Pedro Crenes Castro - "Marsella"

Marsella

 

Y esos muertos quisieran un gabán
para arropar sus sueños bajo tierra.
Demetrio Korsi.
Sinfonía en gris”.

Para Pablo Montoya, por la imagen.
Y para María Clara Calle, cronista de los hechos.

 

Riverita apura el último trago del café que Cés le había servido, con cuidado de no tragarse los posos, deseando que estuviera cerca Madame Kalalú Jr. para leerle el destino espeso y reconocerle que las cartas no mentían: “dos muertos papi, vas a enterrar dos muertos”, le dijo el adivino. Cés sopla el suyo sabiendo que Riverita viene con el silencio de una deuda o de una promesa prendido en los labios. O será el apremio de los olores fúnebres, y la visión tétrica del ataúd abierto dispuesto para el cuerpo. Riverita habla lo justo y el viejo sepulturero recela de cada uno de sus movimientos, reconociendo desde el principio que todo es mentira.

“Luisito, vamos a ir al cementerio para acompañar a un señor que no tiene quien le llore ni le rece un padrenuestro…”. Fue su primer muerto ajeno -recuerda Riverita-, su primera vez como doliente. Recuerda el suelo blando del cementerio, las tumbas en forma de gradas como una subida hacia la muerte; en la entrada, dos torres afiladas y góticas que parecían cortar la tarde en tiras diminutas y un arco sobre el cual un ángel blanco se lleva la mano izquierda a los labios pidiéndole silencio. Cés está en ese recuerdo, joven, con la mirada ya experimentada en la muerte, listo para dar la cristiana sepultura necesaria a aquel cuerpo. Su mamá lloraba y él lloraba porque lloraba su mamá. La tierra, el ataúd, la pala recogiendo la tierra, el jadeo de Cés por el esfuerzo, las nubes cortadas, el ángel del silencio, blanco, poderoso, sobre el arco de la entrada, las torres, las pesadillas que tuvo, lo bien que se sentía su mamá cuando volvían de aquellos entierros de desconocidos y su papá no estaba en casa, “somos sus dolientes hijo, no tienen a más nadie”, las dos enes, NN, que luego pintaba Cés con pintura negra sobre el blanco de los nichos o en las cruces, según el entierro. Cuerpos sin nombre, enterrados con lágrimas prestadas. Riverita retiene unos instantes más delante de los ojos de su memoria el rostro blanco del ángel pidiéndole silencio al niño que fue, cuando el sólo quería salir de allí corriendo aterrado, igual que ahora, pero vino a lo que vino, las cosas ahora son distintas.

-Lo hago por su papá -advirtió Cés, que no quería sentir ni una pizca de complicidad con el recién vuelto.

-Lo sé, -respondió Riverita resignado, mirando los posos, queriendo leer allí una señal, y le viene a la memoria la tarde en que Madame Kalalú Jr. le leyó las cartas por primera vez, recién llegado a Panamá.

-¿Y la bola de cristal? -preguntó vacilón, incrédulo.

-Papi, yo soy seria… -contestó profesional, cercana.

La voz aflautada en un cuerpo viril, los labios bien rojos, las cejas arregladas y el turbante multicolor para esconder la calva, no facilitaban la fe de Riverita, que se acercó al cuarto de la vidente por curiosear y joder.

-¿De dónde eres?

-De Marsella, departamento de…

-¡Ay, la France, ulalá!, encantada, Madame…

-…de Risaralda, Colombia…

“El pendejo ese va a tener razón”, regresa Riverita a la mañana en el valle, al asunto que le trae a él, con ganas de otro café pero sin palabras ni confianza para pedirlo.

-Le traje todo, -dijo a Cés casi sin mirarlo, dejando la taza en la mesa de madera vieja, “la misma”, recordaba Riverita, de cuando era chico-: los metros de plástico negro, un bulto de cal, un bulto de aserrín, Menticol rojo -una botella-, las cuatro pastas de ambientador - ¿lavanda está bien? -, la bolsa mediana de jabón en polvo, la cabuya -un rollo-, y cuatro bolsas medianas de canela en polvo y los dos kilos de café. Está todo.

-Siempre me sobra café -le contestó buscándole los ojos Cés, volviendo a soplar el suyo, dando un sorbo, tragando recuerdos, sintiendo por Riverita una misericordia infinita que sólo Dios podía poner en su corazón-: Lavanda está bien.

Cés le respetó las ganas de silencio y dio otro sorbo cortito a su café.

