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Ensayo

Katrine Helene Andersen, Un lugar en el tiempo. Poesía e historia en 'El viajero del siglo' de Andrés Neuman

lh 107 250Resumen de la presentación de Katrine Helene Andersen durante el Festival de Literatura de Copenhage 2015.

 

 

 

 

Katrine Helene Andersen: Dinamarca. Es profesora contratada del departamento de Inglés, Alemán y Lenguas Románicas (Área de español) en la Universidad de Copenhague. Es licenciada y doctora en filosofía y literatura por las Universidades de Aarhus y Complutense de Madrid. Ha publicado varios estudios sobre el pensamiento español, con especial atención a las dimensiones filosóficas de autores como Miguel de Unamuno, Baltasar Gracián y Juan Larrea.

 

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'Paradiso' (1966 - 2016), la obligación de escucharme

paradiso 152Paradiso
José Lezama Lima
Ilustrador carátula Fajad Jamis
Páginas 616
1966

 

Arrogante certeza: Una vez le preguntaron a Lezama: “¿Para quién escribe?” Respondió: «En un himno atribuido a Orfeo se dice: ‘Sólo hablo para aquellos que están en la obligación de escucharme’. Que esa sentencia órfica nos acompañe siempre”.
Su única novela --¿iniciática?, sí, pero mucho más— ejemplifica esa selectiva obligación. Cincuenta años después de la edición príncipe –Ed. Unión, La Habana, 1966— se comprueba que es la novela contemporánea de habla hispana más mencionada y menos leída. Tal es mi experiencia. Cientos de diletantes la mencionan junto a su manierista autor para prestigiarse, pero en cuanto se les pregunta qué opinan de Oppiano cuando un portero cuenta que fue a llevarle un heliotropo a Proserpina o sobre su hermana Inaca Eco tras el ciclón; Foción nadando en la boca de la bahía habanera o acerca del epicureísta almuerzo de Rialta en el Capítulo VII..., cambian a engurruñarse cinco segundos con raras ofrendas y gestos para mudos.
Un enjambre apenas ha leído el erótico Capítulo VIII. Otro una reseña sobre la censura que sufrió entonces por parte de la dictadura “machista” y “casta”; capaz de sacar Paradiso de las librerías –como hizo--, ante la acusación de que se trataba de una obra contrarrevolucionaria y homosexual, decadente y extranjerizante, pornográfica e ininteligible.

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El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha: ¿teatro o vesania?

ian irachetaEl ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, escrito por Miguel de Cervantes Saavedra, es una novela avant la lettre que simplemente no pudo haber sida escrita en otro tiempo. Esto se debe a que ella recoge su materia de la literatura leída en la época, es decir, las novelas de caballerías, a las cuales parodia. En El Quijote, Alonso Quijano, el personaje principal, decide armarse caballero andante y salir en busca de aventuras. Parece paradójico entonces que, tras seguir y respetar los ideales caballerescos por incontables páginas, éste muera después de haber “abominado con muchas y eficaces razones los libros de caballerías.” (El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, II, LXXIV, 562) Esto verdaderamente se presenta como un non sequitur; en especial cuando consideramos que él permite que estos mismos ideales caballerescos sean los instrumentos de su destrucción: don Quijote es vencido por el Caballero de la Blanca Luna y es el mismo código caballeresco que lo obliga a regresar a la Mancha donde muere, presumiblemente, de melancolía. Pudo haber roto su palabra en cualquier momento y continuado con su “malandante caballería”. Sin embargo, sólo aborrece sus libros cuando esta acción no puede cambiar el curso de los hechos. En este ensayo utilizaré el topos del theatrum mundi como una posible explicación para el problema.

