La frágil naturaleza humana

jorge-kattán 250 ene2015Dedicado a Francisco Saldaña
Excelente amigo

 

El cese al fuego que pondría fin a la sangrienta y fratricida guerra civil había recibido el beneplácito de todos los bandos en discordia. Luego de los doce años que había durado la cruenta lucha, no quedaba ningún sobreviviente que pudiera jactarse de haber salido ileso de aquel devastador maremágnum. Había sido una contienda en la que cada uno de los ciudadanos tenía algo que lamentar; sea la muerte o las lesiones de algún pariente o amigo o, simplemente, daños de carácter material. Sí, muy cierto era que ninguno podía salir triunfador de aquel trance;pero, por otra parte, y aunque parezca contradictorio, nadie podía tampoco salir derrotado; el pueblo sólo llevaba las de ganar con el cese de las hostilidades. Por esa razón , cuando se firmaron los prolijos y salomónicos acuerdos d e paz, el país entero, y en particular, el pueblo de Cojontepeque, explotó en una demostración del más puro y genuino regocijo , en una euforia colectiva. Todo era alboroto, algarabía y festejos. Se escanciaron garrafones de guaro y se bailó en las calles y callejones durante más de una semana. Y así tenía que ser, pues los sufridos habitantes ya estaban hasta la coronilla con el tartamudeo de las ametralladoras, las enervantes ráfagas de las metralletas, el aterrador estallido de las minas vuela pies, de los morteros y obuses, de las frecuentes escaramuzas y emboscadas, y, en general, del fragor de las batallas. Es verdad que subsistían los recelos, pero por lo regular, se respiraba una atmósfera de ilusión y esperanza olvidada ya por las viejas generaciones y desconocida por los nuevos descendientes.

Empero- ¡Oh veleidosa naturaleza humana! -, con el transcurso de apenas dos meses, el acentuado jolgorio de los primeros días se fue debilitando poco a poco, hasta ser reemplazado por una sensación indefinida que empezaba a revestir la forma de un desgano, de una deplorable abulia.
Ante aquella contagiosa enfermedad, verdadero estreñimiento anímico, el escandalizado alcalde de Cojontepeque, Don Everardo Salazar, convocó a todos los moradores del pueblo y de los caseríos circunvecinos a un mitin urgente e inaplazable que se efectuó, sin mayores dilaciones, en el predio localizado enfrente de la alcaldía, y a quienes les dirigió estas patéticas palabras:
-Conciudadanos, ¡ayer tanto alborozo y hoy tanta melancolía! ¿Qué nos pasa?
¡Qué bebedizo nos han dado? ¿Qué insecto venenoso nos ha picado?·-·¿Por qué
andamos todos como sonámbulos, confundidos, desorientados?
Enseguida el alcalde exhortó con dramática vehemencia a cada uno de los concurrentes a que estrujara bien su cerebelo para poder así determinar las causas del virulento mal de que todos padecían y, a la vez, les imploró que sugirieran los posibles remedios que eran menester recetar en aquellos aciagos momentos.

Jorge Kattán Zablah, cuentista y ensayista salvadoreño.  Autor de las siguientes colecciones de relatos: Estampas pueblerinas (Costa Rica, 1981), Acuarelas socarronas (España, 1983), Por el carnaval de la vida (Costa Rica, 1998), Cuentos de Don Macario (El Salvador, 1999), Pecados y pecadillos (El Salvador, 2003) y El Ilusionista (Estados Unidos, 2012). Director Emérito del Departamento de Español, Defense Language Institute, en Monterey, California. Sobre su obra se han escrito numerosos ensayos y se han dictado conferencias. Es miembro correspondiente de la Academia Salvadoreña de la Lengua y de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en Carmel, California.

En esos instantes, y para sorpresa de la concurrencia, se elevó de repente la carrasposa voz del connotado tesorero municipal don Lactancio Clavijo, quien le manifestó al alcalde lo siguiente:
-¿ Pa' qué diantres nos tenemos que quebrar la cabeza tratando de encontrarle solución a nuestro enredo, cuando aquí tenemos entre nosotros a don Macario Cárcamo?
Mucha razón había por cierto en aquellas atropelladas palabras, porque la verdad es que don Macario, cronista oficial de Cojontepeque, era venerado entre los lugareños por haberlos sacado de numerosos atolladeros, y era legítimo concluir que en esa enmarañada coyuntura tampoco los iba a defraudar.
Sobrevino entonces el electrizante silencio con que solían reaccionar, por regla general,los moradores de la región cada vez que don Macario estaba a punto de entrar a terciar en un espinudo asunto.
Y. en efecto, el octogenario cronista, sintiéndose perfumado y almibarado por la lisonja del tesorero y sin hacerse de rogar, extrajo unos apolillados papeles del bolsillo trasero del pantalón y habló de esta manera con una voz engolada:
-Amigos, da la curiosa casualidad de que aquí traigo conmigo este relato que hallé en una vieja gaceta capitalina... Es posible que, con la ayuda de la Providencia, esta historia nos ilumine y nos saque de la peligrosa encrucijada en que nos encontramos.
En aquel punto don Macario se instaló en su vetusto sillón, con las canillas cruzadas y, luego de calarse las antiparras y de darle un par de chupadas a su puro, dio comienzo a la lectura con impactante dramatismo:

