cafetera de el último resoplido. La casa aún duerme imperturbable. Disfruta de estos momentos de contemplación y silencio antes de enfrentarse con la ciudad. Mientras revuelve el café, Marcial observa como el día va clareando, en todos sus años este fenómeno tan rutinario que parece ordinario lo ha maravillado. Mira el reloj, el tiempo apremia.
La rutina lo ha obligado a calcular los minutos con rigurosidad, porque en estas horas tienden a esfumarse. Da un último sorbo al café y se dispone a entrar cauto a su habitación para culminar su rutina higiénica con el cepillado de dientes correspondiente, la posterior aplicación de la colonia sobre su piel aún sensible por la afeitada. Al entrar en la habitación oscura, su mujer, susurra entre sueños. ¿Has revisado la estufa? Todo está en orden, le indica él, con voz queda. La luz blanca del baño, hace que su reflejo sea pálido, destaca sus arrugas, que a la luz del sol son casi imperceptibles, también delata la desidia que lo acompaña desde el instante mismo en que cada día abre los ojos para entrar en la vigilia.
Con los años ha aprendido a disimular, a cubrir la apatía que lo acompaña desde que ingresó a la compañía. Apaga luz y en penumbras se acerca a la cama, la esposa semidormida se voltea y él la besa suavemente en la frente, un último cariño antes de ingresar al día.
En algunos momentos pensará, que desde el momento en que cerró la puerta de su casa, con la delicadeza propia de quien piensa primero en los demás que en sí mismo, sintió que algo era diferente. En el tránsito de las horas nocturnas se había obrado una transformación drástica, que sin embargo aún no se revelaba. Esta reflexión, inusual para un momento como este de mera rutina, le produce una sensación, que él describe como irreal o rara. A tal punto, que no desciende las escaleras con la premura acostumbrada, sino con la lentitud propia de quien no puede reflexionar y caminar al mismo tiempo. No se crea que esto se deba a que Marcial Polanco sea un idiota, que no lo es. Lo que ocurre es que el vértigo feroz de está ciudad obliga a sus residentes a actuar de manera mecánica, agresiva, sagaz si es que quieren sobrevivirla diariamente. De tal manera, que el ejercicio reflexivo o racional solo tiene espacio cuando sus habitantes se encuentran en la seguridad de su hogar o en algún otro lugar dispuesto para tal fin. Al llegar a la puerta, otea la calle como quien espera ver algo inusual. Pero es la misma calle de siempre, iluminada por la luz lacónica del único poste al que le funciona la bombilla. Sin embargo, el silencio lo inquieta como nunca antes había ocurrido, es como si por primera vez fuera consciente de su presencia en esta hora azul.
La llave que abre la puerta de la calle, activa los mecanismos secretos de la cerradura y el aire frio comienza a colarse. Marcial emite un suspiro que no sabríamos decir si es de melancolía o resignación. La vieja puerta se queja mientras él se abre paso hacía la calle con un dejo solemne. Su ensimismamiento es tal que el golpe seco, que él mismo produce al cerrar la puerta, lo espanta.
Sin ninguna razón se fija en las baldosas que coronan la escalera que da a la calle, están sucias, las cubre una especie de nata amarillosa, también se fija en el pasamanos descascarado, vencido por la intemperie. Hasta este amanecer Marcial Polanco nunca había observado con detenimiento el paisaje urbano que enmarca su rutina, no se había fijado en la calle estropeada, ni en las paredes agrietadas y roídas, ni que solo una lámpara funcionara. Es en este punto cuando Marcial se pregunta, en voz alta, acaso para reafirmar lo que siente, ¿qué hago aquí? De inmediato, como si acabara de pronunciar las palabras de un conjuro, que tal vez sería más apropiado llamar sentencia, todo lo que hasta hace escasos minutos era valioso, sólido, inamovible desaparece de su mente. Marcial, en medio de la soledad azul del amanecer, en medio de la calle derruida de un barrio sórdido, tiene la impresión de estar él también impregnado de ruina, de estarse descascarando por dentro. Derrotado el espejismo de la rutina, comienza el sol a encender el día con la premura de quien llega a punto de estar tarde. Esta luz que ahora ilumina a Marcial es blanca y fría, luz que lo alerta ante la inminente tardanza al que su reflexión lo ha conducido.