“Papá ¿qué hacemos aquí en el río?”, recuerda Riverita en la tranquilidad espesa del amanecer: “estoy esperando a ver si veo pasar mi cadáver”… y sacude la cabeza sintiendo la punzada de pavor que todavía le provoca la memoria de aquella primera tarde lejana en que su papá le llevó al río a buscarse entre los muertos, los muertos ajenos de Marsella, muertos que traía el río, muertos en matanzas, muertos involuntarios, muertos justos e injustos, los muertos que su mamá y él lloraban en los entierros a modo de deudos, “necesitan un último adiós, Luisito”, y veían pasar muertos que no eran de ellos ni de nadie del pueblo, y gritaba su padre borracho de tristeza y aguardiente a Aluminio, ayudante de Cés: “¡Soy yo sí o no, no me mienta, carajo!”, y llegó un momento en el que ya no le hacían caso después de tantas veces con la misma vaina. Riverita creció y dejó de acompañarlo a sus macabras excursiones vespertinas, aunque siempre le preocupó que su viejo no volviera, que se echara al río con tal de verse flotando por él. Así de terco era.

Riverita, Luis Manuel Rivera Arboleda, se había ido a Panamá hacía años. Su padre, sentado junto a él delante del remanso del río donde se varaban muchos cuerpos, le señalaba la espesura de los árboles y los altos macizos del valle gritándole que se fuera para allá, que se escapara del ahogo de la soledad: “¡Sabe usted que su mamá se fue y no va a regresar y yo no lo voy a cuidar a usted para siempre y yo quiero ver mi cadáver pasar por este río!” La angustia de Riverita al ver a su papá ahogarse en el turbio recuerdo de la vieja tristeza le puso camino de Panamá. Y también el miedo, y el cansancio de la muerte.

- ¿Y qué hace usted allá en Panamá?

-Olvidar -y traga Riverita la respuesta, desenado que le quedara más café para empujarla hasta el fondo, pero quedan sólo los posos… “Madame Kalalú Jr.”, piensa, ¿qué le diría?

-Ya. Entonces se vino usted para acá para recordar o para que no lo olviden -le ataja solemne Cés, dejando en la taza un fondo de café, quizás para tragar alguna otra respuesta.

Riverita se fue para Panamá a los dieciséis, bastante aguantó las borracheras de su papá, los viajes macabros al río, la angustia ante la posibilidad de verlo pasar algún día por el remanso, porque se escapaba para el norte del valle y aparecía a los días -una vez después de diez-, y le tenía dicho a los pescadores que estuvieran pendientes por si veían pasar a su papá flotando. Llamaba, de vez en cuando, para preguntar por él, cuando un pálpito le convencía de lo peor.

-Aló.

- ¿Apareció mi papá? -preguntaba directamente.

-Tranquilo Luis, Aurelio está bien -le respondía sereno Gabriel, el dueño de “La Soledad”, la tienda en enfrente de Cés y su funeraria-. Estate tranquilo que acá lo estamos vigilando.

Se convenció del poder de la vidente una tarde que lo llamó desde la calle.

-¡River, River! -así lo llamaba Madame Kalalú Jr., cantarín aflautado, maquillada hasta el extremo, sudorosa y con el turbante multicolor que no se quitaba nunca, la túnica verde caña y las uñas rojo pasión.

-¡Qué! -se asomó al balcón.

-Baja papi, es importante, las cartas.

Bajó cabreado, estaba leyendo.

-Tu papá te va a encontrar.

Riverita se sobresaltó, y ni las miradas del barrio, picaronas, lograron sacarlo de su asombro, a él, que era tan incrédulo.

-Mentira, no te creo -mintió.

-Las cartas no mienten papi, y además lo soñé, tenía puesto un suéter rojo.

Riverita le dio la espalda y subió las escaleras hasta su apartamento en el primer piso.

-Te lo pongo en tu cuenta, River -le soltó, tralalaila, Madame Kalalú Jr., vaporosa, emprendiendo la vuelta a su consultorio del barrio de Calidonia.

Riverita recordaba el suéter rojo de la profecía, tenía un dibujo del Puente de las Américas, una vaina turística que le regalaron ya ni se acuerda quién. Se lo mandó para un día del padre con una foto y una carta donde le contaba un poco de su vida.

-Yo le hablé a tu papá de Cristo -comenzó Cés a contarle mientras miraba las cajas con los materiales. -Está todo, sí.

Aurelio Rivera no quiso hijos, pero lo tuvo por expreso deseo de su mujer. Lo parió de noche, sola, en la casa. Aurelio se había ido de parranda, a celebrar el inminente alumbramiento con tal de no estar para asistir a su mujer. Riverita conocía la historia porque desde que se ahogó su mamá, Aurelio trató al niño como único culpable de su desgracia.

