—Ya vas a ver —me dijo.
De a poquito nos fuimos acercando a la esquina donde estaba la puta. Ésta ya nos había visto, seguro, pero se hacía la que no. El chabón se sentó en la parecita de la vidriera de un local cerrado, y casi me obligó a hacer lo mismo. Seguía sonriendo.
Al ratito, la puta se fue acercando y se dirigió a nosotros, sin mirarnos:
—¿Quieren salir?
Yo no sabía qué decir. El que estaba caliente era él. Además la puta no me gustaba: demasiado gorda. El chabón la miró y le dijo:
—Yo quiero.
Entonces lo miró, pero con esa mirada de las putas que no dicen nada, que es como si no te miraran. A mí no me gusta esa mirada. Entiendo que tengan que mirar así, pero no me gusta.
—Cien la completa... —empezó a decir, pero el chabón la interrumpió con una especie de risita. Era como si la sonrisa de antes, la de siempre, se le hubiera transformado en esa risita.
—Tengo diez lucas —dijo.
La puta ni contestó. Se dio vuelta y volvió a su puesto, a lo mejor un poco más lejos que antes, como si nosotros apestáramos.
El chabón me miró.
—Y... es poco —volví a decirle.
—Ya vas a ver cómo vuelve —me dijo. (No digo más que se seguía sonriendo para no ser cargoso, pero téngase en cuenta.)
Empezamos a hablar de cualquier cosa. O no, de cualquier cosa no, porque el chabón insistió con lo de mi problema. Ahí sentados, más bien apoyados sobre la parecita de la vidriera de un local cerrado.
—Vos tenés mal de amores.
—Quién no —atiné a decirle.
Asintió.
—Te dejaron —agregó.
—A quién no.
Se rió, asintió varias veces con la cabeza y hubo un silencio más largo. En eso, la puta se acercó.
—Cincuenta —dijo.
El chabón abrió los brazos, medio aparatosamente.
—Tengo diez lucas, amor.
La puta lo miró con otra mirada más significativa. Creo que estaba evaluando mandarlo a cagar.
—Por veinte te la chupo —dijo, en vez.
El chabón volvió a abrir los brazos pero no dijo nada. La puta se volvió a ir. Esta vez me reí yo.
—No te calentés —me dijo el chabón—. Ya vas a ver cómo vuelve.
Mientras él me hablaba de mi "problema", yo miraba a la puta. "¿Vale diez lucas?" Pero no podía contestarme. El que estaba caliente era él. O no.
—Vos te entregás demasiado —me decía. Tenía razón.
—¿Y qué querés que haga?
—Yo no te puedo decir —me aclaró.
—Qué, ¿no sos adivino?
No contestó. Adivino no era. Era raro, no más. Parecía buscar algo que no estaba en ninguna parte. Bueno, yo también. Todos, me parece.
La puta volvió. Se estaba haciendo de noche, ahora sí. No pasaba nada.
—Veinte —dijo.
La cantidad era la misma, la oferta no. Yo no era adivino, más bien, pero sabía lo que iba a decir él.
—Tengo diez, querida.
Esta vez la puta no se fue. No se fue enseguida. Yo, por un momento, pensé que iba a aceptar. Cómo está la calle, pensé. Pero no, se fue.
El chabón se encogió de hombros.
Pasó bastante tiempo. No sé cuánto, en general el tiempo es difícil de calcular si uno no tiene más referencia que una charla circunstancial y las idas y vueltas de una puta que espera un cliente que le ofrezca más de diez lucas, en una noche mala.
—Te invito una cerveza —me dijo.
Sin esperar respuesta, fue hasta un kiosco y trajo una Quilmes de litro. Fue y vino rápido, pero yo había pensado "¿y si vuelve?". La puta, quería decir.
Tomamos la cerveza despacito. A mí me gusta tomarla despacito. Caliente no, pero despacito sí. Qué se le va a hacer. Todo no se puede.
—Ella va a volver —me dijo el chabón. ¿Cómo le entendí que no se refería a la puta, en este caso?
—No creo —le dije.
—Ya está arrepentida —agregó—. Vos no hagás nada.
Esta vez me reí yo. Sería la cerveza. O la esperanza.
Eso sí, la puta volvió. Íbamos por la tercera cerveza. No quiero mentir, pero me parece que yo ya sabía lo que iba a decir.
—Por diez te la chupo.
—A los dos —le contestó el chabón—. Si no, no.
—Andá a cagar — dijo ella—. ¿Me estás jodiendo?
Nos reímos a dúo. Él le alargó la botella. La tercera era. La puta no hizo ni un gesto y se fue.
Al rato paró un auto y la puta se agachó para negociar por la ventanilla. Ahí sí me pareció que estaba bastante bien. Sería la cerveza. O que se agachó, no sé. La cosa es que se subió al auto y se fue. Yo no sabía qué conclusión sacar, o si había que sacar alguna conclusión. El chabón se estiró, dejó la botella en el suelo y me dijo:
—Todo no se puede.
—Es lo que yo digo —le dije.
—Chau.
—Chau —le contesté.
Pablo Valle
Argentina,1961. Es profesor en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Enseña Semiología en el Ciclo Básico Común y Problemas de Literatura Latinoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras, de esa Universidad, y Guion en la Licenciatura en Artes Audiovisuales de la Universidad Nacional de Avellaneda. Es editor independiente, corrector, traductor, redactor, ghost writer. También fue crítico de cine (en la revista La Vereda de Enfrente) y jefe de redacción de la revista de cultura y psicoanálisis El Gran Otro. Entre otras cosas, ha publicado los relatos de Simulacros (1985), Samuráis (2012), y Cuentos para misóginos y otros cuentos (2012), y las novelas Ángeles torpes (1995, 2013), Yo, el templario (como Paul Mason, 2006), Los crímenes de la calle Barthes (2013) y La carta de Rozas (2013). También escribió los libros didácticos Cómo corregir sin ofender (1998, 2001), Guía para preparar monografías (1997, 2008) y Cómo elaborar monografías y otros textos expositivos (2013), estos dos últimos junto con Ezequiel Ander-Egg. En la actualidad trabaja adaptando al cine su novela Ángeles torpes y preparando una serie de guiones llamada Killers.
"Diez lucas" del escritor Pablo Valle en el libro Las otras mitades (2014, Editorial Aurora Boreal®). Para leer más y descargar el libro electrónico hacer click acá. Foto Pablo Valle © Silvia Inés Tombesi.



