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Cine De Ambos Lados Del Charco

Los sacrificiales - 'Monos', de Alejandro Landes

monos 253Monos
Colombia y otros países
Guion: Alejandro Landes y Alexis Dos Santos
Dirección: Alejandro Landes
Elenco: Moisés Arias, Sofia Buenaventura, Julián Giraldo, Karen Quintero, Laura Castrillón, Deibi Rueda, Jorge Román, Julianne Nicholson
Fotografía: Jasper Wolf
Música: Mica Levi
Duración: 105 minutos
2019

 

Hay un nuevo género cinematográfico que campea más o menos grácilmente en los últimos años, quizás en los de este siglo: la “película internacional”. Un poco (no demasiado) lejos de las viejas coproducciones de los cincuenta-sesenta (“¡Somos los actores de la coproducción italiana!”, según una escena famosa del astuto Godard), este “nuevo” género consigue una amplia financiación de diversos países, por medio de compañías privadas y estatales, o “mixtas”, si es que existe tal cosa.

En la película resultante, se intenta conciliar un cierto grado de respeto a lo local y un alto grado de profesionalismo, sea esto lo que fuere (la “calidad” de la imagen es un sine que non). No se elude “lo político” (habría que profundizar en esto) ni las lenguas regionales (pensemos en Magallanes y el estallido final, en quechua, de Magaly Solier); total, siempre se puede doblar o subtitular.

monos 254La multiproducción permite no solo que la película se financie, y por ende exista, sino también que sea exhibida ─nunca es seguro─ en todos esos países intervinientes; suele hacer una amplia recorrida en festivales de cine y ganar varios premios, lo que refuerza un poco su posible llegada a un público más amplio (gran parte de la financiación es para prensa, sin la cual el producto quedaría estacionado en alguna lugar plataforma virtual, con suerte: “Una película de X”, donde X aporta, si lo hace, solo una tecnología de acceso y, tal vez, algunas regalías).

Todo lo anterior ─ligeramente irónico, lo admito─ no debe leerse (solo) como una crítica adversa. Son épocas aciagas para el cine: una competencia casi imposible por un público cada vez más disperso en la sociedad del espectáculo ampliada de las redes sociales. Suele insistirse: hoy “cualquiera” puede tomar una cámara digital, incluso un celular, y hacer una obra maestra; pero ¿quién la va a ver? ¿Quién va a vivir de eso? Hasta las películas del gigante norteamericano buscan financiación, o por lo menos ventajas impositivas (que es casi lo mismo), en Canadá o Nueva Zelanda. La amplia y profunda internalización de la producción es un hecho con el cual se puede hacer de todo menos negarlo.

Dicho esto ─casi como una descarga─, vamos a pensar, por fin, en Monos, del cineasta colombiano Alejandro Landes (Cocalero, Porfirio).

El relato nos propone un grupo homónimo, constituido por chicos y chicas, entrenado, armado, que custodia a una estadounidense secuestrada, en medio de un paisaje selvático y montañoso. Varios tienen nombres de animales, y son dirigidos por un hombre pequeño llamado Mensajero, que no vive con ellos.

monos poster 375Hay múltiples referencias que la crítica ha destacado, desde El señor de las moscas a Apocalypse Now. No me parecen muy pertinentes, salvo como citas, aunque también podrían ser un camino a seguir para buscar sentidos en lo que pasa. Una microsociedad infantil que se re-organiza como la civilización perdida; la selva conradiana o carpenteriana como locus tanto del horror cuanto de la fascinación, y la búsqueda de un contacto redentor con los orígenes… (Yo me permitiría agregar una gran relación con Los salvajes, de Alejandro Fadel, con la que tiene en común cierta caracterización de los protagonistas y una parecida estetización.)

Las acciones referidas carecen de motivación en el sentido tradicional; empiezan in media res. No sabemos, no se nos dice, dónde transcurre el relato ni quiénes son esos niños y jóvenes, o por qué están ahí. Las alusiones se van sumando de a poco, y el espectador se ve obligado a seguirlas: hay referencias a una organización “rebelde” más amplia, guerrillera más que paraestatal; el paisaje ─solo si se reconoce, lo cual es muy difícil porque se trata de un área poco frecuentada, real y en peligro ecológico─ y el acento de los personajes ─más claramente─ remiten a Colombia (aun mezclando el voseo y el ustedeo propios de Antioquia con un tuteo ocasional).

¿Hay una trampa ahí, en la ausencia de un contexto concreto? Posiblemente. O bien: hay en la ambigüedad generalizada un programa estético-ideológico (que alcanza también la evidente androginia o fluidez genérica que muy bien ha destacado la reseña de Maia Debowicz en Página/12, “Monos: una película queer”.)

Pero aquel locus mencionado antes me remite a la azarosa coincidencia con una lectura reciente.

