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Puro Cuento

El corte de la chaqueta

miguel rodriguez 251Salimos juntos del restaurante, hace un poco de fresco a esta hora. Yo visto camisa blanca, y ya en la calle me destemplo, me pasa siempre. Ella viene hacia mí con mi chaqueta, sabe que tengo frío; ella sabe muchas cosas de mí, y se acerca a mí con mi chaqueta. Pero hoy hay algo distinto en ella, que en la cena me mira demasiado fijamente y pestañea menos de lo habitual. Ahora, en la calle, me doy cuenta de que su cara está un poco tensa, rígida, aunque ella no suele sentir el frío. Y entonces lo veo: trae mi chaqueta doblada de una manera que yo no haría nunca, por mi costumbre ordenada. Un doblez inusual, una caída sobre el brazo que rompe la simetría visual, el orden de los minutos, la conversación. Y comprendo entonces: hay algo en mi chaqueta, la que ella me ofrece y quiere que me ponga. Me habla, me insta, pero las palabras se quedan fuera, solo entra en mí el frío. Ella sabe que tengo frío. Yo rehúso, me excuso, es un paseo corto hasta su casa, después ya cojo un taxi y no necesitaré ponerme la chaqueta, pero esto no se lo cuento, tan solo lo pienso. Un paseo corto hasta su casa, donde guardo y ella custodia alguna más de mis chaquetas. Ella insiste, lo intenta una y otra vez tratando de parecer cuidadosa, ya no sutil, y me coge por el brazo para guiarlo hacia la manga de mi chaqueta, la que oculta algo, y yo hago un último movimiento brusco y me aparto unos pasos. Al hacerlo, ambos oímos el ruido de un objeto metálico que se cae al suelo desde el interior de mi chaqueta, un objeto que preferimos no mirar, y los ojos se nos clavan con dureza: los de ella en mí, pendientes de mi reacción; los míos en alguien que no reconozco en aquella mujer. Retrocedo un poco más, espantado de ella, de mi chaqueta, de nuestra mirada, del frío con el que he vivido. Espantado de haber oído lo que hemos oído.

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El entierro

viveca tallgren 251"El entierro", relato con el cual realizó su debut literario la escritora Viveca Tallgren en la Danmarks Radio en 1985.
El relato fue leído por un actor y años más tarde traducido al castellano por Anne Klint.

 

 

En la entrada de la iglesia estaba el sacristán vestido de frac. Me pidió la tarjeta de invitación. Le miré con extrañeza.

- Por favor, su nombre y apellido, reiteró fríamente.

- Pero soy la hija de la señora Carrington...

- Por favor, su nombre, reiteró sin inmutarse. Sentí un escalofrío. Le di mi nombre. Sacó un plano del interior de la iglesia y puso una cruz en él.

- Puede Usted sentarse en la parte posterior a la izquierda.

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La ciudad que no fue

alejandra ortiz 252Junio. Son cortas las dos horas del tour. La rutina parece la misma, cada día. El hombre encargado del recorrido tuvo que irse temprano. No suele hacerlo y ahora el guía temporal es quien nos muestra el lugar. Alguien intenta acercarse para tener una mejor vista. El guía prende la luz. Descubrimos que los garabatos pintados en el techo son, y fueron, símbolos de grandeza. Ahora algunos lucen estropeados. Una imagen de Marilyn Monroe ilumina la entrada, imponente. Magnífica. Recuerdo una frase leída que, sin querer, reveló aquel destino. “¿A quién le importa si es inteligente o no? Basta con que haya existido un rostro así”. No habría que tomar esto como verdad absoluta, pero en el universo de las estrellas, ella, sin duda, fue el sol.

A tres metros de la entrada al museo, de vuelta a la realidad, el calor se torna fastidioso. Es intenso, demasiado luminoso. Parece no ser de este mundo. Me acerqué a la puerta y leí en voz alta el letrero: “Caliwood”. El mundo ahora se divide en dos. La ilusión sobre un pasado maravilloso toma fuerza mientras el presente viene a ser una turba de acontecimientos sin sentido. Un turista pregunta: “¿Puedes mostrarnos más de cerca las imágenes de la vitrina?”. Opina que se ven demasiado borrosas y lejanas. El pasado es borroso. A veces cruel. No deja nada intacto. Nada ocurrió como lo recordamos, por insólito que sea. La marca del tiempo va modificando los recuerdos: nadie evalúa sus memorias sin la distancia que dan las experiencias nuevas.

