cultura, a una época, a un momento de la Historia. Es el testimonio de la tozudez del hombre a no quedarse quieto y dejar su huella a los que le suceden.

Artículo enviado a Aurora Boreal® por cortesía del escritor Leopoldo de Quevedo y Monroy.

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