Cuando afanado por las manecillas inquietas del reloj se dispone a emprender el camino de todos los días, a repasar de nuevo las huellas invisibles que han marcado sus días laborales desde que comenzó en la compañía, una nueva angustia lo distrae, el silencio. Si bien es cierto que antes hemos comentado el gusto de Marcial hacía el silencio del amanecer, la prolongación de éste, que ahora evidencia lo asusta un poco, pues ya con el día en pleno desarrollo se percata de la ausencia de actividad a su alrededor.
Indeciso, temeroso, ansioso, da dos pasos retrocede tres. Se siente inclinado a volver a casa, a interrumpir el curso normal de su vida de un solo golpe, pero al mismo tiempo quiere seguir con la rutina, recuperar la calma que da la apatía. Es en estos breves preludios de duda cuando las fuerzas del destino aprovechan la ocasión para saltar sobre la humanidad desprevenida de quién invoca sin quererlo sus fuerzas. Por tal motivo, no es de sorprendernos que en este preciso fragmento de tiempo, el sonido que tanto ansia nuestro personaje se manifieste. Es un ruido de motor el que amenaza infectar el aire de esta mañana que recién despierta, un motor esforzado, ahogado, que anuncia bocanadas de humo oscuro. Marcial sembrado en mitad de la calle vacía lo espera con ansia, tal vez lo perciba como una señal de normalidad que rompa con este silencio de cementerio que tanto lo turba. El ruido crece, se expande, se multiplica, pero su productor todavía no aparece en la calle y Marcial lo espera, lo necesita como el naufrago al salvavidas. En la medida en que el camión, que por su ruido y lentitud lo podríamos identificar como tal, se acerca, Marcial comienza a esbozar una sonrisa de alivio, pues se siente cual durmiente a punto de despertar de la pesadilla.
Pero se equivoca, el camión que con tanta certeza esperamos ver, no es. En realidad se trata de una serie de tanques de guerra, orugas mecánicas color tierra que avanzan siniestros, augurando malos ratos. No sería incorrecto indicar que a Marcial está aparición lo ha sorprendido, sin embargo, muy rápidamente lo invade la incertidumbre, seguida por el miedo, pues la fila de aparatos se precipita hacía él, sin darle mucho campo para reaccionar de manera apropiada con las circunstancias. La presencia feroz de los bichos le produce cosquillas en la planta de los pies, lo que a su vez le provoca una sonrisa involuntaria en contravía con la circunstancia. La inmediatez de la amenaza, motivada por el incansable espíritu de supervivencia hace que Marcial alcance a dar un paso hacía atrás, evitando por escasos centímetros el final de esta historia, que equivaldría, así mismo al final de Marcial Polanco.
Contempla estático el desfile ruidoso de los aparatos que pasan uno a uno frente a sus ojos, son seis. A los ocupantes de la última oruga, que son tres soldados de muy limitadas cualidades humanas, la imagen de Marcial, inicialmente no les llamó la atención, de hecho ni siquiera lo habían visto. No solo por el limitado campo de visión que tienen estos aparatos bélicos, sino porque hay que decirlo, éstos soldados, no sólo son poco dados a la humanidad, sino que además son poco observadores. A pesar de lo cual, uno de ellos, posiblemente el conductor, sí percibió algo, una sombra, un indicio, una sonrisa. Este breve análisis le tomó algunos segundos de más, lo cual explica porque la oruga continuo su paso. ¿Acaso hubo una burla? Ante la duda, el soldado conductor aplica el freno y las latas reforzadas del bicho resuenan. Los otros dos ocupantes del vehículo se miran sin entender el motivo de la irrupción, el conductor les hace una seña para que lo acompañen y ellos, obedecen sin más.
Marcial, extasiado por la visión de la oruga, al escuchar el chirrido que produce el animal al detener su marcha se queda petrificado. Sin necesidad de más evidencias comprende que ha hecho algo para llamar su atención y esto lo inquieta. Pues es evidente que nada bueno puede venir de este encuentro que a todas luces parece ineludible. Por otro lado, hay que reconocer que también siente curiosidad por ver quien o quienes conducen este aparato mecánico tan extraño.
Hay ocasiones en la vida, en las por obra y gracia del impredecible destino, nos encontramos en mitad de un cruce de caminos, la falta de pericia para calcular el alcance de nuestras decisiones frente a estas situaciones, con frecuencia opera en nuestra contra. Sin embargo, hay otras circunstancias, en las que ni siquiera tenemos la posibilidad de vislumbrar otras opciones, pues ignoramos que esa situación, en apariencia mansa, sea la que determine el curso de nuestros días.
