Rafael Antúnez - 'La vida continua: Sologuren en Xalapa'

La vida continua: Sologuren en Xalapa

 

Por sendas que sólo el viento y los pájaros conocen, el invierno abandona la ciudad. Carga en sus alforjas la niebla, la escarcha, el viento norte y la humedad y, como si fuera un ropavejero que junta sus gastadas mercancías en una gran talega que echa al hombro, vuelve a casa por la noche. Por otra ruta, la primavera, desnuda, como como quien pisa en el aire blandos frutos, como quien bebe su risueño aroma, avanza y trae consigo la luz dorada y tibia de las mañanas sin nubes; trae nuevos follajes para los naranjos y las buganvilias, trae también viejos recuerdos que ya creía olvidados. De pronto se desperezan, florecen, renacen, aparecen ahí donde un segundo antes solo estaba el olvido. Desde mi ventana miro el jazmín del Paraguay que hay en mi pequeño jardín: parece no cansarse de florear, de ofrecer a lo largo del año sus florecitas que van del lila al blanco más puro. He suspendido la lectura de una carta, porque en ella surgió el nombre de Javier Sologuren. No había pensado en sus versos en años... y entonces recordé. Me vino a la memoria una tarde a principios de los ochenta. Aquellos ya viejos y remotos años en que descubríamos las películas de David Lynch, los discos de Dire Straits y las novelas de Antonio Muñoz Molina, años en los que con tres o cuatro amigos publicábamos una revista que era rica en aspiraciones pero, como toda revista juvenil que se precie de serlo, pobre en dineros y suscriptores. Aparecíamos dos o tres veces al año y siempre teníamos deudas, nos sobraba espacio y nos faltaban anunciantes. Y ese, que a ojos de todos era un barco que iba a pique, para nosotros era un orgullo y pensábamos que podíamos llegar muy lejos con él.

Era un naufragio anunciado, pero para nosotros era esa suerte de iniciación que publicar una revista, un suplemento, significa para muchos jóvenes escritores. No buscábamos un sitio para alojar sólo nuestros cuentos y poemas. Ese era el tipo de revista hecha por jóvenes que no nos interesaba en lo más mínimo. Ese era un monólogo que nosotros no queríamos enunciar. Buscábamos crear una revista que reflejara nuestra visión del mundo, de la poesía, de la crítica, una revista con la cual pudiéramos dialogar con el mayor número de lectores y escritores posible. Éramos un grupo de jóvenes provincianos, algo naif y también algo pretenciosos. Nuestros ejemplos eran revistas como Contemporáneos (que por aquellos años el Fondo de Cultura Económica había publicado en edición facsimilar) y, por supuesto, Vuelta de Octavio Paz, los suplementos de Fernando Benítez y El Semanario Cultural de Novedades que dirigía el inolvidable José de la Colina. Con mucha frecuencia nos reuníamos a discutir y a planear los números futuros y nos enfrascábamos en largas conversaciones, que no pocas veces terminaban en discusiones sobre qué y a quién publicar. Esa tarde yo sugerí, animado por el entusiasmo que su poesía me despertaba, que le escribiéramos a Javier Sologuren pidiéndole una colaboración. Había leído con enorme placer (y la contaba como uno de mis pequeños tesoros) una edición de Vida continua publicada en México por la editorial Premia. La edición había aparecido en su colección «Libros del bicho». Era una edición rústica, sin solapas, sin fotografía del poeta, más bien fea. El libro incluía una diminuta semblanza del autor en la que consignaban su año de nacimiento y algunos de sus principales títulos y daban cuenta de que «También desempeñó, de manera artesanal y con gran calidad artística, una fundamental labor editorial para la poesía peruana». Nada más. En la contraportada tampoco había información, sólo una cita de Jorge Guillén: «Vida continua: poesía sin interrupción». Ahora que lo pienso, no era necesario nada más.

