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Olvido García Valdés - Domingos de poesía

olvido garcia valdés 250Olvido García Valdés (España, 1950). Escritora, poeta, ensayista y traductora asturiana. Premio Ícaro de Literatura (1990), Premio Leonor de Poesía (1993), Premio Nacional de Poesía (2007) y Premio de las Letras de Asturias (2016). La significación de sus poemas responde, en gran medida, al ajuste y acoplamiento de imágenes yuxtapuestas. Su obra poética se caracteriza por la complejidad intelectual, la exposición de un lenguaje cultivado y la exactitud sintáctica de los textos que la integran. La autora posee en todo momento una acentuada conciencia sobre la línea poética que trabaja. Desde su primer libro publicado hasta el último se percibe una labor exigente y bien medida, así como la búsqueda de las palabras precisas que expresen la complejidad del ser y de la existencia. García Valdés es una de las figuras centrales de la poesía española contemporánea.

 

 

LA CAÍDA DE ÍCARO

1
Los atardeceres se suceden,
hace frío
y las casas de adobe en las afueras
se reflejan sobre charcos quietos.
Tierra removida.

Cézanne elevó la nature morte
a una altura
en que las cosas exteriormente muertas
cobran vida, dice Kandinsky.
Vida es emoción.
Pero quedará de vosotros
lo que ha quedado de los hombres
que vivieron antes, previene Lucrecio.
Es poco: polvo, alguna imagen tópica
y restos de edificios.
El alma muere con el cuerpo.
El alma es el cuerpo. O tres fotografías
quedan, si alguien muere.

También un gesto inexplicable,
díscolo para los ojos, desafío,
erizado. Cuerpo es lo otro.
Irreconocible. Dolor.
Solo cuerpo. Cuerpo es no yo.
No yo.

Lo quieto de las cosas
en el atardecer. La quietud,
por ejemplo, de los edificios.
El ensombrecimiento
mudo y apagado.

Como ojos,
dos piedras azules me miran
desde un anillo.
Los anillos
cuidadosamente extraídos
al final.
Como aquel de azabache y plata
o este otro de un pálido, pálido rosa.
Rostros y luces
nítidamente se reflejan en él.

En la noche corro por un campo
que desciende, corro entre arbustos
y choco con algo vivo
que trata de ovillarse, de encogerse.
Es un niño pequeño, le pregunto
quién es y contesta que nadie.

Esta respiración honda
y este nudo en la pelvis
que se deshace y fluye. Esto soy yo
y al mismo tiempo
dolor en la nuca y en los ojos.

Terminada la juventud,
se está a merced del miedo.

2
Verde. Verde. Agua. Marrón.
Todo mojado, embarrado.
Es invierno. Es perceptible
en el silencio y en brillos
como del aire.
Yo soy muy pequeña.

Un cuerpo caminando.
Un cuerpo solo;
lo enfermo en la piel, en la mirada.
El asombro, la dureza absoluta
en los ojos. Lo impenetrable.
La descompensación
entre lo interno y lo externo.
Un cuerpo enfermo que avanza.

Desde un interior de cristales muy amplios
contemplo los árboles.
Hay un viento ligero, un movimiento
silencioso de hojas y ramas.
Como algo desconocido
y en suspenso. Más allá.
Como una luz
sesgada y quieta. Lo verde
que hiere o acaricia. Brisa
verde. Y si yo hubiera muerto
eso sería también así.

               (El tercer jardín y Exposición, 1982-1989)

 

 

Hablo contigo,
te hablo de una casa que he visto por la calle,
descascarillada bajo la lluvia,
o de cómo a veces
me quedo sentada mirando sin ver
o de qué extraños los pájaros.
Te hablo, anciana, o hablo para mí,
imagino tu cuerpo
que se va aquietando poco a poco
mientras coloco en una jarra
unas ramas de almendro;
las cogí hace tres años, pero no se han podrido
ni han caído las flores.
No significa nada,
tampoco la casa bajo la lluvia
significa nada, ni el lento
deterioro, pero todo es extraño
como pájaros.
Recuerdo personajes
de Ozu: el padre, la madre,
son ancianos también, es su vacío
antes de morir;
mi vacío es este tiempo que se extiende
reflejada en los otros,
su envejecer, su fealdad es la mía.
Te hablo,
pero solo puedo hablarme,
he sentido por ti el rencor que sentimos
hacia los que hemos amado;
ahora estoy tranquila,
miro al vacío,
te oigo dentro de mí.
O de pronto paseo
cerca de un puente, es finales
de octubre, siento
una alegría difícil de explicar.
La alegría es misteriosa,
externa como un chaparrón,
la tristeza, en cambio, forma parte del ser,
casi constante, solapada en todo caso,
razonable siempre.

