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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (23)

El primer libro póstumo de Günter Grass

 

Cuando llegó a mis manos el ejemplar de este, el último libro escrito por Grass y el primero de sus póstumos –estoy convencido de que aparecerán más–, me pregunté cómo van a traducir el título, no importa en qué idioma: Vonne Endlichkait es una transcripción fonética del habla en el Este de Alemania (Grass se remite a las colonias de refugiados de Pomerania y de Prusia oriental, al final de la 2.ª guerra mundial); en alto alemán sería Von der Endlichkeit [= De la finitud]. ¿Y lo más aproximado en español? De la finitú... ¡Pero se ve tan feo!, mientras que en alemán hasta resulta simpático.

Y en español se ve feo porque el “De la” remite a muchos títulos clásicos, De la consolación por la filosofía, de Boecio, o De la vejez, de Cicerón, por ejemplo. Aunque Cicerón hubiese empleado una expresión coloquial de la plebe, a nadie se le ocurriría traducir este último como De la viejés. Pero para terminar de darle la vuelta a la tortilla: ¿y si la pretensión del autor hubiese sido justamente esa? Un autor nunca titula su libro de manera caprichosa. Tela cortada, pues, para el traductor que lo tradujere, que buen traductor será, es decir, en este caso lo es: Miguel Sáenz, merecidísimo sillón b de la Real Academia de la Lengua.

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CARTA DE ALEMANIA (22)

Schalcken o Pintar a la luz de las velas

 

Rembrandt falleció en 1669, Vermeer –prematuramente, a los 43 años– en 1675, Ruysdael en 1682, y Van Gogh nació en 1853, muriendo aún más prematuramente que Vermeer, cuando sólo contaba 37 años. La pregunta es: ¿Qué pasó en la pintura neerlandesa entre aquellas tres muertes y este nacimiento? ¿Hubo un eclipse total del sol que alumbró el siglo de oro de los Países Bajos?

La respuesta la dan dos exposiciones en el Museo Wallraf–Richartz de Colonia. La del 2007 rotulada “De la nobleza en la pintura”, con una muestra de la neerlandesa del siglo XVIII, y de la que di cumplida cuenta en una crónica en estas mismas páginas [ver mi Carta de Alemania # 15]. La otra es “Seducción pintada”, que se inauguró el 25 del pasado septiembre y estuvo dedicada a Godfried Schalcken, un maestro que iniciara su trayectoria todavía en vida de Rembrandt (nació en 1643 y fue alumno de dos de sus discípulos, primero de Samuel van Hoogstraten en Dordrecht, luego de Gerrit Dou en Leiden) y alcanzó a vivir, siempre activo, hasta ya entrado el siglo XVIII, falleciendo en 1706.

 

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CARTA DE ALEMANIA (20)

Rembrandt

 

Un día del verano de 2005, en Amsterdam, agarré la bicicleta y me mandé una larga pedalada hacia el sudoeste. Llegué hasta el límite de la ciudad, el molino de Sloten, a la orilla de un canal con puente levadizo, y por el camino me estuve preguntando cómo se vería ese paisaje en tiempos de Rembrandt. Y me dije que algo no existiría, con toda seguridad, y es la parafernalia del tráfico rodado. ¡Ni siquiera los caminos para bicicletas! Y una Holanda sin ciclovías sería hoy realmente impensable. Pero cuando a lo lejos se dibujó la silueta del molino pensé que él sí se vería allá en los tiempos de Rembrandt. Craso error: ese molino se construyó en 1847.

Y me viene a la memoria un día gélido de noviembre de 1980, en Rotterdam, desde donde yo estaba informando para mi emisora acerca del Cuarto Tribunal Russell sobre los Derechos de los Indígenas de las Américas, y Eduardo Galeano, miembro del Tribunal, me preguntó si en alguna pausa no podríamos escaparnos a Delft, que sabía que era cerca (como todo en Holanda, dicho sea de paso). Logramos escaparnos allá, y lo que más presente tengo todavía es su gran desilusión cuando me pidió ir al sitio desde donde divisar la famosa vista que pintó Vermeer,
y me tocó desengañarlo diciéndole que para eso habría que reconstruir la ciudad de entonces.

 

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CARTA DE ALEMANIA (21)

A vueltas con el idioma alemán

 

El pasado jueves 26 de junio festejó Berlín el 52.° aniversario de una de sus fechas míticas, la visita de John F. Kennedy y su discurso ante el ayuntamiento de Schöneberg, cerrado con una frase dicha en alemán, “Ich bin ein Berliner”: una frase que por un olvido freudiano de la gramática, es –desde entonces– una seña de identidad de la ciudad. Y si postulo éso del olvido freudiano de la gramática es porque al referirnos a nosotros mismos no decimos, por ejemplo, “Soy un colombiano”, sino lisa y llanamente “Soy colombiano”. Sólo cuando predicamos algún añadido a la mera condición gentilicia es cuando solemos emplear el artículo, por ejemplo: “Soy un colombiano a carta cabal”, o “de la diáspora”, como lo fue Álvaro Mutis.

Esto que va por delante puede parecer una precisión bizantina, más bien propia del debate acerca del sexo de los ángeles, pero no lo es en el caso de la frase de Kennedy. Porque “ein Berliner”, es decir, “un berlinés”, si no es dicho en tercera persona y refiriéndose de modo expreso a un individuo, designa muy otra cosa que una persona natural y/o vecina de la ciudad de Berlín. Un berlinés, ein Berliner, es el nombre propio y archidefinitorio de un buñuelo dulce, una especie de croqueta casi esférica y azucarada, en cuyo interior el confitero insufla un grumo de mermelada (de ciruela, fresa, grosella, etc., a gusto del consumidor). Y desde luego, en una pastelería, en un puesto callejero, en un chiringuito de verbena, para pedirlo se hace preciso y obligatorio el empleo del artículo: “un” berlinés. La moraleja es que Kennedy, queriendo dejar a la posteridad una frase histórica, se autodefinió como un bollo de masa blanca y azucarada con relleno de mermelada. Nada más, y nada menos. Y es que los idiomas se vengan de quienes no los conocen. El idioma alemán, en particular, es muy vengativo.

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CARTA DE ALEMANIA (19)

Historia fotográfica de la infamia

 

El 20 de noviembre de 1945, a poco más de seis meses desde el 8 de mayo, fecha de la capitulación incondicional de la Wehrmacht, comenzaron en Nuremberg los procesos contra los principales responsables del Holocausto y los demás crímenes nazis.

Los medios alemanes, que tipifican una rara simbiosis de medios de comunicación de masas y medios de masificación comunicada, no dejarán pasar la ocasión del 70° aniversario de esos procesos ejemplares, que fueron estrenos mundiales de un nuevo concepto internacional de la justicia, y a los que siguieron –entre 1946 y 1949– los procesos complementarios a los juristas, los médicos, los industriales, en fin, a todos aquellos que con su actividad profesional habían hecho posible la puesta en marcha de la maquinaria nazi. Y así, por mor del aniversario, una vez más estamos teniendo en las pantallas de la tele, pero en documentos auténticos, lo que muchos tan sólo conocían a través de la película de Stanley Kramer donde deslumbraron luminarias como Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Judy Garland, Marlene Dietrich, Maximilian Schell (que recibiría el Oscar por su interpretación) y Montgomery Clift, quien también hubiera debido recibirlo por la suya, por más que su aparición en pantalla se reduce a unos escasísimos siete minutos: pero posiblemente sean los siete minutos más desgarradores de la historia del cine.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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