De inmediato se comenzó a hacer proyectos sobre las mejores maneras de extraerle beneficios a aquel supremo filón de oro puro con que Dios los estaba premiando a todos.
Se habló de adoquinar las empolvadas calles y callejones, de construir una moderna alcaldía, de edificar dos escuelas y una catedral. Hasta hubo atrevidos que tuvieron la osadía de sugerir la construcción de un aeropuerto internacional en el mero centro de Cojontepeque. Pero quizás lo más importante que se propuso en aquellas alegres circunstancias fue la eliminación de la mala dieta alimenticia, que estaba constituida de frijoles negros sancochados, de un pedazo de queso más duro que un yunque de herrero y de las indigeribles tortillas, y su sustitución con algo que estuviera más en consonancia con los manjares culinarios que se consumían en Europa.
El júbilo que experimentaban en aquellos momentos los pobladores de la comarca era insondable y revestía múltiples formas que iban desde meros gritos y agudos chillidos hasta resonantes carcajadas y lloriqueos a moco tendido.
En ésas estaban, cuando se alzó la aflautada voz de Ña Tomasa Barillas, la muchas veces aplaudida y otras tantas execrada adivina de la localidad, para exhortar a todos los que participaban en aquel jolgorio a que antes de llevar a cabo cualquier plan escucharan primero la opinión de Don Macario Cárcamo, cronista oficial de Cojontepeque, quien tantas veces había demostrado, en público y en privado, ser la verdadera voz de la cordura.
Y Don Macario, con los oídos almibarados por las palabras pronunciadas por la sibila, ni corto ni perezoso, elevó su engolada y doctoral voz y dijo:
--Amigos, mucho me agrada la contagiosa alegría que se ha apoderado de todos nosotros, pero recordemos y no perdamos nunca de vista que "una onza de prevención vale más que una libra de curación". Y habiendo expresado estas palabras, exclamó:
-- Da la extraña casualidad de que en esta ocasión traigo conmigo un cuenterete muy aleccionador que encontré hace algún tiempo en una gaceta capitalina y que yo quisiera leerles.
Y sin darles tiempo a sus contertulios a que dijeran ni tus ni mus, desenvainó de uno de los bolsillos traseros del pantalón unos papeles amarillentos y apolillados y, de inmediato, inició la prometida lectura:
LA GRAN ECLOSIÓN
A pesar de que lo que voy a consignar aquí sucedió hace muchísimos lustros, lo recuerdo todo, con lujo de detalles, como si hubiera ocurrido ayer mismo. Sí, muy fresco conservo todo aquello en el archivo de mi memoria.
Al igual que siempre, al final de las faenas matutinas, me hospedé en uno de esos hoteles de media muerte que tanto abundan en la capital y que sirven de albergue temporal a individuos que, como yo, no tenían domicilio fijo debido a la naturaleza de su trabajo.
Esa es la suerte que corre todo agente viajero. Un día aquí, un día allá, en un constante peregrinar por nuestro valle de lágrimas.
Jorge Kattán Zablah, cuentista y ensayista salvadoreño. Autor de las siguientes colecciones de relatos: Estampas pueblerinas (Costa Rica, 1981), Acuarelas socarronas (España, 1983), Por el carnaval de la vida (Costa Rica, 1998), Cuentos de Don Macario (El Salvador, 1999), Pecados y pecadillos (El Salvador, 2003) y El Ilusionista (Estados Unidos, 2012). Director Emérito del Departamento de Español, Defense Language Institute, en Monterey, California. Sobre su obra se han escrito numerosos ensayos y se han dictado conferencias. Es miembro correspondiente de la Academia Salvadoreña de la Lengua y de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en Carmel, California.
La mañana se escurría con languidez por el afiebrado mediodía cuando entré en el cuarto que se me asignó. Traía yo tal cansancio atrasado que sin pérdida de tiempo me despojé de mi ropa y me arrojé con gran abandono sobre el mullido colchón del camastrón.
Cerré fuertemente los ojos con el propósito de penetrar en el onírico reino de Morfeo y me quedé inmóvil por algún tiempo. Mas he ahí que un impertinente ruido empezó de pronto a inquietarme. Provenía, con toda seguridad, de la habitación contigua.
