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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (14)

Aún hay jueces en Berlín

Si al corresponsal le gustase hacer frases escribiría algo así como: El corazón de los alemanes es una caja fuerte, y cuando consigues abrirla encuentras una póliza de seguros. El corresponsal también podría escorarse del lado de la filología y asegurar, con bastante más aproximación a la verdad (o al menos con no tanto sarcasmo como en el caso anterior), que la palabra clave del idioma alemán es la palabra seguridad, precediendo en el ranking al también sustantivo póliza, esto es: una seguridad asegurada por una compañía de seguros.

Semejante conocimiento no se adquiere de inmediato. Hace falta vivir algún tiempo en el país para darse cuenta de cuál es la clave del alma alemana. Más fácil es descubrir otra característica suya, por lo externo de sus manifestaciones: la queja, el lamento, el andar renegando. El alemán que no se queja ni se lamenta ni reniega, ha dado un gran paso adelante hacia la pérdida de sus señas de identidad nacionales. El alemán es un jeremías innato, que por lo demás siempre está dispuesto a llevar sus quejas hasta el juzgado. No creo que exista ningún país en el mundo con un mayor coeficiente de procesos judiciales por ciudadano.

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CARTA DE ALEMANIA (13)

De la toponimia alemana

Imagino que sin querer, en una urbanización del lugar donde vivo –en la periferia de Colonia y a orillas del Rhin– le han rendido al gran Chéjov un delicado homenaje de congruencia: la calle llamada Kirschgarten (= el jardín de los cerezos) es un callejón sin salida. Y es que en la toponimia urbana se dan casos muy justicieros, y hasta lúcidamente poéticos, y otros que no tanto, o que por lo menos inducen a un cierto desconcierto.

¿Qué puede decirle a un católico el hecho de que en Berlín, en el barrio de Schöneberg, la calle del apóstol San Pablo sea algo así como el breve gavilán de la interminable espada que es la calle Lutero? ¿se esconde en ello alguna simbología? ¿Y no se oculta una justicia poética refinadísima en el hecho de que los munícipes de Ámsterdam hayan colocado la estatua de Gandhi en el centro de la avenida Churchill? ¿Debemos sospechar algo por el estilo cuando descubrimos que la calle Alemania, tiene en Madrid una sola manzana y se encuentra más bien escondida en un arrabal de no muy grata memoria? ¿Y qué sentido atribuirle a que en Sevilla la calle Amistad, nada menos, sea un callejón sin salida? Otra cosa, claro está, es que en el plano de una ciudad –como en el de Huelva–, por razones de espacio, en un barrio con calles de nombres de Premios Nobel destaque una que se llama "Miguela Asturias": y no es un chiste.

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CARTA DE ALEMANIA (11)

Las peores películas de todos los tiempos

Cuando sepan de lo que voy a hablarles en esta Carta, y a pesar de que en parte ya aparece anunciado en su título, ustedes me dirán que se trata de una empresa imposible, y es bastante seguro que no se equivocan. Sólo que si nunca nos atreviésemos a acometer aquello que en un principio parece imposible, ¿qué nos quedaría sino vegetar?

Vaya por delante la aclaración de que los críticos cinematográficos alemanes no se caracterizan precisamente por usar guantes de terciopelo. Pero es que, además, incluso los redactores de las revistas que semanal o quincenalmente publican la programación de TV, suelen despacharse a gusto acerca de las películas que van a transmitir los distintos canales. Repasando las de un solo mes, y haciendo una selección muy restringida, lean lo que he cosechado: "Desconecte el cerebro para verla", "Historia y gags con olor a naftalina", "¡Socorro! ¡huyan de este canal!", "Porno tibio: tan cachondo como unos calcetines de lana", "Film completamente en serio y, por lo mismo, involuntariamente cómico", "Abstéganse los alérgicos al kitsch", "Tan estúpida que casi hace daño", "Muy poca ropa y mucha menos historia", "Se divertirá más jugando a las cartas"... Sobre un musical de Bollywood (Bombay): "Música y guaperas... para quienes les gusten". Acerca de una cinta titulada Besos robados: "Acá lo único que te roban es el tiempo". Y en fin, enjuiciando una producción tan sofisticada como Aimez-vous Brahms?: "Elegante, pero... aimez-vous soap opera?"

