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Literatura

Seis minirrelatos de Horacio Peña

jardin cassia 250LA ETERNIDAD

—No abra esa ventana— le suplican a la mujer . Si la abre, comenzara el diluvio universal de la eternidad,
y no tenemos el arca milagrosa para salvarnos—.
—Yo soy la eternidad— contesta la mujer.
Y abre la ventana.

 

 

EL MAL

 

—No cierre esa puerta— le gritan. Si la cierra, empezara el reino del Mal. El Mal será el Señor del Mundo—.
—Siempre ha sido el Mal el Señor del Mundo,—responde. Nosotros somos el Mal.
Y cierra la puerta.

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Selección de poemas de Minke Wang

minke wang 250Minke Wang nace en Wenzhou, China. A los diez años llega a España. Pasa la juventud en Valladolid y Madrid. Publica poemas y relatos en revistas como Kokoro, Paralelo Sur, La Revista de Occidente, y en el diario El País. En teatro estrena Inmortales en la Sala Cuarta Pared; y Teatro del Astillero programa su obra Tres figuras al pie ¿de? para una lectura en la Universidad Complutense de Madrid. En poesía lee junto a otros poetas en La Voz + Joven 2011; y en 2015 publica su libro mòh. con Amargord Ediciones.

Selección de nueve poemas por el autor para Aurora Boreal®. De su libro mòh [ ARN de Renunciación™ es un trabajo a partir de la naturaleza fonocéntrica de algunos textos sagrados. Son tan antiguos que su significado ya se ha perdido; sin embargo se espera que con su mera pronunciación se vuelva a producir algo extraordinario. El título apunta a la sopa primigenia donde competían por reproducirse las primeras secuencias de letras: las máquinas de ARN. ¿Qué hubiera ocurrido si hubieran renunciado a evolucionar hacia el ADN, artífice de las formas de vida actuales? ]

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'Coordenadas temporales' - el segundo libro de ficción de Claudia Salazar Jiménez

coordenadas temporales 250Hoy hablaremos de Coordenadas temporales, el segundo libro de ficción de Claudia Salazar Jiménez, uno que reúne 12 cuentos, algunos cortos y otros muy cortos. Desde luego, Claudia no necesita presentación. Cinco ediciones de La sangre de la aurora, su primera novela la adelantan. También el Premio Las Américas de Narrativa Latinoamericana otorgado en Puerto Rico. En cierto punto, esta presentación tienen un gesto inverso, el de presentarnos a sus cuentos.

Se llaman Coordenadas temporales y expresan la paradoja de lo fugaz en una escritura a la que definen bien una sensibilidad y un pensamiento. Digamos que, en este caso, los cuentos, antes que formas literarias, son formatos que cortan y la vez posibilitan los flujos de escrituras, con sus desvíos y discontinuidades. Las “coordenadas son” las revistas, las antologías, los espacios de figuración pública que no son libros pero que tienen más velocidad y vida cotidiana que la literatura de libro y de autor “literario”. Hablo de espacios otros que tienen algunas reglas: por decir, la ortodoxia del género cuento para ficción que responde a la lógica literaria de lo veloz y a la lógica del mercado del formato corto: más autores en el menor número de páginas impresas . A cambio, no se obtiene poco: la literatura se suma, en la mayoría de los casos, a la multiplicación de medios y soportes que hormiguean en el espacio público, en el intersticio que deja la multimedia contemporánea, distinta de la escena estática de lectura de autor de biblioteca patricia. Son formatos de literatura portátil; los de una literatura que se sube a los buses, que se multiplica por los centros de mesa, que fertiliza el breve lapso entre obligaciones laborales. ¿Es, por ello, literatura muy distintas de la otra de Claudia Salazar Jiménez? No en sus líneas de continuidad, como he dicho.

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"Ser solitario hoy es como escribir con pluma” - El novelista ecuatoriano Javier Vásconez presenta en Madrid 'Hoteles del silencio', su más reciente obra

javier vasconez 250Hoteles del silencio
Javier Vásconez
Novela
Editorial Pre-Textos
Páginas 336
2016

 

 

 

 

 

Javier Vásconez es un solitario que viene de Quito, Ecuador, escribe novelas y viaja por el mundo con una maleta imaginaria en la que habitan Kafka, Pavese, Onetti, Nabokov, Benet… Hace cuarenta años, en 1966, leía en una pensión madrileña Una meditación, de Juan Benet, y La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa. Todo lo convertía en literatura entonces, pero lo mismo hacía cuando era chico; su padre, que era diplomático y hombre de negocios ecuatoriano, lo alojaba en hoteles de su país o del extranjero.

