José Prats Sariol - 'Inflexiones a la poesía como patrimonio cultural cubano'

 

A la memoria de Enrique Saínz

 

¿Cómo era Santa María del Puerto del Príncipe en 1608, cuando un insólito grupo de amantes de la poesía se congregaba en aquel caserío a escribir octavas reales y endecasílabos?

Hay que imaginar los bohíos, bajareques y ranchones de guano y pencas, donde los inspirados vates, a casi cuarenta y tres millas del sitio donde se fundó, aprovechaban los ríos Tínima y Jatibonico para refrescar la siesta y caerse a lecturas de sus poemas, acostados en hamacas de fibra trenzada, cerca de un tinajón lleno de aguardiente de piña o de mamones; con la cautiva, inapreciable servidumbre de indios y negros. ¿Cómo viviría allí el canario poeta Silvestre de Balboa y Troya de Quesada, entre viajes a Bayamo por temerarios caminos vecinales, a noventa millas de Puerto Príncipe, unas dos o tres jornadas a caballo, según las lluvias; casi un siglo después de que fuera fundada en 1514 por Diego Velázquez; pero no allí, donde desde 1898 se llamaría Camagüey, sino en la bahía de Nuevitas, a casi cuarenta y tres millas, entre manglares de cangrejos y mosquitos?

No hace falta demasiada probidad, fuera de cualquier fanatismo nacionalista, de cualquier corte filosófico y estético –romántico y por qué no barroco-- para reconocer que a principios del siglo XVII lo cubano era una referencia geográfica en el Caribe que bullía sus primeros sincretismos, lo mulato como signo propio. En 1608 lo cubano no pasaba de ser un topónimo en las orillas del río Bayamo o en las del Tínima; con independencia de que los habitantes hubieran nacido allende la mar en Gran Canaria o allende Sevilla, en La Habana o alguna otra villa de las que entonces trataban de no despoblarse ante los atractivos continentales, ante la plata azteca o el oro quechua…

Lo mismo que la palabra bautiza la realidad, la poesía se adelanta a la historia, así les parece a ciertos escritores fuertes, como José Lezama Lima y Alejo Carpentier. Es un placer reservado a personas de sensibilidad artística, conceder a la imaginación y a la fantasía –reinos poéticos— lo que la engañadora historia y la chata verosimilitud son incapaces de discurrir. “El mito --sugería Roland Barthes— no es mentira ni confesión, es inflexión”. La imaginación les da vida. Y así ocurre con el primer poema que –hasta ahora-- forma el patrimonio cultural cubano, sus rasgos desafían las valoraciones generales sobre lo que supuestamente nos caracteriza, al ofrecer sorpresivas pistas exegéticas, si no cerramos las entendederas –como han cometido algunos profesorcillos— a mitos y fantasías; si en lugar de pegar etiquetas y exacerbar escepticismos contra las teleologías insulares, dejaran la arqueología y buscaran soltar la imaginación; al menos admirar lo que no tienen.

Después de las investigaciones de Felipe Pichardo Moya y de Cintio Vitier, el más distinguido estudioso de Espejo de paciencia, el recién fallecido amigo Enrique Saínz de la Torriente, supo resumir la historia del poema, sus mejores valoraciones. Seguirlo desde que fuera dado a conocer dos siglos después de haber sido escrito --tan tarde como 1838-- por José Antonio Echeverría en la romántica revista El Plantel, que editaba Ramón Palma en La Habana; tras transcribirlo de la Historia de la Isla y Catedral de Cuba, del talentoso historiador dominico Pedro Agustín Morell de Santa Cruz.

La tendencia a la hipérbole que luego va a caracterizar –desbocada y ridícula— el elogio de los productos cubanos, que ciertos políticos e intelectuales inflan con demagógico desprecio a la realidad, aflora en la crónica rimada de Espejo de paciencia. Elogia o denigra sucesos y paisajes, gente y personajes como el secuestrado obispo Juan de las Cabezas Altamirano, el ajusticiado corsario francés Gilberto Girón, el negro esclavo Salvador Golomón, que en duro combate en Manzanillo logra matar al corsario francés, por lo que el propio poema pide que se le conceda la libertad.

