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Literatura

Regreso a Ítaca

luis hernan castaneda 250Yo, el hombre de muchos senderos, no merezco el amor de mi mujer, no merezco esa ingenuidad que me daña con su belleza, no merezco la culpa atroz de ser el perro incapaz de corresponderla y no merezco el sacrificio perverso de sus ojos cerrados, el suicidio de una mirada que me ha sido entregada sin reservas.
Soñé que yacíamos entre pellejos después de hacer el amor. Ella alzaba la manta y, observando fijamente mi cuerpo desnudo, me confeccionaba un traje de hebras níveas, una larga cabellera blanca que florecía desde mi cabeza y me envolvía como un velo de mentiras imperfectas. Después avanzaba una mano insegura intentando creer, sintiendo titilar el nacimiento de la fe, y sonreía victoriosa, torcía una comisura traviesa porque había vencido una resistencia, había demostrado que, de entonces en adelante, yo no sería el único facultado para extasiarse con la visión de la criatura.
La noche en que llegué a la isla, ella me observaba con sus grandes ojos inmóviles mientras yo me desceñía la túnica polvosa. La lentitud de mis movimientos debió de parecerle una consecuencia natural del cansancio de los viajeros. Me acomodé a su diestra para contárselo todo desde el principio, según la promesa que me había hecho cuando surcaba el océano. Descuida, le dije, sé que no puedes verme. Tus ojos no están hechos para percibir mi metamorfosis. No tendría la desvergüenza de pedirte que me creyeras cuando afirmo que la totalidad de mi piel está cubierta de pelo, y que la única señal que recuerda mi antigua apariencia son mis ojos cercados por una inagotable selva blanca.

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La Amazonía, cuna de valientes

sophie canal 2506 de Junio del 1994
Ricardo- A dos horas del pueblo de Perla Mayo. Camino de Juanjui a Tocache, Departamento de San Martín, Loreto, Amazonía peruana.
24 soldados de la Compañía Especial del Comando número 115 de Tarapoto, destacamento Leoncio Prado, contra 120 subversivos SL. 24 contra 120, el sargento Quispe los contó, y se puede confiar en el sargento Quispe. Yo, sargento Ricardo Padilla-López, 19 años, 2 horas y 21 minutos esperando camuflado detrás de mi capinuri, mi árbol pene, la vida tiene humor… Si Paloma pudiese verme… Pero por la hora que es, Paloma debe gorjear con su estudiante de computación. Lo único que me queda: optar por el humor del árbol pene que despliega su erección en mis narices, cuando me encuentro privado de sexo desde hace dos años. ¿Cuánto tiempo un ser humano puede sobrevivir en la abstinencia total? Dos días sin beber, 44 sin comer, ¿cuántos sin fornicar? Lo peor en la espera de una batalla es el silencio que la precede, bulla silenciosa de la selva, acá todo suena, y cada ruido es una traición: hay un ave nocturna capaz de imitar a un niño llorando a su madre, para confundir a cualquiera, ayaymama, ayaymama, y este pez gato que grita como una rata cuando lo pescan, y esas ratas que ululan, y esos pájaros carpinteros empezando a serrar madera a las 6 de la noche en punto, y esos calatos salvajes capaces de reproducir todos aquellos ruidos, y el maldito otorongo que no se deja escuchar al llegar, y esas arañas filósofas que hacen Sócrates, Sócrates, Sócrates, ¡mentirosa, traicionera selva! La última vez que dispararon, de allí venía, pero nada asegura que el próximo tiro no llegará de por allá, o del más allá, porque si sumamos a eso todos los espíritus de la pendeja selva… Como en la historia, que cuenta el caporal Meléndez: él estaba de guardia en un cementerio, solo, en el frente Huayara, cuando recibió una bofetada de una intensidad sobrenatural que lo derramó. Alrededor, nadie, nada más que la infinidad del cielo estrellado y sin viento, sin nada.
Yo seguro moriré en la selva.

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Julio Ramón Ribeyro - Sólo para fumadores

solo para fumadores 250Sólo para fumadores
Julio Ramón Ribeyro
Novela
Páginas 84
1987

 

 

 

 

 