Ahora está de nuevo en Madrid. No se aloja en esta ocasión en hotel alguno, sino en la casa de un amigo. Viene a presentar una novela que publica Pre-Textos. Es Hoteles del silencio, que sucede, sobre todo, en un hotel como aquel en el que él leyó a Benet y a Vargas Llosa en Madrid, en un país que no se parece en absoluto a aquel “polvoriento, de sandalias” que conoció cuando era niño y que reconoció, en igual estado, cuando vino a estudiar a Navarra y a Madrid. Entonces Madrid estaba lleno de borregos: “Felipe González y su gente cambiaron este país, le quitaron el polvo y las alpargatas”. Le queda a Madrid (y a España, dice) “el buen humor, la simpatía de la gente, la comida, el pan con tomate y la belleza de algunas damas”.

En aquel entonces, cuando tenía diez años, Vásconez era coleccionista de sellos: “Iba a la calle Montera, cambiaba estampillas y le hablaba al dueño del almacén en inglés; debía pensar que era un imbécil pedante… De aquel tiempo viene mi pasión por las cantantes, me enamoré de Sara Montiel de por vida”. Su padre le hablaba de Baroja, su amigo, “al que le traía sombreros de paja toquilla”.

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La búsqueda

dorelia barahona 250—A mí que me importa si la marea estaba baja o alta. Lo que importa es que perdí a mi niña y aun no la encuentro— dijo la mujer visiblemente contrariada levantando los brazos.

Cuando se acercan a ella para oír su historia las mujeres terminan irremediablemente poniéndose la mano en el pecho y sacando el pañuelo de la cartera. Los hombres, después de un rato de escucharla, por lo general hacían ese tipo de preguntas torpes, sobre el tiempo y las mareas, para espantar la angustia que les producía la historia de Vera, al imaginarse que también a ellos les podría pasar algo así.

¿Qué importaba hasta donde llegaba el agua? Más lejos o más cerca de las raíces lavadas de los Almendros. La verdad seguía siendo la misma.

La hija de Vera no había muerto, tampoco se había ahogado como habían dicho en un primer momento las autoridades. Abril, así se llamaba la niña de doce años y que hoy tendría catorce, su hija mayor, había sido raptada en plena playa para dar inicio a la ruta del sufrimiento y la desesperación, de la madre, del padre, de toda la familia y de ella misma como víctima de la esclavitud moderna.

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'Ojos que no ven' - novela de J.Á.González Sainz

ojos que no ven 250Ojos que no ven
J.Á.González Sainz
Novela
Páginas 154
Editorial Anagrama
ISBN 978-84-339-7204-0
Colección Narrativas hispánicas
2009

 

 

 

Cuando la vieja imprenta local en la que Felipe Díaz Carrión llevaba media vida quebró, él se quedó sin trabajo y sin posibilidades de conseguirlo. Era la época en que se emigraba a las industriosas poblaciones del norte. Su hijo tenía nueve años, y no había día en que Asun, su mujer, no le pidiera a Felipe que se marcharan. Así que cerraron la casa y se fueron al norte. Felipe trabajó primero en la construcción, y después en una fábrica de productos químicos. Tuvieron otro hijo, se compraron otra casa, y pasó el tiempo, y la vida los cambió. Porque algunos de los miembros de la familia –el hijo mayor y Asun, que quizá no soportaban ser para siempre los otros, los charnegos– no pudieron sino sucumbir a las obsesiones de identidad y afirmación. Y éstas son algunas de las líneas del mapa del territorio de esta hermosísima novela contemporánea y ferozmente sabia, donde se anudan pasado y presente en la historia de tres generaciones. Una novela que nos habla de las persuasiones de la vileza moral como proyecto político y que pone el dedo en una de las llagas de nuestro pasado reciente. Una meditación, también, sobre las palabras y los sentidos que con ellas atribuimos o arrebatamos a las cosas.

