María, 'la Pantorrillas'

miguel rodriguez 250Inédito

 

A María, la Pantorrillas, no le gustaba hablar por teléfono.
– Anda, cógelo tú, ve a ver quién es.
Pero nada, ni se levantaba ni hacía por dónde, y parecía molesta con que alguien la insistiera en esa parte de la rutina doméstica.
Ya de muy pequeña, cuando sonaba el teléfono corría a esconderse en el descansillo de la escalera que bajaba al sótano para que nadie la viera, y se ponía a cantar canciones del colegio como si fueran un mantra. Nunca le dimos importancia a nada de ello, nos parecían cosas de niños. Con los años pasó a hacer como que la cosa no iba con ella, fingía una jaqueca repentina, o bien se inventaba una tarea urgente que no admitía demora. Desconozco tales tareas y dolores, esos lugares, ni sé en qué interferían con la vida común de la casa. El caso es que tan pronto alguien atendía la llamada, María volvía a hacerse visible como si ese lapso de tiempo no hubiera existido, y a ser la de siempre, la Pantorrillas, la que tarareaba aún las rimas del colegio de años atrás. A veces se presentaba alguna emergencia, alguien enfermaba, o había que reclamar contratos de la fábrica o solucionar trámites molestos, pero aun así ella no cedía ni con los médicos, ni llevaba móvil encima, y prefería pasar media mañana pateando la ciudad para ocuparse de algo que podía llevarle diez minutos al teléfono.
Como estas excusas iban dejando de surtir efecto, con el tiempo adujo oír voces. Las del teléfono no, las otras, las de su cabeza, decía, lo cual nos daba tanto miedo que decidimos dejar de apremiarla al respecto por ver si así quedaba más tranquila. Todos fingimos dejar de prestar atención a sus rarezas: la de no coger el teléfono, la de no escribir con mayúsculas, la de cambiarse el nombre cada mes.

Y un día, como sin más, sonó. No esperábamos recado alguno, nadie se había muerto (lo hubiera intuido mi madre), eran las seis y cuarto de la tarde, y ya habíamos acabado la siesta y la sobremesa con café. Sonó y nos callamos; no sé por qué nos callamos, no lo hacíamos nunca, pero esta vez sí. Sonó y no se levantó nadie. Todos sabíamos que aquella vez era distinto, y sin que nadie dijera nada, al instante María se adelantó a todos con un ‘es para mí’. ‘Para mí’, dijo, y los demás nos quedamos quietos, viendo cómo efectivamente María la Pantorrillas se levantaba con determinación hacia el teléfono. No pasó mucho tiempo, creo, aunque eso ahora ya no importa.
– ‘Es para mí’, dijo.
pantorrillas 350Y nos miramos todos, conscientes de que esa llamada cambiaría lo que hasta ahora habían sido nuestras vidas; o al menos la de María. Claro, lo sabíamos todos, era para ella. Por eso no nos levantamos ninguno al sonar el teléfono aquella vez, ¿no?
– ¿Sí?
Pasaron un par de segundos.
– ‘Es para mí’, confirmó recorriendo nuestras caras.
E inmediatamente cambiamos de sitio las tazas del café, tropezamos con las patas de las sillas y fingimos recados urgentes, tareas pendientes, intercambios inacabados que había que resolver ya. Con sigilo y vergüenza, corrimos de puntillas a escondernos en el primer sitio que se nos ocurrió: el descansillo de la escalera, sin atrevernos a bajar al sótano, y nos ocultamos muy juntos, muy quietos, minúsculos y atentos, tal vez hablamos del tiempo, o fabricamos conversaciones propias de las seis y cuarto mientras escuchábamos atónitos las otras voces, las de la gente que había vivido allí, en aquel descansillo, durante tantos años, y que ahora asaltaban salvajes y hambrientas nuestras cabezas.
– ‘Era para ella, ¿no?’, nos dijimos todos.
Y asentimos despacio, casi sin mirarnos y sin saber qué fingir ya, aterrorizados.

 

Miguel Rodríguez Otero
miguel rodriguez 350España, 1968. Licenciado en Liberal Arts, profesor de adultos en programas bilingües. Colabora con relatos en publicaciones como Almiar (Madrid), Botella del Náufrago (Valparaíso), Los Bárbaros (NY), ERRR Magazine (México DF), Revista Virtual de Cultura Iberoamericana (NY), Narrativas (Madrid), entre otras. En la actualidad vive en un pueblito costero de Galicia, tratando de ser... un digno bárbaro.

María, la Pantorrillas enviado a Aurora Boreal® por Miguel Rodríguez. Publicado en Aurora Boreal® con autorizción de Miguel Rodriguez. Fotos Miguel Rodriguez © Luciano Teixeira. Foto relato cortesía  Miguel Rodríguez © María Byanca Stegaru.

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