Me siento obligado en este punto a hacer cierta aclaración muy pertinente . Las paredes del hotel en que me hospedaba habían sido construidas de lámina corrugada, siguiendo los cánones arquitectónicos y estéticos de la época. Y siendo así las cosas, cualquier ruido que se produjera en uno de los cuarto, se escuchaba, amplificado en muchos decibeles, en la habitación contigua. Un simple rumor se metamorfoseaba ipso facto en un barullo y un murmullo se transformaba en una batahola, en un soberano escándalo. Para las inocentes víctimas que no estaban acostumbradas a pernoctar en tales hoteluchos, aquello era, por así decirlo, como encontrarse en el centro mismo de la caja de resonancia de una descomunal vihuela o de un diabólico contrabajo.
Retomando el hilo de mi relato, decía yo que un molestoso ruido me amenazaba con echarme a perder los momentos de descanso y solaz que tanto necesitaba. Pues bien, se trataba de un cacofónico y prolongado traqueteo. Tuve que esperar con paciencia casi media hora
para que cesara; mas, trancurridos unos tres minutos y cuando ya me disponía a cerrar los ojos para disfrutar por fin de un tranquilo y merecido reposo, vino de nuevo a mis oídos el bendito e insistente tableteo monorítmico que, si en un principio sólo me incomodó, ahora me tenía casi al borde de la furia y de la locura. Yo estaba esperanzado de que a medida que la tarde se fuera sumergiendo en el ocaso aquella molestia iría perdiendo su cadencia hasta terminar por disiparse por completo. Mas, ¡cuán equivocado estaba! La cadena de mortificantes tamborazos que se prolongaba por más o menos media hora, venía seguida de una ligera pausa, para luego volver a la carga con redoblado vigor.
Mi cuarto se había transmutado en una verdadera cámara de tortura y el suplicio no tenía visos de querer menguar. Estaba yo, pues, inmerso en una batalla que desconocía treguas y santuarios.
Aunque las posibilidades eran tan ilimitadas como la dimensión de la realidad cósmica, recurrí a la lógica, que raras veces traiciona, y llegué a la conclusión de que lo que estaba desarrollándose al otro lado de mi cuarto no era, ni podía ser otra cosa, que un volcánico drama en honor a Venus y que lo que con acusada constancia invadía mis agobiados oídos provenía, sin lugar a duda, del repetitivo golpeteo del respaldar del camastrón contra la pared de lámina corrugada.
Mi fértil imaginación se puso de inmediato en movimiento, haciendo maromas y conjeturas de toda índole. Casi podía vislumbrar en mi alborotado magín las posturas que adoptaban y las genuflexiones acrobáticas que desplegaban a cada instante los protagonistas de aquella representación lúbrica de sexo y de violencia al rojo vivo. Y hasta los adivinaba frotándose recíprocamente con sus afiebradas y lascivas manos.Y claro,el fuego que se había desatado en mi mente me tenía a punto de explotar. Y esto, dicho así, no es más que un eufemismo de mala calidad porque, la verdad sea dicha, me sentía consumir en una hoguera peor que la que carbonizó e incineró a la mismísima Juana de Arco. Ni el dantesco infierno del Bosco ni el corrosivo estilo del Marqués de Sade serían suficientes para describir mi sufrimiento en toda su magnitud e intensidad. Me imaginaba, yo mismo, montado a horcajadas sobre un libidinoso e incontinente armadillo de proporciones pantagruélicas cuyas ásperas escamas y anillos me producían eróticas cosquillas y descargas eléctricas por toda la geografía de mi desventurado cuerpo. Era como si todos los Angeles Caídos se hubieran desprendido de la literatura angelical para posesionarse de cada átomo de mi ser. Desde el fondo de mi martirio, los veía a todos ellos. Allí estaban todos ellos, desde Belcebú y Lucifer hasta Beliel, Mastema, Azazel y los otros demonios de menor cuantía, torturándome con sus tridentes. En buenas cuentas, el triste acontecimiento que yo protagonizaba rebasaba ya las deplorables fronteras del desastre moral y me había lanzado de espaldas y sin amortiguador en el oscuro reino de las grandes calamidades éticas y estéticas. Los frenéticos vaivenes de la habitación contigua despertaban en mí peores tentaciones, delirios y espejismos sexuales que los que sufrieran en su día San Antonio, los Padres del Desierto o San Lorenzo de la Parrilla. Me resulta penoso confesarlo, pero yo había empezado a contorsionarme y a enroscarme al estilo de una víbora cascabel, pues tal era mi tormento y tal mi libidinoso calvario. Todo aquello me causaba un agudo y profundo dolor en las más altas esferas de mi atormentada sensibilidad.