La bienvenida que Bayamo ofrece al obispo, entre frutas tropicales como los mameyes y piñas, le da un singularísimo toque local al tópico renacentista, heredado de los cronistas latinos y los recibimientos en Roma a sus emperadores victoriosos. Aunque aquí la recepción –el valor documental del texto-- sea entre los mismos que formarán la nacionalidad cubana, es decir, españoles, indios y negros; aunque todavía –1608—no exista o sea insignificante la llegada de chinos cantoneses, vía Manila-Veracruz.

Por supuesto que no se cree que el ilustre obispo fuera capaz de empuñar un puñal, mucho menos de disparar con un arcabuz; pero ese pequeño detalle no le resta grandeza hiperbólica en el poema, rasgo que –para bien y para mal— está muy presente en el patrimonio cultural cubano. También, desde luego, forma parte de los rasgos “patrimoniales” de otros países, quizás del conglomerado hispano. La poesía no abandona a sus exégetas, aunque algunos de ellos usen poemas para sus politiquerías y adoctrinamientos, como hiciera Camilo Cienfuegos con el popular poema “Mi bandera” de Bonifacio Byrne, para arrimarlo a la hoy lejana revolución de 1959. La burda manipulación de José Martí –penoso ejemplo— también ha incluido sus poemas, sobre todo los Versos sencillos y algunos sueltos como “Dos patrias”.

Al volver a 1608 pueden distinguirse Inflexiones de la imago estelar caribeña, de lo real maravilloso en Cuba. Allí aparecen desde la sorpresa --casi inverosímil hasta en el Camagüey de hoy-- de que hubiera seis sonetistas en aquel caserío de Puerto Príncipe, capaces de leer y elogiar los poco más de mil doscientos endecasílabos, en culteranas octavas reales, del poema de Silvestre de Balboa, que trata de seguir el modelo de Ariosto en su poema épico Orlando Furioso, dado a conocer casi un siglo antes, en 1516. A diferencia nítida de su modelo italiano, en las primeras inflexiones en Cuba asoma la intemperie insular, la ligereza que vinculada a la propensión al humor –al choteo, como viese Jorge Mañach--, leemos en Espejo de paciencia sin delirar, sin suponer que haya sido nuestra La Chanson de Roland, nuestro Cantar de Mío Cid.

La poesía como patrimonio cultural es un temerario, imaginativo enunciado. Por eso es bienvenido de la mano de Silvestre de Balboa. Bien se sabe que es un lugar común de la filosofía romántica, donde región, patria y nación dieron lugar a regionalismo, patriotismo, nacionalismo. Pero tal ubicación no opaca una generosa insensatez, que a sabiendas se inventa una edad media cubana que nunca existió, entre tantos enemigos de la poesía, muchos de ellos salidos del maloliente caldero político.

Por ahí van los truenos, relámpagos y hasta aguaceros en este 2022, donde los consorcios globales de las armas y de las energías fraguan conflictos. Se amparan en exacerbar regionalismos para las masas, patrioterismos para aumentar los presupuestos militares, nacionalismos para que las milenarias carnicerías humanas prosigan. Prosigan como si formaran parte consustancial de la especie expulsada del Paraíso, de cada uno de nosotros, nos guste o no la poesía, las artes, los atardeceres de lloviznas violetas, el sabor de la caribeña y tan tropical guanábana en Guantánamo o en Hialeah, en champola de jugosas masas blancas.

Ningún patrimonio cultural –sea el “Son de la Ma Teodora” o Espejo de paciencia— debiera sustraerse de la contextualización precedente, de advertir contra las manipulaciones de la cubanidad, siempre –desgraciadamente-- en alguna boca ingenua o mentirosa que alza la voz para conseguir aplausos, fanatismos, violencias políticas o perezas académicas.

Claro que la poesía, aquí la suma y resta de poemas escritos por cubanos, es parte indisoluble del patrimonio cultural. Pero desde tal lugar común apenas se vislumbra el supersincrético horizonte; con tal premisa sólo cruzamos el jardín, subimos el primer escalón de la idea de nación, que se sabe controvertida, polémica, diacrónica, es decir, sujeta a interpretaciones casi siempre oportunistas, muchas veces ignorante, otras veces –las menos— enunciada con rigor filosófico e histórico, como puede leerse –valga un ejemplo-- en Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar (1940) de Fernando Ortiz; y discutirse según la recensión que escribiera Rafael Rojas, en “Contra el homo cubensis: Transculturación y nacionalismo en la obra de Fernando Ortiz”(2004).