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Des romans sentimentaux

miguel angel torres 250Trabajaba en una biblioteca de barrio, cerca a la estación de metro Argoulets y de mi casa, adonde había llegado desde hacía varias mañanas intentando terminar un largo poema que exploraba de modo esquivo las consecuencias de la muerte y fracasaba a menudo entre versos que releía sorprendido, defraudado. En la biblioteca, había unas pocas mesas largas, distribuidas cerca de las ventanas y junto a las computadoras. Desde las mesas se alcanzaba a ver la calle, los buses pasar, los autos, las señoras con sus gruesos caddies salir de la estación del metro. Yo dejaba mi maleta encima de la mesa, por temor a que me robaran, y me sentaba muy cerca de la ventana. Inclinado encima de mis hojas escritas, corregidas y garabateadas en distintos colores, por momentos escudriñaba desde mi sitio los anaqueles pálidos de libros de cocina y de shiatsu a mi lado, anhelando todo ruido o persona que pudiera interrumpirme y de alguna manera buscando en esas pequeñas naderías algo que consiguiera centrarme, que consiguiera el milagro de convertir eso que escribía en eso que quería escribir.
El bibliotecario era un hombre menudo y delgado, de una calvicie ordenada y sonrosada y unos pequeños lentes brillantes, en camisa, jeans y zapatillas. Hablaba en una voz baja, afeminada y con esa amabilidad inusitada de las bibliotecas pequeñas acompañaba a algunas personas hasta el corredor en que se hallaba el libro. Bonne lecture, bonne continuation, les decía sentado detrás de su escritorio al despedirlos. Esas personas eran por lo general señoras retiradas, de cabellos teñidos y blusas holgadas, que rechinaban sus zapatos de cuero mientras revisaban los pocos libros que habían en los estantes con las manos apoyadas en la cintura. También aparecían señoras jóvenes con sus hijos y algunos hombres que discutían afables del tiempo que hacía o resumían en dos frases su desagrado por el último libro que se habían prestado. Hablaban con esa voz gruesa, balbuceante y resabiada que me parece termina por formarse en todo hombre francés que supera los sesenta años.

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In God We Trust

diego trelles 250La corbata de papá es roja, blanca y azul.
La medalla del señor sin piernas tiene los mismos colores pero las estrellitas salpicadas son más pequeñas. Aún no tengo corbata porque Dick piensa que los niños no debemos usarla. Creo que se equivoca: yo ya no soy un niño, en seis días cumpliré doce. Dick me dijo que tendría una sorpresa por mi cumpleaños, pero no mencionó la corbata. Dijo: «haremos una pequeña fiesta con todos nuestros hermanos» y eso fue un poco tonto porque todos los hombres del mundo son nuestros hermanos o al menos eso dice Dick, y si nuestro pastor dice algo, hay que escucharlo con todos los sentidos y con el corazón.
Me gustaría invitar a mi fiesta al señor de la medalla. El pobre está amarrado a uno de los asientos del bus y tiene que esperar a que el conductor lo libere para mover su silla de ruedas. ¿Será un soldado héroe, un policía valiente?... ¡Jo!, no tengo ni la menor idea, pero sé que a Dick le gustaría mucho su camiseta. In God We Trust se lee y yo entiendo muy bien lo que significa y, por eso, también comprendo que es una persona feliz a la que no le importa vivir sentada. Hay, sin embargo, algo de misterioso en su sonrisa. Algo que me asusta y me intriga al mismo tiempo. No me sorprendería, por ejemplo, que el hombre sin piernas empezara a llorar. Aunque quién sabe. Cuando mi papá llora (se encierra en el baño creyendo que no me doy cuenta), se me hace un nudo de aire en la garganta y doy vueltas en casa como si algo muy importante se me hubiese perdido. Algo que nunca he tenido pero igual busco.

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El mago

carlos yushimito 251“Todo, además, es la punta de un misterio.
Inclusive los hechos. O la ausencia de ellos.
¿Duda? Cuando nada acontece, hay un milagro
que no estamos viendo”.
El espejo, Guimarães Rosa

 

 

 

En la rúa de Magalhães, trescientos metros de camino directo desde Oliveiro Branco, todo lucía gris a causa del temporal. El coliseo, un caparazón de cemento, se derretía lentamente como un espejismo sucio al pie de su perspectiva. Llovía. Y lo peor de todo –pensó Evangelista–era que llovía. Esa forma curiosa de sentir la lluvia cuando escuchas el rumor que produce su continuidad, y sientes cómo picotea sobre el paraguas, y sientes un sonido botánico que todo lo resbala mientras va formando líneas paralelas en la pista. Pero no es el tacto de su humedad afilada la que, después de todo, te hace reconocer que llueve. Es su sonido. La calle cruzada por sombras que van buscando un refugio; los quietos y redondos fanales como ojos de batracios, apuntándote el camino de luz por el que deambulan puntos de lluvia. Pero, por encima de todas estas percepciones, uno sabe que llueve, mucho antes de ver las ráfagas de agua o de mojarse los cabellos; incluso mucho después, cuando ha escampado ya por completo y el cielo se abre como un par de aletas que respiran, asomándose a través de las nubes. Pero los sonidos se pierden se pierden se confunden. Son como el latido de un corazón o el reloj que descansa en la mesilla de noche. De pronto un día los oyes.
Y eso es todo.