Pero como se suele decir que no hay mal que por bien no venga, me pregunté con enfermiza insistencia los designinios que habría tenido en mente Dios para someterme en forma gratuita a aquella inmoral y espeluznante prueba, al parecer, innecesaria. Y, haciendo de tripas corazón, empecé a buscarle el lado positivo a la angustiosa coyuntura en que me encontraba. Yo sé que hay descriteriados en este planeta que piensan que Dios es dañino, que es intrigante y sensacionalista y que pretende ganar notoriedad asustando a medio mundo a través de sus insondables artimañas y celadas. Pero yo, muy por el contrario, sostengo con ardor que detrás de todos sus actos, por ambiguos y perversos que nos parezcan, se esconde su infinita bondad. Y creo ciegamente que El, en su inconmensurable sabiduría, nos ha dotado de cerebro y de cerebelo para que podamos localizar el luminoso lugar donde yace esa arcana bondad.
Como persistiera aquel lujurioso y orgiástico repiqueteo producido por las violentas sacudidas y oscilaciones del camastrón y de sus inmisericordes arremetidas contra la lámina corrugada, parece ser que,desde el fondo de mi desgracia, la divina Providencia me concedió la gracia de columbrar los propósitos de Dios para mantenerme en aquella pecaminosa y mortificante situación. Barrunté que las artes sexuales perpetuas en que se ejercitaban mis vecinos no eran más que un guiño juguetón que Dios me hacía y con el cual me exhortaba de esa misteriosa y peregrina manera a que le sacara provecho a aquella encrucijada.
Columbré, repito, que el Omnipotente y Omnisciente Creador estaba facilitándome la fórmula para hacerme rico, valiéndose para ello, del par de libidinosos sinvergüenzas que no cejaban en su atrevido e interminable empeño. Así fue cómo, sacando fuerzas de mi propia flaqueza, maquiné la manera que en aquellos instantes estimé idónea y procedente para lograr el bien temporal que Dios me estaba sirviendo en bandeja de plata celestial.
Discurrí con audacia que lo más apropiado para el caso de marras era ingeniármelas para entrevistar a la pareja de concupiscentes, sobre todo, al hombre, con intenciones de arrancarles la secreta fórmula de aquel movimiento oscilatorio, casi perpetuo, en que por interminables horas habían estado involucrados. Obtenido el secreto, había que ejecutar la audaz idea de embotellarlo y de venderlo al mundo entero a precios naturalmente exorbitantes, tal como Dios parecía estarme indicando sotto voce por medio de aquellos estrepitosos y cacofónicos golpes. Interpretando el mandato divino, caí en la cuenta de que era imprescindible, para el éxito de mi peregrina empresa, que me hiciera asesorar cuanto antes por expertos en distribución y mercadeo y que recurriera a todos los medios propagandísticos que estuvieran a mi alcance, incluyendo los bandos municipales. El efímero disfrute sexual que sólo tiene una duración que va desde un mezquino minuto y medio a un generoso cuarto de hora, se extendería con mi maravilloso elixir ad infinitum y se interrumpiría brevemente cada media hora. Y llegué a imaginar que con el torrente monetario que entraría en mis agraciados bolsillos podría, con toda seguridad, fundar un banco matriz y un sinnúmero de sucursales, reservándome para mí mismo, claro está, el título de Director Ejecutivo y Presidente vitalicio con poderes dictatoriales y omnímodos de esas organizaciones y de cualquier otra que fundara en el futuro. Mi imperio financiero sería algo así como un estado dentro de otro estado. Vendería, elucubraba, unas cuantas acciones de mi poderío económico, las cuales se cotizarían a precios astronómicos en la bolsa de valores. Eso sí, jamás consentiría que mis vastos dominios se vieran contaminados por el narcotráfico ni por el consiguiente blanqueo o lavado de dinero, cosas ésas que mucha repugnancia me producen.
En fin, vislumbré que mi archifamoso elixir desencadenaría no sólo una virulenta revolución sexual, sino una reverenda y soberana eclosión, a nivel universal, del orden reproductivo, que vendría a dar al traste, y para siempre, con la aguda crisis que ocasionaba la escasez de mano de obra. Así columbraba yo todo aquello a través de los deformantes lentes de la perversidad.
En esas lucubraciones inalámbricas estaba, cuando me quedé bien dormido, haciendo caso omiso del prolongado traqueteo y de las frenéticas vibraciones que procedían del camastrón de mis vecinos.
Al día siguiente, a eso de las cinco de la mañana, encontrándome ya despierto, me levanté y dejé mi puerta entreabierta para caerles encima a los desalmados protagonistas de aquel lujurioso y explosivo drama tan pronto salieran de su cuarto. De esa manera podría consumar la socorrida entrevista que había planeado hacerles.