Antonio Gimeno Cuspinera, traductor del volumen I de Homo sacer, de Giorgio Agamben, se enfrenta a un problema específico en su tarea, y nos deja una nota brillante, que vale la pena citar in extenso: “Se nos ofrece aquí por primera vez esta caracterización de la nuda vida que ─como protagonista de este libro─ recurre en muchísimas ocasiones junto a sus dos notas esenciales: la de ser una vida a la que cualquiera puede dar muerte impunemente y, al mismo tiempo, la de no poder ser sacrificada de acuerdo con los rituales establecidos; es decir, la vida ‘uccidibile e insacrificabile’ del homo sacer y de las figuras análogas a él. La subida concisión de esta formulación, ya de por sí muy tensa en italiano, nos parece de muy problemática reproducción en castellano, y con mayor razón la que se manifiesta en giros afines como ‘uccidibile insacrificabilitá’ o ‘insacrificabile uccidibilitá’. Insacrificable o insacrificabilidad no ofrecen, está claro, problema alguno; pero ‘matable’ y ‘matabilidad’ se compadecen mal con nuestra sensibilidad lingüística, aunque desde un punto de vista estrictamente gramatical nada se opondría a su uso, y por eso hemos decidido, no sin vacilaciones, abstenernos de él por temor a incurrir en un forzamiento excesivo sin una necesidad acuciante. No obstante, parece importante señalar que, como me ha indicado amablemente el profesor colombiano, mi amigo Alfonso Monsalve, ‘matable’ se ha hecho relativamente frecuente en su país, en una utilización claramente biopolítica, para referirse a los marginados extremos, los llamados ‘desechables’ cuya muerte no entraña en la práctica consecuencia jurídica alguna. Eliminable, suprimible o aniquilable, por ejemplo, son dignos de consideración”.

Más allá de la referencia a Colombia (pivote de la coincidencia que mencioné), lo que podemos encontrar acá es una de las claves de las película. Los chicos son los homines sacri de Agamben, marginados, desechables, “matables”; lo que no impide que ellos a su vez sean matadores, asesinos casi sin conciencia, al contrario, una cosa está relacionada con la otra: matan porque pueden ser matados en cualquier momento; porque, en cierto sentido, ya están muertos, y la violencia es el umbral inestable que separa su nuda vida y su clasificación biopolítica estatal. Por eso, su devenir está marcado por una progresiva animalización: el grupo ─como se ha dicho─ se llama “Monos”, y se comunican como tales; varios de sus nombres son de animales, mientras la vaca que deben custodiar (fallidamente) se llama, no sin ironía, Shakira; las únicas reglas que conocen son las de la manada, y cuando intentan independizarse de sus superiores e imponer sus propias reglas, no son muy distintas de las otras ni les garantizan ninguna “libertad” más que la de siempre: matar y morir.

Mientras, si el Estado y la ciudad aparecen (al final), no saben qué hacer con la sobreviviente. Esa vida en estado puro (incluso andrógina) permanece inclasificable, y la decisión al respecto se nos sugiere ominosa.

En definitiva, la película de Landes ejerce una gran fascinación estética, pero deja un regusto ambiguo en lo ideológico. La ausencia de un “marco” (no digo explicativo, mucho menos justificativo), de una valoración de los acontecimientos ─que se suceden a veces con la tensión extrema pero superficial de un relato “de aventuras”─, aparece como equivalente de esa lejanía final de la polis, de la política. Y los personajes creados quedan tan expuestos a su inermidad como sus referentes imaginarios, esos chicos sagrados que pueden morir en cualquier momento sin merecer ni el más mínimo sacrificio.

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pablo valle 350Pablo Valle
Argentina 1961. Es profesor en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Enseña Semiología y Análisis del Discurso en el Ciclo Básico Común, y Problemas de Literatura Latinoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras (cátedra de David Viñas). Es editor, corrector, redactor, traductor y ghost writer. También fue crítico de cine (en la revista La vereda de enfrente). Ha publicado Simulacros (cuentos, 1985), Ángeles torpes (novela, 1995), Yo, el templario (novela, seud. Paul Mason, 2006), y tiene otras dos novelas inéditas, Los crímenes de la calle Barthes y La carta de Rozas. Autor de los libros didácticos Guía para preparar monografías (1997, 2008, con Ezequiel Ander-Egg; varias ediciones) y Cómo corregir sin ofender (1998, 2001). Durante 20 años fue editor general en el Grupo Editorial Lumen. Samuráis quiere ser su próximo libro. Killers es una coleccion de relatos en preparación.

Material enviado a Aurora Boreal® por Pablo Valle. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Pablo Valle. Fotografía Pablo Valle © Silvia Tombesi. Fotografías de Monos tomadas de internet.

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