Hagiografía

yanko molina 001Lo vi en la ciudad en que compartíamos espacio en el libro de los nacimientos, yo unos cientos de páginas antes que él. Fue la primera de las coincidencias que luego nos irían reuniendo sobre el mundo. Es un hombre —ahora, entonces era un muchacho— de ésos que parecen pequeños incluso cuando son altos. A primera vista, llegué a confundir con brío su torpeza, pero no tardó mucho en sacarme de mi error.
Ya lo había intuido dentro del montón que componía la comparsa en los cafetines con pujos de fonda parisina que corretean por mi ciudad, y que él trata, siempre sin éxito, de reconstruir en sus crónicas. Por eso, al ver su mano elevada durante mi conferencia, me complací en sonreírle al tiempo que le concedía la palabra.
Él se irguió, tropezó, sus manos —seguramente húmedas— se crisparon buscando la salida de una enorme chaqueta marrón, y luego balbuceó un inglés chapucero del que pude extraer apenas que inquiría algo sobre la impuntualidad de los barberos que rasuraban a JM Coetzee.
Yo, que me había valido de mi logrado acento británico para departir con un público decorosamente internacional, en una conferencia dictada dentro de una universidad tan provinciana como la de los jesuitas en Quito, continué sonriendo mientras su novia —bellísima— enrojecía hasta la misma raíz del pelo. Tardé unos minutos en percatarme de su error.
Le contesté, en mi castellano materno, con una esmerada disquisición sobre civilización y barbarie en los márgenes de la cultura, y, sólo al final, le aclaré que el título hacía referencia precisamente a eso, a los bárbaros:


—De ahí, mi querido amigo, que el nombre de la novela a la que usted hace referencia sea Esperando a los bárbaros; Waiting for the Barbarians, si prefiere el idioma en que fue escrito. A la barba de Mr. Coetzee, al menos por el momento, podemos dejarla en paz.
¿Debo decir que sólo dos o tres personas del auditorio, y ni tan siquiera uno de los eruditos con los que compartía la mesa de expositores, captaron mi sutileza? Es inútil pretender darle rosas a los cerdos.
Creo que bastaría este episodio para caracterizar a mi actual detractor, pero para aquellos amantes de la precisión, queden aquí consignados los datos de la ficha que encontré entre las del gimnasio del hotel que es mi actual residencia: Yanko Molina, 1,81 metros, 77 kilos, cintura: 89 cm, pecho: 98 cm, contorno del bíceps: 35 cm, tonicidad: media, coordinación: escasa.

Yanko Molina Rueda. Ecuador (1975). Estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica de Quito y Lexicografía en la Real Academia Española, en Madrid. Es autor del libro de cuentos Los objetos frágiles (2010). Ha sido incluido en las antologías Cuentos premiados (1999), Los invisibles (2010) y Tiros de gracia (2012). Sus cuentos y ensayos se han publicado en revistas como País Secreto, Letras del Ecuador, Línea Imaginaria, Anaconda, Big Sur (Argentina), Suelta (Guatemala), Aceite de Perro (Colombia) y Ómnibus (España). Preparó la edición de los cuentos completos de Pablo Palacio para la editorial española veintisieteletras (2010).

