Recuerdos de la verdad

ciudad tiza 250"La imagen existe para expresar la propia vida y no conceptos o ideas de la vida"
Nikolái Gógol

 

 

Se cuenta que cuando Borges visitó Nueva York por vez primera y se encontró vagando por el dédalo de sus calles dijo algo así como "he sido yo quien ha hecho esto; ésta es mi obra", con lo que consideraba aquel espacio fruto de su imaginación y no hacía sino afirmar esa condición única de demiurgos que tienen los creadores para oponer su realidad a aquella otra, la oficial, sobre la que algunos tenemos serias dudas.
Ciudad de tiza, ciudad de lluvia, el excelente documental de Christian Oquendo es la suma de varias miradas, todas oblicuas, y por tanto atravesadas por el misterio y la sospecha: la del propio realizador, que ha tomado la sabia decisión de dejar que sea la propia urbe que retrata la que nos describa su sentido en blanco y negro (el color de la verdad psicológica y poética); la del novelista Javier Vásconez, uno de cuyos cuentos más libertarios ("La carta inconclusa"), planteado como una misiva melancólica del escritor, perdido en Barcelona, a un vívido recuerdo quiteño, actúa como pretexto; y la de esa mujer, real o fantástica, que tanto da, La Torera, que trazaba cartografías emocionales sobre el suelo con tizas de colores para expresar su disenso con los amos del lugar y del tiempo.


Las Musas que interpelaron a Hesíodo le dijeron que sabían contar mentiras muy parecidas a realidades, pero que igualmente podían, cuando les placía, proclamar verdades. Y en este documental Oquendo, desconfiando sobre cuál podía ser el estado de ánimo de las mismas, y por tanto la culpabilidad o inocencia de su mirada, desplaza la misma en el justo grado para ajustar cuentas con esa construcción de los hijos desplazados de Caín, que puede o no ser Quito, o Barcelona, cualquier localidad de la conciencia, y mostrarnos una de las fisuras en las que palpita la tensión, y hasta la oposición, entre la memoria y la historia.
El cineasta, el escritor y la mujer evocada, espíritus lúcidos los tres, ponen en jaque el punto de vista canónico para forzarnos a pensar si el mundo en el que habitamos no es más que un sueño, por momentos una pesadilla consensuada, que compartimos con unos pocos y muy diseminados de nuestros contemporáneos y con un notable ejército de fantasmas recreados a partir de nosotros mismos.
La realidad interior que, de este modo, alzan sus voluntades hermanadas deja de ser neutra y transparente para dialogar con un ayer que, a fuer de ser ilusorio, es demasiado verdadero y sin codificar. Un pasado que aceptamos de mayor grado frente a la visibilidad artificiosa y tiránica de las apariencias. Nada hay más estático, en efecto, que eso que convenimos en denominar "la realidad cotidiana".
Las ciudades de tiza, que borran las ciudades de lluvia, forzando a los Sísifos de la creación a emprender de nuevo su ciudad tiza 350tarea, son un modelo de alusión a una existencia que únicamente tiene cabida en el papel, en el celuloide, o en el lienzo, donde lo personal se intensifica hasta doler y donde los individuos se autoconstruyen mirándose en los ojos de los otros: los que fueron, los que son y los que serán en el ambiguo laberinto que nace de esa proyección.
Las ciudades de tiza, como las buenas imágenes, tienden siempre hacia lo infinito y conducen hacia lo absoluto.

Felipe Hernández Cava
Madrid, noviembre del 2014.
Crítico, guionista y especialista en cine.

 

Recuredo de la verdad e invitación a la función enviados a Aurora Boreal® por Javier Vásconez . Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Javier Vásconez.

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