-Me dijeron que esperara su respuesta -dijo el recadero.
Fray Rafael había sido portero del convento de los franciscanos y por sus dotes para saber recibir y saber despachar había sido recomendado a su Reverencia. Pero una cosa era ser portero de un convento y otra muy distinta de un palacio episcopal. Fray Rafael, que ha aceptado el cargo con humildad, con humildad hace su oficio. Despierta al diácono Hermosillo y le entrega el papel.
El diácono recorrió las galerías del palacio con premura, pasó frente al dormitorio de puertas abiertas donde dormían los catorce jóvenes pupilos del Reverendo, subió las escaleras hacia la planta alta, cruzó pasillos oscuros, dos salones con las puertas abiertas, un corredor con tres habitaciones seguidas donde dormían los primos del Reverendo, dobló a la izquierda, enfiló otro corredor, y desembocó al fin ante la puerta del dormitorio del arzobispo. No tocó, era el único que tenía derecho de entrar a esa alcoba a cualquier hora del día o de la noche, sin necesidad de llamar.
El Reverendo don Antonio Caballero y Góngora dormía, de lado, sin almohadas como era su costumbre. El diácono le alumbró la cara con su palmatoria. No quería despertarlo, pero finalmente lo llamó, con voz muy suave: "Su Reverencia, su Reverencia". El arzobispo abrió los ojos, pero no se movió. Contestó como desde el fondo de un sueño: "Qué pasa, diácono, qué pasa en este Nuevo Reino de Granada". El diácono le largó el pliego lacrado. El arzobispo leyó a la luz de la palmatoria. "Ya era hora de que la Real Audiencia se decidiera a hacer algo", dijo. Y se acostó de nuevo. "Despiérteme apenas amanezca, diácono, mañana partimos al encuentro de los alzados".
Gabriel Uribe Carreño. Colombia 1947. Reside en Francia desde 1980. Obras: Maquiavelo en Verona, (1998) novela histórica ambientada en el Renacimiento, El último retrato de Cecilia Tovar (2006), FOMINAYA (2010). Nicolás Maquiavelo: La conducta de los poderosos (2006), El encuentro de Benidorm (2012).
¿Partimos? Entonces quería decir que, por primera vez, el diácono iría con él. La emoción de los grandes viajes le hacía palpitar la sangre. Regresó por los pasillos. Todo era silencio. Apenas los catorce pupilos mejicanos, en sus cujas monacales de roble, roncaban. En la puerta reconoció al recadero de la Real Audiencia.
-Su Reverencia acepta acompañar a los comisionados -dijo el diácono, y el recadero giró sobre sus talones y partió en seguida.
Fray Rafael cerró la puerta de la calle, puso la tranca. Le deseó las buenas noches al diácono. Pero el diácono no se acostó de una vez, sino que fue hasta la capilla particular del arzobispo, situada en un ala del pabellón principal del palacio, y se arrodilló para dar las gracias ante la imagen de San Antonio, santo de la devoción de su Reverencia. Cuando salió de la capilla, el hermano portero lo estaba esperando.
-El hombre que trajo la carta quiere hablarle -dijo fray Rafael.
Por lo visto, pensó el diácono, si el recadero se había regresado... ¿Habrá olvidado de veras decir algo o es...? El diácono se dirigió de nuevo con paso apresurado a la entrada del palacio. El hermano portero le pisaba los talones. El recadero dejó ver su nariz bajo el embozo, tiritaba.
-¿Qué pasa?
-Olvidé advertirle, señor diácono, que no piensen en el señor Regente Visitador.
-No se preocupe, su Reverencia no irá a molestar a nadie.
-No es eso -dijo el recadero, y se arropó aun más en su embozo-, sino que no conviene que la gente lo sepa: el señor Regente Visitador ha partido en secreto hacia Honda.
-¿Se escapa? -se le salió sin querer al diácono.
-Se pone al abrigo de lo que pueda pasar, señor diácono -dijo el recadero y se echó la capucha con un gesto definitivo sobre la cabeza.
Una hora después, en plena madrugada, cuando Hermosillo volvió a abrir la puerta del dormitorio de su Reverencia, lo vio sentado en la cama, con el breviario en las manos. Una palmatoria, bien alumbradas las mechas, a cada lado del lecho. Los insomnios del arzobispo eran en estos últimos días más frecuentes, y más largos. Toda la serie de problemas del virreinato desfilaba por su mente. Los descontentos del Socorro amenazan con invadir la capital. El virrey sigue en Cartagena, cuidando que las naves inglesas no vayan a atacar el principal puerto español en los dominios de América. Y ahora el Regente Visitador, que se esfuma... Durante el día, en cambio, el Reverendo se dormía en plena sesión capitular y no lo despertaba nadie. El diácono se dio cuenta de que no había estado repasando el breviario sino meditando.
-¿Qué pasa ahora?
-Es el decano de la Real Audiencia, don Francisco Pey Ruiz.
-Que pase.
-¿Al despacho?
-No, estas no son horas de oficina.
-Su Reverencia...
-Tampoco, diácono, tampoco. No me vestiré. Si me levanto me tendrán ocupado con sus consultas tontas hasta el amanecer. Esos incapaces...
Don Francisco Pey Ruiz lo enteró de que habían sido nombrados para acompañar a su Reverencia el alcalde de Santa Fe de Bogotá don Eustaquio Galavís (el hombre más elegante de todo el Nuevo Reino, pensó el arzobispo) y el oidor don Joaquín Vasco y Vargas (un leguleyo, pensó el arzobispo, no podía faltar), quienes irían como comisionados principales. Pero también irían, como asesor de la comitiva el receptor de la Real Audiencia, don Joaquín Galindo (presume de veraz y honrado, pero le falta caridad cristiana), y, como escribano real, el teniente de cámara, don Manuel de Aranzazugoitia (¡Ese vasco gruñón!). Habían convenidos todos en que se partiría hacia Zipaquirá, después de la misa, a la diez de la mañana. El arzobispo miró el reloj de péndulo, las agujas enviaban reflejos desde la semioscuridad de la habitación: la primera misa del día sería dentro de una hora. Ya era domingo, 13 de mayo de 1781.
La visita fue breve. Cuando el oidor decano partió, el arzobispo volvió a su breviario. Pero esta vez se quedó dormido, como un bendito, una sonrisa en los carnosos labios, los párpados entrecerrados, la conciencia en paz. Soñó que la comitiva, por la cual tanto había insistido en esos días, era al fin una realidad. Por la sabana de Bogotá en apretado grupo sus miembros cabalgaban. Todo era silencio. Ni un alma les salía al paso. Ni voces ni ruidos de cascos, apenas la muda cabalgata. Pero entre los comisionados del sueño su Reverencia descubría un traidor (siempre debe haber un Judas, se dijo sin despertar), y lo curioso del sueño era que el traidor, que no tenía rostro, llevaba puestas sus mismas ropas episcopales.
Insomnios episcopales enviado a Aurora Boreal® por Gabriel Uribe Carreño. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Gabriel Uribe Carreño. Foto Gabriel Uribe Carreño © Gabriel Uribe Carreño.
El hermano portero del palacio arzobispal creía que era apenas pasada la media noche, pero en realidad eran las dos de la mañana cuando recibió a un hombre embozado que resultó ser el recadero de la Real Audiencia. El embozado le entregó un papel lacrado. Para el Reverendo, le dijo. El hermano portero hizo el gesto de cerrar la puerta.