Y es este gusarapo el que ahora pretende erigirse en contradictor mío. En su descaro, intenta desprestigiarme desde el pasquín en el que trabaja y que, lamentablemente, se complacen en leer los que en estos recovecos del mundo se dicen intelectuales. Desde ahí me arroja los dardos de sus panfletos, las calumnias absurdas que dolerían menos si sólo me tocaran a mí —pobre discípulo casi sin rostro—, pero que se ensañan contra los dogmas tejidos por el más santo de los hombres que han contemplado luz del sol durante el siglo que feneció.
Únicamente por eso arriesgo afilar mi pluma, para que como espada flamígera fulmine en su relato a quienes se opongan al Varón Santo, del Eterno.
Lamento no tener datos suficientes sobre la procedencia de nuestro profeta antes de su revelación. Supongo que bastará decir que proviene de noble cuna y que nació en una de las más septentrionales provincias de Italia, justo en el año y en la fecha en que Mussolini era colgado por los pies junto a su desafortunada amante.
Sobre su educación sólo puedo conjeturar que fue esmerada por las conversaciones que sostuvimos, y en las que no hubo referencia, por oscura que fuera, que se le escapara, incluso dentro de la historia de la multiforme Italia del Renacimiento, en la que me complazco en ser un experto y sobre la que puedo presumir de un enciclopedismo que ha desatado el desconcierto de todos, excepto de él.
Decir que fue el azar lo que me permitió conocerlo sería mezquinarle poderes al Altísimo. Nos vimos por primera vez en Florencia. Yo acariciaba los almohadillados muros de los Medicis cuando él se acercó a interrogarme sobre arte. Unas horas después, ya me había elegido.
No tardé en comprender que las exigencias de su culto no admitían dedicación parcial, por lo que inmediatamente me puse en movimiento para deshacerme de los bienes que aún mantenía en mi latinoamericano origen (que, por cierto, frecuentaba cada vez menos) y dedicarme a la prédica como era debido.
Fue por ese entonces que, para consumir la pausa entre dos transacciones, le di un tiempo a los jesuitas y contemplé el penoso rostro de mi detractor mientras me paseaba por la literatura sudafricana. Acababa de venderles a los sacerdotes de la Compañía, no sin cierta nostalgia, la casona de La Mariscal y me pareció de muy mal gusto negarme ante su insistencia con respecto a un par de conferencias. Además, aunque finalmente la recompensa por las charlas fue paupérrima, en ese entonces estaba obsesionado con reunir la mayor cantidad de fondos para la misión que recién se me había encomendado.
Lo vendí todo, casi sin regatear, consumido por la fiebre que sólo el Santo Varón era capaz de inspirar, con la absoluta seguridad de que la prédica abarcaría el resto de mis días, sin sospechar que sólo cinco años después me vería de regreso en las andinas tierras de esta ciudad.
Qué distinto sería todo si pudiera reposar mis huesos sobre los rotundos muebles de la herencia familiar; entonces sí, mi pluma tendría la fuerza fulminante que ahora apenas se intuye, pero, qué vamos a hacer, habrá que prescindir de la ayuda de los fantasmas ancestrales.
Pero no debo quejarme, mi nuevo hospedaje es, cómo podría decirlo, aséptico... Está tan alto que apenas soporto contaminación y el tránsito urbano es sólo un murmullo veinticuatro pisos abajo. Hoy me levanto, releo lo que hasta ahora tengo escrito y me avergüenzo ante mi talante de anoche. No soy —es lo que mis enemigos quisieran— un viejo achacoso nostálgico de su pasado. Tengo mucho de que enorgullecerme con respecto a mi origen: provengo de una familia que, apareciendo entre las de los fundadores de la ciudad, logró adecuarse a los tiempos de tal manera que los nombres de mis ancestros también forman parte de los héroes de la Independencia. Parecen méritos difíciles de superar, pero la sombra de mis antepasados ha sido siempre sólo reconfortante compañía para los triunfos que he logrado por mi cuenta.
molina 001Puedo estar seguro de que a las nueve menos cuarto, cuando baje a desayunar, mi mesa estará dispuesta casi a la perfección, tal vez con un aire demasiado norteamericano para sentirse completamente a gusto, pero, eso sí, impecablemente impersonal a pesar de que todos en el hotel me llamen por el nombre que anoté en el registro el día de mi ingreso.
Mientras tanto, puedo deleitarme con la vista de los nevados que velan por Quito y logran, en su majestuosidad, ocultar la miseria de sus calles. Prefiero saltar sobre el feo, pardusco cinturón citadino y pasar de las montañas directamente a la piscina que se dibuja celeste dentro del muro del hotel, rodeada de tumbonas que, una de cada dos o tres, abrazan a gordos turistas que se cocinan a fuego lento bajo el sol ecuatorial y completan, día tras día —sólo para mí—, su mutación en rubíes, que hacen juego con la esmeralda de la hierba y el zafiro del agua, que se raya ahora mismo con dos delgados trazos paralelos.