Marcial, observa con impasividad el breve transcurso de tiempo, que pasa desde el momento en que el aparato frena, hasta cuando sus puertas metálicas e inexpugnables comienzan a abrirse pesadas. De un momento a otro, sin embargo, su pulso se acelera. Evento que no pasa desapercibido para nuestro personaje y que él, en uso de buena razón, atiende. En un brevísimo instante calcula que si se queda esperando a los ocupantes del vehículo es probable que termine mal, sin importar que él, hasta donde sabe, no ha hecho ningún gesto para propiciar algún incidente. O eso piensa, pues no existe la menor posibilidad que recuerde el cosquilleo que el desfile de los aparatos le provocó hace tan solo breves instantes, el cual, a su vez, hizo que sonriera. Un acto reflejo, que visto desde otros ojos, bien podría ser interpretado como una burla sutil. Tampoco podía saber que ese gesto involuntario, se había colado en la mirada periférica del soldado que conducía el vehículo, quien ante la sospecha había detenido la marcha para ocuparse de este peatón solitario. Marcial, comprende así mismo que cualquier movimiento va a ser usado en su contra, por insignificante o rutinario que este sea. Ya ve el brillo de las botas precipitarse del vehículo, cuando toma la decisión apresurada, si se quiere, impulsiva dirán otros, de cruzar la calle trotando, como quien va tarde a tomar el bus, cosa que en otras circunstancias sería lo rutinario, pues va tarde, muy tarde. Pero en realidad, está aparentando, pues espera alguna reacción de los soldados que le indique que debe acelerar el paso para emprender la huida. Tal vez, piensa con premura, al ver que sigo mi camino regresen al vehículo y sigan como si nada. Entonces baja la marcha y siente la tentación de mirar, con la esperanza de haber reaccionado de más en una situación sin importancia. Pero el sonido de las botas azotando el pavimento borra de su mente esa idea, se cree perseguido.
A medida que el piso se desvanece a cada zancada, su cuerpo esquiva con agilidad los desniveles, los huecos y las imperfecciones de la calle. La respiración revolucionada al comienzo ha ido acoplándose con la zancada, recuerdos de su época escolar cuando el profesor de educación física les enseñaba a manejar la respiración. Atraviesa sin detenerse la calle y continúa por el andén averiado, hasta llegar a la esquina con la avenida Colonial, la cual cruza sin levantar la vista o contemplar la posibilidad de detenerse para evitar ser atropellado por el tráfico que tradicionalmente atormenta esta avenida, tampoco se detiene a sortear el hueco que reposa sobre la cebra que delimita el tránsito de los peatones. En ningún momento se da cuenta que sus perseguidores al haberse rezagado del resto de la fila, han sido llamados por el radio teléfono por su superior, al punto que se vieron obligados a regresar corriendo a su vehículo blindado, hecho que produjo el sonido de botas golpeando apresuradas el pavimento, que a su vez fue interpretado por Marcial como un acto de persecución.
Cuando Marcial no pudo más, cuando una punzada en el abdomen le corta la respiración, cuando sus pies suplican y su respiración escasea, entonces se resigna a la captura, convencido de que es el final de su libertad e incluso su vida. Ha visto suficientes películas para saber que en estos casos, los agentes del orden se abalanzan como fieras sobre el perseguido con el fin, no solo de neutralizarlo, sino también de molerlo a golpes por impertinente. Pero para su sorpresa esto no ocurre. Con el calor abrazándolo, con la ropa desarreglada por la carrera a Marcial le cuesta darse cuenta que, con excepción de algunos transeúntes madrugadores que lo juzgan por loco o borracho nadie, eso es evidente, lo persigue.
