'Letra herida' - escritura electrizante

consuelo_trivino_020Letra herida
Consuelo Triviño Anzola
Prólogo de Helena Usandizaga

Este volumen hace parte de la Colección El Solar, que acaba de lanzar la Escuela de Estudios Literarios perteneciente a la Universidad del Valle, en Colombia.

Esta serie de textos, según la propia autora, pertenecen a etapas diferentes de su andadura creativa. Nadie lo diría: el mundo narrativo es compacto, y la casa imposible que da título a uno de los relatos parece cobijar a los personajes casi desahuciados que conocemos en esas páginas. Las líneas que siguen son una lectura apasionada de ese universo fascinante, situado según su autora, en gran parte en su ciudad natal, en un espacio poco marcado en el que el descentramiento es una constante.

Los cuentos de Consuelo Triviño Anzola atraen porque nos sitúan en el límite entre la normalidad banal y triste, que algunos personajes rechazan, y el abismo, que es el único espacio donde puede buscarse la autenticidad, la gran obsesión de estos relatos. El movimiento de los personajes hacia el abismo que salva de la falsedad y la banalidad se produce por el deseo: un deseo impreciso pero absoluto. El deseo es el motor de una existencia plena pero es imposible encontrarlo; por ese desvarío se pierde a veces la capacidad de amar o de ser feliz: el impulso hacia la felicidad lleva a veces a la destrucción o autodestrucción e impide vivir esa otra vida posible.

Helena Usandizaga. Universidad Autónoma de Barcelona

Tal vez por esto no hay en estos cuentos finales epifánicos sino más bien anticlimáticos, una ruptura o una partida que no se consuman o son imaginarias, y que nos dejan a solas con lo fracasado, o inacabado de esas situaciones límite en que se manifiestan los deseos más puros y auténticos: la vida que reclama su derecho a un entorno de muerte, la imaginación que invade la rutina, esos instantes fugaces, cuyo recuerdo da sentido a la existencia, el deseo de amar a un hombre y entregarle el ser, en medio de las relaciones mezquinas y la desconfianza, la ruptura de la vida burguesa por la búsqueda loca de aventura, la huida hacia la desposesión ...Los resultados, las esperanzas que dejan esos viajes al abismo son pocos: un gato que manifiesta la presencia de la vida; unos ojos recordados dentro de una taza de café; el despertar a la conciencia de una muñeca hinchable, que propone devolverle el dinero a su dueño, porque no es el ser inerte que este ha creído comprar; el sueño de renacimiento de la prima muerta reencarnada en una flor; la luz de unos ojos en la cara de la inocencia, la breve libertad de una mujer que sueña que huye de la jaula de oro -el matrimonio-; un sentimiento puro y verdadero suscitado por la contemplación de una rosa...En estos hallazgos, lo imaginario es un espacio de libertad pero no se reivindica como alternativa a la vida, porque con su advenimiento lo verdadero sigue limitado por lo impuesto.

Se presentan entonces en estos cuentos más búsquedas que hallazgos. Búsquedas que son a veces como "desplazarse, trazando círculos alrededor de un punto negro". Se busca a través del otro, a través del cuerpo o a través de la propia conciencia. No es una búsqueda narcisista, porque el yo necesita del otro para definirse; es una autodefinición por el otro y para el otro, como se puede ver en "Nunca es demasiado tarde": los personajes se lanzan a lo desconocido como manera de conocer su propio rostro deformado por el corsé social; para ser algo para otros también, aunque se rechace la imposición de amor, respeto y sumisión a la autoridad social. Muchas veces hay que luchar contra esa mirada que nos dibuja y rebelarse contra ella, porque el otro no responde a la demanda de identidad sino que limita, como en "Emma". Esa mirada puede producir una imagen opuesta al deseo verdadero como en "La sonrisa de Lilith y no por casualidad en "Solo para hombres" se agrede cruelmente, físicamente, la mirada del otro.

Pero a veces esa mirada es terapéutica o condenatoria: revela la falta de autenticidad, como en "Los años vienen a tus espaldas" en que la mirada del otro ataca la soberbia y la complacencia cuya única razón de ser es el miedo al ridículo: la mirada está ahí y le hace saber al protagonista que no ha cumplido su destino de escritor. El otro no es solo una mirada: es también la parte no admitida de nosotros, pero a menudo los propios personajes miran sin complacencia en su interior, directamente, y descubren la impureza de los sentimientos, hechos de una mezcla sórdida que no deja vivir, en "Nunca es demasiado tarde". El autoconocimiento es difícil, y por eso la felicidad puede ser como un tesoro interior mal gestionado en "Emma". Se persigue una forma imprecisa, pero esto se hace desde el cuerpo, que es a la vez modo de conocimiento y servidumbre, sensualidad y dolor, placer y desamparo.

letra_herida_001Porque las situaciones límite, desde luego, no tienen nada de rosado, e implican sumergirse en el dolor y la muerte: la muchacha de la que se burla el narrador de "El suicida", que quiere su dosis de dolor y asomarse al abismo, puede ser la que en otros cuentos busca aventuras peligrosas; las mujeres que mendigas "las dosis de vida y de muerte" ejemplifican con su búsqueda degradada que el deseo no está limpio de miseria. Sin embargo, fuera de estos lugares ambivalentes es difícil encontrar la autenticidad., porque, como dice el narrador de este mismo cuento, instinto de vida e instinto de muerte "son pulsiones de una misma carne": esto explica, tal vez, que la destrucción y la autodestrucción se manifiesten como un modo de estar vivos, y como una manera de soslayar la moral para encontrar la autenticidad.