Al otro lado de las vidrieras, frente a mi mesa, veo que los trazos apenas intuidos desde mi atalaya, se han transfigurado en dos adolescentes, tal vez demasiado espigadas desde mi —inevitablemente— mestiza apreciación, pero que habrían sido el deleite de Amadeo, mi sofisticado profeta italiano. El mesero me renueva el café de una jarra especial, que lo guarda apenas tibio —no tolero ningún líquido caliente— y se preocupa de que buena parte de la variedad de panecillos esté sobre mi mesa sin que me vea obligado a la vulgaridad del bufet. Las muchachas hablan entre sí, ríen, me encantaría poder escuchar la dicción de sus acentos. Aunque quizá sea mejor imaginar el italiano danzarín de sus pares venecianas y no someterme al que, seguramente, será su rudo inglés del Middle East, o su tartajeante alemán salpicado de cerveza.
Como ellas, exactamente, caminaban parloteando por San Marcos las mocitas venecianas mientras le vendían alpiste a los incautos. Eran las preferidas de mi Amadeo, a ellas les debo el haber presenciado el primero de sus milagros, aunque supongo que también tomaron parte de la coincidencia que hizo que me encontrara por segunda vez con mi paisano.
Quién sabe cómo, Molina había conseguido una beca para estudiar en la capital más fea de Europa —Madrid, por supuesto— y desde allí se había trasladado con su noviecita, la misma que hacía un par de veranos se sonrojaba ante su torpeza, en una gira que lo llevó por Italia sin que el pobre pudiera conocer prácticamente nada, entre un desencuentro y otro. Según me contó (entonces me hablaba, el descarado), ya habían pasado por Florencia y Roma —todo en menos de diez días— y ahora, de regreso al norte, corría, más que visitaba, Venecia.
Supongo que fue entonces, mojaplumas, que empezaste a fermentar tu amargura. Mi gentileza con Ana (así se llamaba tu pareja de entonces), solamente se debió a la curiosidad de las chiquillas que compartían el lecho con el Santo y que cada tanto buscaban a otras bienaventuradas para que las relevaran de su privilegio agotador, aunque placentero. Fueron ellas quienes se le acercaron, y cuando mencionó el nombre de nuestra república andina, me la llevaron emocionadas ante semejante hallazgo entre las decenas de turistas frente a los mosaicos de la catedral.
Pero refrena tu ira, no fue por mi causa que regresaste solo a España. No he vuelto a verla desde ese día y la cena que compartimos —y que yo pagué— fue nuestro único espacio en común. Si estaba contigo, era evidente que no merecía la compañía del Profeta. Recuerdo, sin embargo, su sonrisa y delicados modales, la candidez con la que me refirió sus lecturas, que apenas abarcaban unas decenas de libros, aunque, eso sí, muy selectos, y la facilidad con la cual intercalaba feroces vulgaridades en medio de su diálogo casi infantil. De ti, en cambio, apenas recuerdo la humedad de tu mano cuando nos despedimos, más allá de la medianoche y cómo tratabas, inútilmente, de limpiar las migajas que se adherían al filo de la copa cada vez que te la llevabas a los labios. No hay mejor forma de conocer a un hombre que compartiendo la mesa con él.
Quién iba a decir que esa cena, más bien insípida, sería el preámbulo de mi constatación de la santidad de Amadeo. Llegué a nuestra residencia, en Mestre, saludablemente alejada de la laguna con sus turistas, a eso de las tres. He de confesar, aunque me avergüence, que durante todo el trayecto del vaporetto estuve pensando en la posibilidad de abandonar al Profeta y volver a Quito (el vino me había dejado gusto a metal en la boca y fuego en el estómago. La indigestión siempre me ha puesto nostálgico).
¡Cómo cambiaría todo no bien llegara a la casa donde se hospedaba la Comunidad! Ya entonces yo formaba parte del núcleo íntimo del Santo, compartía con él un ala de la casa y los encuentros con sus doncellas eran frecuentes, por lo que no me sorprendió que una de ellas estuviese vagando por el corredor, cerca de mi cuarto. Lo demás —el recuerdo se ilumina con el resplandor angélico del gozo— fue sólo cuestión de un instante, apenas un empujón hacia mi lecho, la forma en que ella reprimía sus gemidos sobre la almohada y luego sus pasos por el corredor, aunque ya no con dirección al cuarto de Amadeo.
A la mañana siguiente, una mancha sobre la sábana delataba la virginidad hasta entonces intacta de la muchacha. ¡Y había compartido durante meses la cama con el Santo! La pureza conservada a pesar de sus gozosos gemidos que yo había oído, anhelante, cada noche, a través de las paredes. ¡Un milagro incontrastable! Así era la grandeza del Magnífico. No tardó en golpear mi puerta y, como en el ritual católico, un bofetón confirmó nuestro pacto. Luego se marchó y sólo por la tarde la ex virgen se encargaba de solicitarme el cheque que repararía mi involuntaria ofensa.