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Las horas del té

miguel rodriguez 251Ellos piensan que lo sé, me vieron con ella y piensan que lo sé o que soy parte de la trama, tal vez incluso que sea yo quien haya maquinado su ejecución y que ahora estoy haciéndome el tonto o el duro. Ellos siempre piensan estas cosas. Son predecibles y eso me entristece. Hay cuatro, el mal afeitado es el loco, los demás parecen inteligentes y solo quieren información. El loco no quiere interrogarme, a él solo le interesa abrirme la cara, pero no sé por qué. No le conozco, creo, pero él me mira como si supiera todo de mí. Imagina que sé algo.
Sin embargo ella no ha muerto según el protocolo habitual, el plan salió mal y me vio alguien que ahora está en el cuarto contiguo, al otro lado del cristal, o eso al menos me han dicho hace un rato, seguramente para provocarme presión e inducirme a error en mi declaración, hacerme ceder a la emoción y crear un malentendido equívoco, un juego de palabras que desmonte mi coartada y desvele que sí, que fui yo; hacerme confesar algo que ni estos imbéciles ni ese supuesto testigo pueden probar. No saben qué les repugna más, si escucharme o pedirme humildemente ayuda en el análisis de los hechos. No quieren reconocer que ellos podrían ser yo, que yo también soy como ellos.
El caso es que yo he acabado desistiendo y les he dicho que sí, que he sido yo, he confesado por puro aburrimiento, ya no sé cuántas horas llevo aquí; pero ellos insisten en que un crimen tan escalofriante ha de cometerse por algún motivo, que no puede llevarse a cabo así como así, por simples maldad o sadismo. Necesitan una explicación. La gente es capaz de soportar el espanto si se lo explicas de manera razonable y con argumentos, lo cual me parece aún más horrible. Lo que pasa es que yo no soy una persona de desarrollos lógicos, sino de procedimientos, y esto les altera y les vuelve suspicaces. Les incomoda aún más que si en verdad hubiera cometido yo los crímenes de que me acusan.
El psiquiatra me cree y piensa que no soy un asesino, sino que simplemente estoy loco, y ha sugerido dejarme en libertad sin cargos y bajo vigilancia preventiva, de forma que pase a ser paciente externo en tratamiento de su hospital. Pocas noches después me adentré en su casa para agradecerle su ayuda, punto en el cual cambió de opinión para pasar a considerarme un criminal en potencia. Reescribió sus conclusiones, las envió al inspector e instigó para que se me juzgara por las muertes que – decía – sin duda he cometido y que me resisto a confesar. Por eso estoy aquí, con el loco que no duda y que me mira como si me conociera. Eso es lo que hacen los locos, creen que ya han vivido el mundo anteriormente.

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Sonia (y) la cucaracha

cucaracha 250A las tres de la madrugada, Sonia se volcó hacia el baño, “Esta cuca, irritada, no me deja dormir”. Al ir a tirar de la cadena del vater, “¡Qué asco!”, pero del fondo la taza la detuvo un susurro de voz, empañada de miles y miles de siglos, “Detente, bípedo, no quieras cometer otro de vuestros crímenes. Ya te vi antes de acostarte dando el mortal escobazo a la araña del techo, aunque para mi, ¡inmortal reina del mundo animal!, esto tan solo sería una ducha, aunque no me gusta dármelas a estas horas. Solo quiero beber un poquito de agua en esta noche calurosísima. Escucha y a ver si esto te hace olvidar la irritación. Soy la cucaracha en que se trasformó Kafka en su cuento. ¡Qué felicidad, dejar la naturaleza humana, y desalojar la pesadísima computadora de vuestro cerebro, mecanizándose ad infinitum y que alegría no tener que seguir aguantando a tal padre y amarrado al banco de la literatura del absurdo y a, la más absurda, angustia humana. Y ser, simplemente, bio, sin el fardo de vuestra cultura de tantos genocidios! Creo que él hasta se suicidó para que yo pudiera vivir esta vida de felicidad cucarachil sin el peso de sus restos, pero me dejó el habla. ¿Cómo he llegado a este abrevadero piscinal californiano? Oye, pues:

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Rosa sepulcral de nieve - La muerte de Robert Walser.

noel olivares 250Nochebuena de 1956 en Appenzell-Ausserrhoden, en el asilo de alienados de Herisau, Suiza. La sopa está servida y el asado humea en el gran comedor comunal. Los pacientes, correctamente sentados, esperan la señal del comienzo de la cena especial en compañía de la regidora frau Kanz y el doctor de guardia, señor Krauwenberg.
El poeta Robert Walser, viejo residente, aparece en último lugar con signos de cansancio en el rostro y las pupilas vidriosas. Por lo demás, viste su habitual traje gris marengo gastado por el uso con la dignidad de un rey y sin menoscabo de la labor de zapa que tiende la zarpa del tiempo.
A través de los gruesos ventanales no se percibe la intensa nevada cayendo copiosamente sobre la tierra esponjosa, sobre el bosque dormido, sobre los sólidos muros de la institución psiquiátrica como una noche más del largo y furibundo invierno en el apogeo de su interacción.
Tras la cena en silencio, el poeta se sienta junto al fuego y parece abstraído ante el baile de las llamas con mil reminiscencias fantásticas, rostros desaparecidos y familiares, amores esbozados y abortados, almas mezquinas con su veneno ya apagado, seres nobles congelados en la niebla de la edad, el poeta niño transportado en un sueño de encantamiento, el poeta joven convertido en un vagabundo con poder divino, desde las cárceles de las oficinas a las mazmorras de hospital, un alegre caminante por bosques y prados empapado de lluvia primaveral, abrazado a su cuaderno día y noche en la soledad de hosterías de paso, de la mano de quimeras ardientes desvanecidas en el aire febril de las tormentas, en la electricidad mayestática de rebeldías desesperadas de seres imposibles, disueltos por la campanilla del tiempo, fascinación y enamoramiento, decepción y fracasos, enfermedades del alma desbocada, muerte y resurrección.
El poeta intuye que la nieve continúa pertinaz, lo sepulta todo en miríadas de copos pero no puede sepultar su sueño del día siguiente: el paseo por el prado al otro lado de la pequeña aldea.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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