Mas, ¿cuál no sería mi sopresa al ver salir del cuarto contiguo a un anciano nonagenario, casi ciego que, apoyado en su bastón, apenas podía caminar? ¿Qué demonios es esto? --me dije. Y casi por instinto desistí de la proyectada entrevista porque, aquel vejete, que más parecía alma en pena que otra cosa --según mi sentido común me ordenaba-- ni por pienso podía ser el semental de mis fantasías.
Confundido, me quedé observando por algunos minutos a aquel caballero matusalénico que se alejaba, hasta que lo perdí de vista al difuminarse entre la multitud.
Lo que intensificaba la magnitud de mi aturdimiento era el hecho contundente de que, aunque aquel misterioso anciano había desaparecido, los chirridos y traqueteos monorrítmicos persistían igual que antes, sin tregua ni misericordia alguna.
Luego de barajar toda la imaginería desbocada que fabricaba con aceleración mi anonadado cerebro, creí de pronto haber dado en el clavo. Lo que en realidad sucede --me dije-- es que el anciano del bastón no es únicamente ciego, sino también sordo, y su mujer, que debe de ser lozana en grado sumo y apetitosa por añadidura ,con seguridad estaría refocilándose con su joven amante, como lo ha estado haciendo durante interminables horas. Y eso explica con claridad que los pecaminosos acontecimientos aún sigan efectuándose en el cuarto vecino --discurrí.
Mas como tanto va el cántaro al agua que al fin se rompe, perdí de repente la paciencia y, armado de una ganzúa y de un afilado puñal, por lo que pudiera sucederme, penetré con mucho sigilo en el fatídico cuarto.
Y he aquí que, tras lo que presencié, en un santiamén todo mi imperio financiero, basado precariamente en mi escurridizo elixir, se me vino al suelo de golpe y porrazo, dejándome trastornado, desconcertado y compungido. Todo se desmoronó como si hubiera sido construido con la más traicionera arena. Las botellas y frascos que contenían el Elixir del Pecado, que tal habría sido la marca registrada de mi prodigioso producto, se hicieron añicos, derramando el asombroso líquido por todos los recodos y meandros de mi imaginación. Porque lo que vi --y lo digo con profunda vergüenza-- no fue más que un viejo perro aguacatero, más flaco que un ejote y más largo que un suspiro, cuyas espantosas enfermedades de la piel lo tenían al borde de la tumba y que al rascarse con las patas traseras sus infinitas llagas, golpeaba de carambola la sonora pared de lámina corrugada, haciendo todo aquel ruido que me impulsó de manera diabólica a urdir tantas tramoyas en mi atormentado cerebro.
En aquel momento quedé convencido de que yo había sido la ingenua víctima de una despiada burla fraguada y orquestada, con toda certeza, por Las Once Mil Vírgenes y Las Animas del Purgatorio, en colaboración con todos los demonios del infierno.
Y aquí concluye el cuento que les prometí. ¡-Saquen ustedes sus propias conclusiones! -- sentenció Don Macario Cárcamo. Tras lo cual, se fue por donde había venido.
A pesar del elevado lenguaje y del culterano estilo de lo que acababan de escuchar, todos los lugareños, incluyendo los más bestias e ignorantes, percibieron con exactitud milimétrica el mensaje que aquel relato encerraba en sus entrañas.
Se produjo casi de inmediato un acuerdo tácito y milagroso, en virtud del cual quedaba terminantemente prohibido, so pena de presidio mayor, cualquier intento o amago, por tímido que fuese, de analizar el metal que contenía aquel filón que tanto regocijo les había proporcionado.
Y a partir de aquella célebre coyuntura, los habitantes de Cojontepeque, que son sin lugar a dudab los más necesitados y desposeídos del mundo, se pasan la vida en perpetuo jolgorio, creyéndose ricos en grado sumo y sin preocuparse de determinar si el mineral de marras es oro puro u oropel, porque aquel magnífico y peregrino relato de Don Macario les abrió los ojos y los hizo concientizar el indiscutible hecho de que la verdadera felicidad consistía en vivir embaucados a perpetuidad y en no permitir jamás el desengaño.
Todo lo que brilla es oro enviado a Aurora Boreal® por Jorge Kattán Zablah. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Jorge Kattán Zablah. Foto Jorge Kattán Zablah © Jorge Kattán Zablah.