La libertad imposible requiere destruir: en "El suicida", la autodestrucción es una manera de sentir la vida, el vértigo y el peligro. Porque la vida es una vela que ilumina, pero que también quema, y hay que vivir al límite, al borde del abismo. Por eso en estos cuentos el mal está presente y atrae; nos llama el peligro como un modo de vida verdadera. En "Prisionero" las presencias fantasmales que ven los niños son también el mal, lo muerto tras lo ilusoriamente construido, y los niños con sus juegos ponen en marcha las fuerzas ocultas, juegan con la podredumbre y el resecamiento de lo muerto hasta que el mal les invade. Pero, se dice en "El suicida", el instinto de vida es más mortal que el de muerte porque paraliza debido al miedo, y, ya se dijo, la vida es riesgo, abismo. Por eso, tal vez, en "Sidharta" el protagonista siente la fascinación del mal y del peligro, y no puede sustraerse a esa atracción.

La destrucción también está relacionada con el otro, el otro que nos destruye o al que hemos de destruir para vivir, para ser libres, ese doble que arrastramos: Emma, en el cuento del mismo nombre, está maldita por la muchacha que vio morir; se identifica con esa destrucción y se pierde en lo oscuro, aunque eso le impida vivir la vida posible. En "Yo no la maté", hay que matar a alguien para poder ser. Y el doble es también esa parte de nosotros que está fuera de lo social. "EL suicida" no dice tanto el drama del otro yo que inquieta y amenaza, como el drama de la gemelidad perdida, de ese pacto de muerte con el gemelo perdido que tiene un final anticlimático. Además, la destrucción y la autodestrucción hablan de la insatisfacción fundamental de estos personajes: como la del niño que mata involuntariamente a su prima, condenado por la sociedad, la maldad del suicida nace del dolor y la carencia, esa pérdida de su otro yo que lo deja incompleto. En estos cuentos, entonces, no se trata de hacer una apología retórica del malditismo, sino de arder y quemarse en la impureza de la vida buscando la autenticidad y la armonía. Porque la armonía existe; la vislumbramos más allá de la falsa conciliación de lo inconciliable, y se opone fuertemente a la desarmonía de los habitantes de esa casa imposible que desprecian lo cotidiano y mezquinamente se dejan arrastrar por el fracaso.

Consuelo Triviño es doctora en filología románica por la Universidad Complutense de Madrid. Reside en España, donde ha sido profesora de literatura hispanoamericana. Está vinculada al Instituto Cervantes. Colabora con la crítica de libros del suplemento Lunes de El Imparcial. Ha colaborado con la crítica de libros del suplemento cultural «ABCD las Artes y de las Letras», del diario ABC. Obtuvo el primer premio en el Concurso Nacional de Libro de Cuentos de la Universidad del Tolima con Cuantos cuentos cuento (1977) y fue finalista del Premio Nacional de Novela Eduardo Caballero Calderón (1997). Ha publicado Siete relatos (cuentos), El ojo en la aguja (cuentos), Prohibido salir a la calle (novela) y La casa imposible (cuentos), La semilla de la ira (novela), Una isla en la luna (novela) además de libros de ensayo sobre autores como José María Vargas Vila, Germán Arciniegas, Pompeyo Gener y José Martí, entre otros.

La búsqueda de la autenticidad está directamente relacionada con la necesidad, también frustrada, de contar una historia. La lucha no es solo con la realidad, sino también con la escritura, que es una necesidad, como respirar, pero también un combate en el que se pierden muchas batallas. En estos cuentos, la escritura a menudo es imposible o hace sufrir. El infortunio y las limitaciones sociales solo nos dejan la vida imaginaria, pero lo imaginario, ya se dijo, no se reivindica como un consuelo al fracaso de lo vivido, en "La sonrisa de Lilith". Más bien dinamita las falsas satisfacciones y hace que se persiga dolorosamente una forma huidiza, trasunto de la escritura. Y de nuevo la escritura se relaciona con la destrucción: lo destruido y lo que destruye reaviva la escritura y da claves, pero se escapa y nos destruye a nosotros, la escritura es temor a que la verdad nos mate, en "Yo no la maté".

Estos cuentos logran, sin embargo, con una escritura que Concepción Bados ha calificado de electrizante, desalojar mentiras y acercarnos a esa verdad, a ese rostro auténtico de nosotros mismos hecho desgarramiento y pérdida, ese rostro que se reconoce en el abismo.

Letra herida de Consuelo Triviño Anzola. Prólogo de Helena Usandizaga enviado a Aurora Boreal® por Helena Usandizaga y Consuelo Triviño Anzola. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Helena Usandizaga y Consuelo Triviño Anzola. Foto Helena Usandizaga  © Helena Usandizaga.

 

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