Marcial, no da crédito a sus ojos, le parece imposible haber recorrido la distancia de su casa a la estación de buses sin detenerse y peor aun creyéndose perseguido. ¿Acaso los soldados pretendían advertirle algo? Entonces se recrimina su exceso de desconfianza, pero también haberse distraído a tal punto que ahora no solo va tarde, sino que además y esto lo considera más vergonzoso está sudado y desarreglado. Incomodo trata de recuperar la compostura, la normalidad, la rutina. A su lado se amontonan otros como él, personas que desconoce pero con quienes, sin embargo, comparte la ceremonia diaria de esperar a que el semáforo les de paso. Nadie lo observa. Nadie lo hace nunca, piensa. Podría estar desnudo y todos pretenderían no verme. Entonces piensa que él tampoco observa nunca lo que ocurre a su alrededor. ¿Sería cierto entonces que no había nadie en la calle cuando salí del edificio? Se pregunta en un susurro, que luego reprime, pues lo último que necesita, después del despliegue físico del que ha hecho alarde, es que estos transeúntes lo crean loco. Pero inmediatamente después de hacer esta reflexión, determina que de haber continuado hablando en voz alta, nadie lo escucharía, pues todos y todas las personas que ahora se acumulan en esta esquina están aislados por diminutos audífonos que se incrustan en sus oídos. Aparatos a los que él, no crea el lector que Marcial es raro, nunca se acostumbró. Para Marcial escuchar música es algo que no se encuentra dentro de sus rutinas o gustos. A pesar de lo cual hubo una época, no tan remota, en que influido por la moda, por sus escasos conocidos y algún primo, intentó desarrollar el gusto por la música. Su esposa, que en esos días era su novia, ahorró por tres meses lo suficiente para comprarle un radio transistor con audífonos diminutos para que estuviera a la moda. Al abrir el regalo, Marcial tuvo que hacer un esfuerzo supremo por aparentar emoción. Se colocó los audífonos por insistencia de la novia y de inmediato le tallaron, luego cuando su novia encendió el aparato, el sonido estridente le hizo perder el equilibrio, pero el amor lo hizo sonreír. Después de esa primera experiencia comprendió que lo de la música no era para él. Una vez pasó este primer acercamiento y cuando ya pensaba que la emoción de la novia había disminuido conminó el aparato al fondo de su mesa de noche. Pero tan solo un par de días luego, la novia insistió en que él se lo llevara al trabajo. Te va a distraer. Argumentó ella, el asintió sin convicción. A pesar de que en ese momento no vivían juntos, Marcial se sintió comprometido a usar el aparato. Se armó de valor, se conectó y salió. En dos ocasiones estuvo a punto de ser atropellado, llegó al trabajo con dolor de cabeza y no se le quito sino hasta el día siguiente. De tal manera, que tal y como estaba ya estipulado, el transistor aún reposa en el fondo de su mesa de noche. Este paréntesis, que hemos abierto mientras Marcial espera que cambie la luz y pueda seguir su camino y que no tiene ninguna otra función más que indicarnos alguna característica de nuestro personaje.
A través de su experiencia diaria con el transporte público, Marcial ha establecido que debe apegarse con rigor a su rutina si pretende llegar a la hora establecida por la compañía. Un minuto de más, implica doble incomodidad, mayor tardanza y una posible sanción. Hoy, que ha sido una mañana particular, va con un retraso que en mucho sobrepasa aquel minuto extra. La masa que hace unos instantes compartía apaciblemente el cambio de luz del semáforo, ahora se transforma en una pandilla de desarrapados. En esto no hay distinción, pues la lucha es sin trincheras de edad, sexo, o condición. Todos empujan, todos reniegan, se insultan, se cuelgan. Marcial no soporta este caos, que a pesar de los años se niega a aceptar como normal. Por esta razón espera, con la ilusión de evitar el excesivo roce con sus congéneres. Mientras observa con cierta repugnancia la conducta agreste de los pasajeros, contempla la posibilidad de abandonarlo todo. Pero entonces aparece el bus esperado, ese que sin estar vacío, se presenta con un cupo aceptable que por lo menos le permitirá si bien no sentarse, por lo menos estar dentro, preferiblemente cerca de la puerta trasera, por donde debe descender una vez que concluya su viaje. Este bus, es como un oasis, en esta hora. El chofer recibe el dinero sin mirarlo. Por fortuna Marcial siempre se cuida de tener el dinero exacto, pues es bien sabido que estos conductores no son muy hábiles en aritmética y con frecuencia se confunden con el dinero que deben regresar, lo cual por lo general desencadena insultos, riñas y demás, lo que hace que todo se complique aun más. El bus es una calamidad en ruedas que avanza a tumbos, inmerso en el ruido insoportable que emite el motor recalentado, combinado con la estridencia del radio que expulsa a borbotones una música que a Marcial le parece incomprensible.