- ¡Estaba cansada de cuidarlo, por eso se fue!

- ¡Eso no fue así papá! -lloraba en el río, de niño, de joven.

- ¡Así mismito fue carajo!, váyase, váyase -y le señalaba la fronda de árboles, el macizo del valle-, ¡váyase y deje que me ahogue, déjeme ver mi cadáver pasar por el río como el de su mamá-, y lloraba hipeante, borracho, hundido.

Magdalena se fue, harta de su esposo, a Trujillo, un domingo por la tarde dejándole con el niño. A los días, tres o cuatro, apareció en el remanso del río. No presentaba signos de violencia. Estaba en camisón. Los pescadores la vieron por casualidad y dieron aviso. Después, unos tipos que no eran del pueblo les amenazaron para que no volvieran a reportar más cuerpos encontrados. Pero la muerte es necia, como las corrientes del río, que dejaban los muertos allí, desafiando la vida de todos, dándoles el dudoso privilegio de serles familia, amigos, dolientes a medio tiempo, fugitivos de su valle verde y su alegría cotidiana para darles un último adiós prestado. Riverita, al recordar el remanso del río, se sume en un sentimiento paradójico: “qué vaina oye, remanso y muerte son universos mutuamente excluyentes menos en este país”.

Madame Kalalú Jr., se lo dijo desde el primer día, volvió a recordar:

-Las cartas dicen que vas a enterrar dos muertos.

-No creo en estas vainas.

-Las cartas dicen lo contrario papi.

- Ya.

El cuarto, oliendo a incienso, era propicio para cualquier revelación: poca luz, un nombre de pitonisa de salsa, “una” junior…

- ¿Traes plata? porque si no las cartas no hablan.

Riverita puso cinco dólares sobre la mesa.

- Sí crees.

- ¿Por qué junior?

-Mi mamá fue la verdadera Madame Kalalú ¿sabes?, la vidente más importante de Calidonia y de Panamá. Cuando iba a morir me trasladó sus poderes. Estamos espiritualmente muy unidas, hacíamos un baile bien lindo.

Riverita se ríe consigo mismo.

Cés cogió su taza y la de Riverita, las echó en el fregadero. Ahora olía más a muerte y las primeras luces ya eran definitivas en la mañana sobre el valle.

-Él aceptó al Señor Jesús como su Salvador personal.

-Lo sé -lo interrumpe Riverita.

-Y cambió.

-Lo sé.

Aurelio experimentó un cambio de espíritu pero su carne era frágil. Ya tenía avanzado un cáncer de próstata. No le quedaba mucho, y una mañana le hizo prometer a Cés que él lo enterraría. Se iba para Panamá a buscar a su hijo y de allí donde estuviera, si no le daba tiempo a volver por su propio pie, pediría que sus restos fueran trasladados a su tierra.

-Te fue a buscar, a pedirte perdón.

-Lo sé -le esconde los ojos al viejo enterrador.

Cés acerca las cajas con todo el material hasta el ataúd vacío y comienza su trabajo bajo la atenta mirada de Riverita, echando primero aserrín y una capa de cal. Abre el Menticol rojo y lo vierte con cuidado. Un olor áspero y nuevo invade la funeraria.

-Voy a preparar el cuerpo ¿vienes? -le pregunta mientras se pone una bata blanca de mangas largas y una careta.

-No -retrocedió Riverita-, no puedo -y salió cruzando la calle hasta “La Soledad”. Un Gabriel avejentado se levanta de la silla al verlo y llama a Mercedes para que salude al niño de Magdalena.

-Tome, un vaso de aguardiente para que coja verraquera.

-No Gabriel, no quiero valor, déjame con mi miedo, no quiero verlo.

El cuerpo lo encontró uno de los antiguos vecinos de Aurelio. Venía con la camiseta de Panamá, la roja del Puente de Las Américas. Gabriel consiguió avisarle y a los dos días ya estaba Riverita en la funeraria de Cés. Al final Aurelio flotó en el río, como era su deseo.

Cés moja el cuerpo, echa jabón en polvo por encima y lo restriega, lo baña. Seco ya, abre una bolsa y lo desliza en su interior. Hay pericia y cariño en aquellos movimientos precisos, una rutina que lo hace fácil todo, que desagravia la rudeza del oficio. Amarra la parte de los pies con la cabuya. Abre un hueco en la bolsa, por el lado de la cabeza, y echa cal dentro del plástico. Lo enrolla con el resto de la cabuya y espera hasta que llegue Aluminio para que lo ayude a meterlo en el ataúd. Mientras, machuca las pastas de ambientador.

-Menos mal que no arreglo caras -le dijo en voz alta al cuerpo.