Así, ese día mi mente estaba alejada de todo interés que no fuera el Santo y sólo la atormentada consciencia de mi detractor puede pensar —únicamente así se explica su encarnizado odio a la causa de beatificación del Profeta— que tuve algo que ver con su abandono. (No, querido Yanko, nada hice yo para que ella te dejara aguardándola en la estación. ¿En verdad te interesa tanto? Pues, mientras tú la esperabas al norte, ella partía al sur con un rico campesino de Lecce, un tal Francesco —¡infortunado Francesco!— que entre lágrimas me contó, unos meses después, en una casa llena de cuadros de auténticos aunque mediocres pintores tenebristas, cómo la hospedó durante unos meses y cómo lo dejó a él también por un psiquiatra húngaro que veraneaba en la costa del Adriático. Lloraba sin pudor, como sólo gimen los italianos, mientras abrazaba a su enorme y babeante perra bóxer.)

portada molina 001Luego, las cosas se precipitaron sobre la Comunidad. Italia no perdona la excepcionalidad de sus hijos. El gobierno hurgaba en nuestra contabilidad como un perdiguero y los fondos debieron transferirse a mis cuentas (de todas maneras buena parte había salido de allí), que estaban, en apariencia, lo suficientemente alejadas de toda sospecha. Sin embargo, tampoco demoraron mucho en ponerme bajo su mira, y un abrazo fue todo lo que pude darle a mi Maestro antes de partir de vuelta a Quito con las maletas sin ninguno de mis trajes italianos, pero, a cambio, llenas de los cuadrados billetes de quinientos euros que me permiten ahora ir pasando.
Pero la batalla no ha terminado. Apenas gasto una décima parte de mi recién adquirida fortuna en mi manutención. Ni siquiera —así de seguro estoy de que volveré a Italia— he comprado una casa desde donde defenderme. Al hotel, desde hace unos meses —y es un misterio cómo averiguó que me hospedo aquí—, llegan las cartas del Santo. Me las remite desde prisión. No las abro. Consagro mi tiempo a la labor de documentar su proceso de beatificación y procuro evitar las antiguas amistades, que sólo enturbiarían la pureza de mi trabajo.
Nadie, hasta ahora, había interferido en mi retiro. Y tú, periodistillo de tercera, arribista recalcitrante, te atreves a mencionarme en tu artículo, y mencionar al Santo, al que apenas entreviste ("caminaba por Venecia en compañía de un charlatán" ¡!), finges, salamero, tu solidaridad. Te solazas desde la miseria de tu gacetilla en insinuar mi retorno. Me pides crítica literaria: éste ya no es el tiempo para esas vanidades. Maldigo a diario el día en que nos encontramos en los pasillos cuando concurrías a la rutina de gimnasio con la que pretendes retirarte la prominencia del vientre. Si ahora abandono mi silencio, estaría situándome delante de mis enemigos.
El relato de la vida de Amadeo, el Grande, el Eterno, me consagrará sin duda. Pero todo a su tiempo; por ahora, mejor callar.
Abro la mesilla de noche, sólo una Biblia tiembla en el paño azul con que han tapizado el interior del cajón. Sobre ella dejo caer los folios inconclusos, que han de esperar corrientes más propicias. Y sobre ellos, el recorte del periódico donde el infeliz Molina trabaja. Tiene fecha de hace dos semanas y desde entonces, nada más.

Quizás haya que perdonar su impertinencia. De todas maneras, ha sido su torpeza la que me ha sacado, al menos por un momento, de mi mutismo. El papel es, a veces, mejor que el cura dentro del confesionario. Por ahora, la hagiografía de Amadeo, el relato de todos sus milagros, deberá esperar por su conclusión. Es fácil ceder al dulzor de las sábanas de seda, a los placeres de la masajista del hotel y de las políglotas conversaciones en los pasillos y entre esto y lo otro, el tiempo va quedando escaso y la gente parece, incluyendo al desventurado Molina, haberme —nuevamente— olvidado. 

 

Hagiografía enviado a Aurora Boreal® por Yanko Molina. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Yanko Molina. Foto Yanko Molina © Paulina Simon.

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