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¿Es Rubén Darío un poeta para muchedumbres?

ruben radio 250En el Prefacio de Cantos de vida y esperanza, Rubén Darío (l867-1916), escribe unas palabras enigmáticas, llenas de una oscura profecía, que todavía nos asombra, interroga, “Yo no soy un poeta para muchedumbres. Pero sé que indefectiblemente tengo que ir a ellas”. A cien años de su muerte, estas palabras nos persiguen y acusan. Estoy releyendo esas palabras de Darío, palabras que he marcado en amarillo, y que saltan de la página “Yo no soy un poeta para muchedumbres. Pero sé que indefectiblemente tengo que ir a ellas.”
¿Cuál era la idea de muchedumbres en Darío? Muchedumbre, al menos yo, la asocio con el pueblo, con la gente de la calle, los mercados, los taxistas, la muchedumbre, gente pobre, muchedumbre que viven en su pobreza de cada día. ¿Un poeta para muchedumbres? Las estadísticas, a pesar de ciertos avances en la educación de Latinoamérica, siguen siendo alarmantes, la cantidad de gente que no sabe leer ni escribir, es tristemente, impresionante.
¿Visionaba Darío a esa muchedumbre iletrada, pero que algún día, por la honestidad de los gobernantes tendría pan y letra, pan y palabra? Más y más el pueblo se ha quedado sin pan y sin palabra y la honestidad de los gobernantes nunca se ha realizado. En el tiempo de Darío la situación del pueblo, de la muchedumbre, no era mejor que ahora. El mismo se quejaba del ambiente cultural del tiempo en que le tocó nacer, y sin embargo, hay en su profecía un optimismo que encontramos en algunas de sus poesías, un optimismo no tan sólo por la mejora económica de Latinoamérica, sino por un avance en la educación y la cultura. Las estadísticas de los analfabetos en esos países que cantara Rubén, nos golpean y levantan su dedo acusador.

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La escritura, el dolor y la fiesta

alejo lópez 250Inédito

 

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No sabría explicarlo a satisfacción. Dedico mis días al infatigable sortilegio de interpretar las letras que otros han escrito y al extravagante oficio de trazar las mías propias. Sospecho que en el primer asunto es inevitable incurrir en frecuentes tergiversaciones y que, en el segundo, resulta casi imposible juntar dos palabras con acierto y armonía. Y sin embargo ―a vicio de insistir―, me corren ya tantos años en estas inquisiciones que han terminado convirtiéndose en mi destino. Soy muy consciente de lo que significa haber crecido entre libros, en una casa donde siempre se honró la literatura; pero esta mezcla de alborozo y de recóndito martirio que me produce el ejercicio de las letras tiene para mí el valor de una inclinación misteriosa. ¿Por qué me duele tanto esto que al mismo tiempo me gratifica y me embriaga? Quizá ni debería planteármelo y seguramente jamás llegaré a comprenderlo. Sé que ha habido autores declaradamente felices con su vocación, de modo que se permitieron agudezas contra “las agonías de la creación” ―así lo hizo E. M. Forster―. Hay otros que fueron verdaderos ascetas de la escritura y que pregonaron su padecimiento tanto como les fue posible ―ése es el caso del gran Flaubert―. Desde luego, jamás podría alinearme en ninguno de estos bandos, junto a escritores tan admirables. Ambos signos me atraviesan.
Dicho esto, no descarto la opción de proseguir hacia una afirmación categórica. La cualidad primera de una obra literaria es la sinceridad. No hay pericia técnica ni destreza estructural capaz de redimir un embuste de su infame condición. Todo lo contrario: cuanto más se insista en encubrirlo, más evidente será un truco; cuanto más se procure maquillarlo, más chapucero se hará el artificio. A lo largo de los siglos, la literatura ha estado ligada a la revelación, a la iluminación de las más profundas regiones del alma; allí radica su trasfondo místico, allí su perdurabilidad. Y dado que hay aspectos de la naturaleza humana que sólo pueden inquirirse literariamente, resulta imperativo para el escritor adentrarse en esos abismos, tener el coraje de honrar su propio talento apelando a toda su capacidad para ser sincero. Los demás caminos tienen apenas el valor de lo accesorio, de lo anecdótico. Sabemos que nuestro tiempo, sin embargo, ha convertido la tergiversación en su distintivo primordial; por esta ruta ha hecho del éxito, precisamente, el mayor de sus fetiches. De esta suerte, poco importa ya que una obra sea reveladora; basta con que tenga la capacidad de entretener, de recrear masivamente. Con el autor pasa otro tanto: lo fundamental ahora es que sea públicamente un escritor. Aunque no escriba.

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