 

 

PLOP.......PLO P......P LOP
Para un campesino como don Arnulfo Aguirre, propietario de dos manzanas de terreno bien cultivadas de maíz, frijol, yuca, camote, ñame y güisquiles, no había música más melodiosa que la que emanaba de las lloviznas y tormentas. Pues resulta que una tarde invernal en que el protagonista de este relato se encontraba descansansando a pierna suelta en su matusalénica poltrona, escuchando con atención la armoniosa y dulcificante sinfonía que la copiosa lluvia derramaba sobre su morada, un ruido cacofónico vino a echarle a perder su delicioso concierto:
- ¿De dónde vendrá ese extraño "plop. ..plop....plop"? -se dijo a sí mismo don Arnulfo, muy perturbado.
Al "plop....plop....plop" le sucedía luego otra rápida secuencia de "plop...plop... plops"; sobrevenía entonces una brevísima pausa que a su vez era seguida de la misma disonante letanía, y así sucesivamente continuaba aquel fastidioso círculo repetitivo.
Poco tiempo le llevó a don Arnulfo determinar la procedencia del impertinente y redundante rosario de "plop...plo...plops...", pues no tuvo más que levantarse de su cómoda poltrona y dar cinco pasos para enterarse de que sólo se trataba de una gotera. "Cuando escampe me voy a subir al tejado a arreglar esa babosada" -reflexionó el campesino.
¡Y dicho y hecho! Tan pronto amainó la lluvia, don Arnulfo, valiéndose de una escalera, se encaramó en el tejado y, tras ubicar los agujeros que originaban los " plop..plop...plops", removió las tejas un sinfín de veces y no cejó en su empeño hasta tener la certeza de haberle puesto fin a aquel estorbo.
Concluida esa labor, el campesino volvió a su vida rutinaria, relegando por completo al olvido su peregrina y pasajera aventura.
Mas he aquí que, al día siguiente, mientras soñaba despierto, estirado a sus anchas en su percudida poltrona, imaginando las abundantes cosechas que obtendría gracias a las generosas lluvias, llegó a sus finos oídos una serie de molestosos ruidos que le eran bastante familiares. Se trataba en realidad de los mismos "plop...plop...plops", seguidos de lasos precisos, sistemáticamente medidos y acaso controlados por un diabólico reloj alojado en los más recónditos laberintos de la adversidad.
Casi instintivamente, don Arnulfo se dijo; " En cuanto despeje voy a arreglar esa carajada de una vez por todas "Y cumplió fielmente con lo prometido, excepto que al siguiente día y cuando ya daba por remediada su desventura por sécula seculórum, desde la comodidad de su poltrona escuchó de nuevo la maldita y reiterada secuencia cacofónica de " plop...plop...plops."
A partir de entonces la existencia del atribulado campesino se redujo a esperar en las lluviosas tardes esos "plop...plop.. .plops" y a idear una gama de ingeniosas formas de erradicarlos para siempre.
En resumidas cuentas, su vida se convirtió en una verdadera zozobra. Lo que al principio era sólo una leve e insignificante molestia había ido evolucionando, a través de un crescendo emocional, hasta convertirse en una acuciante obsesión, habiendo pasado en forma sucesiva por etapas de frustración, ansiedad, ira, desconsuelo y angustia.
Sin que él mismo se hubiera percatado, su existencia ahora giraba en torno a la serie de mortificantes ruidos y a las diversas maneras de eliminarlos, de desterrarlos
para siempre de su vida.
En esa tarea, digna de Sísifo, los vecinos se habían acostumbrado a contemplar a don Arnulfo subido en el techo cada vez que escampaba y no les extrañaba para nada aquel cotidiano espectáculo.
Mas aconteció que un día, mientras hacía en su poltrona inútiles esfuerzos por sobreponerse a su congoja y a su triste destino, ocurrió algo inusitado. En aquellos tormentosos instantes en que él, enloquecido, se balanceaba en la cuerda floja que separaba la realidad de la fantasía, tratando de ponerle fin a la continua pesadilla que había venido a desbaratarle la vida, los execrados " plop...plop .plops" no llegaron a materializarse por primera vez en el curso de tres meses.
Don Arnulfo, al percatarse de que ya había despejado sin haber tenido que escuchar la torturante cadena de sonidos monorrítmicos, sonrió con acusada sorna, de pura felicidad, pero, cauteloso como solía ser, decidió dilatar un tantito la celebración de su triunfo. Y no fue hasta que hubieron transcurrido cuatro copiosos dias sin que los "plop..plo.plops " hicieran su aparición, que don Arnulfo, con el pecho pletórico de orgullo y de satisfacción y atacado por una risa burlona, empezó de lleno a saborear su descomunal victoria sobre la adversidad. Celebró la derrota de "las fuerzas del mal", como él les llamaba a tales ruidos, ingiriendo sucesivos vasos de guaro y fumándose varios puros de envidiable calidad.