Bayamo recibió con tómbola y desfile renacentista al obispo y sus aguerridos salvadores. Nada impidió hace algo más de cuatro siglos que Silvestre de Balboa escribiera y leyera a sus amigos el poema que hoy reconocemos como el primero escrito en Cuba. Pasaron doscientos años para que comenzara la admiración… Suelen ocurrir tardanzas. Pocos durante el siglo XIX tuvieron acceso a los poemas de José María Heredia, el santiaguero que no sólo se adelanta al movimiento romántico en español, sino, lo más decisivo: a nuestra dramática, tan actual, tradición de desterrados. Mientras tanto algún que otro poeta, como el bayamés Juan Clemente Zenea –Bayamo otra vez en el centro literario--, terminaba fusilado contra los siniestros muros de la fortaleza de La Cabaña, donde hoy se celebra anualmente la Feria del Libro. Y un homosexual tal vez afeminado como Julián del Casal, rompía los clichés machistas, entonces muchísimo más sólidos que hoy, al mostrar una valentía inusual en su crónica contra el capitán general español Sabas Marín, que le costaría perder su humilde empleo de escribiente en Hacienda; mientras el mejor prosista en lengua española del modernismo y poeta decisivo, José Martí, moría combatiendo al colonialismo.

Del patrimonio cultural cubano –nuestra tinaja de Pandora— nunca han dejado de pertenecer poemas, aunque su calidad, como la de todo lo que ha entrado en la mítica tinaja, pueda ser dudosa, disputable. En el pasado siglo XX, de Nicolás Guillén y Dulce María Loynaz a José Lezama Lima y Eliseo Diego, de Fina García Marruz a Virgilio Piñera y Gastón Baquero o de Heberto Padilla y Fayad Jamís a Raúl Rivero y Luis Rogelio Nogueras…, puede apreciarse –como en cualquier país-- una heterogénea contribución al controvertido patrimonio, que desde luego llega hasta los poetas nacidos en Cuba que escriben en español donde quiera que estén, desde Reina María Rodríguez y María Elena Hernández en Miami hasta Lina de Feria y Carlos Augusto Alfonso en La Habana; Antonio José Ponte en Madrid y Pablo de Cuba en Richmond, Virginia; José Kozer en Hallandale, al cercano noreste de mi casa en Aventura…

Hoy el patrimonio no resiste aislamientos. Los avances de Internet, no dejan ocultar, por ejemplo, el cuaderno Matar al buda, escrito curiosamente en el mismo Bayamo de Espejo de Paciencia y de Juan Clemente Zenea, por Hugo Fabel Zamora, que resultó ganador –entre 250 manuscritos-- de la primera edición (2021) del Premio de Literatura Casa Vacía, convocado por la editorial homónima para autores de Hispanoamérica. Los guiños irónicos de Hugo Fabel en Matar al Buda --como en su anterior poemario, El día de la marmota--, se enlazan con los desafíos del patrimonio isleño, en las transgresiones que forman La isla en peso y Fuera del juego. Algo de ironía transgresora hubo en Silvestre de Balboa al escribir contra aquel corsario que detuvo el lucrativo contrabando que burlaba la Corona española; como hoy hace la bolsa negra y el tráfico de remesas contra el gobierno, en Bayamo o en cualquier poblado del país.

El actual diversionismo expresivo en la poesía cubana – tan ecléctico--, tiene un ingrediente anacrónico que enlaza con el renacentista clasicismo de Espejo de paciencia. Tal vez en su juego a romper géneros e ironizar bordes haya una rara inflexión –diría Roland Barthes-- de los endecasílabos de la octava real a los octosílabos de la décima, hacia los legendarios guateques del siglo XVII a orillas del Tínima.

 

José Prats Sariol 
Cuba, 1946. Ha publicado las novelas Mariel, Las penas de la joven Lila y Guanabo gay, así como los libros de cuentos Erótica, Cuentos, Por sí o por no y Delusions. Narraciones y ensayos suyos han sido traducidos y editados en Europa, América Latina y Estados Unidos. Su más reciente libro de crítica literaria fue Obra Selecta, Valencia, Ed. Aduana Vieja, 2021. En 2022 aparecerá su novela: Diarios para Stefan Zweig.

Material enviado a Aurora Boreal® por José Prats Sariol. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de José Prats Sariol. Fotografía José Prats Sariol © archivo personal del autor.

 

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