 

 

Conozco una pareja de cuervos, sé que tienen
un tiempo semejante al de los hombres
para vivir; podría visitarlos,
pasear juntos
hasta los sauces de la orilla.
Hoy he hablado con alguien por quien sentí afecto,
le encontré satisfecho y próspero;
su enemigo murió. La muerte
siempre es de frío.

               (ella, los pájaros, 1989-1992)

 

 

la voz, la de esta niña
que canta sola ahí,
la del muchacho
que por la noche da gritos y repite
obsesivo hijo de puta, las voces
de los niños que juegan;
intransitiva voz, exenta
en el mundo, cuerpos autómatas
que a diario veo y que no veo, chillidos
veloces de vencejos
en el anochecer

 

 

Nadaba por el agua transparente
en lo hondo, y pescaba gozoso
con un pequeño arpón peces brillantes,
amigos, moteados.
Aquella agua tan densa, nadar
como un gran pez; vosotros,
dijo, me esperabais en casa.
Pensé entonces en Klee,
en la dorada. Ahora leo:
estás roto y tus sueños
se cuelan en tu vida, esa sensación
de realidad es muy fuerte; estas pastillas
te ayudarán.
                       Dorado pez,
dorada de los abismos, destellos
en lo hondo. Un sueño subterráneo
nos recorre, nos reúne,
nacemos y morimos, mas se repite
el sueño y queda el pez,
su densidad, la transparencia.

          [Antonio Gamoneda, Jerónimo Salvador]

 

 

Este conocido temblor
de las hojas con la brisa y este verde
de abril como un vómito
en la luz. Suficientes
aún las antiguas palabras:
no percibe el cadáver
dulzura ni calor y sí, en cambio,
el silencio y el frío,
puesto que se percibe lo que se es.
Discontinua vivencia, porque todas
aquí somos iguales. Como mirlos
y mirlos esbeltos en el canto y en el negro
intercambian sonidos:
acepta la vida, el acorchamiento
de la vida, desecha
la vieja hybris, nada
pierde quien muere, nada gana
tampoco. Es nítido
el sonido tras la lluvia,
se percibe ahora el tren
con violencia veloz, el obsesivo
zureo de palomas.

               (caza nocturna, 1992-1996)

 

 

Sigue el proceso
de las granadas que maduran
y penden sobre el muro, observa
el balanceo del ciprés, los efectos
de un viento de tormenta, saluda
al jardinero como saludaría
un artista a otro artista, pero siente
la ira que es fijeza del rostro. Así
estar vivo. Abandonado el huerto,
de nada sirve ya la lluvia
repentina ni su olor, prefigurada
y tersa hoja de limonero, perdida
elasticidad de pulmón.

 

 

Al salir a la calle, sobre los plátanos,
muy por encima y por detrás de sus hojas
doradas y crujientes, el cielo, muy por encima
azul, intenso y transparente de la helada.
A cuatro bajo cero se respira
el aire como si fuera el cielo
que es el aire lo que se respirara.
Corta y se expande y un instante
rebrota antes de herir. Ritmos
de la respiración y el cielo, uno
lugar del otro, volumen
que quien respira retrajera, puro
estar del mundo en el frío,
de un color azul que nadie viera, intenso,
que nadie desde ningún lugar mirara,
aire o cielo no para respirar.

 

 

el hocico del animal hace el pasto, sus árboles
de sombra, fresnos, sauces,
amasa la blanda tierra

encuentran, al excavar,
antiguas bóvedas del río y bajo ellas,
lento, el cauce que aún pervive
sobre un lecho de pecina;
arriba, calles y gente; cómo
bulle y respira, si vuelve
por sus fueros, el sí y el no, vida
sobre la vida, el sí
en los intersticios del no, el no
estallando las junturas del sí

 

 

La distancia entre quien habla
y por ejemplo dice mi pecho y quien sirve
de soporte a esa habla
y dice por ejemplo yo es la que atraviesa
la retórica, toda la lengua. El sonido
que bandadas de gaviotas producen
es externo, el encharcamiento
estacional de las tierras
llanas, ese espejo, pecho desnudo,
graznidos para lo vulnerable.

