Santiago Vesga - En el día hace calor

En el día hace calor

 

Inédito

En el día hace calor. Llevamos todo el día atravesando una larga carretera de Florida. En Florida no hay montañas; pero de vez en cuando aparece un promontorio a lo lejos y me pregunto si allá queda el norte, o el oeste. El calor crea leves espejismos a lo lejos en la carretera bañada por el sol de verano. Emerge por entre los humedales –muy lejos, a la distancia– lo que parece un reactor nuclear, algo que nunca había visto. Apenas se distingue la torre de humo.
A mis dos lados están mis hermanos, todavía cabemos los tres en un solo auto; todavía no entendemos muchas cosas. Mi mamá va en de copiloto, lleva anteojos oscuros, el pelo corto y un vestido que no se puede poner en la ciudad de donde venimos porque hace frío. Mi papá es un papá; el más papá: bermudas color kaki, una camisa polo blanca, una gorra azul. Maneja en sandalias.

No se oye nada.

Me parece que estoy contando el recuerdo de una carretera silenciosa. Mi mamá apagó la radio hace ya varias horas. Cuando llegamos en la mañana al Waffle House de la carretera todo estaba bien y de repente ya no estaba. Me relato el recuerdo en la cabeza queriendo entender: llegamos al restaurante, se acercó una mesera, papá dio nuestras órdenes, la mesera rió y se fue. Mamá golpeó la mesa. Todo se hizo silencio, como si el aire empujara al interior de mis oídos y al fondo de mi pecho. Nadie ha dicho nada desde entonces.

En el día hace calor y me parece que estoy contando un recuerdo. El sol empieza a caer hacia el costado donde se encontraba el promontorio hace ya varios kilómetros; la carretera sigue hundiéndose en el calor de la tarde cuando mi hermano-el-mayor hace algo atrevido: toma un CD del bolsillo trasero de la silla del copiloto. Lo asoma lentamente hacia la parte de adelante y mi mamá lo toma. Veo la parte de atrás de su cabeza caer sobre su pecho. La sacuden leves sobresaltos. Lentamente surge su voz; su anhelo y su extraña rabia emergen de entre el silencio, pero las palabras son ininteligibles. Con un grito patea el tablero del auto y tira el CD por la ventana que lleva abierta. Vamos más rápido ahora. La presión me empuja hacia atrás, me comprime el pecho, me ahoga. No oigo el ruido del viento chocando con el marco de la ventana.

En la noche hace calor. Me pregunto si todavía sé hablar, si aun puedo emitir algún sonido; entonces aparcamos lentamente en un motel en medio de la carretera. Bajamos del auto y mi papá está descargando las maletas. Quiero tomar una pero mi hermano-del-medio la agarra antes que yo. Estoy apunto de quejarme, pero mi hermano-el-mayor hace un gesto con el que nos ordena silencio –el mayor augurio de problemas es siempre el rostro de mi hermano–. Sigo sin maleta hacia la recepción.

Yo no hablo inglés. Mi mamá y mi papá se acercan al mostrador donde atiende una señora vieja y grande como yo no he visto nunca. Me siento en uno de los sofás tapizados de una suerte de cuero que no es cuero y observo. Mi hermano-del-medio ha decidido salir a explorar el lugar y ya se encuentra en el estacionamiento; mi hermano-el-mayor se empina para apoyar los brazos y el mentón en el mostrador al lado de mis padres. En un momento mi mamá hace un gesto de exasperación, levanta los brazos y se sienta al lado mío.

Me quedo congelado mirando hacia el frente. No respiro, no muevo un dedo, pero puedo notar que me mira. Siento que se mueve al lado mío y me toca la espalda. Se acerca a mí; me acaricia el rostro. Levanto la mirada y allí están sus ojos, que no creo haber visto en todo el día. La presión en el pecho me ahoga.