Pero el hombre no es más que una contradicción ambulante, un ser engendrado por error o descuido de las deidades, una genuina aberración, y eso es con exactitud lo que viene a confirmar la subsecuente conducta de nuestro protagonista.
No había transcurrido ni siquiera una semana, cuando la euforia inicial que invadió a don Arnulfo fue cediendo el paso a un estado de absoluto desconcierto.
"Yo, que hace sólo unos días era el mortal más feliz sobre la faz de la tierra, ahora me siento aturdido, confundido, como si me hubieran quitado una parte de mi cuerpo o algo muy mío... Y no atino a comprender por qué"-se lamentaba con amargura el campesino.
Y tal vez no le faltara razón, pues sin darse cuenta, aquel concierto cotidiano de "plop..plop..plops" se había posesionado de su ser y de sus entrañas, habiéndose transformado en la dinámica de su existencia, y ahora que la aguijoneante cadencia sonora había sido silenciada para siempre, don Arnulfo experimentaba una mezcla de desorientación e indiferencia hacia todo.
Como resultado de su perturbación emocional, se desinteresó no sólo por su aseo personal sino que, incluso, llegó a desatender sus cultivos, actitud abúlica que le podía acarrear un soberano descalabro económico.
Mas he ahí que una copiosa tarde invernal en que se había refugiado de la lluvia en su habitación y se encontraba devanándose los sesos en su proverbial poltrona, tratando de determinar el origen de su mal, sin querer posó la vista en aquel lugar del cielo raso que antes constituyera la raíz de una aguda obsesión y angustia,
y allí mismo, abruptamente, abandonó su asiento de un salto acrobático. El salto y la sonrisa que de inmediatoo se le dibujó en el semblante denunciaban que don Arnulfo había encontrado la solución a su congoja.
La tormenta de esa tarde no daba ni la menor señal de amainar cuando los vecinos, alarmados, contemplaron al campesino encaramado en el tejado, quien armado de un trépano y como poseído por el demonio, se había puesto a taladrar numerosos agujeros en las tejas de su vivienda. Al verlo en tal estado de frenesí, los vecinos se quedaron con la inequívoca impresión de que don Arnulfo era ahora, de veras, un hombre feliz y dichoso.
Aquí puso don Macario Cárcamo punto final a su singular y extravagante historia, no sin antes agregar:
-A don Arnulfo le sucedió lo que les ocurre a muchos prisioneros que luego de estar varios años en su celda, al salir libres, revientan de alegría, pero después de transcurrido breve tiempo se sienten desorientados y terminan delinquiendo adrede con el único propósito de volver a la cárcel. Dicen también las malas lenguas que los esclavos, antes en Roma como en otras latitudes, al ser emancipados, padecían luego de similares achaques de anemia espiritual y de otros desasosiegos. Y por si acaso todavía no hubieran entendido el cuento de don ArnuIfo, Don Macario dijo en foma lacónica: "Espérenme aquí que ya regreso."
Tras esto, el cronista se marchó, dejando a los concurrentes convencidos de que don Macario Cárcamo, a quien todos habían tenido hasta entonces como la voz de la cordura, ahora no era más que la voz de la locura y del disparate.
Tal como lo prometiera, volvió el cronista con celeridad. Traía en sus manos una bolsa de papel manila llena de fuegos pirotécnicos, a la cual, sin pérdida de tiempo, le arrimó un fósforo encendido.
La muchedumbre congregada ante la alcaldía, al escuchar las detonaciones de los petardos, morteros y bombas, y al observar las chisporroteantes luces que emitían los escupidores y buscaniguas, se santiguó de puro estremecimiento, pues en aquel momento todos habían conscientizado por fin la raíz de su zozobra.
Ese atardecer, al retornar a sus hogares, cada lugareño sentía que le habían dado una complicada y espeluznante tarea : la de inventar un buen pretexto que pudiera servir para iniciar otra guerra civil o, por lo menos, para tramar un sonado golpecito de Estado.

 

La frágil naturaleza humana enviada a Aurora Boreal® por Jorge Kattán Zablach. Publicado ene Aurora Boreal® con autorización de Jorge Kattán Zablach.

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