¿Escribirle a Javier Sologuren, pedirle una colaboración? No sé por qué se me ocurrió una idea tan descabellada. Nunca había visto una fotografía suya ni conocía a nadie que lo leyera o lo conociera. Como muchos otros excelentes poetas (Álvaro Mutis, Francisco Cervantes) Sologuren era un poeta leído sólo por unos cuantos en esos años en México. Sí, la idea era descabellada; lo era, además, porque nosotros vivíamos en Xalapa, una ciudad de provincia, porque no nos conocía nadie y nosotros tampoco conocíamos a nadie que tuviera contacto con Sologuren. Pero un golpe de suerte nos puso frente a un sobre con la dirección del poeta. Emocionados nos sentamos y redactamos una carta de seis o siete líneas donde me presentaba y le decía que lo leíamos y lo admirábamos y que nada nos gustaría más que contar algún día con una colaboración suya. Enviamos la carta por correo. El correo mexicano era (y es) un desastre y se mueve a una lentitud capaz de sacar de quicio a una tortuga. La carta habrá tardado en llegar a Perú uno o dos meses, quizá más. Y la respuesta otro tanto.

Para nuestra sorpresa y alegría, cuando ya no creíamos que nos fuera a dar respuesta, recibimos una carta suya en la que me agradecía las palabras que le había escrito y adjuntaba un hermoso poema para nuestra revista. Bailé, literalmente, de alegría. Leí y releí la carta. Leí y releí el poema hasta saberlo de memoria. El poema que poco después engalanó el número 14 de Graffiti.

Había en ese número algunas colaboraciones de Fabio Morábito, Roberto Echavarren y Enrique Vila-Matas. Yo reseñaba un disco del por aquellos años desconocido Wim Mertens... El número, como cada número que alcanzábamos a sacar, nos llenaba de orgullo, porque cada número aparecía cuando ya nadie lo esperaba, cuando muchos pensaban que ya la revista no existía... Todos a excepción de nosotros que seguíamos traduciendo, reseñando, escribiendo ensayos... corrigiendo galeras... contagiados por el entusiasmo de José Homero (un entusiasmo eléctrico que parecía inagotable), quien era quien más hacía por la revista.

Era ese tiempo en que todo parece nuevo y todo parece posible. Entablar comunicación con un gran poeta distante era, toda desproporción guardada (como solía decir Ramón Rodríguez) un intento por emular al joven Franz Xaver Kappus, el celebérrimo corresponsal de Rilke.

¿Qué hace que un escritor de renombre responda a un joven desconocido? La respuesta no puede ser el ego, sino la generosidad. ¿Qué mueve a un joven a escribirle a un poeta que ha leído y releído? Pienso que no es sólo la admiración y la empatía. Esta es una respuesta muy fácil. En mi caso, intuyo que era cierta necesidad de realidad. Como todo joven escritor, era a veces víctima de la incertidumbre: ¿Era este realmente mi destino? ¿Había algo, por pequeño que fuera, de valor en mi trabajo? Rilke le escribe a Kappus, en su primera misiva, «Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie... No hay más que un solo remedio», le dice y le regala un consejo que vale oro: «adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma». Imagino que ese consejo ha apartado del camino a cientos de aspirantes a poetas, pero también habrá brindado un asidero, una luz a otros tantos que dudaban sobre seguir o no seguir por esta senda. Un joven escritor es (o al menos yo en mi juventud así me sentía) como una suerte de fantasma, un extranjero que aún no encuentra su lugar en el mundo. Una suerte de niño que aún no termina por completar su lenguaje, por hacerlo inteligible... ignora si sus mensajes alcanzan a un destinatario y anhela conseguirlo... aún no aprende que en muchos casos (sino es que en todos) el destinatario de esos menajes es él mismo. Me sentía, y era, casi invisible... necesitaba (o creía necesitar) una frase, una palabra confirmatoria, una señal de que estaba en el camino correcto, de que existía como escritor.

