La madera de los escalones crujió más que de costumbre y el agua corría sin cesar en esa celda, en ese convento, esa mañana.
Carlos G.Torres-Rodríguez (Colombia, 1964). Escritor y pedagogo. Ha enseñado literatura, arte y cine en varios colegios y universidades en Colombia. Además ha desarrollado diferentes proyectos creativos con comunidades de escasos recursos económicos en Brasil, República Dominicana y Colombia.
Fue colaborador del diario La República y la Revista Número en las áreas de cine y literatura respectivamente. Co-creador del primer cine-club del Museo de Arte Moderno de Bogotá, bailarín de la Compañía de Danza Contemporánea Triknia Kabhelioz bajo la dirección del coreógrafo Carlos Jaramillo y asistente de dirección del Segundo Festival Internacional de Cine Ciudad de Bogotá. En el año 2002, publica su primer libro de relatos Un solo círculo un solo recorrido y desarrolla una propuesta donde integra a los estudiantes de secundaria en un proyecto editorial. Tiene dos libros inéditos para niños y un libro de poesía y fotografía en busca de editor. Actualmente es candidato del doctorado en literatura con especialización en crítica literaria y estudios de cine y video de la Universidad de Oklahoma en Estados Unidos. Su disertación, en proceso, es sobre la obra del maestro colombiano Álvaro Mutis.
¿Qué habrá sido de la luna en esos momentos? ¿Qué habrá sido del arcabuz que se empeñó en disparar azahares ante el inmisericorde tañido de campanas sobre la neblina de afuera?
No es imposible que la luz hubiera entrado a intervalos, sutil como el roce, y que los deseara sorprendidos ante el paso contundente de las horas oscuras. Algún muro, también, se rasgó y el afán de sus manos atragantó las heridas absurdas por la premura y por el acoso de los cantos de esos ángeles de clausura.
Ella, desde su balcón, acarició su rocío y fijando la vista en el enorme pasillo recordó su humedad, su despojo del pudor, su caracol de la espalda sumido en el vientre de él, abriendo sus puertas de acero, venciendo cada uno de sus barrotes sin pedir permiso pero exigiéndole todo. Y entonces, vio desfilar de un momento a otro, innumerables seres presurosos por entrar en ese portón de clausura. Fueron dos segundos, acaso tres, para descender sus párpados y saber con certeza que ya era la hora. También sonrió de satisfacción por el nuevo día que había entrado a su vida sin pedir permiso pero desde ya inolvidable.
Ya sentada con el rumor de una fuente recorriendo sus pálpitos, recordó ya sin espanto, el ruido de esa aldaba de extraño origen que entró por sus postigos para dar lumbre a ese incendio que se debatía en alas...
Su sonrisa matinal se volvió costumbre, sus escarceos de apoderaron de su cintura aún en las noches sin matices que la acompañarían hasta la partida.
Ya no se supo más de aquel caballero del naufragio, ya no se supo más de esas insignias militares que resbalaron por ese hábito todavía intacto de las muchedumbres de sus besos, ya no se supo más de ese garbo ilustre que se adelantaba con sabiduría al deseo silencioso de quien lo miraba. Bastó tan sólo esa noche para arremeter con todo y huir como las luces de artificio hacia otro cielo.
Su pórtico, ahora sí cruzado con aldabas enormes, las de su alma perforada, se volvió al silencio y su fragor se derramó en las letras y, quizás, en la oración. Su pluma se convirtió en su vuelo, el pasillo enorme en una penitencia recurrente y su piel en un camino abandonado.
Ya los muros que presagiaban más episodios trasladaron sus oídos y la queja quedó flotando para ser adivinada, leída, traducida e impresa, hoy, en papel de blanco intenso de noventa gramos.
Allá quedó Mariana
con su equipaje listo en la estación del tren
mirando las horas
pasando los años
devolviendo sus besos a su propia alma
como queriendo atraparle esquirlas al viento
para no hundir lo que resta del día
y emitir su último suspiro antes de caer la nieve
de su cumpleaños número ochenta y cuatro.
El hábito de la pasión enviado a Aurora Boreal® por Carlos Torres.