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El violinista de las montañas

karina pacheco 250

En las cumbres más altas que rodean el pueblo de Lawa-Lawa habitaba un violinista al que todos conocían pero a quien nadie había visto jamás. Dicen que muchas alpacas y ovejas desaparecieron mientras bailaban seducidas al son de sus notas encantadoras y que las mismas nubes dejaban de llover mientras vibraran las cuerdas de aquel violín. Los abuelos cuentan que su repertorio crecía con cada luna llena y que en noches claras como esas, los pastores se cubrían las orejas para no dejarse arrastrar hasta los abismos donde mejor se escuchaba ese concierto. De los hombres y animales desaparecidos, de los que volvieron confusos y enloquecidos de las montañas, se echó la culpa al violinista; aunque su música siguiera alentando ternura en los pechos de los oyentes, cuyos corazones se agitaban como tambores.
¿Procede la música del cielo, o es la única propiedad divina que los ángeles caídos lograron retener en el mundo subterráneo? Porque aunque del cielo parece llegar el conmovedor sonido del violín, son los pies los que danzan besando en cada paso la tierra. Ni en sequía ni en estación de tormenta aquellas melodías dejaban de sonar. En diferentes épocas la gente entendió que habían sido compuestas para entregarse a la vida: los enamorados al amor valiente; los ancianos a la alegría en sus últimos días, y los niños que con sus trompos retozaban por el campo creían que servían para prolongar el tiempo de sus juegos.

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El baile de la garza

irma del aguila 251El cierre del blue jeans se ha trabado. Yoli, la muchacha bóóraá, jala del tirador repetidas veces, intentado zafar la tela de la abrazadera, pero es inútil, lo único que consigue es hundir la costura en el pliegue de su sexo. Como no lleva ropa interior, la operación resulta incómoda. Por fin desiste y se enfunda el pantalón a la diabla.
El blue jeans le ciñe las piernas delgadas, el ruedo cubre gran parte del empeine, pero deja al descubierto los dedos de unos pies trajinados por igual en selva y descampado. Una camiseta de algodón mangas cero con las letras “Inka Cola” le cubre holgadamente el torso. El pantalón es de segunda mano, recibido en trueque a cambio de una falda nativa hecha de corteza de ojé. La prenda se la dejó una adolescente que cursa la secundaria en un colegio de Iquitos y que llegó en excursión el día anterior con sus compañeros y maestra, surcando en lancha el río Momón. A la chica iquiteña le pareció “maldita” la falda nativa que no estaba hecha de ningún material que hubiera visto en los mercadillos de Iquitos, ni algodón, ni lana, ni siquiera nylon u otro derivado sintético. “Y con rayas que ya no se borran más nunca, pintadas con tinte de resina mashinango”, le explicó la muchacha bóoraá mientras restregaba la tela con los puños para luego alisarla sobre su regazo, con ayuda de la palma y dedos de la mano, dejando que la clienta contemple el prodigio. Yoli codiciaba el pantalón y no cejó en su empeño hasta hacerlo suyo, “la resina se come la piel de tu mano cuando la machacas”, el puño cerrado golpeó una y otra vez la palma abierta para ilustrar el trabajoso proceso de obtención del tinte natural.

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Champs-Elysées - 1946

christiane felip 250Una joven cruza corriendo los Campos Elíseos desiertos. Sólo se ven, en segundo plano y a la izquierda, las formas borrosas de dos autos, el primero escondiendo parcialmente al segundo. Tras los autos, el edificio que ocupa la casi totalidad de la foto forma esquina con una calle oscura. Destaca su regularidad arquitectónica: cuatro pisos, ventanas altas con balcón. Un balcón parece bordear todo el último piso, por lo menos en la parte que da a los Campos Elíseos. La fachada que da a la otra calle, dada la perspectiva oblicua, no es nítida. Además, las siluetas de los árboles que extienden sus ramas desnudas la tapan en parte. En realidad, quizás “tapar” no sea la palabra adecuada porque a través de las ramas se ve en parte la fachada, pero el enjambre de las ramas teje una red a partir del segundo piso y sólo se adivinan las ventanas por el contraste entre sus manchas negras alargadas y el color claro de la fachada. A la extrema izquierda, contiguo al de cuatro pisos, hay otro edificio más alto cuya construcción más moderna rompe con la sobriedad del primero. No parece ser de viviendas sino más bien de oficinas.
Los dos autos, los dos árboles, los dos edificios, han salido borrosos porque el primer plano es el de la joven que cruza en diagonal el paso peatonal. Lo cruza corriendo, de la izquierda hacia la derecha. No ocupa exactamente el centro de la foto. Su espalda es la que marca el centro pues está en la prolongación exacta de una hilera vertical de cuatro ventanas del primer edificio, las últimas de la derecha que dan a la avenida, es decir justo antes de la esquina con la otra calle. Por lo tanto el cuerpo de la muchacha ocupa el inicio de la segunda mitad derecha de la foto, partiendo del centro, claro. Sólo pertenecen a la mitad izquierda la pierna derecha, parte de la maleta y el abrigo a altura de las caderas.

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