La respuesta del poeta (del poeta Sologuren) fue para mí una suerte de confirmación, el solo hecho de que se hubiera tomado la molestia de escribirnos unas líneas, de transcribir su poema (no irrumpían aún las computadoras en nuestras vidas), de realizar todas esas pequeñas tareas que implicaban enviar una carta: doblar la hoja, insertarla en el sobre, pegar las estampillas, llevarla al correo... Ese generoso gesto me otorgó, de una forma que no hubiera podido explicar, la sensación de realidad tan necesaria... la sensación, para decirlo con palabras del propio Sologuren, «la gratificante experiencia de acercarme un poco más a la percepción de mi propia identidad».

No hace falta mucho para imaginar el destino de la revista: desapareció por falta de fondos unos números después... como suelen desaparecer las revistas hechas por jóvenes. Había cumplido su misión: nos había hecho, así sea por un fugaz momento, los orgullosos interlocutores, los inverosímiles corresponsales de un gran poeta y algo más: nos había hecho escritores, había sido nuestra escuela primera en el oficio de la edición, de la traducción, de la crítica... había sido una larga y lúdica y no pocas veces felicísima experiencia en el mundo de la literatura.

Años después, al releer el poema encuentro que, a su modo, Sologuren nos estaba dando su versión del consejo rilkeano:

 

(canto nocturno de un adolescente)

suelta el pico noche
habla grita insulta
no te quedes callada
no me escupas tu frío

el día vendrá
lo sé

las operaciones de la luna
que hacen girar sus máscaras
ya no habrán de registrar
mi cerebro dormido
ni las embriagadoras
fiestas del sol
consumirán su sustancia

a mis pasos se abrirán las calles
merodearé en las ferias
cabalgaré en sus despintados carruseles
me asomaré a la lujuria acuartelada
no haré guiños a las dulces
las turbias criaturas
ni obrarán falsos plenilunios
contaminaciones en mi sangre
volveré a mí mismo
sin talismán ni destino

soy el agredido

el día vendrá
lo sé

También encuentro una lección más: los mensajes enviados al mar en una botella, contra todo pronóstico, encuentran destinatario y algo aún mejor: pueden, suelen llegar a nosotros varias veces: el mismo mensaje, las mismas palabras, pero siempre con un sentido renovado que renueva nuestro asombro y nuestra fe en esta larga correspondencia, en este infinito intercambiar mensajes en una botella. El día vendrá / lo sé.

Rafael Antúnez
(Xalapa 1960) es narrador, ensayista y traductor. Ha publicado los libros de cuentos: Mentía usted mejor en París y Bajo la pálida luz de neón; la novela La isla de madera y el libro de ensayos Nostalgias de un fumador. Tiene en prensa una nueva novela, El hombre que amó a Matilde Urbach, y un libro de ensayos, La muchacha del verano (ensayos y artificios). Como traductor: El escarabajo y otros cuentos de Dino Buzzati, El mar, el amor y la muerte (cuatro novelas cortas italianas), La noche misteriosa de Lêdo Ivo, Bestiario de amor de Richard de Fournival, El cordero vegetal de Tartaria de Henry Lee, Vida de Chéjov de Irène Némirovsky y una antología de ensayo inglés: El arte de la tentación. Como es marca de los nacidos bajo el signo de cáncer es supersticioso; también es lento para viajar, amigo del whisky y de la ginebra, devoto de la conversación, de Borges, de Chesterton, de Stevenson y de Fray Antonio de Guevara, de la poesía de Ungaretti y de los libros de Pietro Citati. Bien se podría decir de él, citando a Enrique Lihn: «La especie de locura con que vuela un anciano / detrás de las palomas imitándolas / me fue dada en lugar de servir para algo / . Pero escribí y me muero por mi cuenta, / porque escribí porque escribí estoy vivo».

 

Material enviado a Aurora Boreal® por Diego Valverde Villena. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Diego Valverde Villena y Rafael Antúnez. Fotografía de Rafael Antúnez tomada de internet.

 

 

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