A medida que el bus avanza, se va compactando el espacio, el aire escasea, el roce incrementa y él comienza de nuevo a sudar. Estos tipos son unas bestias. La voz es un susurro apenas perceptible entre aquel desorden auditivo. Marcial, que está totalmente de acuerdo con esta afirmación, duda en contestar, no está seguro que el comentario va dirigido a él o que esperaba, como dictan los estatutos de la comunicación, una respuesta. Es raro que alguien establezca algún tipo de vínculo en medio de esta situación, aunque puede ocurrir. Por lo tanto se anima a expresar. Creen que somos vacas. Lo dice sin haber determinado de donde había provenido la primera observación. Pero pronto lo sabe, es una anciana que se esfuerza por sostenerse en pie ante las arremetidas del bus. Lo mira con cierta desconfianza, como él, la señora no está acostumbrada a entablar conversaciones, por superficiales que estas sean con extraños, más en esta ciudad en la que es imposible confiar en alguien. No dicen más.
Con el ambiente cada vez más espeso, rodeado de gente, es difícil verificar el estado del recorrido, pero Marcial, ya experimentado en este tipo de materias, sabe con precisión cuanto tiempo le toma, desde el momento del embarque hasta el momento del descenso, llegar a su trabajo. Así que sabe que debe comenzar la maniobra con unos cuantos metros de antelación si quiere que el respetable conductor lo deje donde él quiere y no donde al otro se le de la gana. Ya con los pies en el asfalto, con el sudor humedeciendo la frente, Marcial se apresta para emprender el último tramo que lo separa de su lugar de trabajo. El cúmulo de acontecimientos de esta mañana todavía lo tiene un tanto perplejo y piensa que el día es joven y que todavía hay campo para que otros acontecimientos aparezcan por los resquicios de la normalidad que ahora parece retomar su posición. Sin embargo, poco antes de entrar por la puerta giratoria del viejo edificio donde funciona la compañía de cobranzas donde se desempeña desde hace ya más de una década como cobrador, se encuentra a punto de colisionar con alguien. Los dos cuerpos se tropiezan levemente, produciendo el respectivo roce y la mirada recriminatoria. Marcial, ya saturado por todos los eventos acumulados, tiene la seria intención de recriminarle al peatón su actitud agresiva, pero cuando su mirada se cruza con la del otro, se abstiene.
Lanza una mirada rápida al interior del edificio, cuyo vestíbulo permanece siempre alumbrado por una lámpara que irradia una luz pálida. En seguida piensa en su oficina en el sótano. Un cuarto frío, cuatro paredes manchadas de desidia, sin ventanas, iluminada con una luz seminal. Una mesa sin cajones, una silla con protuberancias, un computador de museo y un teléfono. Marcial vuelve a observar al sujeto que, para este momento en el relato, ha seguido su camino y ya se pierde entre la multitud que se agolpa en la calle, repentinamente comienza a seguirlo.
Al comienzo le cuesta ubicarlo mimetizado entre la multitud, pero a cabo de unos metros de incertidumbre lo ve y acelera el paso, esquivando a otros transeúntes. Cabe indicar que Marcial no está pensando en nada más, solo en conservar el ritmo, en acortar la distancia. No tiene un propósito en mente, ni qué va a hacer una vez que el individuo llegue a su destino o qué haría si éste se da cuenta de él lo está siguiendo. Luego de un par de cuadras logra tenerlo a escasos metros. Es un hombre de complexión robusta, de estatura media. No es mucho más lo que puede percibir de él de momento. Sin embargo, una observación más a fondo lo hace notar que el sujeto usa botas, iguales a las que esta mañana lo asustaron y eso le llama la atención. Es un militar. ¿Pero por qué no está en uniforme? Unos metros más allá, Marcial nota que el hombre, o es jorobado o carga debajo de su chaqueta un morral. La segunda opción le parece la más acertada. Marcial, que hoy ha decidido escapar de su aprensiva rutina y dedicarse a jugar al detective privado, está cada vez más intrigado con su perseguido, al punto que, a pesar de las inferencias que ha hecho no piensa en que un tipo como aquel puede ser peligroso para su integridad. Tampoco considera que el personaje pueda detectarlo, pues está convencido de que nadie es consciente de lo que ocurre a su alrededor, deducción a la que llegó, si bien se recuerda mientras esperaba aquel ya distante cambio de semáforo.