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CARTA DE ALEMANIA (12)

Fundbüro Kölner Dom

Los títulos de estas Cartas deben ser cortos, cuanto más cortos mejor, no pueden permitirse el lujo de ser como el de la obra Oh Dad, poor Dad, Mamma's hung you in the Closet am I'feelin' so sad (Oh papá, pobre papá, mamá te ha colgado del ropero y yo me siento tan triste), de Arthur Koppit, que se estrenó en Madrid allá por comienzos de los setentas, en el Pequeño Teatro Magallanes. Ni mucho menos puede una Carta titularse de manera tan kilométrica como el drama genial de Peter Weiss, Die Verfolgung und Ermordung Jean-Paul Marats, dargestellt durch die Schauspielgruppe des Hospizes zu Charenton unter Anleitung des Herrn de Sade (La persecución y asesinato de Jean-Paul Marat, representados por el grupo de actores del Hospicio de Charenton bajo la dirección del Señor de Sade), que por mor de la simplificación jibarizamos llamándolo "el Marat/Sade". Y así, esta Carta que debería titularse "La catedral de Colonia como involuntario Museo de los Hallazgos", o bien "La catedral de Colonia como Oficina de Objetos Perdidos", la rotulo reduciendo las últimas nueve palabras a su traducción alemana: "Fundbüro Kölner Dom". ¡Ah, el poder aglutinante de la lengua de Goethe!

Tengo en las manos el libro extraordinario que lo documenta, que uno de los edificios más visitados del mundo es un involuntario Museo de los Hallazgos y una no menos involuntaria Oficina de Objetos Perdidos. El libro se titula Kruzifix und Mausefalle (Crucifijo y trampa para ratones), y ni el título ni el contenido son irreverentes, heréticos o impíos, antes al contrario, una declaración de amor al lugar más emblemático del imaginario coloniense: su catedral.

De la génesis del libro da cuenta detallada y algo irónica el prólogo de los autores, Stephan Brenn, Martin Kätelhön y Thomas Schneider, quienes bajo el epígrafe "Dios en un papel de envolver caramelos" explican lo que el libro se propuso, su contenido y cómo se llegó a este resultado. Y puesto que me resultaría imposible explicarlo mejor que ellos, les pedí permiso para traducirlo. Dice (en este caso tal vez fuera más congruente decir que "reza") así:

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CARTA DE ALEMANIA (10)

Las hojas muertas

Cierta vez me pasé un año completo dedicado al estudio de un tipo de esquelas mortuorias muy típicas en este país, y lo hice por motivos de estricta naturaleza literaria. Todo comenzó un día que llegó a mi casa el tan irreverente como excelente novelista brasileño Ignacio de Loyola Brandão, cargando bajo el brazo un ejemplar del libro titulado Denn alle Lust will Ewigkeit. ¡Ay, qué belleza de libro! Isolde Ohlbaum, la autora del mismo, y que con ese nombre hasta podría ser una heroína de Wagner, es uno de los fotógrafos profesionales más estimados de Alemania. Pocos retratos hay de personalidades famosas (sobre todo en el mundo de las letras) que no aparezcan en la prensa sin la firma de Isolde Ohlbaum. Pero resulta que la buena de Isolde, a quien no conozco, es una hermana mía en lo que podemos llamar "cementeriofilia". Y se había pasado horas y horas caminando camposantos europeos y capturando en imágenes, como sólo ella sabe hacerlo, un repertorio de 77 esculturas eróticas. Han leído bien: eróticas.

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