Erika Molina Gallego - 'La niña'

La niña

 

La niña

Don José Abelardo se levantó a las cinco de la mañana, se tomó un café dulce y cargado para quitarse de la boca el sabor amargo con el que amanecía todos los días. Se paró frente al espejo después de bañarse y le aterrorizó ver en su cara ajada y llena de marcadas líneas, la cara de todos los muertos con los que había tenido que lidiar durante casi toda su vida.

Tenía cincuenta y siete años, edad suficiente para haber vivido un poco de todo, o para haber muerto en alguna de esas trampas que pone la vida, pero el trabajo que le había tocado lo mantenía en un punto medio entre aquí y allá, en una zozobra que no se atrevía a dejarlo vivir por completo, ni a llevárselo del todo.

Dejó la taza sobre la única mesa que había en su pequeña cocina, abrió la puerta y salió con el mismo desdén de siempre, pensando en cuál sería la dosis de muertos de ese día, cuántos se sumarían a esa lista de muertos diarios, semanales, mensuales, anuales; a esa vida de muertos, de la que había perdido ya la cuenta.

No tuvo nada que hacer hasta las dos de la tarde, era la hora de la exhumación de la tumba 303. No podía recordar haberla enterrado y él siempre recordaba a todos sus difuntos. Seguramente ese día se había enfermado y algún otro desdichado había tenido que ocupar su lugar. Desdichado, porque según las fechas en letra cursiva, perfectamente marcadas en la lápida clara, la dueña de la tumba no pasaba de los quince años.

Cuando llegó con toda su indumentaria encima, la familia de la niña estaba ya reunida alrededor, con aspecto de querer acabar rápido con aquel procedimiento obligatorio y doloroso. Afortunadamente, no le dio mucha batalla; la lápida se desprendió enseguida, como si hubiera estado puesta allí apenas unas horas, sin que el cemento hubiera tenido tiempo de endurecerse.

Los sollozos pausados de una de las mujeres le ablandaron el corazón por un momento, vaciló en el intento de abrir el ataúd, que pesaba demasiado para ser solo los restos de una pobre criatura, pero no quiso esperar. Desastilló la tapa en un solo movimiento y sintió que su corazón se paraba en seco, junto con las lágrimas de la mujer.

Los ojos de la niña estaban cerrados suavemente, como si acabara de dormirse, sus manos puestas una sobre la otra tranquilamente en su pecho sobre un cristo de oro, parecían brillar a la par con el metal; su cabello negro daba la sensación de que sería joven eternamente, pero lo que más lo impactó fue el gesto que tenía en su boca.

Era una leve sonrisa, a medio camino entre picardía y dulzura, de esas que dejan ver las muchachas cuando logran salirse con la suya. Y ella sí que se había salido con la suya, porque José Abelardo no podía creer que la hubieran enterrado así, con su sonrisa maliciosa, con su pelo tan bien peinado y sus manos tan brillantes, y podía verla casi abriendo sus ojos allí mismo, y levantándose de ese ataúd que había querido mantener encerrada una belleza tan singular.

Y entonces, olvidándose de la mujer que había caído desmayada, de los otros presentes que pedían que alguien la auxiliara y del trabajo que había venido a hacer; allí al lado de la lápida con letras cursivas, se arrodilló a los pies perfectamente conservados de aquella hermosa niña y la adoró como se adora a un dios en una festividad.

Extasiado, en medio de un sopor casi divino, supo que había llegado la hora, que después de treinta y cuatro años de enterrar y exhumar a los muertos, no podría volver a tocar un muerto más en su vida, no podría volver a mirar a las cuencas de los ojos vacías, ni a desenredar un hueso de las telas podridas. Que tendría que saborear hasta que sucumbiera el amargo sabor de su boca, pero sería incapaz de encontrarse de nuevo con la cara horrible de la muerte, después de haber visto triunfar a la vida, en la sonrisita tierna de la niña.

 

Erika Molina Gallego
Colombia. Estudiante de Filología Hispánica de la Universidad de Antioquia,  Colombia. Ha publicado algunos de textos (cuentos, poesía y ensayo) en revistas universitarias, revistas independientes y medios locales. Ha sido finalista de varios concursos de cuento, entre ellos Medellín en 100 palabras (2018) y el Concurso Nacional de Escritura Colombia Territorio de Historias, con el cuento "La niña".

 

Material enviado a Aurora Boreal® por José Manuel Camacho. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de José Manuel Camacho y Erika Molina Gallego. Fotografía Erika Molina Gallego © archivo personal Erika Molina Gallego.

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