Cuando la discusión entre mi papá y la señora sube de tono, mi hermano empieza a halar la camisa polo de mi papá pero no obtiene una reacción. Me pregunto si entiende algo. Mi mamá va del sofá hasta el mostrador, toma a mi hermano-el-mayor de la muñeca y lo sienta junto a mí; luego ella vuelve al mostrador, se toma el rostro, el cabello, manotea mientras mi papá discute.

Mi hermano no está contento. Se levanta y sale hacia el estacionamiento. La presión en el pecho es una fuerza que me empuja hacia las profundidades del sofá. Ya no estoy, ya no respiro, solo me siento hundir y hundir más entre el tapizado oscuro y chirriante. Se ve poco más que la disoluta silueta de mis papás en el mostrador; hay gritos de mi papá ahora sofocados a mi alrededor.
No sé cuántos minutos más estoy así, pero emerjo halado de la mano por la fuerza de mi mamá —aparece ahora con un rostro embravecido y desfigurado—. Me pone una maleta en la mano y otra en la de mi hermano-el-mayor, salimos al estacionamiento, mi mamá lanza un grito para convocar a mi hermano-del-medio que no llega. Subimos por unas escaleras estrechas. Mis sandalias no tienen agarre y se me dificulta halar el peso de la maleta por lo que mi papá la toma, pasa por mi costado con tres maletas en los brazos. Recorremos el pasillo del piso superior y llegamos hasta una habitación que da hacia la carretera; tiene una ventana cubierta por una cortina verde y desteñida.

Cuando estamos adentro lo primero que hace mi papá es encender el aire acondicionado. Hay dos camas dobles y un camastro; es pasada la media noche, por bastante. Mi mamá sale al balcón, el marco de la puerta la encuadra entre las paredes verdes mugrientas de la habitación. Vuelve a gritar el nombre de mi hermano-del-medio. Dos y tres gritos más causan la furia de los vecinos, que oigo salir de sus habitaciones; mi papá sale a contestar a los insultos. Mi hermano-el-mayor enciende la televisión y les cierra la puerta mientras ellos siguen afuera. A través de la puerta, por encima del sonido de un programa de caricaturas que no reconozco ni entiendo, escucho una vez más el nombre de mi hermano-del-medio, ahora a dos voces. Luego cesan y oigo pasos que se alejan de la puerta de la habitación.

En la noche hace calor, pero el aire acondicionado es suficiente para que sea necesario cubrirse con las delgadas cobijas de la cama. Mi hermano y yo ocupamos cada uno una cama, él tiene el control de la televisión así que va cambiando de canales: primero vemos ese ruidoso programa animado, luego cambia hasta llegar a un hombre de traje que habla al público con una sonrisa, luego un grupo de hombres jóvenes se lanza por una ladera en un carro de compras. Volvemos al ruidoso programa de caricaturas. La presión en el pecho vuelve, me sostiene contra el colchón; noto que mi hermano se ríe pero no lo escucho. Pasan tal vez varias horas.

Me parece que estoy contando un recuerdo. Oímos sonar la puerta. Abro la cortina: en el horizonte empiezan a verse los primeros rayos de sol, en un paisaje cubierto por urbanizaciones, casas de campo, anuncios luminosos y estaciones de gasolina; al fondo, muy al fondo, se ve un pantano por sobre el que levantan vuelo las gaviotas. Mi hermano-del-medio se asoma a la ventana. Le abrimos la puerta. Sigue y toma el camastro, rápidamente se quita la ropa para quedar en calzoncillos; se acuesta y se queda dormido. Mi hermano-el-mayor apaga la luz.

En la mañana hace calor, mi hermano-el-mayor me agita para bajar a desayunar. Bajamos a un comedor donde se encuentra un buffet. En pocos minutos estoy en la mesa con unos panqueques con miel, jugo de naranja y huevos revueltos. Mis hermanos se sientan a mis costados y comemos en silencio –el ruido de la carretera ha vuelto a mis oídos–; nos miran los adultos; mi hermano-del-medio llora y riega el jugo de naranja que tiene en la mano; me parece estar viviendo un recuerdo.