En “La Soledad”, Mercedes le trajo un café y una empanadita de carne a Riverita.

-Desayune algo hijo, el día va a ser largo.
Riverita celebra el café, agradece la empanada y lamenta que el día vaya a ser largo.
Aurelio llegó a Calidonia preguntando por un muchacho colombiano, enseñaba la carta, lo describía. “¡River, sí!, yo lo conozco, somos muy amigos”. Cuando Riverita se asomó al balcón al llamado de Madame Kalalú Jr., bajó como un rayo para encontrase con aquel nuevo hombre transformado por la fe.

-Perdóname hijo -hasta la voz ruda se le había amansado-, te he hecho tanto daño… -y se echó a llorar por primera vez sin la ayuda del alcohol. Se abrazaron allí en la calle, con Madame Kalalú Jr. como testigo.

-Te debo el color del suéter, le dijo bajito a Riverita, que no se había dado cuenta del fallo en la profecía.

Vio a Aluminio llegar a la funeraria desde la tienda. Le pareció muy viejo el ayudante de Cés, le pareció atrapado en el tiempo, en un bucle de muertos y vivos y violencia y un río que trae muertos y un luto constante, un torrente de ahogo que no soportaba y que aguantaría sólo por complacer a su padre en su última voluntad. Levantó la mano a modo de saludo y Riverita le contestó con un movimiento de cabeza.
Aluminio ayuda a meter el cuerpo en el ataúd y Cés echa sobre él café y las pastas de ambientador machucadas. Ya no huele a muerte. Huele a calma después de la tempestad. Se quita la careta y rocía la canela, ceremonioso, pensando en el alma del vecino convertido en creyente por su testimonio.

-Ojalá tú también lo hubieras aceptado -le dice al cuerpo.

Sella el féretro y le pone cuatro puntillas, una en cada extremo.
Gabriel y Mercedes miran con tristeza a Riverita: padre y madre flotando en el río. Lo dejan solo con su silencio y el café, la empanada intacta, recordando cómo a la semana de encontrarlo, Aurelio cayó enfermo definitivamente, y cómo le rogó que lo enterrara Cés, en su tierra, con su gente, cerca de Magdalena, para poder pedirle perdón.

En el cementerio de Marsella, por la tarde, Riverita, Gabriel, Cés y Aluminio están al pie de la sepultura, justo al lado de Magdalena. “Perdona, papá” es todo lo que dice, y con un gesto, con lágrimas por fin en los ojos, indica a los otros que era el momento y entre los cuatro bajaron el ataúd que huele a lavanda, canela y café. La flor amarilla que le trajo Gabriel, desmenuzada en pétalos por el calor, la tira sobre el féretro como una lluvia de mariposas.

Riverita enterró a su papá en el cementerio Amador, en Panamá. A su lado, una desconsolada Madame Kalalú Jr. lloraba a un desconocido. Ni responsos, ni flores, ni palabras. Ni lágrimas. Riverita cumplió en Marsella la última voluntad de su papá por pura casualidad: en su tierra, junto a su mujer y que Cés lo pusiera en su última morada. Con un cuerpo prestado. “La muerte es necia como la vida”, piensa Riverita viendo a Cés preparar la pintura negra para escribir sobre la cruz blanca.

-Le pongo el nombre de su papá por hacerle un favor al muerto.

- Lo sé -responde Riverita, mirando con terror infantil al ángel del silencio.

 

Pedro Crenes Castro
Panamá, 1972. Es columnista en el diario panameño La Prensa, y la revista Otro Lunes que se edita en Berlín. Ha sido profesor invitado en el proyecto Talleres Literarios en Panamá (patrocinado por la Agencia Española de Cooperación Internacional) además de impartir durante la Feria del Libro de Panamá y el Salón Internacional del Libro de Marruecos, talleres de cuento y microrrelato. Actualmente dicta en Vigo talleres literarios en Párrafos. Ha obtenido dos veces el Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró en las categorías de cuento y novela. Ha sido incluido recientemente en el catálogo 50 Creadores Latinoamericanos en Madrid, elaborado por Casa de América. Es autor de los libros:  El boxeador catequista (Sagitario Ediciones. Panamá, 2013, cuento), Microndo (Editorial Casa de Cartón. Madrid, 2014, microrrelatos), Cómo ser Charles Atlas (Editorial Mariano Arosemena, 2018, cuento), Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró 2017 y  Crónicas del solar (Editorial Mariano Arosemena, 2020, novela), Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró 2019.

Material enviado a Aurora Boreal® por Pedro Crenes Castro. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Pedro Crenes Castro. Fotografía Pedro Crenes Castro ©Daniel Mordzisnki.

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