Los visitantes, disciplinados, admiran la sabia estructura que la guía pone de relieve: –Observen cómo cada elemento del fresco se inscribe en un pentágono determinado por la razón áurea...
Los menos distraídos asienten con convicción. En el Museo Civico de San Sepolcro se han detenido a observar el cuadro de un pintor de dudosa relevancia del siglo XIX: –Angiolo Tricca, recuérdenlo. En ese cuadro asistimos al encuentro en que el ya maduro Piero della Francesca transmite al joven Luca Pacioli las reglas matemáticas de la divina proporción, o razón áurea, o número de oro, que Pacioli desarrollará en su tratado De divina proportione...
Rosalba Campra. Nació en Córdoba (Argentina) y reside en Italia. Narradora, ensayista y docente universitaria. Entre sus textos narrativos se cuentan Los años del arcángel, Herencias, Ciudades para errantes, Ella contaba cuentos chinos, Formas de la memoria, Mínima Mitológica; entre sus ensayos La selva en el damero; América Latina: la identidad y la máscara; Territorios de la ficción: lo fantástico; Cortázar para cómplices. De más difícil clasificación resultan las obras en las que se superponen escritura ficcional e imagen, como en Constancias y The book of Labyrinths.
La guía suele enorgullecerse de la erudición y la voz bien modulada con que captura la atención de los presentes: –¿Han notado la sonrisa arcaica? Arcaica es la palabra apropiada; desde los tiempos más antiguos, tiempos más allá de la historia, en Il Montione, la colina donde se levantó la iglesia de Santa Maria di Momentana para la que Piero pintaría su Virgen encinta, existió un culto a las divinidades de la fertilidad. El agua de los manantiales del Montione corría hasta el río Cerfone, donde iban a sumergirse las mujeres para los ritos propiciadores de un parto feliz. Esta imagen, de alguna manera, representa la supervivencia de esos cultos paganos...
Ah, no sabe la guía cuánta razón tiene. Es precisamente por una supervivencia que no hay allí sólo turistas. Porque las mujeres que en un rincón más apartado se inclinan ante la imagen no han venido a deleitarse con un alto ejemplo de la historia del arte, sino en busca de milagro: la gracia para su esterilidad, el alivio para una preñez dificultosa.
Socarrona, la Madonna atiende a la explicación como si se tratara de una letanía en su honor. Si alguien notó el destello en su mirada, lo habrá atribuido a un flash irrespetuoso de las prohibiciones.
Ah, no sabes cuánta razón tienes, murmura para sus adentros la Madonna del Parto. Yo de todo tiempo vengo, vengo del espacio sin fronteras. Para siempre he venido, que es decir vendré. De la turquesa molida en Cacaxtla es mi vestido; mira refulgir en mis orejas las arracadas de Elche, la corona del Alto Nilo en mi frente. Detente en el punto que mi índice señala, apenas debajo del ombligo, donde toda la energía del universo converge para regir tanto la forma de los torbellinos como el crecimiento de las volutas del caracol según la misma razón invariable: si yo no la centrara se dispersaría sin sentido, sin dirección, sin resultado.
Ven, ven, musita. Abrévate en el manantial que mi pisada sigue suscitando.
Los ojos sólo en apariencia están vueltos hacia su propia interioridad. Desde esa breve distancia que la separa de los visitantes, la mirada de la Madonna recorre a las mujeres, no necesariamente las que piden una gracia. Cualquiera de ellas puede ser la Elegida. Su víctima, su aliada.
Siempre encinta, necesita un cuerpo ajeno para dar a luz. Entre esas mujeres está la que ocupará su lugar cuando los ángeles corran la cortina, mientras ella da a luz en la tierra, en un pueblo no importa dónde, esperando que esta vez, como desde hace milenios espera, el que nace sea de verdad un Salvador.
Si no, después regresará a su pared, seguirá esperando. Seguirá intentando. Para eso prometió y dio la inmortalidad a aquel pintor, a aquel Piero della Francesca que bajo nombres diferentes (no diré cuáles) hasta hoy sigue pintando.
Este texto forma parte de la serie "Visitas guiadas" de un volumen en preparación, que fue tomando forma durante una estadía como escritor residente en la Fundación Civitella Ranieri, a la que va mi agradecimiento.
Madonna del Parto enviado a Aurora Boreal® por Rosalba Campra. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Rosalba Campra. Foto Rosalba Campra © Lucia Baldini.
A Martín Soto Climent, por la evidencia de la razón áurea