               (Del ojo al hueso, 1997-2000)

 

 

oye batir la sangre en el oído
reloj de los rincones interiores
topo que trabaja galerías, gorrión
que corre ramas
desnudas del tubo del ciprés

                                                      no sabe
cómo de cálido es el manto
de la tierra, cómo bordea o mueve
piedrecillas, si en lugar más espacioso
la madre amamanta topillos de la nueva
camada, ciegos olisqueando, cuál
la temperatura
del hocico, de la ubre
ni cuánto tardan pétalos, hoja
rizada del roble en ser materia
del manto, cuánto hueso
de carnero o cuervo o plumas
en empastarse e ir bajando cubiertos
de otro otoño, nuevo corte
de gente, mantillo, manto, maternidad
                                                                       desde
dónde, Perséfone, lo mira
lo contempla
en su corazón sintiendo cómo late
la sangre en el oído

 

 

como murciélagos entramos en noviembre
desde la transparencia

                                         tejados y un lienzo
de ladrillo que absorbe cuando llueve
densa el agua pero ahora
es pálido como desvanecerse
como sustancia
desvaneciéndose

                                de la naturaleza de los afectos
de lo que ocurre o no

 

 

¿Qué lugares vivimos ni siquiera tangentes?
                                                                                   ¿Mariposas?
Un aroma dulzón, cierto olor
corporal, de los pliegues más húmedos,
ya secos, del cuerpo. Ojo oscuro
que escruta desde más
atrás.
           Cuando le hablo de ella,
de su benigna intransigencia y su rigor, me la devuelve
en fantasía: porque ella sufría, dice, comía como ellos. No
fantasía: real la imagen y lo real. Como hogueras.
¿Y gato, no tienen ustedes gato?
                                                            La vida entre dos
tiempos, dos pliegues de la mente.
Entre repollo y lirios y luciérnagas. Cierta
inclinación, y abrigo de lana berenjena y
labio negro. Tenebra. No verticalidad. Se traslada,
se desplaza y emite, buscando la de la
garganta entre sus cavidades. Desde cavernas trae
presentes verdor y velos
blancos.
                ¿De qué hablamos cuando hablamos
solos? Pentimento. Dibujar otra vez
los nervios de las hojas,
qué luz
hubo,
y ahora viaja en avión, línea
anaranjada bordeando los párpados, eso
de lo que habla.

 

 

Qué blanca está la higuera justo antes
de brotar, sarmientos de plata clara
con garras de gato verdes, ha hecho suyas
cicatrices de poda, se ha vestido
de pálida, purificada y clara con el
hielo, ensimismada entumecida.
Blanca antes de ser peluda, y áspera
al reverso de las hojas,
y suave intensamente
verde y grande y protectora
de frutos al cestillo.
                                    La intensidad
de lo que no corresponde, como si
no hubiera entre yo y ser adecuación,
entre bondad o belleza y vida.

               (Y todos estábamos vivos, 2001-2005)

 

 

era música puntuada, de notas punto o caja
venía del jardín y era de día
música de mucha luz
se vio luego que no, era de dentro
y venía del sueño, toda la luz, los puntos
con su acorde y era este
el jardín, el que ahora veo
lleno de viento (cimbrea cipreses
y azota rosales su violencia) de invierno
viento, el sueño era
y el exterior jardín era en la caja
y estaba fuera

 

 

El agua es algo de lo que no sé; que veo y miro y oigo y toco y de lo que no sé. En lo que
escribo aparece; en algunos poemas, ahí está.
Delante. He vivido delante de un gran río que venía; no ya porque vivía a la orilla del río,
sino porque el río, por la configuración del terreno, parecía venir sobre la casa.
Era un agua sonora. A corta distancia, todo a lo ancho del río, que allí era ancho, el
caudal se precipitaba sobre un dique; más ruido o menos ruido, según la lluvia y el
momento del año. Siempre el ruido aquel año, que fue un año de lluvias.
Me parecía entonces, ese ruido, origen de otra cosa, cámara de resonancia, recámaras,
una percepción interior. Tras un espacio, otro, hueco y vacío y silencioso, pero hecho
por el sonido, o no disímil de algo de la estructura del sonido.
El del dique, el del agua en el dique es sonido áspero y monótono, violento; esa aspereza
se hace en la cabeza sequedad, hormigueo del estruendo que resuena, se hace oquedad,
eco sin pausa de lo hueco. Como en los espacios virtuales, cuyos sistemas se abren en
huecas carpetas repetidas, cámaras y recámaras sin término; uno atiende hacia adentro,
por si hubiera otra cámara, temiendo que la haya, porque no sabe lo que hay, qué hay
ahí. Igual, el agua.

Pero en el agua está la luz. Sin luz o con luz, con más o menos luz, el agua es otra. Con
su ruido, de noche, incluso en la ciudad, donde de noche no es del todo la noche, el
agua es otra. «Extraño, que la tierra se divida en agua y pensamiento», rumiaba el
fumigador de guardia.

De la fábrica de luz, por el túnel llegan los muertos. Así llegaba el santo en la pintura y
su verdor, y nunca supe que junto a él viviría. No siempre se ve del mismo modo. Ahora
pongo atención a los cristales, a los restos de la noche, y hay trocitos de verde ira, por
la calle, esperando.

