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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (53)

Un maestro llamado Mark Twain

Allá por 1993, cuando aún estaba en la vida laboral activa y me desempeñaba como redactor cultural en el servicio latinoamericano de la Radio Deutsche Welle, se me ocurrió proponer una serie dedicada a siete escritores indiscutibles que no ganaron los que hubieran debido ser los siete primeros Premios Nobel. En lugar de Sully Prudhomme, Mommsen, Bjørnson, Echegaray ex aequo con Frédéric Mistral, y luego Sienkiewicz y Carducci, que ya me dirán ustedes si los leyeron o si recuerdan haber leído algo de alguno de ellos, en lugar de ellos, digo, considerar que debieron ganarlo Zola, Rilke, Ibsen, Tolstoi, Galdós y Machado de Assis ex aequo con Mark Twain, y ya me dirán ustedes si no va una cierta diferencia cualitativa de lista a lista.

[A decir verdad estuve dudando si el ex aequo del año 1906 no tendría que ser entre Mark Twain y Rubén Darío, porque también sostuve siempre que si España, y no Inglaterra, hubiera sido la potencia colonial de los siglos XIX al XX, entonces el Nobel de 1913 no se lo habrían concedido a Rabindranath Tagore sino al nicaragüense. Pero en una comparación de méritos entre Darío y Machado de Assis, la balanza siempre caía del lado del Brasil, y de todos modos dejaba abierta la postulación de don Rubén para 1913].

Sea como fuere, por aquel tiempo fui nombrado subjefe de la redacción y, lo que es “más pior” (© Cantinflas), anchorman principal de los dos informativos diarios, live, para América Latina; y es así como mis cinco últimos años en la RDW estuvieron dedicados sola y exclusivamente a la remilperrísima actualidad y a la burrocracia [sic]. Hélas!

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CARTA DE ALEMANIA (54)

Ernesto Lecuona, 125 años

Hace 125 años, en Guanabacoa, el 6 de agosto de 1895 (aunque en su lápida sepulcral, en el cementerio neoyorkino Gate of Heaven, de Hawthorne, consta que fue el día 7) vio la primera luz del mundo una criatura a la que sus padres bautizaron como Ernesto Sixto de la Asunción Lecuona Casado. No olvidemos que en ese momento Cuba todavía pertenece a España, de modo y manera que el más grande de los compositores cubanos, por mor de su nacimiento, era español. Por dicha, como donosamente arguyen los ticos, lo fue tan sólo tres años.

Pero tampoco olvidemos que el padre de Lecuona era español, canario. Ni que algunas de las más populares y pegadizas melodías de su repertorio tienen una inspiración española. Un buen amigo cubano, al enterarse de que estaba recabando datos para escribir un artículo acerca de Lecuona, me preguntó con cierta sorpresa que cómo así que se conocía a Lecuona en España, y le respondí derecho viejo que me había criado oyendo su música, desde el hipnótico ritmo de su “Malagueña” al prodigio criollo de la romanza que canta María la O y ese otro prodigio que es la obertura de la zarzuela homónima. Amén de que, no en último término, vino a morir en la tierra de su padre, en Santa Cruz de Tenerife, el 29 de noviembre de 1963.

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CARTA DE ALEMANIA (51)

Ser Goethe

«Padre nuestro, Goethe, que estás en los cielos»: así comienza un poema de Gabriela Mistral. Pero donde escribió "cielos" hubiera debido escribir "Olimpo", porque para el mundo hispánico Goethe viene a ser un sinónimo de lo divino, y por tanto de lo extraño.

Los españoles y los latinoamericanos somos humanos, demasiado humanos, y los cielos, para nosotros, son una especie de casa que nos ha sido prometida, lo que no era el caso con los viejos helenos, tan sabios. Por otra parte, si tuviésemos que elegir entre Apolo y Dionisos, es seguro que preguntaríamos "¿Y por qué no Adán?" Pero si no fuese posible elegir a Adán, entonces la apuesta correría a favor de Dionisos. Y Goethe, no hace falta recordarlo, además de divino era apolíneo.

A mayor abundancia, y es dolorosamente cierto, este mismo Goethe dejó dicho alguna vez que prefería la injusticia al desorden. Una crasa contradicción con el sentido de la justicia de Don Quijote, paradigma también de una manera hispana de sentir la vida. Y sin embargo, Goethe, Goethe über alles, Goethe, Goethe por encima de todo en todo el mundo de habla castellana.
¿Por qué?

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CARTA DE ALEMANIA (55)

Quino nuestro que ya estás en los cielos

Ante la noticia de la muerte de Quino me quedo mudo. Hay personas que no deberían morirse nunca, y Quino era una de ellas. El mejor homenaje que puedo ofrecer a su memoria es pensar en Mafalda (que existe, y de quien Quino fue su profeta) de rodillas y musitando apenada: «Quino nuestro que ya estás en los cielos...»

Otro homenaje podría ser un alfabeto Mafalda, como el que sigue:

A de Ajedrez
Mafalda le da jaque mate a Susanita, y esta se para y saca un papel del bolsillo y lee: «Te hice morder el polvo de la derr...» Se vuelve a meter mano al bolsillo muy ruborizada: «No, esperá, ese era por si yo...» Y finalmente lee: «Me ganaste, sí, ¿y con eso qué? ¿Es mérito ganarle a quien, como yo, juega con la sana despreocupación de no alimentar el bajo apetito del fugaz triunfo, germinador de engañosas vanidades que...?» (y sigue leyendo –el pliego es largo–, ante la mirada desvalida de Mafalda).

 

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CARTA DE ALEMANIA (50)

Multatuli: Florilegio de sus aforismos

Si ustedes programan en la máquina de búsqueda de Miss Hortensia Google el nombre “Balzac”, obtendrán 22.000.000 de resultados; si el nombre es “Conan Doyle” serán 14.900.000, y si es “Thomas Mann” 7.440.000. Pero si el nombre que rastrean es “Eduard Douwes Dekker”, tan sólo van a ser 106.100 resultados, mientras que Multatuli (su seudónimo, sin comillas en este caso) alcanzará 1.030.000, casi diez veces más.

Eduard Douwes Dekker inmortalizó en efecto el seudónimo de Multatuli, tomado de un verso de Horacio en su Ars poetica: “Multa tulit fecitque puer, sudavit et alsit” [“Sudando y tiritando mucho es lo que ya tuvo que hacer y soportar cuando niño”]. Nació en Ámsterdam el año 1820 y falleció exiliado en Ingelheim, a la orilla izquierda alemana del Rhin, 67 años más tarde. El conjunto de su obra abarca el drama, la novela que hoy llamaríamos de denuncia y la que desde siempre fue llamada picaresca (La historia de Woutertje Pieterse es una verdadera delicia); y amén de todo ello la reflexión articulada en siete volúmenes rotulados sencillamente Ideën [Ideas], que lo convierten en el heredero natural de La Rochefoucauld y de Lichtenberg.

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