Repentinamente el hombre cruza la calle sorteando el tráfico y se dirige hacia un estacionamiento privado. Marcial no logra seguirlo entre el tráfico que en esta zona es lento y poblado, pero alcanza a ver lo que el hombre hace al otro lado de la calle. Al llegar a la boca del estacionamiento, que está flanqueada por una barrera el hombre se detiene. Poco después aparece el que Marcial supone es el guardia. Los dos hombres intercambian unas breves palabras, el guarda le da paso y los dos se internan en el aparcadero. Al observar el edificio al que pertenece el parqueadero, se da cuenta que se trata del Palacio de Gobierno. Marcial se precipita entonces a cruzar la calle, pues sospecha que algo extraño está a punto de ocurrir. Su actitud intrépida, por poco ocasiona una colisión múltiple, por lo cual los conductores le recriminan con una sinfonía de cláxones e insultos. Al coronar la acera del palacio, Marcial observa hacia el interior del aparcadero, pero el reflejo del sol le impide a sus ojos ir más allá. Duda, por supuesto, teme, es más que probable. Estando allí, con el pulso alterado, con la corbata desajustada y la camisa ya un poco arrugada. Marcial piensa en lo que debe hacer. Avisar a la policía. Pero no ve a ninguno, decide entonces darle la vuelta al edificio, pero descarta esa idea, pues no quiere que el hombre de las botas militares se escape. Avanza unos pasos indeciso, con la mirada trastornada de angustia, porque algo en su víscera le dice que aquí algo va a pasar y él, un simple empleado que hoy, por virtud no se sabe de qué designio decidió escaparse del tedio constante y apacible de su vida, para experimentar algo, que es difuso de explicar, va a terminar, que ya lo sabe, sin haberlo dicho abiertamente, involucrado, para bien o para mal en algo que desconoce, pero que sin duda alguna lo atrae. Su mente, tradicionalmente poco proclive al análisis, en esta mañana soleada ha decidido despertarse del letargo, sin ninguna advertencia y es precisamente esta condición la que lo tiene en estos momentos sumido en este estado. Mientras se pasea generando en los demás transeúntes cierta sospecha por su facha desordenada y su expresión ansiosa, se le ocurre que es muy extraño que siendo este un edificio de grave importancia no haya ningún guardia, policía o soldado merodeando. No es lógico que solo un guarda tenga la responsabilidad de proteger esta puerta estratégica, como tampoco lo es que haya dejado entrar al tipo de las botas militares sin ningún protocolo.
Con cada paso que da, Marcial comienza a inclinarse por entrar al penumbroso parqueo para averiguar exactamente qué es lo que ocurre. Si ha de avisar a las autoridades, donde quiera que estas se encuentren debe tener a su disposición las pruebas necesarias que le den a su testimonio credibilidad y la única manera de lograr esto, razona, es ver lo que está ocurriendo. Por supuesto que duda, la suya no es una personalidad arriesgada o por lo menos hasta el momento no hemos visto ese rasgo, el cuál quizá él también desconoce.
Antes dar el primer paso hacia el parqueadero, se detiene. Cavila brevemente sobre lo que va a hacer, trata de medir las consecuencias de sus actos. Pero ni siquiera llega a formular una reflexión coherente. Ya en su vida ha sido lo suficientemente prudente, siempre pensando en lo que los demás esperan de él, siempre a la sombra de la norma, de la tradición, de la rutina. Entonces da el paso, que como es normal es seguido de otro y éste se multiplica. Marcial es un impulso que anda, que se dispone a entrar en una historia a la que no ha sido invitado y eso lo excita, al mismo tiempo que lo aterra. Antes de flanquear la barrera que divide la luz de la oscuridad sucia del estacionamiento, lanza una última mirada. Los antiguos edificios resplandecen bajo la luz picante del día y alcanza a ver como una golondrina surca rauda el cielo urbano.
Adelaida de Polanco, recuerda con precisión que antes de que la programación de su emisora de música romántica se interrumpiera con la noticia, había extrañado la llamada que rutinariamente su marido le hacía a media mañana. Veinticinco años después todavía escucha la emisora y espera la llamada.
Juan Ladrón de Guevara Parra
Colombia, (1976). Cursa la carrera profesional de Estudios Literarios en la Universidad Javeriana en Bogotá y posteriormente es becado para hacer sus estudios de postgrado en la universidad de Boston College, donde recibe su título de maestría en Literatura Hispanoamericana y Cultura. Luego de finalizar sus estudios academicos decide enforcarse en desarrollar su carrera literaria, siendo Tras la sombra del insomne su primera novela en ser publicada. Actualmente trabaja en su segunda novela.
La rutina de Marcial enviado a Aurora Boreal® por Juan Ladrón de Guevara Parra. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Juan Ladrón de Guevara Parra. Foto Juan Ladrón de Guevara Parra © Juan Ladrón de Guevara Parra.