 

               (Lo solo del animal, 2006-2011)

 

 

los huesos de la cabeza de una pajarilla
flaca, ojos casi de rana
                                          íbamos al sol, a
tierras de mucho sol en dos autos, luego
decía nosotros somos parias y pensaba
parias y gatos, palabras
que van juntas, huesos
de cabeza de pajarilla flaca
ojos casi de rana, casi de Dios

 

 

pues no, entonces tiene usted que salir, hablar
con las criaturas; era en la cola del supermercado, una
anciana respondía a otra que se quejaba, no sabía
si estaba deprimida, no quería comer ni salir de casa
                                                                                                   ella había
soñado que el mar entraba en la ciudad, era Santander, quizá
los años treinta, pero no parecía, se había hecho de noche
conversaban y al salir a la calle vio que el mar llegaba
hasta casi allí, se inquietaron, al doblar una esquina
las olas golpeaban la catedral y las casas —parecía
otra ciudad—, no sabía qué hacer, se despidieron
tenía que volver a su cuarto en una planta baja
despertó con angustia, ¿quiénes eran?, pensó
en el mar amenazante, pensó que eran dos
los que importaban, lo oscuro y diáfano
del sueño, aquel cuarto al que iba, y
la voz de la anciana, hablar
con las criaturas

 

 

no puede escribir la percepción
del verde agudo de la cebada por tierras
palentinas un 18 de abril con sol y cielos
lechosos, ¿por qué había de decirse?
¿por qué los fragmentos, hilos sueltos
de conversaciones que escucha se refieren
al pasado, hablan de gentes que quien habla
conoció, mencionan lugares, momentos
momentos quiere decir instantes
de la vida—, o alguien cuenta: siempre
lo he hecho, mi trabajo fue servir mesas
se trata de un poeta, escribió pocos
libros, no ganó premios, su pelo
es lacio, duro y abundante, gris sobre
los ojos negros, duros y dulces como
canicas, la lírica habla de instantes
trae cosas, hace, deja quizá
fuera sentimientos, trabaja
percepciones, puede y no puede, su materia
es el tiempo que no hay, lo que está y se
mueve como un tren rápido, un avión, dice
cerro, greda, verde, árboles florecidos, dice
cementerio, madre, padre, la lírica
es de lo que no hay, hay la percepción
del verde, la percepción

               (confía en la gracia, 2012-2019)

 

 

olvido garcia valdés 350Olvido García Valdés (España, 1950). Escritora, poeta, ensayista y traductora asturiana. Premio Ícaro de Literatura (1990), Premio Leonor de Poesía (1993), Premio Nacional de Poesía (2007) y Premio de las Letras de Asturias (2016). La significación de sus poemas responde, en gran medida, al ajuste y acoplamiento de imágenes yuxtapuestas. Su obra poética se caracteriza por la complejidad intelectual, la exposición de un lenguaje cultivado y la exactitud sintáctica de los textos que la integran. La autora posee en todo momento una acentuada conciencia sobre la línea poética que trabaja. Desde su primer libro publicado hasta el último se percibe una labor exigente y bien medida, así como la búsqueda de las palabras precisas que expresen la complejidad del ser y de la existencia. García Valdés es una de las figuras centrales de la poesía española contemporánea.

 

 

Material de consulta:
Dentro del animal la voz: antología poética 1982-2012. Edición de Vicente Luis Mora y Miguel Ángel Lama. Madrid: Cátedra, 2020; Confía en la gracia. Barcelona: Tusquets, 2020

 

"Domingos de poesía" es una idea original del poeta Sergio Laignelet, colaborador de Aurora Boreal®. Se publica semanalmente. Toda la selección y cura de los materiales por Sergio Laignelet.

sergio laignelet 250

Sobre Sergio Laignelet
Bogotá, 1969. Poeta colombiano residente en Madrid, editor, corrector de estilo y ortotipográfico de publicaciones educativas y culturales. Libros publicados: That's all Folks! (poemas animados). Madrid, 2017; Cuentos sin hadas. Canarias, 2010; Carnaval (plaquette). Bogotá, 2007; Malas Lenguas. Bogotá, 2005. Ediciones bilingües de CSH: Danés: Omvendte eventyr. H. Krarup trad. Copenhague, 2017; Francés: Contes á l’envers. R. Durand trad. Toulon, 2015, y Colomiers, 2017 (además, poemas suyos han sido traducidos al inglés, portugués, italiano, sueco, finés, polaco y japonés). Antología editada: Gatimonio: poemas de gatos de autores hispanoamericanos. Madrid, 2013.

Poemas de Olvido García Valdés. Selección de poemas: Sergio Laignelet. Material enviado a Aurora Boreal® por Sergio Laignelet. Fotografía y poemas publicados con autorización de ©Olvido García Valdés. Copyright de la fotografía ©Su Alonso & Inés Marful. Fotografía Sergio Laignelet © Lorenzo Hernández.

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