Siento envidia de los buenos cuentistas. Y admiración. Su tarea me parece infinitamente más ardua que la del escritor de novelas. El trabajo de éste último, imposible sin persistencia, se hace tramo a tramo agarrado a la soga de una historia, que aunque se ramifique debe volver una y otra vez a su centro, y a instancias de lo que esa historia quiere significar, de las ideas que la jalonan. En esa continuidad encuentra su piso, el salvavidas del que se agarrará durante meses, tal vez años.
El cuentista trabaja de otro modo: una idea lo asalta o una historia se le impone, pero siempre bajo el imperativo de una cierta brevedad, que es la que va a otorgarle a su texto la intensidad que el género requiere. Como el poeta, el cuentista sabe que su escritura exige síntesis, que su fuerza es centrípeta. Y que, como Sísifo, está obligado, una y otra vez a recomenzar. El cuentista es un cazador de historias, un hombre con mente de coleccionista, un inagotable apuntador en las tabletas de su memoria. De ahí derivan sus dificultades y también la dicha de sus hallazgos.
Roberto Burgos es un gran cuentista y así lo prueba El secreto de Alicia, un libro cuya unidad nace, paradójicamente, de los matices de una misma voz. Porque cada cuento en él es un micromundo, con sus leyes particulares, pero el conjunto nos revela al escritor que está detrás, al hombre que mira la realidad leyéndola como si fuera una partitura, armado de un soberbio manejo del lenguaje.
El lector encontrará en El secreto de Alicia piezas de la más diversa índole. Relatos muy breves, imbuidos de poesía y misterio, como el que abre el libro, que pareciera la narración de un sueño, sostenido en una tensión tan frágil como desasosegante. En él una mujer hace una y otra vez un mismo gesto, mientras un desconocido se empeña en descubrir el enigma de su espera, en un acto del más extraño voyerismo. O como aquel otro, Olvidos a veces, pariente cercano del que menciono, que registra el paso efímero de la mujer posible, el leve pensamiento del que mira, el deseo del acercamiento vencido tal vez por la cordura, o tal vez por la certidumbre de que no hay que matar el encanto a punta de realidad. Y quién no ha vivido algo semejante. Pero hay también cuentos de larga andadura, como La estrella, que vuelve a explorar un tema querido por Roberto Burgos, el del hombre al que el azar lo lleva a conocer lo distinto y lo encarama en una gloria confusa para luego devolverlo a su realidad inicial convertido en otro. En este caso una historia verdadera, la de Evaristo Márquez, aquel palenquero que llegó a la celebridad de la mano de Marlon Brando y de Gillo Pontecorvo en la película Quemada. O ese perturbador y extenso relato que está en el corazón mismo de este volumen, El nuncio, claro homenaje a Borges, lleno de guiños, de secretas alusiones, de esas repeticiones y milagros del tiempo que tanto le gustaban al escritor argentino.
Y al lado del cuento erudito están los otros, los entrañables, los íntimos, los de las pérdidas dolorosas, en los que creemos por momentos reconocer la experiencia autobiográfica del que acude a la memoria o a la recreación ficticia de lo real como un conjuro de recuperación o una triste despedida: del que pierde la razón o la memoria, esas dos formas de la muerte. O del que efectivamente se va, sin querer irse, pero ya silenciosamente entregado, como su amigo Alberto, el cineasta.
Roberto Burgos es un amante de las palabras, y en el uso que hace de ellas se refleja, a la vez, su amor por la vida. Su lenguaje está lleno de sensualidad, de aromas, de sabores, de músicas, y es capaz de remitirnos, con gran vivacidad, a muy diversas geografías. Algo se respira aquí de ese barroco caribe de Carpentier, sin llegar jamás a sus extremos de abundancia, ni a sus regodeos descriptivos. Porque por la prosa de Roberto transitamos hacia adelante, movidos por lo que relata, pero sintiendo que estamos conducidos por una mano diestra, que no se rinde a realismos elementales ni tampoco a alardes estilísticos o florituras. Sofisticación narrativa, finura, temple, son palabras que se me ocurren cuando pienso en este libro, que de tanto en tanto nos invita a subrayar sus observaciones o sus hermosas sentencias: "convertir los actos de la vida en repeticiones expulsa el azar", o "A veces los ritos preservan los extravíos de la identidad", o "Tantos falsificadores copian por admiración, amor, reconocimiento a la grandeza, consuelo ante la impotencia".
Yo celebro este hermoso libro; y celebro que en un mundo donde el cuento ha sido tan incomprendido siga habiendo cuentistas, y de la talla de Roberto Burgos. Y que haya editoriales que no se olviden de este extraordinario género, de esa fugacidad en la permanencia, como lo definió Cortázar.

Reseña del libro - texto leído por Piedad Bonnett en el evento lanzamiento en Colombia. Enviado a Aurora Boreal® por Pablo Burgos, Representante Legal Corporación Post-office Cowboys. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Piedad Bonnett y Corporación Post-office Cowboys.