La señora de la recepción se acerca balanceándose entre sus dos piernas. Nos habla, pero no entendemos. Sube la voz, intenta hablarnos lento y fuerte para hacernos entender, pero no entendemos. Su rostro se contrae en frustración, agita las manos, da gritos, nos dirige hacia la puerta, así que nos levantamos y salimos del comedor hacia la recepción y luego hacia el estacionamiento.

En el día hace calor y la mañana ya está azotando el pavimento. Nos hacemos afuera, bajo el toldillo de la recepción; le hacemos caras y morisquetas a través de la ventana a la señora que ha vuelto a su puesto de trabajo tras el mostrador. Mi hermano-del-medio se baja los pantalones y pone las nalgas sobre la ventana. La señora se acerca al vidrio y nos escupe una flema verde y sebosa que debía estar rumiando desde hace ya varias horas. La flema se escurre por la ventana lentamente. Nosotros miramos la flema; la señora nos mira a nosotros.

Empezamos a correr en otra dirección. Cualquiera, no importa. El ruido de nuestras propias risas me inunda los oídos por sobre el recuerdo del silencio. Seguimos corriendo y corriendo hasta cansarnos y entonces un poco más. Llegamos hasta el siguiente motel de la avenida; luego el siguiente y el siguiente. Los altos postes con anuncios ya apagados se encuentran por encima de nuestras cabezas, los autos apostados en los estacionamientos empiezan a tomar camino. Los miramos pasar, caminando bajo el sol en nuestras bermudas –las sandalias empiezan a sacar ampollas, ¿cuánto hemos andado?– . Nos detenemos.

Volvemos la mirada sobre nuestros pasos. A la distancia, un auto rojo va en nuestra misma dirección. Distingo dos figuras en los asientos de adelante. Mi hermano-el-mayor usa su mano como visera para ver mejor. El techo del auto proyecta una sombra sobre las figuras, pero se distinguen un señor al piloto –de camisa polo blanca y gorra azul–; a su lado, una señora –con un vestido de verano y gafas de sol–. Damos un paso atrás. Antes de estar ya muy cerca, la señora se tapa el rostro con un mapa, el señor baja la visera del piloto. En el día hace calor y los autos pasan de largo. El auto rojo se pierde en la distancia.

Miro al cielo. El sol destella con fuerza en La Florida. Veo pasar por lo alto un gavilán y siento una tristeza irreparable, pero alegría al mismo tiempo. Mi hermano-el-mayor nos sonríe. Tomo una bocanada enorme de aire que me inunda; cuando exhalo sale una risa que no sé de dónde viene. Mi hermano-del-medio está distraído mirando el motel que está un poco más adelante. Al costado del motel vemos un parque en el que ríen niños. Yo me sigo riendo. Puedo respirar, puedo oír. Me doblo sobre mí mismo mientras mis sandalias hierven en el pavimento y la humedad nos hace sudar y sudar por todo el cuerpo. Siento todo el olor de los humedales entrando a mis pulmones. Tal vez es por la humedad que me empiezan a gotear los ojos.

Tal vez todo sea solo eso: un recuerdo o una vida contada de nuevo, de otra forma. Estamos los tres sobre la carretera. Ya no queda más que ruido y sol.

Santiago Vesga
Colombia, 1997. En el 2014 emprende el camino hacia la creación literaria con el cuento “Las más refinadas costumbres”, su primer cuento y fundador de una serie inicial de relatos dentro del cual está “Donde caen los presagios”, con el cual le otorgaron la primera mención de honor en la categoría de cuento del IV Concurso de Escrituras Creativas y Talleres de Creación Literaria de la Bibliored de Bogotá. Estudió Literatura en la Universidad de los Andes, en Bogotá, Colombia.

"En el día hace calor" enviado a Aurora Boreal® por Santiago Vesga. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Santiago Vesga. Foto Santiago Vesga © Lorenzo Hernández

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