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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (11)

Las peores películas de todos los tiempos

Cuando sepan de lo que voy a hablarles en esta Carta, y a pesar de que en parte ya aparece anunciado en su título, ustedes me dirán que se trata de una empresa imposible, y es bastante seguro que no se equivocan. Sólo que si nunca nos atreviésemos a acometer aquello que en un principio parece imposible, ¿qué nos quedaría sino vegetar?

Vaya por delante la aclaración de que los críticos cinematográficos alemanes no se caracterizan precisamente por usar guantes de terciopelo. Pero es que, además, incluso los redactores de las revistas que semanal o quincenalmente publican la programación de TV, suelen despacharse a gusto acerca de las películas que van a transmitir los distintos canales. Repasando las de un solo mes, y haciendo una selección muy restringida, lean lo que he cosechado: "Desconecte el cerebro para verla", "Historia y gags con olor a naftalina", "¡Socorro! ¡huyan de este canal!", "Porno tibio: tan cachondo como unos calcetines de lana", "Film completamente en serio y, por lo mismo, involuntariamente cómico", "Abstéganse los alérgicos al kitsch", "Tan estúpida que casi hace daño", "Muy poca ropa y mucha menos historia", "Se divertirá más jugando a las cartas"... Sobre un musical de Bollywood (Bombay): "Música y guaperas... para quienes les gusten". Acerca de una cinta titulada Besos robados: "Acá lo único que te roban es el tiempo". Y en fin, enjuiciando una producción tan sofisticada como Aimez-vous Brahms?: "Elegante, pero... aimez-vous soap opera?"

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CARTA DE ALEMANIA (10)

Las hojas muertas

Cierta vez me pasé un año completo dedicado al estudio de un tipo de esquelas mortuorias muy típicas en este país, y lo hice por motivos de estricta naturaleza literaria. Todo comenzó un día que llegó a mi casa el tan irreverente como excelente novelista brasileño Ignacio de Loyola Brandão, cargando bajo el brazo un ejemplar del libro titulado Denn alle Lust will Ewigkeit. ¡Ay, qué belleza de libro! Isolde Ohlbaum, la autora del mismo, y que con ese nombre hasta podría ser una heroína de Wagner, es uno de los fotógrafos profesionales más estimados de Alemania. Pocos retratos hay de personalidades famosas (sobre todo en el mundo de las letras) que no aparezcan en la prensa sin la firma de Isolde Ohlbaum. Pero resulta que la buena de Isolde, a quien no conozco, es una hermana mía en lo que podemos llamar "cementeriofilia". Y se había pasado horas y horas caminando camposantos europeos y capturando en imágenes, como sólo ella sabe hacerlo, un repertorio de 77 esculturas eróticas. Han leído bien: eróticas.

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CARTA DE ALEMANIA (8)

ricardo bada 008ricardoCervantes en tierra de tedescos

Mi Carta de Alemania del pasado mes de julio concluía de la siguiente manera: "Don Quijote y el idioma alemán. Todo un tema. Pero también Cervantes y el idioma alemán, donde a cuatro años de la publicación de Rinconete y Cortadillo, y por el sencillo procedimiento de convertir Sevilla en Praga, le infirieron un plagio que merece toda una Carta aparte, él solo. Queda prometida para una próxima vez". Y esa vez es hoy.

Una buena manera de introducirnos en el asunto es decir que a Cervantes le salieron en la vida dos Avellanedas: uno en la propia España, otro en tierra de tedescos, y que de ninguno de los dos se sabe cosa alguna a ciencia cierta. El compatriota se atrevió a continuar con una segunda parte las hazañas de Don Quijote, y el alemán tuvo la desfachatez de traducir Rinconete y Cortadillo a su idioma, "hinchando el perro" hasta casi el doble de su tamaño, trasladando su acción de las orillas del Guadalquivir a las del Moldava, y sin perder el tiempo en pequeñeces tales como darle crédito al autor de la historia original. Si bien es verdad que al final de su (¿su?) libro, hablando de Zuckerbastel –el nombre con que rebautizó a Monipodio–, deja caer las siguientes palabras: "(dessen Legenda gleichwol auch anderwärts in forma authentica beschrieben)", paréntesis muy significativo dentro del cual admite que la leyenda de Zuckerbastel anda descrita ya en otras latitudes, y lo que es mejor: "in forma authentica".

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CARTA DE ALEMANIA (9)

ricardo bada 008ricardoVivir en otra lengua

Intento meterme en la piel de un español o un hispanoamericano con vocación de escritor
o periodista, o ambas cosas, que emigra a los Estados Unidos, a Dinamarca, incluso Australia,
y que quiere salir adelante con esa vocación. Sé de lo que hablo porque llegué a Alemania en febrero de 1963 con el propósito de aprender el idioma alemán, pero de seguir escribiendo en el mío. Tuve la inmensa fortuna de que al poco tiempo de estar en el país me contrataran en la redacción latinoamericana de la emisora Radio Deutsche Welle, y así fue que pude realizar mi sueño... aunque a decir verdad nada más lo conseguí a medias, porque si bien me gané la vida escribiendo en castellano, mi alemán oral deja mucho que desear.

Entretanto han pasado ya cuarenta años, y soy abuelo de nietos alemanes, pero sigo pensando en el problema de la vocación, sobre todo cuando me reúno con mi amigo José F. A. Oliver, que es español de pura cepa, español de corazón. Pero nació de padres malagueños nada menos que en la Selva Negra y hoy cuenta como uno de los mejores poetas alemanes de los últimos tiempos. Hasta del mítico Instituto de Tecnología de Massachussets lo han invitado para que vaya a Boston a dar recitales de su poesía. Debe ser porque José vale, ya que en Boston, y sin llamarte Cabot o Lowell, no te invitan tan fácilmente. [Recuerden la acerada observación de JRJ en Diario de un poeta recién casado: «Andan por New York –mala amiga ¿por qué? de Boston, la culta, la Ciudad-Eje– unos versillos que dicen así:
                       Here is to good old Boston
                       The town of the beacon and the cod,
                       Where the Cabots only speak to the Lowells
                       And the Lowells only speak to God.
He conocido bien a una Cabot. ¡Cómo deben de aburrirse los Lowell! He leído La fuente de Lowell. ¡Cómo debe de estarse aburriendo Dios!»]

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CARTA DE ALEMANIA (7)

ricardo bada 008ricardoCortázar (* Bruselas, 26.8.1914)

En diciembre del 2000 me encontraba en Madrid, en un restaurante vasco, almorzando con uno de los grandes teóricos de la arquitectura contemporánea, el profesor Javier Maderuelo, a quien tuve la suerte de conocer hace ya más de veinte años y desde entonces somos amigos. En sus ratos libres, que son poquísimos y contabilizables con cuentagotas, Javier se dedica a la crítica de arte.

Ese día decembrino me preguntó si continuaba profesando la fe cronopial, es decir, si seguía siendo un fiel y acendrado admirador de la persona y la obra de Julio Cortázar. Que sí, le contesté. «Pues de postre a este almuerzo te voy a dar una sorpresa», me dijo. Y el postre–sorpresa consistió en llevarme a la Galería Sen, en el 43 de la calle del Barquillo, muy cerca de Alcalá y la Cibeles, muy cerca del palacio de Buenavista, donde hice mi servicio militar.

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