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La catástrofe

milciades arevalo 285A Soledad Restrepo, por siempre

 

La biblioteca del alcázar estaba situada en el último piso de una torre circular a la cual se llegaba por una escalera en espiral. Para colmo de males, allí nadie leía. A la señora Benazir únicamente le importaba comer, comer y comer. Era tanta su gordura que a donde quiera que iba tenían llevarla en un palanquín. A Saucina, la hija del señor Abedamera, una moza de trenzas doradas, más llena de bríos que una potranca, lo que más le gustaba era perder el tiempo suspirando por un marinero que le había prometido casarse con ella tan pronto volviera de un viaje alrededor del mundo. Bella Donna, una muchacha de ojos lánguidos vivía tocando la flauta, para que Saucina no estuviera triste.

Presumiendo que toda la familia del señor Abedamera había salido a ver el desfile de las comparsas del carnaval, traté de ordenar la biblioteca de la mejor manera, para que me alcanzara el tiempo para hojear los libros de rigurosa manufactura, raros y curiosos la mayoría, de leyendas y amores inventados, de pájaros de fuego y seres de incandescente belleza, de viajes y extrañas culturas, con la diferencia de que cada vez que abría un libro salía volando un pez, un dragón o una muchacha desnuda... Sin dejar que ningún pensamiento impuro me perturbara el ánima, continué ordenando los libros en los anaqueles, al cuidado de las plantas carnívoras que, si bien nadie veía a simple vista, años atrás se habían engullido una suma no despreciable de cristianos.

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Corazones inocentes

pedro novoa 250“[…] la vida bulle
Y la ciudad arde,
Y el cielo se resuelve en lluvia,
Y tu pluma araña el corazón de la vida”.
Antonín Artaud.

 

1: Ponencia magistral

Noche caliente en Piura, arañazos de luz hundiéndose en los rostros achispados: rojo primero, rojo beso de hembra después, verde menta, verdementa a los costados, afuera y sudor de chela dentro, por el cuello de la camisa, bajando por las axilas de todos (como derritiéndonos) y a la cabecera de la mesa del bar: la cabellera cana, aleonada, los lentes de entomólogo y esa sonrisa ancha que destaca y se impone, que brilla y suena: «Comencemos con la ponencia de rigor». Y los ocho de la mesa acatan el dictamen, respetuosos, serios, las manos a los bolsillos (más hombres que nunca) y billetes y monedas afuera. Alguien junta, hace cuentas, calcula, matemático, economista. Sobrado alcanza para media docena, dice uno, la noche promete. Sí, la hacemos, asegura otro. Es un buen arranque, asienten, juran por su madrecita o por ese dios que nadie cree y que solo sienten como una lamida tibia en una mejilla cuando el alcohol se ausenta. El mozo deja un par de platitos de cancha. Brazos estirados, manos hambrientas, lengüetazo a las comisuras de la boca, pero ya el de la melena alba ha ganado casi todo el contenido de uno de los platos. Sonríe, sin culpa, travieso, el corazón inocente saliéndosele por la boca junto a una canchita triturada. ¿Inocente?, sí, sin pecado concebido, parece decir con el movimiento de sus manos, con las fluctuaciones de esa paz beatífica que se han encargado de hacerlo memorable. Porque ¿habría en las letras peruana escritor más inocente que él? Para unos: No podría haber existido nadie tan inocente. Para otros: Simplemente no debería haber existido nunca un escritor como él. Pero ahí está, impune, eterno adolescente a sus ochenta y cuatro años, acomodando su voluminoso cuerpo en la silleta de un bar–karaoke piurano, rodeado de amigos para celebrar la vida y la noche con la fraternidad propia que solo concede la buena cebada y la mejor conversa.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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