Clara Eugenia Zorro Salgado - 'La traducción'

La traducción

 

La tarde se enfrió sin previo aviso. Las nubes, antes blancas, suaves y traslúcidas se hicieron grises, pesadas y amenazantes. Nada había ocurrido como para llenarse de zozobra: todos los pagos estaban hechos, ningún compromiso con la editorial, ninguna entrega pendiente con la revista y el periódico, las citas por cumplir según la agenda se habían realizado o se habían cancelado con la suficiente antelación. Entonces, ¿por qué esa inquietud que no lo dejaba en paz? Aún estando ya en el apacible retiro de su casa, miraba por sobre el hombro como si esperara ver a un perseguidor.

La noche no mejoró las oscuras sensaciones. El sueño, que se demoró en llegar más de lo acostumbrado, no le aportó el menor descanso ni reparó las fisuras de la mala tarde. Levantarse en la mañana fue un alivio, pero enfrentarse al espejo lo sumió en la angustia nuevamente: cara de presagio como hubiera dicho su madre, siempre tan proclive a las predicciones desastrosas. Los siguientes días fueron mejores, pero el desasosiego no lo abandonaba.

Lentamente las cosas volvieron a la normalidad, ya no miraba sobre el hombro; las noches nuevamente se hicieron íntimas y tibias y el sueño, reparador de fuerzas.

Por esos días lo llamó su representante para decirle con voz emocionada que una editorial francesa quería traducir su novela y publicarla antes de finalizar el año, para aprovechar el entusiasmo de la gente después de la pandemia y el retorno a la lectura y a los libros, redescubiertos durante el encierro y ahora cómplices para celebrar la vida. En medio de la alegría por la noticia, recordó los días inexplicablemente sombríos que lo habían atormentado y sonrió para sus adentros al pensar en la fugacidad de todo: lo bueno y lo malo llegaban y se iban sin que cambiara el mundo; en una espiral de ciclos que giraban y giraban lo hacían pasar del blanco al negro y del negro al blanco. Ahora ni blanco ni negro: un carnaval colorido, una fiesta, una excitación propicia para celebrar y disfrutar.

Pasaron tantos meses sin que se supiera nada que se embarcó en otra obra y se olvidó de la traducción. Al parecer su representante también lo hizo y no volvió a tocarse el tema, hasta una lluviosa tarde de abril, cuando su amigo Carlos lo llamó desde el aeropuerto para decirle que acababa de llegar de París y que necesitaba un alma caritativa que lo recogiera y lo llevara hasta el hotel, pues no pensaba pagar una fortuna en taxis. Le gustó tanto la idea que con la alegría del retorno de su amigo, no dudó un instante y salió a recogerlo.

Luego de los efusivos abrazos por el encuentro después de muchos años, decidieron buscar un restaurante tranquilo para comer algo bien colombiano, como un ajiaco sin fusiones ni extravagancias de gourmet, y ponerse al día en los acontecimientos de los últimos diez años. Mientras saboreaban el delicioso plato, especialmente Carlos que bordeaba el éxtasis, se contaron sus matrimonios, sus divorcios, sus aventuras y los acontecimientos más relevantes de sus carreras.

De pronto Carlos, recordando lo que tenía en mente comentar desde el comienzo, le disparó la pregunta de cómo carajos había autorizado la porquería de traducción de su novela, que había salido 15 días atrás en París.

Fue tal la sorpresa que por poco escupe el bocado que acababa de tomar. No lo podía creer y no entendía por qué su aparentemente eficiente representante no lo había puesto al tanto y, en cambio sí había autorizado la traducción y la publicación sin su consentimiento. Y de dónde iba a sacar un ejemplar para ver el adefesio. Carlos traía uno en su maleta de mano y se lo entregó para que lo mirara.

Era una bella edición muy bien presentada, con un tamaño de letra agradable y descansado y unas ilustraciones muy bien jaladas que le gustaron mucho. Pero como su dominio del francés era bastante pobre, le pidió a Carlos que le ayudara y le explicara con algunos ejemplos, por qué era una mala traducción.

Con un suspiro y la famosa frase traduttore, traditori, Carlos le explicó que el traductor, conocido suyo era un pobre tipo que desconocía el arte de interpretar una obra para verterla en otra lengua y se había dedicado a hacer una traducción literal como la haría un estudiante de secundaria con diccionario en mano y con absoluta carencia de sensibilidad. Por lo tanto, la novela que en castellano había merecido tan altos elogios, en francés no se aproximaba ni a un intento de principiante.

Ya en su casa, después de decirle a su representante hasta de qué se iba a morir y de calmar un poco el furor que lo enardecía se sentó en la oscuridad a imaginar cómo pateaba y estrangulaba a su representante y al traductor y al editor y a los libreros y a los lectores y al universo.

Un tiempo después se enteró por la prensa de que en el marco de la Feria del Libro de Bogotá, presencial después de dos años de pandemia, habría una mesa redonda sobre traducción, y supo por Carlos desde París que su traductor sería uno de los participantes. Tan obsesionado estaba con la venganza que sin detenerse en escrúpulos pensó en buscar a algún “profesional” del trabajo sucio para que le diera un buen susto por traidor (¿no es eso lo que traduce traditore?).

Más pronto de lo esperado logró contactar a alguien capaz de contratar a la persona experta en poner en su lugar a los traidores.

El titular de prensa decía: MAFIA FRANCESA EN COLOMBIA. Asesinado uno de sus capos. La explicación que dio la Policía a los medios de comunicación fue que el cadáver estaba sin lengua y sobre el pecho llevaba un cartel que decía: POR TRAIDOR. MUERTE A LOS SAPOS.

Este cuento hace parte de un ejercicio del Mundial de Escritura (2022).

 

Clara Eugenia Zorro Salgado
Colombia, 1951. Licenciada en Filosofía y Letras con especialización en Literatura (Universidad Javeriana, Colombia). Maestría en Investigación Educativa (Universidad de la Sabana, Colombia). Diplomado en Corrección de textos (Universidad Nacional, Colomba). Se dedicó a la educación, tanto en la enseñanza como en la parte administrativa desde la Secretaría de Educación de Cundinamarca, Colombia. Desde hace diez años goza de su retiro y está dedicada de lleno a la literatura, más a la lectura que a la producción. Es una apasionada de la cocina. Actualmente participa en dos clubes de lectura y este año, por segunda vez, participa en el Mundial de Escritura.

 

Material enviado a Aurora Boreal® por Clara Eugenia Zorro Salgado. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Clara Eugenia Zorro Salgado. Fotografía Clara Eugenia Zorro Salgado © archivo Clara Eugenia Zorro Salgado.

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